may 24 2012

Vivir para gozar: el perpetuo éxito de lo clásico

En los últimos meses, han sido muy pocas las ocasiones en las que la cartelera me ha ofrecido algo novedoso, sorprendente y de mínima calidad. La decepción que arrastro con el tema cinematográfico es tan grande que -puedo confesarlo sin rubor- he decidido dejar de asistir al cine hasta que las ranas críen pelo o me dé un ataque de apoplejía y sea arrastrada hasta una sala sin mi consentimiento. Pero como mi vida se nutre de historias fantásticas que otros recrean he hecho acopio de ingentes películas en DVD que devoro, en mis noches de insomnio, como si el espíritu de los hermanos Lumière se hubiera apoderado de mí.
En ese navegar errante entre películas antiguas, películas raras, rescaté, por el mero gusto de gozar de una comedia de las de verdad, Vivir para gozar, originariamente Holiday dirigida en el año 1938 por George Cukor, uno de los mejores directores de todos los tiempos, y protagonizada por los siempre deliciosos y sofisticados Cary Grant y Katherine Hepburn, y junto a ellos Lew Ayres, Doris Dolan y Edward Everett Horton.
En la línea de Historias de Filadelfia, Cukor nos adentra en la alta sociedad neoyorkina y nos sirve en bandeja de plata y grandes dosis de sentido del humor, el estallido de una historia que pone en tela de juicio la conveniencia o la necesidad de sujetarnos a sueños de estatus, posición, triunfalismos vanos en una sociedad absolutamente convencional, tan convencional como la sociedad norteamericana de finales de los años 30. Una crítica sutil a las aspiraciones que todo ciudadano medio podía tener engarzada bajo el hilo conductor de una historia de amor.
Johnny Case (Cary Grant), un hombre alejado de los círculos mundanos de Nueva York se enamora de una mujer perteneciente a la alta sociedad, de Julia Seton (Doris Nola). Su entrada en esta nueva vida de relumbrón, pese al intento por adaptarse a su nueva realidad, chocará frontalmente con sus ganas de vivir. La vida aburrida, convencional se disipará con la presencia de Linda (Katherine Hepburn), hermana de su prometida, una mujer entusiasta con ganas de vivir. Dos personas absolutamente deseosas de vivir para gozar y frente a eso la disyuntiva de escoger entre una vida de comodidad y convencionalismos a costas de la pérdida del entusiasmo o, renunciar a lo material, a una vida próspera por vivir junto a quien comparte la misma filosofía y siente la existemcia a flor de piel.
Vivir para gozar es una de las mejores comedias de finales de los años 30; fresca, con un guión estupendo, una química espectacular entre sus protagonistas y unos inmejorables diálogos que, de modo alguno, puede ser minimizada por pertenecer al género cómico. Pues tras la aparente frivolidad de la historia subyace algo tan fundamental como la libertad de decisión del hombre.
Una acertadísima elección para un día cualquiera en que busquen el lado amable de la vida. Y es que no me canso de repetir, en el cine, los clásicos, pocas veces defraudan. Y si son en blanco y negro, menos todavía. Palabrita de superfan de Katherine Hepburn.
© Del Texto: Anita Noire


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mar 19 2012

La Reina de África: Barcaza Movie

Un buen director de cine, al igual que un buen escritor, debe necesariamente saber contar buenas historias, y aunque las herramientas puedan ser distintas, al final, el resultado debe ser el mismo; una historia creíble, verosímil, que enganche y que una vez terminada la última línea, la última imagen, nos dejen el buen sabor de lo contado y que, eso visto o leído nos modifique en algo.
La diferencia entre los buenos y los malos, escritores o directores de cine, creo, estriba en buena parte, en eso. Por eso podemos decir que John Huston era un excelente director de cine.
La reina de África es una de esas películas que no dejan indiferente a nadie.  Protagonizada por Humphrey Bogard y por Katherine Hepburn. Este tándem se comía la pantalla con su sola presencia, con la interpretación de dos personas absoluta y radicalmente distintas, el capitán de un barco, un tanto pendenciero y borrachuzo, Allunt, y Rose, una misionera, malencarada y amargada que, obligados por las circunstancias, van a tener que convivir, en el escaso espacio de una barcaza, La reina de África, para escapar de los alemanes durante la primera guerra mundial. Juntos huirán por el río. A lo largo de camino, mientras viven las más asombrosas aventuras, las relaciones personales de dos sujetos absolutamente antagónicos evolucionarán hasta aproximarse tanto que, uno y otro quedarán rendidos por el amor.
Una de las excelencias de la película es, precisamente, la configuración de estos dos personajes, porque Huston nos muestra a dos seres que ya no son jóvenes, que se encuentran rodeados de mil calamidades, sucios, ásperos y, sin embargo, nos los transforma en entrañables cada minuto que va avanzando la película gracias a los estupendos diálogos que se suceden entre sus protagonistas. La química entre los actores es increíble y eso traspasa la pantalla  gracias también, a la maravillosa fotografía de Jack Cardiff.
Con  los años,  esta película no ha perdido un ápice del atractivo que pudo tener en su momento aún cuando, como es lógico, la película tenga que ser vista partiendo de la base de que fue rodada hace más de sesenta años.
Por esta película Humphrey Bogart recibió el Oscar al mejor actor y Hepburn fue nominada como mejor actriz, sin que llegara a recoger la estatuilla. Algunos puristas consideran que estas dos actuaciones no fueron las mejores de estos actores, pero el caso es que, uno junto al otro, crecieron enteros enormes.
Hay multitud de anécdotas alrededor de la filmación de esta película y Katherine Hepburn (una de mis actrices favoritas, la que mejor supo lucir los pantalones de talle alto, las más elegante, divertida y estupenda de las actrices), cuenta en sus memorias infinidad de anécdotas del rodaje (les recomiendo que lean las memorias de la Hepburn, son estupendas). Una de ellas cuenta cómo todo el equipo de rodaje enfermó de disentería menos Bogart y Huston porque no bebieron agua en  ningún momento, cuenta con increíble sentido del humor como Huston no tenía interés en rodar en África y como aceptó la dirección de la película porque quería ir de safari, ni más ni menos.  Pero el caso es que fuera por lo que fuera, tuvimos la enorme suerte de que el gran director dirigiera una de las auténticas joyas del cine de todos los tiempos.
De vez en cuando no está mal retomar este tipo de películas de aventuras. En este caso una road movie sobre una barcaza, que nos traslada al continente africano. Películas en las que los  monstruos del cine lo eran de verdad. Puede que por eso, porque eran verdaderos dioses del cine, el paso del tiempo los mantiene igual de magníficos, no envejecen nunca.
Si no han visto La reina de África, no saben lo que se pierden.
© Del Texto: Anita Noire


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