ene 15 2014

Carrie: Un calco

Cuando un aficionado acude al cine para ver un remake, espera que al salir de allí, algo nuevo se lleve en la memoria. Las opciones, siendo algo reduccionista son: la nueva versión es algo novedoso que, aun contando la misma historia, logra aportar cosas desde el punto de vista narrativo y técnico; la nueva versión es la misma cosa que el original con ciertos toques de autor y se hace prescindible; la nueva versión es lo mismo y la novedad es que una buena historia original la han convertido en un peñazo.
Carrie, película firmada por Kimberly Pierce, se encuadra en la segunda de las opciones. Es la misma Carrie de Brian de Palma (1976) con un aire más sosegado, un toque humanista algo más potente que en la original. Pero, por el contrario, la forma de narrar del maestro De Palma se pierde. El resultado es que la sensación de repetición, sin un sentido claro, se impone con fuerza. Pierce trata de modernizar la trama incluyendo aspectos tecnológicos que sólo actualizan la escena mínimamente. Que aparezcan móviles e Internet no dan un toque moderno. Los efectos especiales son buenos aunque eso, en los tiempos que corren ya no suman. Un mal uso sí que resta, pero el uso correcto de descuenta antes de empezar.
Chloë Grace Moretz, sin ser mala actriz, no es Sissy Spacek. El rostro de Spacek era el de alguien completamente poseido por un estado de ánimo extraordinario. El de Chloë Grace Moretz es el de una mujer de muy mala leche. Además, cuando llega el momento de la fiesta, la belleza de la nueva Carrie pone en duda parte de las motivaciones de un personaje que en el libreto original es visto con rareza por todos y en todos los sentidos, incluido el físico. Por su parte, Julianne Moore defiende su papel con solvencia, sin despeinarse. Entre otras cosas porque su personaje se queda sin explotar, no se le exprime lo que cabría esperar (en la novela de King se le saca un partido asombroso) y, así, el trabajo se hace más llevadero.
Para el que no conozca la primera versión, esta de Kimberly Pierce, puede ser que cuele. El guión de Roberto Aguirre-Sacasa y Lawrence D. Cohen se ajusta al que ya filmó De Palma y funciona bien. Es cine que deja entrever alguna calidad. Pero para el que ya pudo disfrutar de la Carrie original sentirá algo de decepción. No siempre basta con hacer las cosas con corrección. Si la idea es partir de algo ya realizado el objetivo es llegar a más. ¿Por qué alguien querría ver una película que se sabe de cabo a rabo y no que no le fuera aportar algo más? Pues eso.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 24 2013

Don Jon: Catecismo y moralina

De esta película se han dicho muchas cosas y, casi todas, buenas. De Joseph Gordon-Levitt, que puede dirigir bien y que logra un papel notable; del guión, que es divertido además de estar bien construido; que la fina ironía cubre cada secuencia; cosas así.
Sin embargo, la película es mediocre; el trabajo de Gordon-Levitt, como actor, es pasable (siendo generoso) y, como director, discreto (siendo muy generoso); la ironía no está por ninguna parte salvo que esa ironía sea el mal gusto, las palabras malsonantes soltadas a diestro y siniestro o el intentar que todos nos veamos reflejados en un tópico tras otro. Pero lo peor es que Don Jon termina convertido en una especie de catecismo fabricado por el director y guionista para obsequiarnos con una filosofía barata y más vista que el TBO. Moralina pura.
La historia que nos endosa Joseph Gordon-Levitt es la de un adicto al porno, infeliz por no poder liberarse por completo cuando experimenta la realidad. Músculos (ya se encarga el director de enseñarnos hasta el último detalle de sí mismo) belleza e insatisfacción. Aparece una rubia explosiva (Scarlett Johansson) que quiere cambiar a nuestro chico. Eso no funciona, claro. Continúa la adicción al porno, a la confesión en la iglesia del barrio y a sí mismo. Mucha adicción y poco de lo demás.
Pero un día aparece otra mujer (mayor, experta en todo tipo de cosas que tengan que ver con la vida misma porque es mayor; lo que supone una auténtica idiotez; es Julianne Moore) que lo arregla todo. Estarán ustedes pensando que les he desvelado la trama. Tienen razón. Pero les aseguro que es tan previsible que esto da igual. Lo hubieran descubierto ustedes mismo al poco tiempo, entre bostezo y bostezo.
La dirección actoral no está mal auqnue contar con la señora Johansson y la señora Moore es una garantía de éxito en este aspecto. El montaje es excesivo en las reiteraciones aunque imagino que, dadas las circunstancias, había que conseguir minutos de metraje medio potables. El guión, salvo algunas cositas, es bastante ramplón. Encontrar alguna frase importante es imposible; se intentan giros argumentales que no aportan nada resultando ridículos y estériles; y el remate del relato busca una importancia moral impostada e inexistente. La música atronadora. Es lo que tiene hacer una película pensando más en uno mismo que en el propio trabajo.
Propuesta fallida y tramposa al intentar colar de rondón lo que, sencillamente, no está. Don Jon no pasará a la historia del cine. Eso es seguro.
© Del Texto: Nirek Sabal.


