dic 31 2011

Eduardo Manostijeras

“- ¿Y cómo sabes que está vivo? -No lo sé, presiento que lo está. Verás, antes de que él viniera aquí no nevaba nunca. En cambio, después, si nevó. Si no siguiera vivo ahora no estaría nevando. Aún, a veces, bailo bajo la nieve”.


Con este pequeño diálogo termina la película Eduardo Manostijeras. Esta película, dirigida en el año 1990 por Tim Burton, es quizás la primera con la que se comenzó a hablar del universo Burtoniano. Lo cierto es que las películas de este director son fácilmente identificables por su estética de cuento gótico adaptado a los tiempos modernos y por sus tramas impregnadas, siempre, de grandes dosis de melancolía, entre otras cosas. Estas circunstancias se repiten una y otra vez en todas y cada una de las películas de Tim Burton y, cómo no, se encuentra, también, en Eduardo Manostijeras.
Algunos han calificado esta película como la obra maestra del director. El caso es que para los muy fans de Tim Burton no creo que sea así y para los fans de Johnny Depp pues, no lo sé. El caso es que a mí no termina de convencerme. Puede que el hecho de que Johnny Depp sea el protagonista de la cinta (reconozco que no puedo con él, pese a los esfuerzos que hago cada vez que veo una película en la que interviene) y que siempre parezca Johnny Depp y no me deje ver a sus personajes; que en el doblaje al español, la  voz y el tono de Eduardo me parezcan muy mal escogidos (no casan para nada con  el tipo de personaje sensible e inocentón que pretenden presentarnos); que me falten datos sobre qué es lo que ha pasado en el castillo (¿por qué existe Eduardo?), y esas cosas, hacen que no me termine de convencer.
Pero debo reconocer que tiene algo y que en su momento, fue una manera muy innovadora de afrontar y mostrar una historia. La combinación de lo que podría parecer la estética de un cuento infantil (con las particularidades que siempre encierran los mundos de Tim Burton) con una trama que no tiene nada de infantil, debo reconocer me parece muy acertada y creativa. El mundo cierto, entero e inocente de Eduardo mantienen una estética gris, oscura, casi tenebrosa cuando, en realidad, es el personaje que, por su bondad e inocencia, a priori, debería ser el más luminoso; mientras que por el contrario, el mundo sucio, interesado, falso y cruel del pueblo que inicialmente acoge a Eduardo con entusiasmo para después defenestrarlo, se presenta con esa estética colorista, en tonos pastel, dulce y empalagosa cuando debería ser negra como la pez. Una forma curiosa de enfrentar los dos mundos: el de los buenos y el de los malos. Porque Eduardo Manostijeras es un cuento sobre la bondad y las renuncias.
La bondad que no puede sobrevivir en un mundo hostil e interesado y la renuncia al amor para que precisamente sobreviva aquel al que se ama. Y para ello, para hablarnos sobre ello,Tim Burton se vale, en gran medida, de dos historias ya conocidas, la de Frankenstein y la de La bella y la bestia y las funde en un cuento que nos es conocido y a la vez increiblemente novedoso.
Debo reconocer que esta película la he visto dos veces en mi vida, una cuando se estrenó (y no me gustó nada) otra, ayer mismo, es decir bastantes años después. Debo reconocer, como digo, que es una película preciosa en su estética, en su forma, y en sus elementos. Que tiene una banda sonora espectacular, creación de Danny Efman (como en otras muchas películas de Burton); con la que el acompañamiento musical hace ganar enteros al transitar de la trama; que algunos retazos de la fotografía (por llamarlo de alguna manera) de algunos pasajes de la película me parezcan grandiosos. Pero, tengo un serio problema con ella, con la película, lo sé, y es que no puedo evitar que Depp me la estropee.
Sin embargo, se la recomiendo vivamente, porque lo mío y lo de este actor es una fobia, y ustedes, por suerte, adolecen de ella. Busquen la cinta y véanla. Disfruten del rosa pastel, de la gris ala de cuervo, del impresionante parecido entre el monstruo/ángel Eduardo y el propio director Burton, de la desconstrucción de melenas,  de las floridas esculturas, de la bonhomía de Peg (Diane Weist) que con sus productos Avon intenta contentar a todo el mundo; de los bailes bajo la nieve de Kim (Winona Ryder) y de esa estética con la que Tim Burton lo viste todo. Tendrán un buen rato garantizado, se lo digo de verdad, pese a Johnny Depp.
© Del Texto: Anita Noire


