ago 9 2010

Origen: Muchos flecos sueltos

Durante muchos años fui abonado en la plaza de toros de Las Ventas del espíritu Santo de Madrid. Estaba rodeado de aficionados con grandes conocimientos taurinos. De modo que aprendí mucho durante los primeros meses. Mucho. Poco a poco, entendí la liturgia de una corrida de toros, cómo y donde debía colocarse el matador frente al toro para lidiarle, la importancia de la mano izquierda o si una estocada estaba en su sitio o no. Lo aprendí todo. Y todo dejó de gustarme porque sabiendo cómo debían ser las cosas, reconociendo un animal bravo, bravucón o manso y las ocasiones perdidas, absolutamente todo era un error. No podía gustarme algo imperfecto. Nada tenía sentido si no se llegaba a ese punto en el que las cosas son exactas. Un buen día un hombre mayor se me acercó, me ofreció un cigarro y comenzó a charlar. Me preguntó por mis cosas, por mis novelas, por mi forma de ver los toros. Bueno, dijo, ya has aprendido todo lo necesario. Sólo falta que te sientes dispuesto a disfrutar de lo que ves, de olor, del sol en la cara. Después de aquella conversación fue cuando comencé a disfrutar del espectáculo. Los peros los discutía tomando una cerveza después de ir a la plaza. Todo tomó un nuevo rumbo.

Dejé de asistir a la plaza hace mucho tiempo. Ya no me interesa nada de todo aquello. Pero eso es harina de otro costal.

Ayer me senté en la butaca del cine preparado para ver un gran espectáculo. Y, al salir, supe que había asistido a eso, a un gran espectáculo, colosal. Esperaba Origen, la película de Christopher Nolan, con ansia y me dejé llevar. Una idea estupenda. Una trama trepidante que no deja respirar al espectador desde el principio hasta el final. Un grupo de actores, de buenos actores (Michael Caine, Cillian Murphy, Ellen Page, Ken Watanabe, Marion Cotillard, Lukas Haas, Joseph Gordon-Levitt, Tom Berenger), moviéndose entre decorados digitales grandiosos. Me dejé llevar y disfruté de la película sin parar a pensar sobre los defectos. Ni me fijé en ellos. Me tragué hasta la última escena sin pestañear, hasta la última nota musical de la partitura de Hans Zimmer. Es ahora cuando toca dar vueltas a lo que vi.

Debe ser que las ideas de Nolan son tan extraordinarias que no le permiten contar las cosas como intuyo que él quisiera. Demasiados flecos sueltos. Y, para resolver esa carencia, hace que la trama se deslice hacia la duda y hacia una realización fallida.

Una posible lectura de la película sería la de entender que todo lo visto forma parte de un sueño. La película sería algo así como muchos sueños incluidos en otro que no nos enseñan. Para eso, entre otras cosas, utiliza Nolan el personaje de Mal (Marion Cotillard, esposa del personaje principal, Cobb, interpretado por Leonardo DiCaprio). Una pena ese desperdicio al tratarse de una buena actriz que se queda apenas sin papel. El tótem girando en la última escena que no terminamos de ver, esa realidad en la que Cobb se mueve perseguido por medio mundo y una frontera sin delimitar entre lo real y lo onírico, podría llevarnos a esa lectura a la que me refiero. Y eso convierte la película en una propuesta casi insultante. Por otra parte, los diálogos son excesivamente explicativos. No llevan a ninguna parte distinta a la siguiente escena que, sin esa explicación, haría derrumbarse todo. Pero lo peor de todo es que, sin diálogos, nos quedamos sin personajes. Ni conocemos sus motivaciones, ni su pasado, ni podemos intuir su futuro. Son personajes que están para iluminar la grandiosidad de los efectos especiales. Cobb es el único que parece tener un porqué aunque no es suficiente lo que nos enseñan. Al tratarse de una película que se adentra en el subconsciente del individuo, el asunto es grave.
Nolan juega a los sueños sin tener claro lo que es el pensamiento y el inconsciente. O lo que es peor, da por hecho que el espectador no lo sabe o le importa un bledo. Otro pequeño insulto. Los personajes piensan o sueñan y el registro es idéntico. Quizás lo peor de la película. Y Nolan juega a los sueños de mentira. ¿Hay algo más intenso que un sueño, es posible que las emociones se puedan expresar con más rotundidad aunque queden difuminadas por el estado inconsciente? Pues jugar a los sueños, pero de mentira, hace que la emoción naufrague a costa del uso del ordenador y su grandeza visual.

