ago 29 2011

Dream: El extraño batiburrillo entre oriente y occidente

Kim Ki-duk es un director que triunfa poco en su país natal, Corea, pero al que se espera en Europa como si de un genio se tratase. Lo primero no me extraña puesto que Kim Ki-duk introduce en su cine elementos filosóficos y religiosos muy occidentales que no me extrañaría que causaran cierto desconcierto. Y lo de genio es, sencillamente, un disparate. Se trata de un buen director que tiende a la exageración poética (algunas escenas de sus películas son inolvidables, pero sólo algunas) y a trasladar ideas muy profundas del pensamiento filosófico a sus guiones. No siempre con éxito.
Dream es una película que habla sobre el amor, su trascendencia, el sacrificio que debe hacer un ser humano para conseguir acercarse a él, de la necesidad de una muerte física para salvar una vida espiritual plena. Habla de eso y agarra (para poderlo hacer) ideas de la tradición judeocristiana y orientales. Amor y sacrificio. El yin y el yang. Sueño y realidad. Lo temporal y lo terrenal. Elige una estética que roza lo grotesco por su brutalidad escénica. Y, una vez introducido todo ello en una coctelera, presenta un guión inverosímil y flojo. No hay que olvidar que, aunque el asunto que se trate repose sobre lo onírico o fantástico, las reglas narrativas tienen que colocar la obra dentro de lo creíble. Eso tiene muy poco que ver con la verdad de la realidad. Me refiero a que una obra cualquiera tiene que ser recibida por el espectador o lector como cierta aunque se hable de algo completamente imposible.
Jin y Ran son los personajes protagonistas. Jin y Ran. Yin y yang. Él es un artista al que da vida Jô Odagiri. Ella es modista y el papel es interpretado por Na-yeong Lee. El sueña lo que ella hace. Ella hace lo que él sueña. Ambos persiguen a sus antiguos amores. A él le abandonaron; ella detesta a quien dejó atrás. Si duermen al mismo tiempo es inevitable que ella vaya hasta el escenario en el que se producen los sueños de él. Naturalmente, ella es sonámbula. Una sicóloga que es, de paso, vidente, les advierte de que eso será así hasta que ambos lleguen a amarse. Y todo se desarrolla entre grandes padecimientos, crímenes, sacrificios físicos delirantes, lágrimas y poesía. Poesía que no cabe por ningún lado. Se salva la última escena y soy muy generoso al decir esto.
El guión es inverosímil y, a la vez, algo predecible. Los diálogos son excesivamente literarios y están plagados de frases explicativas que se cargan de ideas filosóficas para que aquello tenga algún sentido. Desde luego, desde la imagen no se logra. La dirección de actores es floja. El director busca más el fondo que la forma (en el caso de las interpretaciones) y termina olvidando que la forma es importante. La música es más que discreta. Sí hay que destacar que, como en el resto de sus películas, maneja muy bien los colores entre los que se desarrolla la trama. En el caso de Dream, todo circula entre azules para que el dramatismo tome fuerza y esa brutalidad a la que me refería antes tenga más contundencia. En fin, que esta película es aburrida y no aporta gran cosa al cine, ni a la filosofía. Enredar las cosas y buscar que sea el espectador el que encuentre claves es arriesgado y puede salir rematadamente mal. Además, eso de las imágenes poéticas de gran valor habría que discutirlo. Elegir una mariposa para hablar del amor dice mucho del autor. Las imágenes se gastan (en cine o en poesía), se quedan vacías. Y si una de ellas está arrasada es la de la mariposa. Esto es sólo un ejemplo.
Decepcionante. Para ser un genio hace falta mucho más. La aclamación por parte de fans incondicionales te convierte en autor de culto. Pero en genio no. Ni hablar.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 28 2011

