sep 4 2011

La piel que habito: Moviendo cabezas

Si algo caracteriza el cine de Pedro Almodóvar es que la exageración, la extravagancia, las situaciones extremas y los personajes que rozan el delirio se convierten en algo normal, sencillo, en algo que cualquiera podría tener delante de las narices sin que pasara nada de nada. Tal vez ese sea el encanto fundamental del cine de Almodóvar. Sólo alguien que sabe hacer cine es capaz de conseguir este tipo de efectos en un espectador que no suele estar dispuesto a cambiar su forma de entender las cosas a cambio de un rato de entretenimiento. La extravagancia desnuda, sin el acompañamiento de una dosis de genialidad suele quedarse en pura anécdota, en un mal chiste o en una caricatura de lo que debe ser una película de cine.
Antes de entrar en la sala de proyección, estuvimos tomando  unas cervezas y unas tapas. Comentamos lo que ya sabíamos de La piel que habito y esa mala suerte que supone entrar en el cine contaminados por ideas ajenas que te colocan en lugares equivocados. El lugar de otro es siempre un sitio equivocado. Todo lo que se ha dicho de esta última película del director manchego ha sido excesivo; lo bueno y lo malo. Sin ver la película ya lo intuía. La sala estaba prácticamente llena de gente.
La Piel que habito comienza entre dudas. Esa primera parte de la película (la que va del primer minuto hasta que un personaje que aparece en pantalla disfrazado de tigre deja de estar) es la que se parece menos a lo que debería, es decir, al cine de Almodóvar. Durante esos primeros minutos se presentan los personajes (no todos aunque sí buena parte de los fundamentales). El médico protagonista mantiene diálogos con otros que parecen sacados de un libro de texto de educación primaria. El que va vestido de tigre es un auténtico despropósito de personaje aunque, es verdad, que con él llega la primera frase con chispa. Todo aparece de forma remolona sin dejar al espectador margen para casi nada salvo para levantar la ceja. Eso sí, a partir de ese momento, Almodóvar hace desembarcar su cine con fuerza y, ya lo voy a decir, con maestría. Con los excesos de siempre, con zonas de exposición narrativa muy bien contadas, con personajes que se desarrollan en un mundo fabricado a su medida y que se dibuja con perfección. Ya se ha contado mucho del argumento de la película, mucho más de la cuenta y aquí no se va a desvelar nada. Me parece una faena monumental hacer esas cosas. Van ustedes al cine y ven la película.
Acudan a la sala de proyección sabiendo que la puesta en escena de la película es extraordinaria. Nada extraño si el director de la película es quien es, el director de fotografía es José Luis Alcaine y el director artístico Antxón Gómez. Impecable. Crean lo que digo. Pueden ir tranquilos los que piensan que la película no tiene nada que ver con el cine de Almodóvar. Lo es. Y lo es en estado puro (esa primera parte es lo que más se separa). Se van ustedes a reír quieran o no quieran (la escena en la que aparece el hermano del director, por ejemplo, es muy divertida); asistirán a una vuelta de tuerca más sobre lo que puede ser el amor, las relaciones familiares o el sexo; se van a sentir desconcertados cuando salgan del cine y perciban que Almodóvar ha logrado que se pongan ustedes en la piel de otro para entender lo que no tiene explicación aparente. Porque de eso va la película. ¿Dónde está el límite de las personas cuando deben asumir papeles que nos les corresponde? ¿Puede alguien sobrevivir a la renuncia de ser quien es? Por supuesto, los excesos de Almodóvar están. Algunos más justificados que otros. Lo del tigre y una escena que nos presenta en la que unos jovencitos se montan una orgía en el jardín, son innecesarias por aportar muy poco. Pero el resto, deslumbra. Las mujeres que son sometidas de una forma u otra por los hombres, los amores imposibles que toman cuerpo cuando la realidad se impone desde una zona desconocida que destroza las consciencias de todos, la búsqueda personal desde lugares insólitos. Todo desde el exceso, todo desde una luz nueva.
Acudan a la sala de proyección con la tranquilidad de saber que la música de Alberto Iglesias no es invasiva. No lo es aunque algunos lo hayan dicho. Al contrario, acompaña la acción con acierto, sin más protagonismo del debido. Concha Buika interviene y, sin deslumbrar, cumple con su misión.
Almodóvar nunca ha sido un director caracterizado por crear buenos personajes masculinos. Y digo nunca. Esta vez tampoco. Incluso el principal, el médico brasileño, se queda a medio camino. Nada nuevo para el que conoce el cine del manchego. Ni crea buenos personajes ni dirige bien a los actores. Además, Antonio Banderas no es un gran actor. Eduard Fernández, que tiene un papel muy secundario, se hace más grande en la pantalla, más creíble, que Banderas con presencia constante. Jan Cornet está bien. Roberto Álamo, que no es mal actor, tendrá que vivir con esta rémora por la que apostó. Pero Almodóvar es el gran creador de personajes femeninos. Y dirige sus interpretaciones de forma magistral. No sólo logra que Elena Anaya o Marisa Paredes estén bien; además, siempre llega a la esencia de ellas, de todas.
Esa forma de ver las cosas es el gran problema de la película. Almodóvar es como es, la película está realizada por él, el guión lo ha escrito él mismo. Y eso es lo que cuesta digerir. Es muy difícil ponerse (habitar) en la piel de otro para entender bien lo que pasa en la pantalla.
Ni es la peor película de Almodóvar ni la mejor de ella. Pero conviene verla porque es cine del bueno. Deja la cabeza en movimiento después de verla. Y eso hoy en día, si que es una rareza.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 7 2010