oct 24 2012

El gran Lebowski: Mierda

Si es verdad que la vida es una mierda y si es verdad que estamos de paso en este mundo y nada más, el ministro de cultura debería considerar (seriamente) la posibilidad de hacer obligatoria una nueva asignatura. Los planes de estudio se deberían reducir a eso. Una asignatura única.

Propongo que se llame “Esto es una mierda, yo soy una mierda, y tú lo eres también” o “Vivo en un mundo de mierda, pero no pasa nada porque es lo que hay y no merece la pena quejarse” o “No disfraces este mundo de mierda con ropa de marca de mierda porque no te libras ni de coña”. Nada de libro de texto. Que va. La segunda propuesta es que el alumno se siente tranquilamente, vestido como le dé la gana y, si es su deseo, sin ducharse. Que parezca una auténtica mierda (él). Tercera y última propuesta: ver la película El gran Lebowski tantas veces como sea necesario hasta que entienda lo que le están contando.

Con todo esto garantizaríamos que el alumno aprendiera a tomarse las cosas con tranquilidad, con humor y con la perspectiva de lo efímero (lo estoy diciendo completamente en serio).

Jeff Bridges y John Goodman son los protagonistas de esta película. El primero está muy bien en su papel. Goodman, sencillamente, inolvidable. La trama es una delicia. Los hermanos Coen deberían ser canonizados. Ah, y la señora Julianne Moore una cosa fuera de lo normal. Nunca pensé que podría gustarme una pelirroja.

Quiero ser un tirado como Lebowski, quiero ver las cosas como las ve él, quiero que me importe todo una enorme y maravillosa mierda. Y quiero que mis hijos estudien una asignatura, una sola, que podría llamarse (también) “Bah, si la voy a palmar antes o después, paso de preocuparme, joder”. Y ya está. Si les parece poco lo que digo pidan a la señora Noire que escriba su propio artículo. Yo, ahora mismo, fumando droga y bebiendo, no doy para más. Y, la verdad, me importa un huevo lo que piensen de mí. Qué genial esto del gran Lebowski.

