feb 4 2012

Revolutionary Road: Del amor y la libertad

Me cuesta ser objetiva con casi todas las películas que exploran la psicología humana, especialmente en las relaciones de pareja, y más todavía si le añaden (o así lo he visto yo) la cuestión del género; pero aún desde la posición menos subjetiva es imposible no apreciar alguna de las líneas que Sam Mendes, ganador de un Oscar por American Beauty, dibuja en esta película cargada de tensión emocional.
Kate Winslet y Leonardo Di Caprio se juntan de nuevo para ofrecernos un drama digno de lo que cabe esperar de esta pareja, pero esta vez sin exceso de corazones flotando en el ambiente; más bien una bomba de relojería que desde el principio se intuye, pero no se ve, y que al final termina por explotar sin dejar de intuirse. En Revolutionary Road, April y Frank son una joven pareja que, acomodados en un barrio de clase media, lo hacen resignados por las limitaciones que imponen dos hijos, un trabajo como otro cualquiera en una oficina de cubículos y encargarse de una casa ideal para una familia tan especial como ellos, a la libertad y aires bohemios a los que una vez aspiraron.
Para quien se siente delante del televisor sin pretensiones, sin expectativas, sin saber nada de este largo, puede sentir aburrimiento durante la primera media hora (larga). No se sabe hacia dónde se dirige Mendes con la historia de tan modélica pareja. Poco a poco, el argumento comienza a enredarse a modo de culebrón un nivel por debajo de la típica superficialidad. Precisamente April y Frank buscan salir de ese aburrimiento para lograr cumplir ese sueño que todo ser humano reprimido por las convenciones sociales desea. Sin embargo, estas pretensiones no son las mismas para él que para ella y la forma de ambos de ver y vivir la vida irá divergiendo hasta formar un ángulo de 180 grados que se pierde en el infinito. Mientras ese ángulo se va abriendo, el espectador contemplará un apurado análisis de la psique masculina y femenina, y la que resulta de la fusión de ambas, gracias a la interpretación de un Di Caprio que ya no es el de los pósters de las revistas de adolescentes, maduro, con rodaje, en el papel de un Frank soñador pero orgulloso y sobre todo padre de familia, y una soberbia Winslet en el papel de April, rebelde e igualmente soñadora, anhelante de ser especial por otros motivos muy diferentes de los que sus vecinos piensan. Y para quien quiera hacer una lectura más profunda, Mendes trata, especialmente desde April, la cuestión del género con todo fundamento, y a través de la mejor herramienta: el amor. Desde los roles del hombre y la mujer hasta la dependencia mutua, pasando por lo que representa en esta materia las trifulcas propias de cualquier pareja en busca de ¿la felicidad? y hasta dónde se está dispuesto a llegar por demostrar que, aunque ni contigo ni sin ti, la libertad de pensamiento y acción es inherente al ser humano, ya sea hombre o mujer.
Desde luego, una auténtica bomba de relojería (algo predecible hacia el final y a la que quizás le sobre un cuarto de hora), para disfrutar y hacer más de una lectura.
© Del Texto: Coletas

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ene 22 2012

El lector: Ajenos a todo


George Benson – This Masquerade

¿Hasta dónde estaría usted dispuesto a llevar su comprensión o su perdón? ¿Puede algo o alguien hacer que entendamos una barbaridad? ¿Un asesino lo es menos si de niño le maltrataron? ¿Podemos llegar a entender una matanza provocada por alguien si nos explican la situación crítica en la que se encontraba el individuo que la produjo? ¿Manejamos una doble moral repugnante en la sociedad actual? ¿Son las leyes mecanismo seguro para que esa doble moral no pueda estar presente en los momentos importantes?
Bonitas preguntas, ¿verdad?
La película El Lector está basada en la novela de Bernhard Schlink titulada del mismo modo. En ambas se plantea el problema de esa doble moral, de la angustia de la soledad, de la incomunicación. La adaptación de la novela está muy bien lograda. Rebaja lo justo para seguir contando lo que debe. Ya iba siendo hora que alguien no destrozara una novela de calidad para hacer una mala película.
Una mujer conoce a un muchacho con el que mantiene un idilio (muy bien contando, con elegancia, ni zafio ni cursi). Él lee a la mujer durantes sus visitas. Ella no sabe leer aunque ese es un secreto que sólo ella conoce. Cuando la mujer se ve obligada a un cambio de puesto en su empresa y debe reconocer su analfabetismo, escapa dejando al muchacho y sin reconocer su problema. Se alista en las SS alemanas y termina siendo una de las guardianas implicadas en la muerte de un buen número de mujeres de raza judía. Unos años más tarde, cuando el muchacho estudia derecho, es juzgada. El chico (así le llama ella) entiende el problema y no sabe qué hacer. Podría informar al tribunal puesto que la única prueba que manejan es el testimonio de dos supervivientes y un informe escrito a mano que ella no pudo realizar y de la que está acusada. Se trata de aplicar la ley (si no pudo escribir ese informe la pena será mucho menor) o dejar que alguien pague su culpa ocultando un dato vital ¿Qué hacer se pregunta el muchacho? ¿Qué hacer se pregunta el espectador?

