ene 17 2014

Agosto: Catarsis familiar

Agosto es una obra de teatro que ha estado en cartelera en varias ciudades como Madrid y Buenos Aires, donde yo la vi. Su autor es Tracy Letts y las actrices que interpretaban a madre e hija protagonista de la historia en Buenos Aires eran nada más ni nada menos que Norma Aleandro y Mercedes Morán. Ahora se estrenó Agosto en los cines de Madrid y la veo una vez más, pero en esta ocasión en esta ciudad y a través de una pantalla, en dos dimensiones. El guionista es el mismo autor de la obra, Tracy Letts, y las mujeres protagonistas ahora son otras dos magníficas actrices: Meryl Streep, en el papel de la madre, y Julia Roberts, en el de la hija a la que me referí antes. El resto del elenco sigue pisando fuerte: Ewan McGregor, Chris Cooper y Juliette Lewis, entre otros.
Oklahoma, más de cuarenta grados centígrados de calor y un padre que se ausenta. Tres hijas que se movilizan para acompañar a su madre en esos momentos, las parejas de dos de las hijas y la hija adolescente de una de ellas; más una tía gorda, su marido y el hijo bobo. Por último, una chica que atiende las tareas de la casa, de raza india o native American. Todos alrededor de esta matriarca llamada Violet.
La película comienza con quien luego se ausenta: el padre y marido de Violet (Sam Shepard) contratando a la chica que cuidará de su esposa enferma de cáncer de boca. Y a los pocos minutos, esta Meryl Streep entra en escena, absolutamente demacrada, con una caracterización espectacular para una enferma de cáncer bajo los tratamientos de la quimio y los rayos. El padre, nostálgico, melancólico, como anunciándonos una despedida, cita a T.S. Eliot y ese plano inicial de la llanura seguido de su biblioteca se quiebra en la acidez, el cinismo y en el sarcasmo de Violet que irónica promete comportarse como una sweet sick.
Con el hombre ya ausente, los miembros de la familia se reunirán en torno a la mesa ovalada del comedor y se desatará la catarsis familiar esperable para este tipo de familias disfuncionales lideradas por una madre drogadependiente e hiriente y tres hijas con caracteres diferentes y situaciones amorosas particulares. El personaje interpretado por Julia Roberts es el de la hija de carácter fuerte, la que pone o intenta poner orden en la familia, la que acarrea con la culpa del dolor depresivo de su padre, pero también la loca, la abandonada y traicionada por su marido, la insoportable, la hostil, la que aleja a quienes más ama; la que se quedará sola, a pesar de todo y a pesar de nada. Las otras dos hermanas son, en cambio, más pasivas pero igual de independientes. Y ninguna de las tres querrá hacerse cargo de esa madre enferma y destructiva. El viaje, la mudanza a ciudades lejanas, es la alternativa de vida para cada una de ellas y ninguna renuncia a ello por la enfermedad de su madre, cosa que no nos hace pensar en ningún momento en egoísmo sino más bien en autoprotección, aunque la salvación al fin de cuentas no sea posible para nadie.
Como dice la narradora del libro La hora de la estrella de Clarice Lispector: Quién no se ha preguntado: ¿soy un monstruo o esto es ser una persona?, los personajes de Agosto también oscilan entre el lobo y el cordero, el odio y la compasión, la comprensión y la intolerancia, la honestidad y la traición, la solidaridad y el ego, la esencia y la materia. La escena en la que la madre y sus tres hijas están sentadas en el jardín, en una hamaca, escuchando un relato de la infancia de Violet narrado por ella misma, es desgarradora: la lágrima que no llega a rodar por la mejilla derecha de Meryl Streep, la mirada resentida en la interpretación de Julia Roberts, la salida de escena de Julianne Nicholson y la ingenuidad repugnante y algo patética del personaje de Juliette Lewis es una y solo una de las tantas, tantísimas escenas que hacen que salgamos de esta sala de cine devastados, agotados y compungidos. Algunas risas permiten calmarnos durante la película, respirar con más soltura, pero este es un drama, un dramón, y se siente en cada uno de los poros de la piel incluso cuando rítmicamente suena Eric Clapton.
© Del Texto: Flor Bea


