ago 16 2010

Los amantes del círculo polar: Ser más en otros

Creo en las circunferencias, en las esferas, y estoy convencida que la vida es circular, casi un capicúa perfecto. Muchas cosas, muchas situaciones se cierran igual que empiezan. Tuve conciencia de ello siendo muy niña. A lo largo de los años, los círculos son una constante. Al parecer no soy la única que lo cree.
Julio Medem en su película Los amantes del círculo polar también nos muestra un mundo redondo, una historia de amor circular, la historia de Otto (Fele Martínez) y Ana (Najwa Nimri), dos palíndromos geniales. El amor, grande, secreto, inevitable, que se prolonga en el tiempo y hasta el final.
Vi la película de Medem cuando creía en las historias de amor circulares, eternas, por eso, supongo, me quedé colgada de ella, me transformé en Ana.
Julio Medem dividió esta dramática historia de amor, en tres partes, como si estuviéramos ante los tres actos de una ópera clásica. La primera de ellas nos cuenta el paso de Ana y Otto por su infancia, el momento en el que se conocen en la escuela de una manera totalmente casual. Los aviones de papel que Otto lanza por la ventana del baño del colegio, provocará la posterior unión de sus padres. En una segunda parte, Medem nos muestra el despertar sexual del amor que viven Ana y Otto, que en plena adolescencia, conviviendo como hermanos, que no son, se aman haciendo creer al mundo que no se importan. Durante la tercera y última parte de la película, Otto y Ana viven su relación de una manera estable, pero siguen ocultándosela a sus padres. Un acontecimiento dramático en la vida de Otto hará que se marche, separándose de Ana. El tiempo irá pasando mientras Ana se hará maestra y trabajará en la misma escuela en que los dos estudiaron, Otto se hará piloto. Cada uno por su lado, mantendrán relaciones sentimentales ruinosas, sin olvidarse nunca uno del otro. Otto convertirá en amantes a diversas mujeres con las que jamás concretará nada. Por su parte, Ana mantendrá una relación con un hombre que le dobla la edad sin llegar a sentirse feliz.
Pero la vida es circular, y uno y otro, de manera inconsciente, continuarán buscándose. Ana decidirá marchar al círculo polar ártico, allí donde las noches no existen, para buscarse a sí misma. Otto trabaja para el servicio aéreo postal en aquella zona. Ambos sueñan con un reencuentro. Ana vive en el bosque. Un cúmulo de casualidades desastrosas mientras, uno y otro, siguen buscándose, llevarán al dramático final del amor entre Ana y Otto.

Una película llena de matices, tristes, dramáticos, como acostumbran a ser esos amores recurrentes, interminables. Amores que se tornan demoledores. Nadie sale indemne de relaciones amorosas como la que viven Ana y Otto. Todos dependemos de algo que no controlamos, yo no sé lo que es, pero sé que, eso que no sé lo que es, existe y de él dependemos.
Supongo que no puedo abstraerme de las historias de amor romántico, ese que tanto daño ha hecho a las relaciones personales de los que somos de carne y hueso y no simples personajes de película. Pero, lo confieso una vez más, no puedo resistirme a ellas. Lloré con Ana, me alegré con Ana y desee que Otto me abrazara mientras esperaba frente a un inmenso lago.
¿Absurdo? Posiblemente, pero esa es la magia del cine. Es capaz de colocarnos tan cerca de sus personajes que, por segundos, mientras estamos sentados en una butaca, podemos sentir lo que ellos sienten, vivir lo que ellos viven y que, al encenderse las luces, seamos un poco más nosotros mismos a fuerza de haber sido otros durante no más de dos horas.
En esta película Medem nos ofrece tantos puntos de vista como personajes crea, es por eso por lo que podemos alinearnos con el que más nos guste, apetezca o afinidades encontremos. Yo lo hice con Ana.
Como pueden ver me gustó, soy una fan incondicional de Los amantes del círculo Polar, me pareció y me sigue pareciendo, una película fascinante, llena de silencios tan llenos de contenido que hacen que, cada vez que la vuelvo a ver, me estremezca.
© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube


jul 31 2010

¿Qué tienes debajo del sombrero?: Completamente alucinante

El ser humano es increíble y, permanentemente, sorprendente. Nos dejamos llevar por lo común, lo corriente y nos perdemos lo que está un poco, sólo un poco, más allá de nuestro acá. Tenemos cerrado el ángulo visual y el mental. Vamos por la vida colocando las manos al lado de los ojos, focalizando el aquí. Ver más allá puede hacer daño, descolocarnos, alucinarnos y, como es el caso, situarnos frente a algo, un fenómeno que nos haga tambalear ideas preconcebidas que ya nos hacían sentir bien.
Esta semana cayó en mis manos un regalo: ¿Qué tienes debajo del sombrero? Y digo un regalo porque lo ha sido en los dos aspectos. En el material porque quien me lo entregó me dio una alegría del quince y en el inmaterial porque ha provocado una pequeña revolución en mi pensamiento. Así que hoy ando doblemente agradecida.
¿Qué tienes debajo del sombrero? es un documental escrito y dirigido por Lola Barrera e Iñaki Peñafiel. La producción ha corrido a cargo de ellos mimos y de Julio Medem.
En este documental sus autores nos cuenta la historia Judith Scott, una escultora norteamericana de 62 años a la que le llega el reconocimiento internacional después de vivir 36 años en una institución psiquiátrica. Judith tiene síndrome de Down y es sordomuda. La historia de este documental la cuenta su hermana gemela, Joyce, que no tiene ninguna discapacidad. Judith Scott es hoy mundialmente reconocida. Estuvo en el Creative Growth Art Center de California. Barrera y Peñafiel se desplazaron a dicho centro para rodar y allí descubrieron la existencia de personas con idénticas o parecidas situaciones a las de Scott que, pese al aislamiento que sus discapacidades les produce, han encontrado la posibilidad de expresarse mediante las obras que crean.
Un documental espectacular, que huye de lo facilón que sería caer en lo condescendiente o en lo blandengue. Nos muestra un mundo distinto, lejano; el mundo del silencio en el que viven, su entorno repleto de personas con severas discapacidades. Yo no entiendo ni jota de escultura, sólo se decir lo que me gusta o lo que no me gusta. A priori, las obras de Scott te dejan impactada. Un inmenso ovillo que contiene en su interior, por ejemplo, un par de zapatos. Que pueden ser una castaña sin igual vistas desde fuera pero que encierran en su interior un mundo que la autora decidió fuera de esa manera y no otra. Una manera de expresar de aquel que no tiene otra manera para hacerlo.

Debo reconocer que ando flipando. Empecé a flipar cuando pude ver que a los ovillos de Scott le hacían radiografías para poder conocer, observar el universo que había decidido encerrar ahí dentro. Y aluciné, de verdad que aluciné. Y no sé si son preciosos o no, si son obras de arte o no. Yo sólo sé que lo que vi ha dado la vuelta a un interruptor que tenía dentro. Y creo, aunque no lo sé, que eso tiene que ver con el arte. Puede que me equivoque, sólo soy una persona profundamente ignorante, que lo desconoce prácticamente todo.
El ser humano es brutal. Nuestro desconocimiento de todo es tan grande que eso que existe y no conocemos puede llegar a asustar.
Si quieren alucinar utilicen, que no gasten, 75 minutos de su tiempo en sumergirse en un mundo que puede que les deje perplejos como a mí, que perdurará en su cabeza más allá de lo que dura la filmación porque, sin lugar a dudas, lo que vemos nos muestra mucho y nos hará pensar mucho más.
Salud.
Ah! Y si quieren saber qué es lo que Judith Scott tiene debajo del sombrero tendrán que ver el documental, no es algo que se toque, pero yo no se lo voy a contar. Lo ven y si quieren luego lo hablamos.

© Del Texto: Anita Noire

Imagen de previsualización de YouTube