jul 26 2011

Lawrence de Arabia: El personaje que manda

Lawrence de Arabia fue la triunfadora del cine mundial el año 1962. Hoy, posiblemente, no lo sería tanto. No por ser una mala película o por haber envejecido mal, no, no es por eso. El problema es que hoy el cine se ha convertido en otra cosa. Hoy, las grandes superproducciones son grandes negocios construidos desde el alarde técnico y la espectacularidad de los efectos especiales y visuales. Hoy, los grandes repartos no tienen porque ser los compuestos por grandes actores. Basta con que sean los más famosos y bellos. Hoy, los guiones huyen de la profundidad para ser accesibles a cualquiera, lo que resulta aburrido y, casi, patético. Por supuesto, aún se encuentran excepciones que reconcilian con el cine aunque sea un rato. Pero es apabullante el número de películas que nacen de subvenciones y negocios fuera del cine que se enfrentan al propio cine.
Lawrence de Arabia narra dos historias fundamentales. La de la independencia del pueblo árabe y la de la independencia de un hombre. La primera llena de batallas en las que los árabes intentan acabar con el poder turco. La segunda llena de batallas de Lawrence contra sí mismo. Es esta zona expositiva, sin duda alguna, la más importante de la narración. Porque la película es el personaje. Desde luego, el escenario (un desierto abarca todo lo que existe en el mundo que presenta David Lean) es fundamental, un pueblo árabe que busca su propia identidad recuperando su tierra es necesario para entender el conjunto, pero no dejan de ser complementos, elementos en los que se apoya el guionista para explicar el carácter de Lawrence, su forma de vida.
Lawrence de Arabia es un peliculón en todos los sentidos. La duración alcanza los 217 minutos (en su versión íntegra), la ambición de su estructura es grandiosa, la historia que cuenta roza lo mitológico en su afán por buscar llegar a la conmoción interna del espectador cuando se encuentra frente a problemas que le tocan de cerca. También, la cantidad de extras es apabullante, la cantidad de escenarios y su envergadura insólitos, el despliegue de medios técnicos (en esa época) deslumbrante. Un reparto que tira de espaldas completa el proyecto: Peter O’Toole, Alec Guinness, Anthony Quinn, Jack Hawkins y José Ferrer entre otros. Es una película deslumbrante en la que el espectador va asimilando ese desierto infinito y lo que va pasando en él. Aunque esta película es el personaje rodeado de lo demás.
Lawrence es ambiguo. Busca la excelencia sabiéndose limitado. Hace algunas cosas para ser adorado y, al mismo tiempo, busca la libertad y el progreso de un pueblo entero; es entrañable y cruel; ama y desprecia la misma cosa; llora la muerte de una persona cuando, minutos después, provoca la de cientos. Sueña ser lo imposible por lo que sufre de principio a fin. Lawrence quiere inventar un mundo que ya existe desde el principio. Es anárquico y asume su rango en el ejército. Busca la utopía y se topa consigo mismo a cada paso que da. Pero el gran problema de este personaje es que lo encarna un actor que, por aquel entonces, carecía de experiencia, Peter O’Toole. Algo histriónico, muy forzado en las secuencias de carga narrativa extrema y, siempre, a punto de perder la credibilidad. Seguramente, esa falta de experiencia pudo más que la dirección de actores porque viendo al resto del elenco no cuadra la interpretación de O’Toole. Afortunadamente, este pero queda a la sombra de la grandeza del conjunto.
Una de las cosas más agradables de la película es la puesta en escena. Actualmente, casi nadie se refiere a algo tan importante como esto. Cada encuadre, todo el diseño de la película, con los escenarios al servicio del relato y de la evolución de los personajes, se convierte en una demostración extraordinaria de buena narración y, sobre todo, de como hacerlo. Fantástico, de verdad.
Por supuesto la banda sonora (Maurice Jarre), famosísima, es estupenda. Acompaña, en sus diferentes variantes, desde el principio hasta el final, matizando con pulcritud cada imagen, haciendo grande lo que podría pasar desapercibido.
Fascinante es la muestra que nos llega con la película de lo que supone el choque de culturas. Lo que parece salvaje contrapuesto a una educación exquisita que resulta ser atroz. El desprecio del occidental que va cavando su propia tumba frente a lo hostil del entorno y del que lo ocupa. Lo que supone un disfraz que termina cayendo por su propio peso.
Y algo de lo que avisa uno de los personajes al comenzar la película: ¿Era para tanto esto de Lawrence? Usted debe sacar sus propias conclusiones. Pero para ello debe sentarse frente a la pantalla con tiempo y con ganas de dejarse cubrir por la arena del desierto.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 2 2010

Comedia sexual de una noche de verano: El cine entretenido también existe

¿Sigue usted pensando en ese viejo amor de verano que dejó escapar? ¿Han tenido alguna vez fantasías sexuales con una persona mucho mayor que usted? ¿Es un crápula y cree que no podrá dejar de serlo jamás? ¿Hay algo que le impide tener relaciones sexuales con su pareja? Pues no pasa nada, alégrese. Woody Allen existe y hace cine.

Es verdad que Comedia sexual de una noche de verano no es Misterioso asesinato en Manhattan, ni Annie Hall ni La rosa púrpura de El Cairo. Es una comedia con la que Allen intentó regresar a lo que era después del desastre (entre la crítica y gran parte del público, no para el que escribe) de Recuerdos. Allen en estado puro cuando quiere hacer comedia. Una divertida y alocada película con la que pasar un rato estupendo.

Suena la música. Oh, Mendelsohn, Felix Mendelsohn.

Una casa de campo idílica encuadrada en un escenario de campanillas.

Andrew (Woody Allen) es inventor de aparatos inservibles y absurdos. Su esposa Adrian (Mary Steenborgen) sufre una frigidez preocupante. Dicen estar enamorados uno del otro. Reciben la visita de dos parejas. Ariel (Mia Farrow), antiguo amor platónico de Andrew, se casará al día siguiente con Leopold (José Ferrer), filósofo engreído, arrogante y pedante a más no poder. Un imbécil, vaya. La otra pareja la forman Dulcy (Julie Hagerty), enfermera y completamente desinhibida, a la que acompaña Maxwell (Tony Roberts), médico, vividor y seductor. Es el mejor amigo de Andrew.

La música suena y los secretos que todos tienen y que afectan al resto se van mostrando de la forma más disparatada y enredada posible. Secretos muy pegados al sexo. El caso es que la cosa se complica y las parejas tienden a deshacerse entre revolcones soñados, pasados o reales.

Entre diálogos inteligentísimos, inventos imposibles que convierten la trama en un disparate más que divertido, entre escenas cercanas al cine mudo en las que el lenguaje corporal de los actores es el que manda (magnífico todo el reparto gracias a la dirección de Allen), un montaje muy acertado para lo que trata de contar el director y para lograr un dinamismo notable durante toda la película; entre todo esto, decía, podemos disfrutar de una de las películas más entretenidas de Allen. Entretenida porque no enfrenta lo que quiere contar desde lo profundo sino desde lo más demencial y cercano a la realidad, desde la parodia. Este director que siempre quiso psicoanalizarse y siempre quiso psicoanalizar a medio mundo, se tomó un respiro para alejarse de su admirado Bergman y acercarse más a sus orígenes. No logró la mejor de sus películas aunque sí una de las más asequibles para cualquier espectador.

© Del Texto: Nirek Sabal


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