sep 4 2013

The reluctant fundamentalist: Las semillas a punto de germinar

The reluctant fundamentalist habla de la incapacidad para comprender del ser humano y de las consecuencias con las que tenemos que cargar desde que el hombre es hombre. Este es un asunto que la realizadora Mira Nair coloca en el ámbito del terrorismo, del espionaje, de la violencia física y (si se puede decir así) financiera; en el ámbito al que nos hemos acostumbrado tanto que, incluso, televisamos para estar bien informados. Agrega la realizadora la desigualdad absoluta entre pueblos y un toque de suspense en la acción. No queda tranquila e introduce una trama amorosa. Por incluir que no quede. Y ese es el gran problema de una película que podría ser mucho mejor. Tanto añadido puede funcionar en una novela (la que se adapta en este caso la firma Mohsin Hamid y, desde luego, tiene más lustre narrativo que el trabajo de Mira Nair) aunque las películas de cine requieren de otros códigos distintos y casi nunca son coincidentes. Se complica en exceso el sistema que se usa para relatar cuando es innecesario. Y lo peor de todo es que se complica intentando ocultar cosas que ya intuimos desde muy pronto por lo que pierden potencia y el conjunto funciona mucho peor de lo deseado. Todo se hace algo previsible, demasiado largo. Con el nudo principal había de sobra.
Pero hay buenas noticias. Desde luego, esa magia en el cine de Mira Nair que todos esperamos (estupenda La boda del monzón, por ejemplo) parece, de momento perdida; pero la película deja al espectador cosas muy buenas desde el punto de vista técnico y excelentes desde el ideológico, moral o ético.
El odio como semilla oculta en cualquier hombre o mujer, el no saber escuchar, el choque de culturas, el armazón ideológico de las personas que se desmorona con rozarlo, los cambios que el destino nos tiene preparados en cualquier lugar improbable; todo esto se maneja con solvencia y puede dejar un poso muy interesante en el espectador dispuesto a reflexionar sobre ello. El trabajo de Nair sí atrapa bien las ideas del texto original. Y allí quedan, entre un pequeño caos narrativo y demasiada explicación explícita.
La banda sonora es deliciosa. Se mezclan estilos diversos con lo que la película gana en tonalidades. Las letras de todas las canciones son espléndidas aunque a un occidental, dicho sea de paso, le queden lejos algunas referencias poéticas insertadas en esas letras.
La fotografía quiere ser preciosista y evocadora. A veces lo consigue. En otras se topa con algunos terrenos demasiado comunes. En conjunto aprueba con buena nota.
La dirección actoral tiene altibajos. Como todo el trabajo. El papel protagonista lo defiende bien Riz Ahmed y carga con todo el peso argumental y artístico. Kiefer Sutherland, Kate Hudson y Liev Schreiber, están bien aunque en papeles menores. El más expresivo de estos tres es el señor Sutherland y, por ello, destaca.
The reluctant fundamentalist es una buena película aunque es una pena que se quede en eso y no llegue a excelente. Los mimbres del cesto estaban, el talento en la directora está porque esas cosas no desaparecen, las ideas y el guión podrían haber emergido de forma más contundente. Es una buena película. Y echar un vistazo al trabajo no es ninguna pérdida de tiempo.
© De Texto: Nirek Sabal