Interiores: Sin asumir la realidad no hay realidad

Hay personas que deberían (deberíamos) sentirnos afortunadas por vivir lo que les toca disfrutar. Sin embargo, dedican (dedicamos) buena parte de sus (nuestros) esfuerzos a sufrir, a torturarse (torturarnos). El ser humano tiene por costumbre inventar problemas, cacarearlos, hacerlos universales y cuidarlos con mucho cariño para que duren mucho. Si hablamos de las clases acomodadas, podríamos decir que eso es lo que más le gusta hacer. Parece mentira que con la que está cayendo, desde que el mundo es mundo, dediquemos un solo segundo a semejante cosa. Pero es así. Algo natural, algo que todo el mundo da como bueno.
Woody Allen es el director de cine que mejor retrata a esos individuos de clase acomodada que teniendo todo añoran todo, que convierten su vida en un valle de lágrimas sin saber por qué; a esos sujetos que viven de su propia compasión, que hacen del lamento, por sí mismos, una forma de vida. Woody Allen es el director de cine que mejor ha sabido detectar los problemas de una clase social estúpida hasta límites insólitos. Comodidad y estupidez parecen caminar siempre juntos formando una correlación perfecta.
Me gusta Woody Allen porque es cine. Me gusta Woody Allen porque lo que cuenta es la vida de todos. Me gusta Woody Allen porque enseña las miserias, los desastres personales y las desdichas de una sociedad que nada en la abundancia (de todo) y no es capaz de inventar la felicidad. Ni siquiera de fingirla. Me gusta Woody Allen porque nos deja con su cine las pruebas necesarias para que, de una vez por todas, seamos conscientes de que nuestro intento de alcanzar límites personales es directamente proporcional a lo poco que nos gustamos.
Disfruté con las comedias desenfadadas y sin pretensiones del viejo Allen. Me maravillaron sus comedias más maduras. Pero, también, me encantaron sus dramas. Especialmente, Interiores. Aún no entiendo el porqué esta película no fue recibida, en su momento, como lo que es, como una formidable obra.
El paralelismo que muestra Allen entre los interiores personales y los de los hogares en los que se vive es indicativo de lo que intenta el director con esta cinta. Todos tenemos decorado nuestro propio yo y, tarde o temprano, eso tan íntimo se deja ver en algún lugar, en algún momento; se ve modificado para siempre o se vacía sin remedio.
La película es deudora del cine de Bergman (esto se ha dicho por activa y por pasiva, así que no seguiré con ello), pero, no obstante, el sello de Allen es indiscutible y está presente de principio a fin.

