nov 25 2010

Benny & Joon (El amor de los inocentes): Sin pena ni gloria

Uno de los actores que no me gusta, contrariamente al resto de mortales, es Johnny Deep. Soy incapaz de que ninguna película en la que aparece me despierte el interés. Muchos pensarán que es una manía estúpida, que es un gran actor y que su participación en estupendas películas es indiscutible, puede que lo sea; pero, que quieren que les diga, sus interpretaciones siempre me parecen lineales, nunca veo al personaje, siempre veo a Deep haciendo de tipo raro. Inevitable. Les aseguro que he intentado verlo del derecho, del revés y no hay manera.
Creo que la primera película en que le vi participar, o al menos soy consciente de ello, fue Benny and Joon. Un tostón de Jeremias Chechik. La película filmada con la intención de mostrarnos que incluso los que sufren problemas mentales se enamoran con sinceridad se convierte, por obra y gracias de Chechik en una película de sobremesa de fin de semana.
Joon (Mary Stuart Masterson), una mujer con una estabilidad mental frágil, vive con su hermano, Benny (Aidan Quinn), que se hace cargo de ella desde que sus padres fallecieron. Tiene su vida aparcada para dedicarse al cuidado de su excéntrica hermana y las pocas cosas que hace, ir a trabajar o jugar al poker con sus amigos, las hace teniendo siempre controlado lo que ocurre con su hermana. Ni siquiera es capaz de iniciar una relación sentimental con nadie por el peso que le supone tener a su hermana a cargo. En una de las partidas, Benny se lleva con él a Joon y allí coincidirá con Sam (Johnny Deep), un tipo tranquilo, extraño, un apasionado del cine cómico, apasionado de Buster Keaton. En una partida, Joon gana a Sam. Entre ellos se establece una relación especial, Sam cocina para Joon (sándwiches hechos con la plancha en posición planchado lana) y hace imitaciones de Buster Keaton. Joon enseña a pintar a Sam. Finalmente se dan cuenta que se han enamorado. Un amor que puede verse interrumpido cuando Benny hace saber a Sam que le ha encontrado un trabajo como actor que le llevará lejos de la ciudad. En ese momento, Sam confiesa a Benny que está enamorado de su hermana y se han acostado. Esta confesión llevará a su expulsión de casa y a la posterior huida de Sam y Joon. Sin embargo, esta marcha para poder continuar con su relación se verá trucada por la necesidad de ingresar a Joon en el psiquiátrico al sufrir una crisis. A partir de ahí, por pura necesidad y posterior entendimiento Benny acepta la relación de los enamorados. Juntos ya, con Joon fuera del hospital, iniciaran una convivencia cerca de donde se instala a vivir Benny junto a su novia una camarera que en su día hizo una película que, casualmente, Sam, conoce al dedillo.
Un tueste. Se lo digo de verdad. En españa la película se tituló El amor de los inocentes. Una castaña que, en mi caso, me condicionó por siempre más la percepción que de Jonnhy Deep tengo y ello sin negar que en esta historia pastelosa a más no poder, es el que lo hace todo y se come la pantalla, dejando en un triste segundo plano a actores como Aidan Quinn e incluso a Juliane Moore que quedan como meros secundarios sin mayor pena ni gloria.
Me niego a calificar como buena, o simplemente pasable, una película porque toque el tema del amor y los enfermos mentales.
Lo mejor, la banda sonora, y entre ella la famosa I’m gonna be de The Proclaimers.
Recomendable para los que les guste Johnny Deep y aún no la hayan visto y los que tengan ganas de echarse una siesta mientras la ven. Intrascendente en mi vida cinematográfica.
© Del Texto: Anita Noire


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sep 16 2010

Piratas del Caribe: Sobre la utilidad de una película de cine

Un adulto llega a su casa. Abre la puerta y quiere dejar atrás una vida de mierda. Se encuentra a su mujer en la cocina. Guisando. Ella está en paro desde un par de años atrás. En la habitación del fondo, los niños estudian o juegan. Han llegado poco antes. Después de un madrugón, un montón de horas de clase y un par de actividades de propina para que se hagan más listos. Y el padre, que quiere dejar una vida de mierda al cerrar la puerta de casa, les plantea que pueden ver una película. Que harán una excepción, pedirán una pizza por teléfono y comerán palomitas caseras que son las mejores. La madre deja las sartenes a un lado. Los niños sus juguetes o sus libros. El padre su vida de mierda. Miran la estantería. Tienen que elegir.
Por allí ven algo de Federico Fellini, algo de François Truffaut, Stanley Kubrick. Y tres películas juntas que sobresalen sobre las demás. Piratas del Caribe. Y es que quieren olvidarse de algunas cosas. No lo dudan.
Posiblemente, ese hombre tiene el resto de películas en su estantería porque le gusta el buen cine. Posiblemente, su mujer las ha visto con él porque le gusta el buen cine. Posiblemente, los hijos mayores ya han visto alguna de ellas. Pero todos eligen Piratas del Caribe. Cada cosa en su momento, deben pensar. Y es que el buen aficionado al cine sabe que hay películas que sirven para pensar, otras para perder el tiempo y otras para dejar la vida de mierda detrás de la puerta. Incluso que las hay que reúnen dos o más características. No es esta trilogía una castaña que se deja ver. Es verdad que la tercera entrega se pierde un poco entre efectos especiales y desdibuja a los personajes con tanto chiste encadenado, pero, en conjunto, la trilogía es muy divertida. Puestos a sacar faltas podríamos hablar de las limitaciones de un Orlando Bloom frío y aburridillo, de una Keira Knightley que parece estar más para vender revistas a los adolescentes que para hacer su papel o el pequeño disparate en lo que se convierte la trilogía a partir del final de la segunda parte. Pero no me da la gana. También hay que saber sentarse para divertirse. Esas posiciones tan rígidas en las que el espectador cinéfilo se quiere arrancar un brazo antes de ver algo que no le haga pensar me parecen una idiotez colosal. Se puede entender de cine, pero no se puede disfrutar de él si no se sabe discriminar cuando toca.
Johnny Deep es el capitán Jack Sparrow. Divertido, eficaz y creíble. Orlando Bloom es Will Turner. Un personaje que trata de evolucionar y no lo logra del todo. Aunque su historia de amor con Elizabeth Swann (Keira Knightley) mantiene buena parte de la tensión narrativa (a pesar de lo previsible que es desde casi el principio). Hector Barbossa es un pirata malo que no veas. Lo interpreta Geoffrey Rush. Todo un lujo. Y Chow Yun-Fat es el que hace de Sao Feng (otro pirata para echar de comer aparte). Más lustre si cabe.
Pues bien, todos estos actores (hay muchos más, claro, pero no se trata de redactar la nómina completa) interpretan una historia de piratas ambiciosa y muy espectacular. Va de más a menos. O de mucho a poco. Como quieran. Una historia llena de batallas, de amores, de traición, de efectos especiales, de hombres pez, de barcos fantasmas, de buques de guerra, de uñas llenas de mierda, de ron. Lo que venimos reconociendo como una película de piratas, de aventuras. Nada de pensar en nuestra sesuda mente, ni en nuestros trabajos tan importantes. Una de aventuras.
Me niego a decir nada en contra de esta trilogía. No me da la gana. ¿Lo tiene? Pues claro. Pero también lo tienen nuestras vidas y no nos tiramos por el balcón. Cada cosa cuando toca.
Pues eso.
© Del Texto: Nirek Sabal

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