mar 19 2012

La Reina de África: Barcaza Movie

Un buen director de cine, al igual que un buen escritor, debe necesariamente saber contar buenas historias, y aunque las herramientas puedan ser distintas, al final, el resultado debe ser el mismo; una historia creíble, verosímil, que enganche y que una vez terminada la última línea, la última imagen, nos dejen el buen sabor de lo contado y que, eso visto o leído nos modifique en algo.
La diferencia entre los buenos y los malos, escritores o directores de cine, creo, estriba en buena parte, en eso. Por eso podemos decir que John Huston era un excelente director de cine.
La reina de África es una de esas películas que no dejan indiferente a nadie.  Protagonizada por Humphrey Bogard y por Katherine Hepburn. Este tándem se comía la pantalla con su sola presencia, con la interpretación de dos personas absoluta y radicalmente distintas, el capitán de un barco, un tanto pendenciero y borrachuzo, Allunt, y Rose, una misionera, malencarada y amargada que, obligados por las circunstancias, van a tener que convivir, en el escaso espacio de una barcaza, La reina de África, para escapar de los alemanes durante la primera guerra mundial. Juntos huirán por el río. A lo largo de camino, mientras viven las más asombrosas aventuras, las relaciones personales de dos sujetos absolutamente antagónicos evolucionarán hasta aproximarse tanto que, uno y otro quedarán rendidos por el amor.
Una de las excelencias de la película es, precisamente, la configuración de estos dos personajes, porque Huston nos muestra a dos seres que ya no son jóvenes, que se encuentran rodeados de mil calamidades, sucios, ásperos y, sin embargo, nos los transforma en entrañables cada minuto que va avanzando la película gracias a los estupendos diálogos que se suceden entre sus protagonistas. La química entre los actores es increíble y eso traspasa la pantalla  gracias también, a la maravillosa fotografía de Jack Cardiff.
Con  los años,  esta película no ha perdido un ápice del atractivo que pudo tener en su momento aún cuando, como es lógico, la película tenga que ser vista partiendo de la base de que fue rodada hace más de sesenta años.
Por esta película Humphrey Bogart recibió el Oscar al mejor actor y Hepburn fue nominada como mejor actriz, sin que llegara a recoger la estatuilla. Algunos puristas consideran que estas dos actuaciones no fueron las mejores de estos actores, pero el caso es que, uno junto al otro, crecieron enteros enormes.
Hay multitud de anécdotas alrededor de la filmación de esta película y Katherine Hepburn (una de mis actrices favoritas, la que mejor supo lucir los pantalones de talle alto, las más elegante, divertida y estupenda de las actrices), cuenta en sus memorias infinidad de anécdotas del rodaje (les recomiendo que lean las memorias de la Hepburn, son estupendas). Una de ellas cuenta cómo todo el equipo de rodaje enfermó de disentería menos Bogart y Huston porque no bebieron agua en  ningún momento, cuenta con increíble sentido del humor como Huston no tenía interés en rodar en África y como aceptó la dirección de la película porque quería ir de safari, ni más ni menos.  Pero el caso es que fuera por lo que fuera, tuvimos la enorme suerte de que el gran director dirigiera una de las auténticas joyas del cine de todos los tiempos.
De vez en cuando no está mal retomar este tipo de películas de aventuras. En este caso una road movie sobre una barcaza, que nos traslada al continente africano. Películas en las que los  monstruos del cine lo eran de verdad. Puede que por eso, porque eran verdaderos dioses del cine, el paso del tiempo los mantiene igual de magníficos, no envejecen nunca.
Si no han visto La reina de África, no saben lo que se pierden.
© Del Texto: Anita Noire