may 8 2012

Melancolía: La serenidad de una tragedia

Casi todas las películas recuerdan a otras. Como pasa en literatura, ya está casi todo rodado, contado, explicado, exprimido y sobado. Es muy difícil que el tema tratado se muestre desde un punto de vista absolutamente original.
Melancolía de Lars Von Trier no es una excepción. Por ejemplo, en el arranque utiliza una técnica narrativa que se aproxima al que ya utilizó Bergman en Persona. Ambos intentan crear un clima que esté presente durante el resto de la película colocando imágenes en un orden desconcertante. Bergman lo consigue. Lars Von Trier no. A pesar de que la belleza de la imagen (acompañada por la obertura de Tristán e Isolda de Richard Wagner) de la cámara lenta y la calidad digital, el espectador olvida eso que vio y cuando quiere recordar ya es tarde. Es decir, el problema no es de plasticidad sino de intención. Fallida, por supuesto.
Además de esto, la película apesta en su conjunto a copia de sí mismo y eso no suele funcionar bien.
Pero estas son las malas noticias. No son pocas ni insignificantes. Ahora bien, las buenas son numerosas y de mucho peso en el conjunto del trabajo de Lars Von Trier.
Es posible que alguno tache el guión de la película de vano, superficial o desestructurado. O todo al mismo tiempo. Pero lo cierto es que este libreto, dividido en dos capítulos que se dedican a cada una de las protagonistas, busca, por una parte, sumergirse en las psicologías personales y, por otra, llenar de acidez un mundo absurdo que está a caballo entre el surrealismo y lo que conocemos como realidad. Con esto, lógicamente, hace que el centro del universo sean dos mujeres (y los que les acompañan) y que la trama pueda ir de la mano de esas psicologías que se presentan como modeladoras del mundo. Es, si quieren, un pequeño truco narrativo que da mucho juego al permitir desarrollar la acción rozando la frontera de lo convencional sin generar grandes conmociones. Las licencias son mayores y el espectador las asume con cierta naturalidad. Del guión, también, llama la atención que no siempre funciona el humor ácido y tremendista aunque el resultado termina siendo suficiente.
Porque, como decía, lo importante es la construcción del personaje. Desde ahí llega la tensión narrativa, la hondura de la película. Todo está al servicio de una misma cosa: el personaje. Y cuando digo personaje digo estado de ánimo.
Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg interpretan a Justine y Claire. Ambas están estupendas en su papel. A la primera se le ha reconocido su labor en varios festivales incluido el de Cannes. A la otra no tanto. Sin embargo, podría haber sido al contrario y hubiera sido igual de justo. Entre otras cosas porque el guión se desarrolla mejor y con mayor apertura en la parte dedicada a Claire y hace que la interpretación de Charlotte Gainsbourg luzca mucho.
Justine y Claire son distintas. Interpretan el mundo desde diferentes prismas. Justine no puede conformarse porque conoce el destino; sufre por ello; no respeta las normas que otros tienen como pilar. De este modo, cuando sabe lo que representa el planeta Melancolía, rompe todos los moldes para sufrir en libertad, da rienda suelta a una bipolaridad que el director explota hasta el ridículo. Intenta que su hermana y su sobrino acepten que sólo se parecen a lo que son. Con su hermana los intentos son violentos; con el sobrino echa mano de la fantasía. Eso es la vida para Justine: todo lo que está por llegar como forma de magia. Claire es pragmática, acomoda su vida en el bienestar. Pero eso le impide ser feliz. Lo sabe. También sufre por ello aunque no cambia. Sólo, en el último momento, hace un intento por acercarse a una tranquilidad que perdió muchos años atras y recupera al vivir una tragedia.
Es muy interesante el personaje que interpreta Kiefer Sutherland. Es el marido de Claire. No soporta enfrentar lo feo de la vida, cualquier cosa sobre la que no ejerza un gran control. Es inmensamente rico y todo lo arregla con dinero. Pero Melancolía le hará conocer la derrota absoluta, la claudicación. Es un desmoronamiento inmediato, trágico. Por su parte, los padres de Justine y Claire (unos veteranos que llenan la pantalla sin proponérselo; Charlotte Rampling y John Hurt) son los que ponen una nota de humos exquisita desde su ancianidad.
Sería una pena desvelar la trama aunque hubiera sido mucho mejor para entender lo que digo. Sólo apunto una pequeña parte. Melancolía es un planeta que va en busca de la Tierra. Los científicos dicen que no se producirá una colisión, pero hay dudas.
Lo que sí desvelo es que se van a encontrar (los que no hayan visto la película) con una banda sonora estupenda de Mikkel Maltha. La serenidad de la partitura enfrentada a la velocidad de una tragedia de magnitud colosal.
Y lo que sí desvelaré es la emoción que produce la magnífica escena final. Al levantarse, el espectador descubre que todo estaba pensado para ese desenlace (esto es algo que con el tiempo puede terminar enfadando aunque se le perdona al director).
Para los más curiosos un aviso. Supongo que como homenaje a Andrei Tarkoski, Lars Von Trier utiliza elementos que nos llevan hasta el mejor cine del ruso. Esa caída del caballo al comienzo, las láminas de los cuadros que acompañan el estado de ánimo de Justine (llega a cambiar todas las reproducciones de arte abstracto por otras realistas porque el mundo y su magia son, en definitiva, el mundo con su forma).
Una buena película que les hará pasar un buen rato.
© Del Texto: Nirek Sabal

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