Pero también hay cosas muy buenas. El uso de la cámara lenta para que los tiempos narrativos de cada sueño vayan cuadrando es más que notable. Nolan ha conseguido que DiCaprio parezca un actor con personalidad propia (sobre todo un actor que no parece una caricatura de uno de sus ídolos). La partitura de Zimmer es muy efectiva. Los efectos especiales son, verdaderamente, alucinantes. Y es muy difícil que alguien se aburra aún cuando la propuesta se derrumba sin remedio.

Ha mejorado este director con respecto al trabajo de los actores aunque como realizador no termina de cuajar. Ideas excesivas, inmensas, no son fáciles de hacer realidad.

La pregunta que me hago es la siguiente: ¿No se está produciendo un uso alocado de la técnica al hacer películas de cine? ¿No podría parecer que estamos en condiciones de contar lo que sea gracias a esa técnica cuando es incierto y las limitaciones son enormes aunque los ordenadores sean un disparate?

En fin. Vayan al cine y disfruten de la película. De verdad que merece la pena. Y dejen todo esto para después.

© Del Texto: Nirek Sabal




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may 11 2010

Cartas desde Iwo Jima: Todos abominables, todos nobles

No acostumbro a ver películas de contenido bélico, al menos no las que únicamente se desarrollan a base de mostrarnos soldados librando feroces combates para conquistar territorios hostiles, matando a diestro y siniestro. No me interesan pues, en este caso, como en muchos otros, la realidad que acostumbra a superar la ficción y, por tanto, en estos menesteres, me basta con poner el telediario de las nueve y ver unas cuantas imágenes de Afganistán, Ingusetia, Liberia, la Franja de Gaza, Indonesia o cualquier rincón del mundo en el que las personas han dejado de importar para que lo hagan otros intereses bastante más estúpidos.
Sin embargo, como en todo, hay excepciones. Tenía mucho interés en ver “Cartas desde Iwo Jima”, quería ver como se cuenta la historia de los vencidos en un conflicto de la magnitud del que se trata y quería ver como Clint Eastwood (que, francamente, me parece mejor director que actor), resolvía este tema, teniendo en cuenta su origen estadounidense, es decir, el mismo de los que integraron el bando ganador.
Debo decir que el último empujón para que viera esta película es que conocía la estupendísima música de esta película. Música compuesta por Kyle Eastwood, uno de los mejores compositores de los últimos tiempos, y que, como puede observarse por la coincidencia del apellidos, es hijo del director del film. De hecho, muchas de las bandas sonoras de las películas de Clint Eastwood están compuestas por Kyle Eastwood.
Cartas desde Iwo Jima” se rodó totalmente en japonés y en ella se ofrece la versión nipona de la batalla más cruenta de la II Guerra Mundial en el Pacífico. Como dato histórico decir que en aquel enfrentamiento fallecieron más de 20.000 japoneses y 7.000 estadounidenses. La famosa fotografía de los seis soldados americanos alzando la bandera de los EEUU en la ladera de Suribachi, en la isla de Iwo Jima, ha dado cientos de veces la vuelta al mundo. En la película se nos muestra la férrea resistencia japonesa dirigida por el general Tadamichi Kuribayashi (Ken Watanabe).

Debo confesar sin pudor ninguno que esta película me fascinó, me parece una de las mejores películas que trata el tema de la guerra, en realidad de la anti guerra, de las que he visto.
Es terriblemente intensa, te sacude y sientes, a lo largo de su visionado, como el honor reside, en muchas ocasiones, en los perdedores, en aquellos que saben que su final está ahí y están dispuestos a asumirlo. En este sentido, es verdad que Eastwood demuestra una total inteligencia en la gestión del film, una fotografía espléndida, la música no podría ser mejor, la sobria interpretación de los actores espectacular. Esta película no puede dejar a nadie indiferente. Retrata, como pocas, la condición humana, la contraposición entre lo abominable y la nobleza de las personas en situaciones límite.
Conseguí estar sentada en el sofá durante todo su desarrollo, sin pestañear, sintiendo un tumulto de sensaciones. Todo lo que veía me parecía importante. Todo se tenía que contar y eso, no es sencillo. Me invadió la tristeza y la desolación, no pude evitarlo, la guerra no sirve para nada, absolutamente para nada o, tal vez, sólo para demostrarnos la crueldad de la que somos capaces los seres humanos.
Si quieren ver el otro lado de la moneda pueden ver “Banderas de nuestros padres”, pero yo, que soy muy mía, me quedo con “Cartas desde Iwo Jima”, creo que es una muy buena película que, ni siquiera a los que no les gusta el cine bélico, deben perderse. Altamente recomendable, a mi entender.
© Del Texto: Anita Noire