El uso de unos diálogos excelentes que marcan a sus personajes, aportando rasgos inconfundibles a cada uno de ellos, ya es suficiente prueba de que es así. Les garantizo que si prestan atención a esos diálogos y no miran a la pantalla, podrían saber quien habla en cada momento dada la coherencia casi insólita de los discursos. La inteligencia de Allen no desaparece a pesar de los homenajes. Ni en dramas ni en comedias.
Interiores es una película que habla del fracaso. Concretamente del fracaso de lo artificial, de todo eso que intentamos ser para alejarnos de nosotros mismos (por gustamos poco o nada).
Una familia acomodada. Una mujer (la madre) que intenta dibujar un mundo ajeno a la vulgaridad que termina vacío; entre otras cosas, porque su marido es vulgar, dos de sus hijas los son del mismo modo y la tercera (la que parece más triunfadora) se mueve en territorios normaluchos puesto que le rodea esa vulgaridad sin que pueda respirar. Eso de lo que trata de escapar (la madre) es el propio mundo aunque lo haya intentado cubrir con pan de oro. En una de las escenas vemos como esa mujer (Geraldine Page) habla con su marido de un dibujo de Matisse. El hombre alcanza a decir que le parece muy interesante. Sólo. Se han separado y ella desea que él regrese a casa. Él no entiende de arte, ha encontrado a otra mujer (Maureen Stapleton) que disfruta tanto como puede del sol, del dinero y de lo bueno que encuentra en el mundo. Él es ajeno al universo que le propone su esposa. Y la mujer, sin apenas ser consciente, reclama muebles para su interior. Corrientes, sin valor artístico, esos que tanto le repugnan. No quiere asumir que la vida es vulgar aunque conserva la esperanza de poder barnizar todo aquello que le permite sobrevivir. Como toda la clase acomodada del mundo, vamos.
Joey, la hermana pequeña, (Mary Beth Hurt) está perdida, no sabe dónde quiere llegar. Tan sólo es capaz de envidiar a Renata (Diane Keaton) que, aparentemente, se abre camino en el mundo de la escritura. En realidad, está anclada a lo mustio del fracaso. Su madre fracasa, el padre se desliza hacia el mundo de la mediocridad, su marido se siente fracasado, sus hermanas también (Flyn (Kristin Griffith), otra de las hermanas, no pasa de ser una actriz secundaria que trabaja en series de segunda categoría y obras muy alejadas de la genialidad). Ninguno quiere asumir una realidad común.
La película se llena de escenas que rebosan patetismo llegado desde la lucha estúpida y cruel que mantienen todos los miembros de la familia con esa mediocridad que les apabulla. Por ejemplo, cuando el padre y su nueva pareja cenan en casa de Renata, el choque de cosmos es demoledor. El espectador percibe con claridad ese enfrentamiento entre un lugar limpio en el que no hay pretensiones que vayan más allá del disfrute de la vida y la zona oscura de un mundo condicionada por el disfraz de lo cotidiano para convertirlo en una maravilla idiota.
Las interpretaciones son espléndidas. Especialmente, las de las actrices. La fotografía de Gordon Willis es precisa con el detalle y solvente con el conjunto. La iluminación está muy cuidada durante toda la película. El guión es excelente. Es verdad, que los discursos, a veces, son muy literarios, pero no hay que olvidar que los personajes se mueven en un territorio cargante, entre la intelectualidad más pedante. Un aspecto que Allen trabaja con especial acierto es el ajuste entre tempo y tiempo narrativo. No se aprecia ni una sola fisura a lo largo del metraje. Es verdad que el ritmo es algo lento aunque es lo que pide el guión y no puede considerarse un error. Los planos fijos de larga duración van apareciendo en los momentos precisos para que ese tempo convierta el tiempo narrativo en el momento justo.
Me gusta Allen. Me gusta Interiores. Y me gusta saber que hay artistas que son capaces de apostar por lo que quieren hacer sabiendo que las taquillas no sufrirán colapsos. Otra cosa sería vulgar. Eso sí que es la vulgaridad por excelencia.
Exquisita película. Imprescindible para comprender el cine de Woody Allen en su conjunto. Yo, desde luego, no dejaría de ver algo así.
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 10 2010

