ene 14 2014

El lobo de Wall Street: Las entrañas de lo odioso

Codicia, falta de escrúpulos, sexo, drogas, infidelidades, violencia, dinero, estafa. Todo dentro de la coctelera apropiada (en este caso el recipiente es Jordan Belfort y su mundo) y voilà, tenemos los mimbres necesarios para conseguir algo que merezca la pena. Le entregamos una copia de la novela de Belfort a un maestro, Martin Scorsese, que le dice a otro lo que tiene que hacer y cómo, Leonardo DiCaprio, y, otra vez, voilà. Añadimos un buen reparto, una banda sonora espectacular; fotografiamos todo con gusto y, por si era poco, elegimos un punto de vista (el de Belfort personaje) con toques originales y modernos, haciendo que, incluso, llegue a dialogar con el espectador como si tal cosa. Ahora sí, con todos los ingredientes en su lugar exacto, tenemos una película transgresora, loca, rompedora, muy bien contada y convertida en un ataque directo a las entrañas del mundo financiero de Wall Street. Una excelente película. Un enorme voilà cinematográfico.
Después de ver El lobo de Wall Street, alguien podría llegar a pensar que el trabajo de Scorsese es un homenaje a este tipo de vidas desenfrenadas, disparatadas y ajenas a la realidad. La sensación pudiera ser esa. Aunque la grandeza de la película reside en la elección del narrador y en la apuesta por definir esa figura y su mundo. Lo que vemos es lo que ve el protagonista. Él, su universo. Por ejemplo, no sabemos nada de cómo afecta cada estafa a las víctimas de Belfort y su gente. Tan sólo sabemos que eso es dinero, sexo, drogas y todo tipo de excentricidades para los estafadores. Ese es el mundo del protagonista; eso es lo que el vive, nada hay más allá. Por supuesto, no hay apología alguna. El sarcasmo, el patetismo y la repulsa están en cada fotograma por divertido que sea. Cualquier otra cosa formaría parte de otra película distinta.
La dirección de Martin Scorsese es impetuosa, arriesgada, moderna. Deja que los actores disfruten y saquen lo mejor de sí mismos. Es astuto con el narrador y con el montaje alternando registros que funcionan rompiendo la marcha normal del relato.
Leonardo DiCaprio se convierte en Jordan Belfort desde la primera escena. Del mismo modo que otras veces no logró deshacerse de sus personajes antiguos, de su cara de niño, esta vez, DiCaprio llena la pantalla dejando claro que él y su personaje están en la misma sintonía. Son el uno para el otro. Fantástico el trabajo de este hombre; posiblemente de Óscar. Jonah Hill está muy divertido, loco, desmadrado aunque se contiene lo suficiente como para no ser histriónico. Su personaje termina siendo un contrapunto perfecto para el de DiCaprio. Matthew McConaughey, aunque con un papel corto, defiende lo suyo con gracia y solvencia; entre otras cosas, gracias al maquillaje y a la peluquería puesto que son perfectas.
La trama es un disparate. Pero un disparate que, aunque nos provoca risas y alborozo, nos termina enseñando lo peor de un mundo (tal vez lo único que tiene dentro) odioso, cruel y peligroso. Un mundo que podría ser una invención absurda en la que están instalados muchos profesionales que especulan con el futuro del planeta entero.
La partitura de Howard Shore está en consonancia con todo lo demás (tienen una muestra debajo de este texto). Y el fotógrafo Rodrigo Prieto deja un trabajo de excelente factura.
Para ver la película, conviene dejar los prejuicios en el hall del cine. Y, de paso, el puritanismo si es que alguien lo lleva a cuestas.
Esta película es salvaje, frívola en algunas ocasiones, descarada, electrizante y, también, demoledora. No se les ocurra ver El lobo de Wall Street en versión doblada. Me temo que va a peder la gracia en todos los sentidos.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 18 2013

Los amos del barrio: Ni risas, ni sonrisas

Cuando alguien acude al cine para ver una película espera encontrarse con lo esperado. Es decir, anunciamos una comedia y el espectador cree que reirá, anunciamos un musical y espera disfrutar de una trama soportada sobre música, canciones y coreografías. Esto es lo básico, es verdad, pero no deja de ser la expectativa primera. El espectador elige  o no las películas, entre otras cosas, por su estado de ánimo, por sus apetencias en un momento concreto. De este modo, si quieres ver una comedia, echas un vistazo a la cartelera para señalar una de ellas. Vas a la sala y esperas reirte, sonreír, pasar un momento agradable. En fin, quieres ver una comedia.
Los amos del barrio se anuncia como una película divertida, simpática, llena de posibles carcajadas. Es, en realidad, un tostón que no hace sonreír a nadie, una película que intenta fundir esa carcajada con un toque de horror (tampoco hay horror alguno) llegado del espacio exterior en forma de aliens. Esos aliens son una mofa a la inteligencia, sosos como el resto del trabajo. Un paquete de tomo y lomo. Todo sin excepción.
Ben Stiller dicen que es un todo terreno de la interpretación. Sin embargo, es más alguien que quiere hacer muchas cosas y no termina de hacer ninguna bien. Es un actor mediocre. Vince Vaughn intenta defender su papel, pero eso es casi imposible. Su personaje se pasa la película entera diciendo idioteces sin gracia alguna. Jonah Hill hace lo que puede con un personaje que es medio tonto y llevado al extremo para conseguir arrancar una risa que no llega. Lo de Richard Ayoade es el colmo de la sosería. Un auténtico marmolillo. Aparece en pantalla Rosemarie DeWitt en algunas escenas y nadie se explica para qué.
Pero si lo de los actores y sus personajes es un desastre, lo del guión es vergonzoso. No se puede acumular mayor número de memeces en tan poco tiempo y en el mismo libreto sin convertir el resultado en un monumento a lo que no debe ser.
La dirección de Akiva Schaffer es muy floja. Dedica sus esfuerzos a que todo fluya sin tener en cuenta que no hay nada que pueda hacerlo. Porque nada tiene sentido, porque todo se vacía por los cuatro costados al minuto y medio de proyección.
La película contó con un presupuesto altísimo que no se recuperó. Normal, no se puede usar el dinero para algo tan tonto como esto y quererlo vender como si se tratara de la película del año.
Los espectadores no son tan tontos como los personajes de Los amos del barrio. E intentar colocar una película sin esa premisa por delante no puede traer nada bueno. Tal vez sea la película en la que más dinero se han gastado por chiste malo de la historia del cine.
© Del Texto: Nirek Sabal