Ralph Fiennes interpreta al personaje en su edad adulta. Un hombre solitario y distante porque dejó que su verdadero amor se pudriera en la carcel. Kate Winslet (extraordinaria por su credibilidad, por su interpretación casi perfecta) es la protagonista que, desde una ignorancia abrumadora, intenta justificar lo que ocurre en el campo de trabajo porque hacía un trabajo como otro cualquiera. Solos, ajenos al mundo, durante toda la película nos enseñan cómo la literatura se puede convertir en el mejor de los anclajes entre las personas. La fabulación, la creación de mundos imaginarios en los que poder sobrevivir, es fundamental en esta película.
Y, mientras, el espectador se ve obligado a plantearse esas preguntas con las que iniciaba este comentario. Pero no en un mundo ficticio. En el real, en el de todos los días. En ese.
Cuando alguien sale del cine diciendo que le ha encantado la película, algo importante ha pasado. Es una expresión que reservamos para las ocasiones en las que algo nos emociona o nos conmociona. Algo provoca un cambio en nosotros. Lo mismo pasa con las novelas o los poemarios. Creemos que el mundo es otro, creemos ser mejores, más humanos. Casi siempre, creemos parecernos a ese personaje que tanto nos ha gustado. A mí esta película me encantó. De verdad que sí. Sin embargo, me inquietó durante algún tiempo sentir algo así. No me gustaba parecerme a los personajes, ni pensaba que el mundo era otro. Pensé sobre ello durante días. ¿Por qué me conmocionó? Como de costumbre hice lo que todo occidental hace en estos casos. Intenté encontrar la solución en la película. Eché un vistazo a la novela buscando lo que se me había escapado. Pero nada. Hasta que no busqué donde tocaba –en mí mismo- no hubo solución. La conmoción venía de elegir desde mi moral. Y un espectador o un buen lector nunca debe hacer eso. Son los personajes los que eligen . Como mucho, estaremos de acuerdo o no con lo que hacen. No entren en ese juego.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 20 2011

