dic 8 2011

Cómo acabar con tu jefe

Hasta las cosas más disparatadas (si hablamos de cine o literatura) deben ser creíbles. Una propuesta que no se sostenga sobre una base verosímil se queda en nada. Se puede contar cualquier cosa que alguien pueda imaginar, no existen límites en ese sentido, pero se debe hacer teniendo un mínimo de cuidado, respetando las reglas del juego.
De Cómo acabar con tu jefe se han dicho cosas muy buenas. Que es divertida; una película cachonda, gamberra y alocada; que los actores improvisan y eso da un toque de diversión muy auténtico al resultado final. En fin cosas amables. Aquí no se va a decir nada de eso.
Al que escribe no le ha parecido ni graciosa, ni divertida, ni nada que se le parezca. Y eso de la improvisación está muy bien, pero en la sala de montaje se debe cortar todo aquello que rebaja calidad al conjunto (en este caso hay poco qué rebajar, la verdad sea dicha). Si no se hace bien ese trabajo, nos encontramos con los personajes hablando sin ton ni son, atropellándose unos a otros al hablar y diciendo memeces que son completamente prescindibles. El colegeo mejor en el bar. En el plató o en post-producción conviene tomarse la cosa en serio.
Los personajes se vacían de inmediato. Unos por exceso y otros por defecto. Los principales, Nick (Jason Bateman), Dale (Charlie Day) y Kurt (Jason Sudeikis) no serían capaces de correr una aventura como la que cuentan ni borrachos. Y eso, precisamente eso, es lo que deciden los guionistas como justificación: emborracharles. Así creen que cualquier cosa vale. En fin, una baratija inmensa. Los secundarios se derrumban entre tanto exceso. La doctora Julia Harris (una guapísima Jennifer Aniston) aburre pronto. Comienza bien, pero tanta repetición alrededor de un solo rasgo resulta exagerado. El personaje de Colin Farrell es excesivo en todos los sentidos y el actor no sabe contenerse llegando a la sobreactuación. Hace trizas lo poco que ofrece un sujeto cocainómano y medio tarado. Kevin Spacey es el que mejor parado sale de todo esto. También es verdad que es el que más personaje tiene para defender. Es con el que mejor se empatiza puesto que ocupa un territorio muy fácil de reconocer por parte del espectador.
Y, claro, sin personajes no hay nada que hacer. Puedes reírte un par de veces y poco más. El guión es muy flojo; se apoya más en lo superficial de una situación extraordinaria que en la ironía o el buen humor que desprenden algunos momentos. Seth Gordon no arriesga casi nada y, un director que no está dispuesto a poner en juego lo que tiene a mano, está condenado a tener un recorrido muy corto.
Lo que cuenta Cómo acabar con tu jefe es la historia de tres individuos acosados, maltratados y muy infelices en sus puestos de trabajo. Están tan hartos que deciden matar a tres personas. Pero son lo contrario a lo que hay que ser para hacer algo parecido. Piden ayuda a Hijoputa Jones (Jamie Foxx) que les engaña y se ven obligados a buscar ellos mismos la solución. Evidentemente, la película es previsible y podríamos contar el argumento entero, de cabo a rabo, sin que el espectador pudiera pedirnos daños y perjuicios.
¿Se pasa un buen rato? Pues sí. Es entretenida. ¿Aporta algo nuevo al cine la película? Desde luego que no. Y ¿al espectador? Tampoco.
Los niños no deben ver Cómo acabar con tu jefe. El lenguaje es muy inapropiado. La entenderían más que bien y, si se pusieran con ello, lograrían mejorar mucho el producto final. Pero ese lenguaje es excesivo para un niño chico.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 1 2010

Los hombres que miraban fijamente a las cabras: El bostezo del Jedi

Perder el tiempo no puede ser bueno. Cuando sucede (al menos en mi caso) la sensación de desazón es tremenda. Si pierdes un rato, por ejemplo viendo una mala película, ese estado de ánimo no deja de ser pasajero. Poco depués la cosa no tiene importancia. Pero si, por ejemplo, filmas un tostón, la cosa ha de ser mucho peor. Los artistan saben lo que hacen. Si el producto final es bueno lo saben. Si es una castaña pilonga lo saben. Les garantizo que Grant Heslov, director de Los hombres que miraban fijamente a las cabras, sabía lo que estaba haciendo al rodar la película y que es capaz de valorar el trabajo de un modo objetivo. Una castaña pilonga, pensará este hombre. Otra cosa es lo que diga en público, claro. El que crea conoce lo que hace. Y digo esto creyendo que sé de lo que hablo.
Heslov intenta una sátira sobre el ejército que se queda en una serie de gags faltos de gracia y que convierten la propuesta en un desastre monumental por aburrido. La falta de continuidad es alarmante. Las pocas ganas que le echan los actores al interpretar sus papeles es abrumadora. Y el grado de idiotez que deja ver el guionista es penosa.
Vamos a ver. En el ejército norteamericano se crea una unidad que aprovechará las capacidades psíquicas de los soldados para vencer al enemigo. Bob Milton es periodista (Ewan McGregor) y descubre, casualmente, la existencia de este grupo de militares con poderes paranormales. Tambien de casualidad, conoce a Lyn Cassady (George Clooney) con el que comienza un viaje a ninguna parte a través del desierto. Cassady es miembro de la unidad especial y disparatada. Se terminarán encontrando a hippie Bill Django (Jeff Bridges) que fue el creador de todo este lío y a un militar que logró desplazar a los dos anteriores siendo malo malísimo (este lo interpreta Kevin Spacey). Drogas, espíritu hippie, técnicas ridículas e ineficaces y muy poca inteligencia en los personajes. Tampoco le sobra al director ya le podría haber sacado mucho más partido a una idea muy divertida.
La película deja de interesar cuando acaban los créditos. Los del principio. Más o menos. Ni siquiera ese afán de los militares por convertirse en jedis puede camuflar la incapacidad narrativa del director.
Bueno, hay un gran mensaje oculto en cada secuencia. Es necesario creer en algo para conseguirlo. Bueno, son dos. La relación con el entorno es vital para el ser humano. Lo que pasa es que ya me lo sabía y no le he dado mucha importancia.
He vuelto a perder el tiempo. Qué desazón.

© Del Texto: Nirek Sabal.

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