may 13 2012

Blancanieves (Mirror, mirror): De traca

A mí que me estafen siempre me sienta fatal. Y hoy, me han estafado por partida doble. He pagado por ver un truño espectacular y he pagado un dineral por acompañar la primera estafa de unas palomitas y unos refrescos de cola vendidos a precio de oro. Así que, como lo que voy es a echar pestes durante un rato, tanto como lo que me dure el texto que pienso escribir, si quieren pueden quedarse aquí.
Tarde de sábado, dos fieras que ventilar, de siete y cinco años, y la ocurrencia de acercarnos al cine a ver Blancanieves, también llamada Mirror, mirror, espejito, espejito. El bodrio en cuestión, una versión libre de la archifamosa Blancanieves de los Hermanos Grimm, dirigida por Tarsem Singh (de ahí el simulacro de bailecito a lo Bollywood tras el matrimonio entre un principito más guapo que un San Luís y la sosísima SnowWhite), protagonizada por Julia Roberts (la madrastra malvada), Lily Collins (Blancanieves), Arnie Hammer (Principe Alcott, que no se lo pierdan viene del Reino de Valencia – será por eso que la película es de traca), y junto a ellos un montón de enanos, tantos como siete que, no se vayan a pensar son buenos y laboriosos trabajadores en una mina, sino unos bandoleros dignos de formar parte de la banda de los de Norfolk, ya saben , de los de Robin Hood.
En cuanto al argumento, pues como les digo, una versión extraña del cuento, sin chispa, sin gracia, sin nada de nada que, de hecho, me ha hecho cabecear un rato y descansar de una ajetreada jornada de sábado. Sin embargo y pesar de todo, algo debe tener; las dos criaturas que devoraban las palomitas a puñados no han rechistado en las casi dos horas que dura la película más que para preguntar cuándo Blancanieves pensaba comerse la manzana (esa que no se va a comer), cuándo se iba a quedar dormida en el bosque (que tampoco), mientras yo cabeceaba y pensaba en una isla del Egeo en la que perderme en cuanto las cosas se me pongan a tiro.
Y ahora, mientras recuerdo la película, los enanos, la insulsa Blancanieves, la inexpresiva mirada de Julia Roberts, el tontineti del príncipe, sigo pensando que es una estafa y que lo mejor de todo ese bodrio envuelto de superproducción es el estupendo vestuario con el que se disfrazan estos personajes de folletín de la mano de Eiko Ishioka (cuyo nombre anoto un pañuelo de papel, a oscuras, mientras leo los títulos de crédito.
Una estafa de diseño y poco más.
© Del Texto: Anita Noire


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mar 20 2012

Todos dicen I love You

Las comedias musicales tienen un par de características propias que las definen y diferencias perfectamente. Una de ellas es que cuentan historias que no serían creíbles en un formato sin ese toque de cuento de hadas que imprime una música agradable y un baile divertido. La evolución de la acción va ligada y matizada a y con la banda sonora. Dicho de otra forma, es la música lo que hace coherente el producto. En el 90 % de las películas suena la música, pero solo matiza la imagen. En el 90 % de las películas suena la música, pero la credibilidad llega desde los materiales narrativos que no incluyen la música.
Todos dicen I love you es una comedia musical. La firma Woody Allen. Y es agradable, divertida, a veces disparatada, y no busca nada que no sea divertir al espectador. El reparto tira de espaldas a cualquiera: Alan Alda, Woody Allen, Goldie Hawn, Edward Norton, Julia Roberts y Natalie Portman (jovencísisma) entre otros. La fotografía es espectacular. En concreto, la forma de presentar París es maravillosa. La música estupenda. Vestuario y peluquería exactos. La dirección de actores impecable. En fin, todo muy bien. Pero es una comedia musical. Y los géneros gustan o se detestan. Lo digo para advertir a los que prefieren otro tipo de cine.
El guión de Allen es chispeante de principio a fin. Algunas escenas son divertidísimas. Por ejemplo, la situación que se produce entre un tipo recién salido de la cárcel y una de las protagonistas hace reír a cualquiera. Por supuesto, está lo que siempre está en el cine de este autor: religión, matrimonio, relaciones de pareja, etc. Los números musicales no desentonan, no parecen que estén metidos con calzador o capricho del director. Esto es una comedia de las de verdad. Destacan la del hospital (alguien se ha comido el anillo de compromiso y acude a urgencias) y la del baile del propio Allen con Goldie Hawn (técnicamente impecable y aglutinadora del espíritu de la película y de todo un género según Allen).
Lo que cuenta Allen es que el amor es el que estructura la vida de todo ser humano. No es que sea lo que mueve el mundo, pero si se articula todo a su alrededor. Y cuenta que el amor es algo que siempre está, que siempre queda, que siempre regresa. Indaga en el amor entre adultos, entre jóvenes, entre niños, entre exmarido y exmujer, entre desconocidos, entre padre e hija. Explora amores posibles, imposibles, fingidos. Y lo hace desde un sentido del mundo irónico, a veces sarcástico. Todo es agradable y placentero. Como los musicales de toda la vida.
El que lea de forma habitual este blog sabe que siento una especial predilección por Allen. No lo oculto y, si puedo, prefiero no hablar de sus malas películas (también las tiene). Esta la recomiendo de forma especial puesto que hace pasar un rato delicioso al espectador. Además, se puede ver en familia porque suele gustar a casi todos. Y es un ejemplo narrativo de género. Alguien que quiere entender algo sobre cine debe atender a cualquier forma de hacerlo. No se puede decir no por sistema, no se puede negar algo sin intentar disfrutarlo. Allen es un maestro. Y sus películas son la obra de un tipo de sabe lo que hace y lo hace bien.
No se pierdan el vídeo que acompaña este texto. Es la escena que interpretan Allen y Hawn. Merece la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 1 2011