El Arco: la alegoría lejana

El Arco es una película muy simple en su estructura narrativa. La fotografía, aunque cuidada y bella, es simple en su composición. Los diálogos apenas tienen presencia y son, también, de una simpleza aplastante. Pero la propuesta de su director Kim Ki-duk no es precisamente simple. Es ambiciosa, profunda y sólida. Esto, que parece suficiente para mirar la película con atención, se convierte en un arma de doble filo puesto que, es tan abrumador el peso alegórico de cada escena, que resulta terminar en territorio peligroso y lejano.
El Arco habla de la posesión y de la falta de ella. De lo que representa convertir lo ajeno en algo propio, de lo que representa la falta de libertad que genera saber que te falta algo importante en la vida porque te lo han escatimado. Pero también habla de la inevitable suma que se produce una vez que se establecen lazos entre las personas sean deseados o no en principio, estén llenos de bondad o ignorancia.
Un viejo pescador (un Jeon Sung-hwan espléndido) cuida de una muchacha a la que encontró hace años (Han Yeo-Reum defiende su papel con dulzura conmovedora). El hombre piensa desposarla el día que ella cumpla los diecisiete años. Viven en un viejo barco anclado en alta mar. Allí sólo van turistas que quieren pescar y a los que traslada el viejo en una barcaza. Nunca hablan entre ellos. Él tacha los días del calendario pensando en su boda. Ella parece ajena a todo, superprotegida por el anciano que no duda en tensar la cuerda de su arco para lanzar una flecha a todo el que se acerque a ella (sea cual sea su intención). En uno de esos desembarcos de turistas aparece un estudiante (un discreto Seo Ji-Seok que no tiene un papel demasiado importante desde el punto de vista interpretativo) por el que la muchacha se verá atraída desde el momento en que le ve. Este encuentro desencadena los acontecimientos de modo que el calendario corre más aprisa por el temor del anciano a perder sus opciones, por la evolución del personaje (el de la muchacha) que comienza a comprender que el mundo es algo muy distinto.
El Arco es un arma, un instrumento o el objeto que puede hacer que el viejo pronostique el futuro de otros. Es la violencia, la belleza o lo inaccesible. Esos son los ingredientes fundamentales que Kim Ki-duk maneja para contar su historia. Todo lo que ocurre se ve rodeado por ello para terminar planteando el problema de fondo. ¿Qué significa poseer? ¿Es posible tener por siempre? Unas preguntas que quedan sin respuesta.
Todo ocurre en un único escenario en el que destacan los colores del barco sobre el fondo más gris que azul del mar. Todo ocurre sobre el silencio del anciano y de la chica, sobre las pocas palabras del estudiante que ejerce con ellas la presión necesaria para que todo se mueva (consciencias ajenas, los barcos e, incluso, la propia acción de la película). Todo se rodea de una poética que termina siendo confusa por el enorme peso de las imágenes y su acumulación exagerada. Del mismo modo que el comienzo de la película arrastra al espectador (sin violencia aunque de forma inevitable) hasta el interior de la propia historia, el final se carga de imágenes que pueden sacarle por ser inexplicables para él. Creo yo que la poesía es cosa que no debe utilizarse para generar ambigüedad . Es justo al contrario; la poesía es esa forma de decir exactamente algo, la forma con la que sólo puede decirse. La excusa que se maneja por parte de algunos (incluido el directo de esta película) y que consiste en decir que se plantean preguntas para que otros busquen respuestas, puede servir si la imagen dice lo que tiene que decir. Desde luego, el final de esta película no sería un ejemplo. Está sobre la línea que divide lo extraordinario y lo ridículo. Y eso es muy peligroso cuando el observador no termina de entender lo que pasa por una falta de información absurda o una acumulación histérica de imágenes.
A pesar de todo, El Arco es una buena película en la que los personajes progresan en su sicología de forma constante, en la que se plantea un asunto interesante de una forma inteligente, en la que los actores y la actriz hacen un trabajo estupendo. Si Kim Ki-duk apostara por no convertir en acertijos algunas zonas expositivas de sus guiones sería perfecto. No basta con que las sensaciones del espectador se despierten. Es necesario narrar con claridad.
© Del Texto: Nirek Sabal


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