Un dios salvaje: Las apariencias en juego

Un nuevo trabajo de Roman Polanski -para el aficionado al cine- es como un regalo de cumpleaños. Y ese momento en el que entras a la sala de proyección para recibirlo es mágico.
La sala llena. Una espera con el murmullo general de fondo que avisa. Algo grande va a pasar. Se apagan las luces. El silencio es inmediato. El cine apesta a cine. El mundo, más que otras veces, se reduce a una butaca, a ti mismo.
Desde la primera escena, la atención se agarra a la pantalla. Y, ya presa, se deja querer por lo que Polanski cuenta, por los personajes, por cada frase que disecciona una realidad cercana que no queremos ver. Cuando aparecen los créditos finales nadie se mueve en su asiento. Parece que el tiempo no haya pasado. Excelente película. Gran cine. Polanski sigue siendo ese regalo esperado cada cierto tiempo que, raramente, hay que devolver.
Un dios salvaje es la última película de Roman Polanski. Se trata de una adaptación de la obra de Yasmina Reza que tituló Le dieu du carnage. Una obra intocable, premiadísima. Polanski la lleva al cine de forma magistral. Respetando la esencia del original (es una película muy teatral, claro) aunque haciendo el cine que él sabe hacer, el cine en el que se mueve con soltura. Dos escenas en exteriores y el resto dentro de un apartamento. Lo más lejos que se desarrolla la trama es la entrada del ascensor. Más tarde descubrimos que eso es una fantasía, que, en realidad, lo importante está sucediendo lejos de allí. Y, desde esa trama oculta, llega el sentido de la película. Al menos, buena parte de él. Cuatro personajes. Dos parejas. Un conflicto que les hace estar en el mismo lugar. Personajes que explotan desde el principio llenando la pantalla. Entre otras cosas porque los que interpretan esos papeles son Jodie Foster, Kate Winslet, Christoph Waltz y John C. Reilly. Un reparto de lujo para personajes de lujo. Jodie Foster asume su trabajo por completo. Creíble, contenida a pesar de que su personaje es indómito, vocalizando cada palabra con una perfección casi ridícula para que el espectador sepa encajar el discurso sin problemas de una mujer que, desde el principio, anuncia fricción con otros. La señora Winslet, por la que el que escribe siente y confiesa una gran admiración, deja claro porqué se la considera una de las mejores actrices del mundo. Magnífica. Su personaje se deja ver poco a poco y ella va progresando a la par. El final de la película lo llena ella solita. Christoph Waltz es el que menos despunta aunque está muy, muy bien. Su personaje evoluciona mucho (el que más lo hace de todos y que el sostiene la propuesta en pie sin fisuras), pero no permite grandes alharacas. Y lo de John C. Reilly es cosa de marcianos o algo así. Impresionante en su papel.
La apariencia y su falsedad es lo que mueve la trama. Todo lo que vemos puede ser distinto a lo que es en realidad; cualquier ingrediente puede servir para que lo oculto aparezca de forma inesperada, o no, para cambiarlo todo. Hipocresía, las formas correctas, desatarse y dejarse llevar. ¿Cómo son las relaciones humanas? ¿Qué puede ser la causa para que todo se venga abajo?
La película es divertidísima, muy inteligente. El ritmo es el preciso. Todo se acompasa por un gesto, por un detalle. Polanski cuida al máximo los movimientos de una cámara que desaparece al instante para no hacer acto de presencia nunca más. El espectador deja de notar el cine para asumir lo que ve como parte de la realidad. Los diálogos son formidables. Creo que no hay frase que se pronuncie sin un sentido claro que explique y estructure el resto. La iluminación es perfecta. La peluquería diseña la personalidad de cada personaje y su evolución. Todo es cine del bueno.
Desde luego, si va usted a ir al cine, la propuesta de Polanski es una oportunidad para disfrutar. Los jóvenes pueden ir con tranquilidad porque se lo van a pasar en grande. Y si pueden ver la película en versión original, ni se lo piensen porque merece la pena.
Qué sensación tan extraordinaria y tan auténtica produce ver una obra de esta categoría.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 27 2011

El número 23: Disparate total

Jim Carrey es un actor que dedica su tiempo en cosas como hacer gestos que él cree que son muy graciosos, a moverse delante de las cámaras dando zancadas grandes y ridículas, a estropear algunas películas que podrían funcionar sin su presencia y a todo tipo de cosas que conviene olvidar con rapidez. Algunos dirán que estaba muy bien en esa en la que hacía de pobrecito engañado por una corporación que vendía su vida en la televisión o que estaba bien en esa que hizo con Kate Winslet. En El show de Truman estaba algo más contenido de lo normal. En ¡Olvídate de mí! está ramplón (es la señora Winslet la que salva los muebles). En fin, Jim Carrey es un desastre de actor. Y las películas que suele interpretar son un tostón indecente.
Pero una de ellas es el no va más. El número 23. El asunto es que un tipo descubre una obsesión que tiene que ver con ese número. Luego resulta que nada es lo que parecía. Todo suma 23. Incluso las veces que un espectador con cierto criterio piensa en la muerte durante los 94 minutos de película suman 23. El guión está escrito para divertir a un idiota y lo debió escribir otro. La propuesta es lamentable. Técnicamente es una película ramplona. El mensaje es cero. Y, además, el protagonista es Jim Carrey en estado puro. O sea, un auténtico desastre.
No voy a gastar un solo minuto de mi tiempo en resumir la trama porque, francamente, no se me ocurre cómo hacerlo sin sufrir un ataque epiléptico.
Un consejo: mejor que no se le pase por la cabeza ver esta cosa. Se arrepentirá.
© Del Texto: Nirek Sabal