Luciérnagas en el jardín

La escritura es una forma de ordenar el mundo, de explicarlo. Pero no es un mecanismo perfecto con el que se pueda saber el porqué de esto o aquello. Lejos de la escritura está el yo, la realidad. Y, casi siempre, es necesario recurrir a ello para entender lo que pasó o lo que ocurre en un momento determinado. Además, a pesar de que la literatura otorga cierto poder desde la ficción, no todo vale. ¿Hasta dónde puede llegar un escritor aludiendo a su libertad creativa si pone en juego una realidad próxima que puede destrozar vidas ajenas? Este es el fondo de Luciérnagas en el jardín. Todo en la película está al servicio de este asunto y el resultado es, por lo menos, interesante.
En un momento determinado, el hijo (un correctísimo Ryan Reynolds) pregunta a su padre (sobresaliente Willem Dafoe). ¿Cuándo pasó? Se refiere a ese momento en que su relación se trunca para siempre. El padre contesta que no se acuerda. El tiempo congelado en un instante que nadie reconoce y ha marcado la vida entera. Y sucede algo, otro instante, para que comiencen las preguntas, para remover las consciencias de todos.
Luciérnagas en el jardín es una película en la que los personajes apenas evolucionan. Están anclados y terminan levando anclas. Aunque eso ya no importa. El punto de vista que elige un astuto Dennis Lee (siempre intentando alejarse de la lágrima facilona) hace que eso sea posible sin que el espectador abra expectativas que difícilmente se podrían cubrir ante un problema que no tiene solución. Narra todo desde el hijo, un personaje que escribe (tal y como quiso su padre), pero que dedica sus esfuerzos a relatar tramas románticas (que odia su padre), a dejar claro a su padre que hará lo que le venga en gana. Comienza la acción y vemos a un muchacho enfrentado a su padre. A un padre enfrentado a su hijo. De forma encarnizada. Desde siempre. Facturas sin pagar que duran una vida. Facturas que se vuelven contra el acreedor porque, de pronto, es el deudor. Por ejemplo, esa que el hijo tiene siempre pendiente por una posible infidelidad del padre con su madre que un día se duplica porque la madre (efectivamente) ha sido infiel. Pero, a pesar de todo, el presonaje es estático. No comprende y no avanza. El bloqueo de todos es absoluto. Un instante que perdura y aniquila cualquier esperanza.
La película es muy agradable de ver, despierta sensaciones en el espectador que trata de entender lo que pasa y ha de esforzarse en no caer en el juego de ser juez. Cualquier movimiento por parte del que observa es un error porque la red no deja pasar a nadie. Comprender desde fuera. Es obligado. Eso que no son capaces de hacer los personajes. La fotografía está muy cuidada y, aunque de forma muy prudente, la música aparece en los momentos fundamentales para acompañar con acierto a la trama. La dirección de actores es irregular. Todo se centra en los dos protagonistas y el resto queda un poco desamparado. Lo bueno de Reynolds y Dafoe eclipsa por completo lo mejor de los demás que no deja de ser correcto y poco más. La intervención de Julia Roberts es anecdótica puesto que su papel es muy secundario. Emily Watson aparece sin ninguna relevancia. Y es que esta actriz tiene unas limitaciones más que importantes para ser creíble en sus papeles. Posiblemente, todo esto es fruto de una elección de actores y actrices algo deficiente. Pero, a pesar de esto, la fuerza de la idea y las interpretaciones de los protagonistas sacan adelante el proyecto con cierta solvencia.
Padres e hijos. Lo que parece frente a lo que es en realidad. Un misterio que cada familia ha de ser capaz de solucionar. Merece la pena pasar un rato frente a la pantalla. No ya por lo que se verá sino por lo que uno puede plantearse después de ver algo así. Al fin y al cabo, todos los personajes de ficción son (los que están bien construidos), todos nosotros somos, más corrientes que otra cosa y nos podemos encontrar en cualquier película, en cualquier rincón de la realidad.
Por cierto, el que escribe afirma (por experiencia propia) que la literatura es una cosa y la consulta de un psicoterapeuta otra. No se pueden confundir. Y las novelas de ficción, por mucha carga de experiencia del autor que soporten, no pueden ser un diario. Literatura y realidad tienen sus propias reglas. Y hay que respetarlas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 22 2011