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ene 19 2011

Dublineses: Recuerdos muertos, personas moribundas

Basada en el relato de James Joyce titulado Los Muertos e incluido en el volumen Dublineses, la película de John Huston se presenta como una obra sólida, profunda y rematada con maestría. Podría parecer sencillo el trabajo de un director de cine que parte de un relato como este, de una calidad inmensa. Y no lo es. Siempre he pensado que las adaptaciones suelen arrastrar más sentido literario de lo deseable. Sin embargo, Huston traduce este relato al lenguaje cinematográfico con admirable oficio y buen gusto, haciendo una lectura muy exacta de lo que dice el texto original. Tan sólo, al finalizar la película, el discurso del personaje masculino principal es absolutamente literario y se ciñe mucho al texto de Joyce. Pero claro, es de una belleza tan abrumadora que sirve de cierre al trabajo dando más lustre (si es que eso es posible) al conjunto.
Se celebra una reunión de familiares y amigos burgueses en Dublín. Año 1.904. La película de Huston (del mismo modo que el relato de Joyce) trata de ser una fotografía de lo que eran esas reuniones y esas gentes. Decadencia, vivir de los tiempos pasados porque fueron mejores, de recuerdos, con miedo a cualquier tipo de variación en el entorno. Todos opinan sobre asuntos superficiales y cuando toca hacerlo sobre lo importante procuran no hacerlo. Lo fundamental se arrincona y allí nadie mira. Frivolidad y aislamiento respecto a otras gentes, respecto al continente, ajenos al mundo entero. Los hombres beben y desprecian los elementos cultos con los que las mujeres flirtean como si fueran juguetes.
Me gusta, especialmente, un momento en el que vemos cómo un hombre recita un poema. Para la época es vanguardista, arriesgado y extraño. Nadie entiende nada. Hasta la poesía ha llegado lo nuevo. Y conmociona a todos. El poema, por cierto, es de una belleza inmensa.
Todo parece moverse alrededor del pasado, de frases hechas que perdieron su sentido mucho antes de ser pronunciadas, frases elevadas a los altares por su ignorancia y su frivolidad.
Es verdad que aparecen algunos destellos de modernidad. Una mujer sufragista que abandona la reunión pronto, un borracho que relata lo que ve durante sus salidas pegando al mundo una reunión que roza el patetismo. Pero son sólo destellos.
Para los personajes el mundo es adorable porque lo necesitan. Pero es un deseo difícil de cumplir.
Y, finalmente, el discurso de Gabriel (Donald McCann) que habla sobre su esposa Gretta (Anjelica Huston) y sobre todo lo que ha sido su pasado. Aquí llega el gran mensaje de la película. Todos somos ahora. Y eso es tan cierto como que pronto todos seremos. Porque entre los muertos que nos precedieron y los que nos seguirán, están nuestros cadáveres jugando a vivir.
Las interpretaciones de McCann y Anjelica Huston son el ejemplo de lo que el director busca con su película. Se ven difuminados entre una fauna compuesta por iguales. No es que los trabajos se defiendan sin eficacia. Al contrario. Se logra ese efecto con un ejercicio de contención muy bien llevado.
La película (esa es la verdad) es muy lenta. Aunque su brevedad ayuda a que ningún espectador (incluso los amantes del cine de acción más exagerado) pueda llegar a aburrirse. Al contrario, la emoción arrastrada por unos diálogos muy bien construidos va creciendo según pasa el tiempo. Y a esa lentitud le acompaña una banda sonora (Alex North) exquisita y muy a juego con la decadencia que se dibuja en pantalla.
Muy bien el vestuario. Muy bien el guión. El mundo se va desnudando frase a frase sin remedio. Sin vuelta atrás. Muy bien casi todo, puesto que la puesta en escena es espartana en exceso y es ese casi.
Desde luego es una película necesaria. De un excelente director. Una película madura, exquisita. Si tienen un momento no dejen de echar un vistazo a Dublineses. Les gustará.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 22 2010