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mar 30 2010

Revolutionary Road: Entender un mundo

Igual que los libros, las películas tienen reservado un momento concreto en la vida de cada uno de las personas. Una misma película gusta si te sientes feliz y seguro, o disgusta si la vuelves a ver cuando pasas por malos momentos personales. No es lo mismo ver Los puentes de Madison mientras vives la felicidad de tu matrimonio que verla cuando sabes que tu pareja te ha sido infiel. Algo así.
Andaba yo pasando una mala racha personal (poca cosa, no sabía cómo me llamaba y eso) cuando fui al cine para pasar un rato tranquilo. Y me encontré con Revolutionary Road. Me desagradó enormemente lo que me contaron. Necesitaba otras cosas en ese momento. Tal vez algo de Disney.
Sin embargo, salí de la sala de proyección sabiendo que había visto una película de buen cine. Si alguna vez tuviera la oportunidad de dirigir quisiera que fuera para rodar algo parecido. En fin, una excelente película que cuenta una historia tremenda. Eso pensé.
La he vuelto a ver hace unos días. Esta vez sabiendo cómo me llamo y eso. Fui anotando aquello que más me interesaba (casi todo tuvo que ver con el proceso narrativo, más que nada porque el resto me resulta inaccesible y se lo dejo a los que saben). Terminé de verla y supe de inmediato que algo me dejaba atrás, que no terminaba de mirar bien, que no podía guardar la copia sin más. No era sólo una excelente película que contaba una historia tremenda. Allí se veía algo más.
Eché un vistazo a mis notas. Los personajes masculinos son estereotipos, pero estereotipos inmensos. DiCaprio representa a todos los maridos del mundo, dice y hace lo mismo que el marido que tiene cualquier mujer en la cabeza. Sus amigos son los amigos de cualquier tipo que va a trabajar y se encuentra con ellos cada mañana. El vecino del matrimonio protagonista es tan imbécil como cualquier imbécil que se fija en la vecina estando casado. Los ejecutivos y los jefes de las empresas (todos hombres) causan bochorno con sólo dejarse ver. Todo un gran estereotipo masculino. La historia no deja de ser una historia que se repite día a día. Matrimonio aparentemente feliz, incluso ideal, envidiado por todos, pero que esconde una tonelada de miserias. Un colosal estereotipo. ¿Y ellas? Una vecina coñazo y entrada en años (estereotipo), otra vecina que traga con lo que haga falta para salvar su matrimonio, para que todo parezca normal (estereotipo), la secretaria jovencita que se deja seducir por un guapo e interesante ejecutivo (estereotipo). Y la protagonista (Kate Winslet). Ella es la que no cuadra en todo esto. Afortunadamente. Este no es un personaje ramplón, no, no lo es.

Después de leer las notas que había tomado estaba claro que ver la película por tercera vez era lo suyo. Pero esta vez pegándome mucho a la mirada de ese personaje. Desde ella y sólo desde ella.
Para entender a ese personaje hay que ir más allá de lo que dice. Sobre ella reposa todo el peso narrativo de la película. Y, por tanto, la carga expresiva del lenguaje (el guión es un esfuerzo constante por conseguir ese efecto). Lo que dice ella es lo que mueve el universo de la película. Sus silencios son tan importantes como el lenguaje corporal. Kate Winslet está especialmente bien y logra todo lo que se propone en cada secuencia. El resto de personajes no entiende casi nada (igual que el espectador que no quiera hacer un pequeño esfuerzo) y sólo cuando aparece un loco por allí, ella sabe que lo que dice no es tan difícil de comprender. El loco entiende a la única persona que no juega a la vida fácil y llevadera, a la única persona que quiere construir un mundo distinto en el que poder sobrevivir. Los estereotipos, lo mediocre, no van con ella. Nadie entiende su lenguaje, el fondo de las cosas y decide hacer cosas. Cosas que pueden parecer horribles, pero que son la única alternativa para escapar de ese estereotipo en la que se convierte por momentos.
Por todo esto la película se convierte en algo distinto, magnífico. Porque, igual que en los libros, lo importante no es construir un universo y explicarlo sino saber qué universo se dibuja en la consciencia de los personajes para que lo entendamos. Parece que es lo mismo y no lo es. Ni mucho menos. Por todo esto la película se convierte en algo distinto, magnífico. Y porque ya sé cómo me llamo y eso.

© Del Texto: Nirek Sabal


Chucho Valdés – Embraceable Yoy