Scream 4: Trastorno de personalidad histriónica

‘’¿Mis amigos? ¿En qué mundo vives, Sidney? Yo no necesito amigos, necesito fans, ¿no lo entiendes? Nunca se ha tratado de matarte a ti, se trata… de convertirme en ti. […] Es la nueva cordura, tú has tenido tus quince minutos de fama, ¡¡YO QUIERO LOS MÍOS!! ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Ir a la universidad? ¿Hacer un postgrado? ¿Trabajar? Mira a tu alrededor, ahora toda nuestra vida es pública, todos estamos en Internet, ¿o cómo coño crees que se hace la gente famosa? No tienes que conseguir nada de nada, sólo tiene que ocurrirte una desgracia. De modo que tienes que morir, son las reglas. Nueva película, nueva franquicia.’’
Ghostface


Estas palabras tan significativas y dichas por el asesino en el punto álgido de la trama (y cuya personalidad no voy a revelar), nos sirve para entender qué es lo que nos ofrecen nuevamente Wes Craven y Kevin Williamson tras una década de silencio en la que se creía que esta famosa saga se quedaría en trilogía. El argumento nos sitúa de nuevo en el pueblo donde se cometieron los asesinatos originales, en la localidad de Woodsboro, Gale Weathers (Courtney Cox) y Dewey (David Arquette) se han casado y mantienen un aburrido y tranquilo matrimonio en dicho pueblo, mientras tanto, Sidney Prescott (Neve Campbell) vuelve al pueblo justo en el décimo aniversario de la ola de crímenes para promocionar su libro, que no son más que las memorias de lo que de verdad sucedió. Este hecho marcará una nueva serie de asesinatos que pondrán de nuevo a nuestro trío de protagonistas en entredicho, pues estamos en una nueva generación y eso conlleva nuevas reglas.

Un film donde se retrata la desvirtuación de los mass media como no se había hecho antes en la saga, una crítica feroz a la falta de intimidad como consecuencia de las nuevas tecnologías, las redes sociales y sobre todo a los nuevos valores demostrados en los medios, donde lo que impera es convertirse en famoso a costa de lo que sea y de quien sea (eso lo tenemos nada más abrir la televisión, y ver la de personajillos que salen, por poner un ejemplo inmediato). Y por qué no, todo ello ha contribuido a crear una generación de sujetos con trastornos de personalidad histriónica, esto es, el egocentrismo y el afán por ser el centro de atención, cuando en el fondo lo que implica no es más que falta de seguridad en sí mismos, y esto es una realidad que vivimos, pero no vemos y muy pocos lo notamos. Kevin Williamson en su más que consabido metadiscurso refleja también la falta de ambición de Hollywood, es decir, una década de remakes y revisiones de antiguos clásicos del terror, a cada cual más nefasto, así como el lanzamiento indiscriminado de secuelas y secuelas que no aportan nada a la versión original (en ataque a Saw, de la cual se mofa desde el prólogo), consiguiendo junto a la dirección del tío Wes, un tono clasicista que ya se echaba de menos en una cinta de estas características.