Chinatown: Un refugio para siempre

Un villano, un detective; una mujer sensual, enamoradiza y, a la vez, seductora por la que el detective pierde los papeles; policías, gansters y algún asesinato que otro buscando riqueza fácil, dinero con el que comprar el futuro (eso dice uno de los personajes de Chinatown). Son los elementos que, de forma clásica, han manejado los escritores de novela negra. Cercanos siempre al costumbrismo y armando tramas llenas de misterio y acción. Se han logrado resultados desiguales durante muchos años aunque lo que ha salido bien han sido excepcionales. Buenas de verdad.
Roman Polanski que es un director de cine magnífico (con los actores hace un trabajo más que notable y con los textos también al intentar ceñirse al sentido de lo escrito) filmó a mediados de los años setenta una formidable película. Chinatown. Consiguió el Oscar al mejor guión original y estuvo nominada en otras diez categorías. No hubo suerte. Competir con la segunda parte de El padrino de Francis Ford Coppola o La noche americana de Truffaut es duro. Terremoto, El gran Gatsby o Asesinato en el Orient Express son algunos de los títulos que competían ese mismo año.

En cualquier caso, nominaciones aparte, la película de Polanski es completamente maravillosa. Creo yo que es una de esas películas que los directores que quieren triunfar siempre tienen en la cabeza, una de esas películas que todos quisieran rodar. Un reparto excelente haciendo su trabajo con solvencia, rozando la perfección; la música de Jerry Goldsmith tan efectiva como siempre (suenan algunas canciones además de la partitura original que rematan el trabajo de forma exquisita. Por ejemplo, I Can’t Get Started de Ira gershwin y Vermon Duke); un vestuario bien diseñado y muy cuidado; un guión a la altura de El Halcón Maltés que es como decir próximo a lo máximo que se puede conseguir; en fin, algo perfecto. O casi.

J. J. Gittes (Jack Nicholson) es un detective que trabaja tranquilamente en Los Ángeles. Su vida se complica cuando recibe el encargo de un trabajo que será mucho más complejo de lo que parece inicialmente. Un asunto de cuernos termina siendo un laberinto lleno de peligros, de políticos corruptos, de muerte. Cuando aparecen Evelyn Mulwray (Faye Dunaway) y su padre Noah Cross (John Huston) todo se convierte en un infierno. La trama se desarrolla en un tiempo histórico muy breve y el ritmo es trepidante. Polanski (él mismo interpreta un pequeño papel como ganster) consigue manejar, además, un tempo narrativo que hace casar todo de manera exacta. Las interpretaciones de Nicholson y Dunaway son soberbias.
¿Por qué una película gusta tanto y otras tan poco? Creo yo que la respuesta es mucho más simple de lo que puede parecer. Las que gustan son las que cuentan un mundo que representa una realidad compartida por todos, reconocible, y hacerlo bien. Son las que muestran personajes con alma, que tienen motivaciones y una razón por la que existir, que sienten y hacen sentir cosas similares al espectador, que dicen cosas importantes y no idioteces por bonitas que sean. Resumiendo: las que emocionan. Sólo con la emoción en marcha se puede intervenir en una propuesta narrativa, en este caso, la que vemos en pantalla.
Chinatown es una de esas películas. Vuelvo a ella de vez en cuando, con tanta frecuencia como intento escapar de los cientos de títulos que procuran venderme a base de efectos especiales o rostros bellos.
Me gusta el cine de Polanski. Me gusta el cine negro. Me gusta todo lo que, realmente, es cine. Y me gusta saber que existe un lugar en el que puedo refugiarme cuando el mundo deja de gustarme. Chinatown.
© Del Texto: Nirek Sabal

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ago 21 2010

El hombre que pudo reinar: La inolvidable aventura de Dravot y Carnehan


Pocas veces he salido tan emocionado de una sala de proyección. Era, tan sólo, un niño. El hombre que pudo reinar de John Huston. Quizás uno de los recuerdos más nítidos de mi niñez. La experiencia de vivir las aventuras de Daniel Dravot (Sean Connery) y Peachy Carnehan (Michael Caine) hicieron casi imposible que dejara de jugar a ser un sargento del ejército británico durante una larga temporada. Es verdad que, en aquel momento, no entendí qué era eso de la masonería, el vínculo que se creaba con Alejandro el Grande y algunas frases que decían los protagonistas. Era difícil que un muchacho de once o doce años se enterara de esas cosas. El guión nacido de la novela de Rudyard Klipling (personaje de la película interpretado por Christopher Plummer), aunque excelente, incluye algunas frases muy literarias. Me temo que detrás del resultado final se esconde un afán importante por ceñirse al texto original. Pero todo aquello no me causó el más mínimo probema. Lo que me habían contado era algo parecido a lo que soñaba con vivir, a lo que soñaba con narrar yo mismo algún día.