Sopa de ganso: Humor universal


A veces creo que tenía que haber nacido en otra época, cuando quizás había menos cosas, la gente tenía menos posibilidades para acceder a todo y, por descontado, el cine era algo fantástico y extraordinario por lo que pocas producciones pueden considerarse malas. Seguramente porque rodar una película era una aventura y no sólo contar con medios económicos, sino con historias maravillosas, de cine. Hoy en día, con la cultura basura, el usar y tirar, encontramos películas de todo pelaje y algunas, muchas, de malísima calidad. Por eso, cuando uno quiere jugar sobre seguro, como ya he dicho en otras ocasiones, no le queda otra.
Necesitaba ver una buena película, nada sesuda, refrescarme por dentro y la encontré. Sopa de Ganso, una gansada de las que han hecho historia. Una película rodada en 1933, en un perfecto blanco y negro, con los famosos Hermanos Marx; Groucho, Harpo, Chico y Zeppo, la inestimable y paciente Margaret Dumont. Un ataque de risa que levanta el humor al más cenizo, eso es la película. Cuentan las crónicas que el estreno fue un auténtico desastre, que no gustó absolutamente nada y que ello provocó que los Hermanos Marx perdieran su contrato con el estudio. No puedo entenderlo, a mí me parece una colección completa de chistes, uno detrás de otro que nadie que tenga un sentido del humor puede pasar por alto. Chistes encadenados que a mí en días como el de hoy, en los que no me apetece nada más que una manta, una taza de té y unas risas, me devuelven la confianza en el ser humano.
El lío, pues se pueden imaginar, Groucho Marx interpretando a  Rufus T. Firefly, el recién nombrado Ministro de una república centro europea, encargado de tratar de evitar la guerra con el país vecino de Sylvania. Mientras tanto los espías Chicolini  (Chico Marx) y Pinky (Harpo Marx) intentarán por todos los medios boicotear las actuaciones de Rufus T. Firefly para, tras cientos de peripecias de lo más descabelladas, acabar uniéndose al país que preside el inestimable Rufus.
Esta película, que tiene una duración de poco más de una hora, es una sucesión de los mejores momentos del humor del cine; cada escena es más disparatada que la anterior. Los monólogos de Groucho Marx no tienen desperdicio. Cómo no recordar aquello de ¿Está usted casada? ¿Tiene mucho dinero?  Responda primero a la segunda pregunta. Momentos estelares de los que fueron los clásicos del humor (ese que no tiene nada de zafio ni vulgar, sino todo lo contrario; inteligente, desternillante y, cómo no, intemporal).
Una sátira sobre la política mundial, sobre el sistema de espionajes, sobre la diplomacia. Una película para partirse de la risa y ver que, aunque han pasado más de setenta años, lo que ridiculiza sigue al orden del día. El tiempo pasa, pero las risas siguen siendo las mismas, los gags no tenían desperdicio entonces, ni lo tienen ahora.
Hoy no era un buen día. Sin embargo, de golpe, a base del blanco y negro más intemporal, un paréntesis nos permite respirar. Menos mal que aún podemos recurrir a los Hermanos Marx.
© Del Texto: Anita Noire


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