Técnicamente sin grandes artificios, sencilla y clásica; con un desarrollo de personajes lo suficientemente convincente para un slasher, aunque flaqueando en lo que se refiere al trío de protagonistas original y con un ligero decaimiento en el segundo acto aunque con un acto final absolutamente brutal; una fotografía estupenda de Peter Deming, en la línea de sus trabajos con David Lynch (Carretera perdida o Mulholland drive) más que en sus anteriores esquemas dentro de la misma saga; y unos ambientes y decorados que como todo reboot (relanzamiento, nueva visión, parecido a lo que ya hiciera Nolan con Batman), muestran cierta nostalgia y complicidad con el espectador más freak, al repetirse ciertos escenarios o tener características parecidas a las de la cinta original. A destacar la actuación de la bella Haydn Panettiere, o Ninco Tortorella (que recuerda al actor Anthony Perkins haciendo de Norman Bates, Psicosis), o Emma Roberts (sobrina de Julia Roberts, por cierto). En definitiva, estamos ante una nueva entrega de este gran psychokiller, que tiene pinta de reabrir otra serie de matanzas con la consecuente moralina social de los tiempos que vivimos. La pena es, que quien vea en Scream solo muertes, sangre y adolescentes sin entrar a profundizar en nada, se quedará en una mera superficie, como la gran mayoría del público que no ve más allá de lo que hay cuando se trata del género de terror, ah, una de miedo, si, muere mucha gente y tal, una basura, palabras textuales de un snob gafapasta. Una lástima.
Y es que tal y como dice Dewey, la tragedia de una generación es la burla de la siguiente. Así nos va.
© Del texto: Gwynplaine Thor

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sep 21 2010

Eat Pray Love: La pila vacía

EAT PRAY LOVE (COME RAZA AMA) – RYAN MURPHY – EEUU – SECCIÓN OFICIAL, FUERA DE COMPETICIÓN

Julia Roberts es un estereotipo de sí misma. No lo digo yo, lo escribe Lucía Etxebarría en Zinemaldia, y también dice que los estereotipos son necesarios porque lo dice Adorno. En el caso de Eat Pray Love, ambos tienen razón; la escritora porque la Roberts aquí, no se rebaja ni siquiera a actuar, a representar nada más que a sí misma; y el filósofo puesto que este debe de ser el producto ideal para los tiempos de crisis. Lo que quiere la generalidad.
(Que la protagonista no actúe, no es aquí una crítica sino una constatación. Ni su director, ni sus guionistas ni los productores que han gestionado equipos y financiación a la medida de una estrella, se lo han pedido.)
La película hace el efecto de un manual de autoayuda. Julia –porque es Julia- se siente vacía con su vida y con sus relaciones de pareja y desea encontrarse consigo misma. Se pone a ello. La primera parada: Roma de Italia, y allí le pasa lo que nos pasaría a todos, o sea, que conocemos a gente superguanchi, aprendemos a hablar italiano en siete días, nos paseamos en un dos caballos por la campiña, comemos, bebemos y disfrutamos de los atardeceres en la ciudad inmortal, descubriendo el dolce far niente. No follamos porque no queremos. Hasta aquí un chiché y un documental. Divertido y bien hecho, eso sí. Después empieza lo patético.
Julia se va a un ashram en India. (¿No saben lo que es un ashram?, no se preocupen, para eso está el cine). No porque en Italia no haya encontrado su razón de ser, sino porque ya lo había planeado desde el principio del filme. Aquí no hay trampa ni cartón. En la India busca la espiritualidad, claro, con todos sus estilismos.
Termina el viaje donde arranca la película que es donde le han predicho que va a acabar, en Bali. Porque, ¿se imaginan lo que necesitaba Julia Roberts desde el principio? Pues han acertado.

Eat Pray Love, es un producto de consumo y si el principio se soporta el final produce arcadas. Se da por supuesto, como no podía ser de otra manera, que el precio de la entrada incluye una fotografía panorámica y espectacular, dos o tres chorradas graciosas y a quien le guste la actriz, overdose. Sí, también sale Javier Bardem. Al final.
El mensaje viene a ser que no hay nada como tener tiempo y dinero, o cómo dice la madre de una amiga mía: “Lo que le pasa a Julia Roberts es que no tiene la pila llena de cacharros como la tengo yo”.
Arrasará en las taquillas poligoneras y creará tendencias.
Aquí, en Donosti, a donde la Roberts llegó ayer en medio de la expectación que se presupone a una estrella, los silbidos a la película quedaron apagados por el ruido del público que abandonaba la sala en tumulto.
Yo, que no esperaba otra cosa, me divertí al principio y después me dieron ganas de vomitar. (Y eso que Julia Roberts ni me gusta ni me deja de gustar).
© Del Texto: Ivor Quelch

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