La película de Huston es impresionante. Es cine del bueno, del auténtico. Connery y Caine interpretan de forma magistral a los dos suboficiales británicos que llenos de ambición, de arrogancia y de valor, dedicen conquistar un país y convertirse en reyes. Ellos solos. Consiguen una credibilidad abrumadora. Los escenarios están perfectamente elegidos (la película se rodó, en su mayor parte, en Marruecos y en Chamonix). La partitura firmada por Maurice Jarre acompaña a los protagonistas perfectamente y, aunque no es una banda sonora de esas inolvidables, es muy efectiva al derramar carácter británico en cada secuencia. Creo que fue la primera película que vi con final trágico. Estaba acostumbrado a soportar las películas de Walt Disney que eran dramáticas en su desarrollo, pero felices en el desenlace. O lo que es igual, acostumbrado a las películas del gran psicópata del cine, del mayor torturador de mentes jóvenes y personajes propios. La cantidad de padres y madres muertos en esas películas, la cantidad de tragedias impensables que tuvimos que vivir y siguen soportando los niños de todo el mundo.

La película de Huston cuenta cómo Daniel Dravot y Peachy Carnehan (sargentos del ejército británico destacado en la India) entablan relación con Rudyard Klipling (corresponsal del períodico The Northeen Star). Los militares son unos rufianes ambiciosos, caraduras y bien plantados. Firman un contrato entre ellos, con Kipling como testigo, en el que dictan las normas a seguir mientras conquistan un país al norte de India para coronarse reyes. Los tres son masones. Comienzan su viaje y una serie de acontecimientos hace que confundan a Dravot con un Dios en el territorio en el que quieren reinar. Alejandro el Grande ya fue tomado por tal mucho antes. Dravot sería su hijo. Esto hace que el militar quiera quedarse en el trono (la idea era agarrar el botín y regresar), que modifique su actitud incluso frente a su compañero de viaje, que se confunda entre tanto poder. Aunque supongo que serán pocos los que no hayan visto la película, lo dejo aquí. Por si las moscas. 

El guión de la película es sensacional. Es una excelente adaptación de la novela de Kipling titulada The Man Would Be King. Las interpretaciones de protagonistas y secundarios maravillosa (Saceed Jaffrey en su papel de Billy Fish está más que bien). El conjunto es emocionante, muy divertido, gracias a un ritmo narrativo perfecto producto de un montaje exquisito. Pero, sobre todo, es una película de cine imposible de olvidar. Durante nuestra vida, podemos ver un número muy importante de ellas. Unas las colocamos en la sección “Buena película”, otras en “entretenida”, muchas la etiquetamos como “castaña”. Sólo unas pocas (poquísimas, piense en ello) las dejamos colocadas en un lugar especial que podemos llamar inolvidable u obra maestra. Y son menos las que nos cambian la vida. Películas como El hombre que pudo reinar son de estas últimas para el que escribe. Descubrir que hay una ventana por la que se puede mirar el mundo, distinta de todas las demás, una ventana por la que sólo los privilegiados pueden echar un vistazo para enseñar lo que ven después, dinamita la vida de cualquiera. Quizás sea uno de mis primeros recuerdos nítidos porque el día que salí de aquella sala tuve claro lo que terminaría siendo en la vida. Y, sobre todo, lo que nunca llegaría a ser. Dios.

© Del Texto: Nirek Sabal
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