© Del Texto: Nirek Sabal

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ene 15 2012

Las Horas: Contar la vida y la muerte

La importancia de cualquier narración (de calidad) llega desde su utilidad para el sujeto. Algo no comunicado es algo muerto. Y algo que se narra (de calidad) conmociona, remueve la conciencia (da igual cómo o su intensidad) y modifica algo del cosmos personal de los que han escuchado, leído o mirado. Porque lo hacen suyo. El universo tiene, a partir de esa reacción un nuevo elemento más. Por eso, las grandes alharacas no siempre sirven. Pueden hacer que alguien pierda un par de horas entretenido, pero poco más.
Michael Cunningham escribió una novela (consiguió el premio Pulitzer el año 1999); David Hare adaptó ese texto creando un guión de cine; y Stephen Daldry dirigió la película. Las Horas. Espléndida conmovedora, profunda, emotiva, bella en su factura. Daldry buscó y encontró a Nicole Kidman (irreconocible y maravillosa en su papel); a Julianne Moore (verosímil, tan frágil como pedía el papel); a Meryl Streep (elegante, sin fisuras en su interpretación); a Ed Harris (perfecto en lo breve de su papel) y a John C. Reilly (en un papel muy secundario, pero con el que consigue una de las escenas más emotivas de toda la película). Y Daldry debió pensar que ya puestos a hacer buen cine, necesitaba una partitura sobresaliente. Contrató a Philip Glass y lo consiguió. El resto del despliegue técnico ayudó, sin duda, a que la película terminara siendo una excelente muestra de lo que es el buen cine.
Contar la vida es complicado. Contar la muerte también lo es. Y hacerlo por separado un error de principiante. El mundo es dual. La pregunta no debe formularse como ¿vida o muerte? La cuestión es tener claro que la vida es muerte y la muerte vida. Vida y muerte. Siempre van unidas. Y esto es de lo que trata esta película. La vida. La muerte. Y las diferentes formas con las que determinados personajes son capaces de enfrentarse a ello.
La novela de Virginia WoolfMrs. Dalloway, sirve de nexo entre tres mujeres, tres tiempos, tres vidas distintas con tres muertes añadidas. Un poeta enfermo será el conductor necesario para que el nexo funcione. La locura, la homosexualidad, el fracaso y el éxito, serán elementos que ayudarán a comprender lo que sucede. Toda una hermosa tragedia rodeada de belleza corporal y espiritual.
El guionista plantea cuestiones dolorosas e inevitables para el que mira desde la butaca. Por ejemplo, ¿hay opciones en la vida cuando un sujeto se plantea ser feliz?; ¿existe el perdón cuando no aparece el arrepentimiento? Y lo hace desde la crudeza que impone la realidad que asusta con su terquedad y que ordena nuestra libertad.
Los diálogos de la película son fascinantes. No dan tregua, cada secuencia encierra frases importantes. Las reflexiones de Virginia Woolf (personaje que interpreta Nicole Kidman) son enormes; los silencios (sí, los silencios) de Laura Brown (personaje que defiende Julianne Moore) son conmovedores; las prisas por decir sabiendo que el tiempo se acaba de Clarisa Vaugham (personaje de Meryl Streep) son descorazonadoras. Todo lo que dice Richard Brown (Ed Harris) tiene importancia. Él es la vida y la muerte. Aunque todos lo somos, ese personaje concentra la esencia de esa conjunción entre un lado de la realidad y el otro.
Pero si los diálogos son importantes las interpretaciones y el trabajo de dirección con los artistas lo son del mismo modo. Todo parece exacto, ajustado, pertinente.
Buena fotografía, una puesta en escena elegante; el vestuario, maquillaje y peluquería, impecables. Todo es su sitio. Todo es lo que tiene que ser. Ni más ni menos.
Las Horas es una película que se presenta con un ritmo pausado, algo lento, aunque es lo que requiere un guión de estas características. Las buenas reflexiones apresuradas suelen terminar en desastre. Y con este ritmo narrativo, el espectador está obligado a ceder ante la propuesta o abandonar. El que cede se garantiza una experiencia estupenda entre personajes difíciles de entender, en épocas diferentes, entre vidas y muertes diversas que terminan siendo la misma cosa. Siempre fue así.
Desde luego merece la pena ver la película, dejarse seducir por ella sabiendo que pisamos la zona gris de la existencia. Pero sabiendo, del mismo modo, que nuestro universo será otro distinto.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 17 2011