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jul 30 2010

Enemigos públicos: El lado humano del criminal

Gansters, metralletas, chicas rubias atolondradas, detectives, policías corruptos, la mano floja del más cobarde con las mujeres, ciudades deprimidas, alcohol, tabaco, juego ilegal. Un héroe y una heroína (esta vez morena y descendencia india). Esos fueron siempre los ingredientes  del cine negro. Y son los que utiliza Michael Mann en Enemigos Públicos. Una película que pasó excesivamente desapercibida por las pantallas de proyección cuando es excelente.

A veces me pregunto por qué un tipo de cine se encuadra en una época concreta y ya no puede hacerse nunca más. Parece ser pecado mortal o una traición horrible con los clásicos. Es como si eso que se contó ya no tuviera matices ni posibles interpretaciones y fuera territorio intocable. El cine negro tuvo su momento de esplendor y no caben (defienden algunos) versiones modernas. No terminan de gustar ni a críticos ni al gran público. Una pena.

En el caso de Enemigos Públicos es una auténtica injusticia que no sea reconocida como una gran película. El vestuario es francamente bueno, los escenarios magníficos y los actores están más que bien (quizás el inexpresivo Christian Bale no encaja del todo con el trabajo del resto). Todos los detalles están cuidados al máximo, con gran cuidado, casi mimo. Y, lo más importante, es que el trabajo del director es impecable. Hace crecer a los personajes con cada gesto. Es verdad que ayuda mucho un guión con diálogos excelentes (alguna que otra intervención del Dallinger roza lo literario aunque se queda en el territorio que corresponde, en el del cine). A todo esto se le suma una trama bien construida, un ritmo trepidante y (todo hay que decirlo) un millón de disparos formando un conjunto que arrastra al espectador con solvencia.

La película cuenta la historia de John Dillinger (Johnny Depp), de cómo se convierte en un héroe nacional (roba bancos durante la gran depresión aunque el dinero de los clientes no lo toca jamás), de cómo una mujer llamada Billie Frechette (Marion Cotillard) es capaz de enamorarle tan sólo con aceptar al villano tal y como es, compartiendo sueños. La película cuenta cómo fueron los primeros intentos del FBI por modernizar sus procesos en la investigación criminal. La película cuenta cómo el progreso en el mundo del crimen acabó con lo tradicional. Robar bancos frente a las apuestas ilegales de las que podían vivir los malos, los polis y los políticos sin arriesgar el pellejo. Pero, sobre todo, la película cuenta cómo la violencia genera violencia, cómo el ser humano se trastorna con un arma en las manos. Porque Michael Mann ataca la historia desde ese lado humano del criminal (casi costumbrista como ocurría en la literatura negra), desde el lado salvaje y atroz, pero sin renunciar a mostrar el contrario. Así es el hombre. De paso aprovecha para investigar el ego de alguien como Dillinger, el ego que acaba con los héroes si no son inmortales. Y este ganster no lo era, claro.

Elliot Goldenthal firma la partitura de Enemigos Públicos. Un lujo. Incluye esta banda sonora un tema interpretado por Diana Krall titulado Bye Bye Blackbird que servirá de eje sonoro en la relación de los protagonistas.

Vi la película el verano pasado en un cine de Santa Cruz de Tenerife. Recuerdo que salí emocionado, algo que no me ocurre con frecuencia. Pasó que pude ver una película de cine negro (de las buenas) sin recurrir al reproductor de DVD. Y es que el buen cine lo es en cualquier momento y en cualquier lugar.

© Del Texto: Nirek Sabal

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