Los chicos están bien: Daños colaterales mínimos o inventados

Puede que me precipite y equivoque al decir esto, pero creo que los daños colaterales tras los tropiezos de una pareja con hijos no son tan tremendos como los padres piensan. Y ese es el primer error a la hora de empezar a poner soluciones: desviar la mirada hacia ellos, por pura protección, por supuesto (y como es debido), pero también para huir de su propios miedos.
Como en todos los matrimonios los tropiezos también llegan a la perfecta familia de Jules (Julianne Moore) y Nic (Annete Bening), dos madres homosexuales orgullosas de sus hijos adolescentes Joni y Laser, engendrados cada uno por una de ellas utilizando la inseminación artificial y el mismo donante de esperma. Un donante por el que Laser siempre ha sentido curiosidad y, cuando su hermana mayor cumple 18, le pide que descubra su identidad. Paul, que así resulta llamarse el padre biológico, es un hombre atractivo, independiente, vividor, y capaz de seducir a cualquier mujer; que pronto empieza a entablar una estrecha relación con sus hijos (con reticencia por parte de las madres) y a involucrarse en la perfecta familia de lesbianas. Hasta traspasar el límite. Y entonces, el mito del padre biológico perfecto, enrollado y además guapo, en armonía por fin con mis madres se desmorona.
Los chicos están bien (The Kids Are All Right) bien podría ser otro culebrón americano sobre el nuevo prototipo de familia que el hombre moderno ha inventado por necesidad. Sin embargo, Lisa Cholodenko ha sabido adecuar a la perfección el punto de vista. Sería imposible hacer de esta historia una novela y provocar la misma sensación en el lector que en el espectador: Todo es expresividad en esta película en la que no hay una sola escena gratuita, en la que los primeros planos predominan para que el espectador pueda recoger de las caras de cada personaje una pista sobre los valores familiares: un ceño fruncido, unos ojos en blanco, una melena sobre el rostro, una media sonrisa de casanova, unos brazos cruzados; un no parar lleno de señales indicadoras de cómo somos los seres humanos en familia y el modo inconsciente en el que engañamos y nos engañamos a nosotros mismos. Para que al final acabemos haciendo daño a los que más queremos.
Papelones los de Julianne Moore y Annete Bening. Muy bien también Mia Wasikowska (Joni, la hija) y  Josh Hutcherson (Laser, el hijo). Un conjunto muy creíble (incluso para los escépticos) haciendo cierta la posibilidad de que existan familias de madres lesbianas con hijos estupendamente educados y sin más problemas que los normales en cada fase de crecimiento. Una pareja homosexual con un reparto de lujo que se ve desestabilizada por Mark Ruffalo, Paul, el buenorro del donante, también a destacar por su actuación con la que seguro deja a todo el público femenino de la sala sonriendo pícaramente. Si Paul no hubiera irrumpido en la vida de esta perfecta familia, otra circunstancia hubiera sido el detonante porque el matrimonio es difícil, jodidamente difícil, son dos personas caminando a través de la mierda, año tras año, envejeciendo, cambiando, es un maldito maratón, y, a veces, llevan tanto tiempo juntas que dejan de ver a la otra persona; ven extrañas proyecciones de su propia basura. En vez de hablarse la una a la otra, dejan de ser racionales, juegan sucio y hacen elecciones estúpidas.
¿Hay algo más que decir? Ah, sí, que después (suele) llega el arrepentimiento, y el amor vuelve ser lo más importante, o ya es demasiado tarde para plantearse una ruptura si se pueden evitar los daños colaterales. Pero sea lo que sea, no hay que olvidarse de que detrás viene otra generación que, además de tener sus propios problemas, ha tomado buena nota de lo que debe o no debe hacerse, y de las consecuencias que ello puede traer. Y que también tiene voz y voto.
Y seguiremos inventando nuevos prototipos de familia, porque los tiempos cambian, y por necesidad, pero en esencia los valores familiares siempre seguirán siendo los mismos.
Por cierto, merecidísimo Globo de Oro 2011 a mejor película comedia o musical, y a mejor actriz (Annete Bening), además de las cuatro candidaturas a los Oscar y los numerosos comentarios de éxito que ha cosechado. Y eso que la presentación de este largometraje tuvo lugar en el festival Sundance, festival de cine independiente por excelencia. Sin duda, recomendabilísima. (Y no he llegado a comentar la banda sonora y los pequeños detalles y guiños dedicados a esos espectadores excesivamente observadores que buscamos el significado a un simple plano que nos muestra un póster en una habitación de una adolescente, o una marca de ropa en unos pantalones de jardinero).
© Del texto: Coletas


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