may 9 2011

Alien: La perfección de la hostilidad

Tenía yo quince años cuando vi, por primera vez, Alien: El Octavo Pasajero. No sabía muy bien qué era eso que me esperaba en la sala de proyección. Supuse que algún marciano con cara de cera lanzando rayos ultrasónicos y un montón de tipos rudos y valientes repartiendo leña al ser extraterrestre. Sin embargo me encontré con un ser extraordinario, violentísimo, astuto y demoledor frente a una tripulación mixta que disponía de un lanzallamas medio casero y una red para lograr salir con vida de la nave espacial. Si tuviera que elegir un momento de mi vida en la que me sentí indefenso y aterrado, creo que no dudaría en referirme a aquella tarde.
La nave Nostromo (en aquella época los efectos especiales nos resultaban asombrosos) era inmensa. El alien era la misma maldad. La tripulación del Nostromo podría estar compuesta por cualquiera de nosotros. Pobres Dallas (Tom Skerritt), Ripley (Sigourney Weaver), Lambert (Veronica Cartwright), Brett (Harry Dean Stanton), Kane (John Hurt) y Parker (Yaphet Kotto). Ash (Ian Holm) resultó ser un androide traidor y odioso. Con esa película se podía sentir exactamente lo que se debe experimentar durante un viaje espacial. Y después de ver algo así, la ciencia ficción ya no sería lo mismo, nunca más. Miedo, incertidumbre hasta la última toma, nervios esperando un desenlace con una mínima esperanza, emoción sin límite, asfixia. Inolvidable.
Ridley Scott, el director de la película, tomó prestado el nombre de la nave. Al escritor Joseph Conrad. Hace referencia a una de sus novelas y, como todo el mundo sabe, este escritor tenía en su literatura un hueco permanente para el viaje, la sabiduría que provoca el movimiento, la posibilidad de vencer a todo tipo de contratiempo y salvar la vida el viajero por ello. De eso va la película aunque la acción se produzca en el espacio y veamos un monstruo terrible. Esa nave, la USCSS Nostromo, será el escenario de buena parte de la película. La tripulación es despertada, antes de tiempo, durante su viaje de regreso desde Thedus a la Tierra. Les encargan la misión de investigar la procedencia de una señal desconocida que llega desde un planetoide. Cuando a Kane se le agarra a la cara un bicho de aspecto horrible y perfecto en su hostilidad, todo se desboca.
Las interpretaciones de los actores son todas correctas. La de Sigourney Weaver es especialmente buena. Y se desarrolla con fuerza al enfretar su personaje con el que interpreta Veronica Cartwright. La debilidad del carácter de una hace más fuerte el de la otra. La decisión de una hace que las dudas de la otra la conviertan en una heroína. El trabajo del director es este aspecto es impecable. La música de Jerry Goldsmith acompaña como un guante la acción. La partitura es perfecta, pero no pretende en ningún caso nada que no sea matizar lo que se ve en la pantalla. Extraordinaria la puesta en escena que nos lleva aunque nos neguemos a un mundo oscuro, hostil, vacío de humanidad y que se convierte en un enorme reto para el ser humano. El montaje es inteligente y no deja que los tiempos destrocen los tempos narrativos. Por ejemplo, los viajes de un sitio a otro se convierten en elipsis para no demorar las cosas mientras se pierde una intensidad narrativa impecable.
No sé si los jóvenes de hoy mirarán esta película con la ceja levantada preguntándose por qué hizo tanto ruido en el momento de estrenarse. Yo tengo la respuesta. En ese momento nadie había viajado al espacio. Y la primera vez que haces cualquier cosa deja huella.


jul 23 2010

Hacia rutas salvajes: Buscando parcelita perdida en Alaska

Ayer alguien me recordaba esta película. Un gran “invento del demonio”, me dijo. Una, que es de natural entusiasta, se palmeó la frente y se dijo “Es verdad. ¿Cómo no he hablado aún de esta película?” Así que he hecho propósito de enmienda y de hoy no pasa. Aquí estoy, teclado en ristre, preparada para meterle mano a Into the Wild, traducida como Hacia rutas salvajes. Debo decir que, a pesar de que me gustó por los motivos que diré, no es más que una película agradable, pero que merece le entreguemos las dos horas y media que los tendrá clavados en una butaca.
Esta película, basada en la novela de  Jon Krakauer (en la que recoge su propia experiencia personal), cuenta con un guionista y director que cada día me sorprende más: Sean Penn ; con un director de fotografía excelente que es Eric Gautier (Diario de una motocicleta) y una banda sonora espectacular de Michael Brook. Dicen que Sean Penn se enamoró de Christopher McCandless (el protagonista) cuando leyó la novela y que tardó más de diez años en conseguir los derechos para rodarla.
Algunos críticos la han clasificado como una “Road movie”, pero eso, a mi entender, no califica nada, lo verdaderamente cierto es que estamos ante una película vistosa, bella y que invita a reflexionar.

Christopher McCandless (Emile Hirsch), estudiante universitario, con un futuro prometedor, que lee a los autores rusos Tolstoy, Dostoevsky, decide dejarlo todo (estudios, familia idílica, etc.), cambiar su nombre por el de Alexander Supertramp, entregando todos sus ahorros a la caridad y marchar a Alaska donde espera encontrarse a sí mismo, vivir en libertad, escapando de un mundo que no le gusta y del que siente no pertenecer. Marcia Gay Harden y John Hurt interpretan a unos padres destrozados por la pérdida de un hijo que decide dejar el mundo al que ellos pertenecen y que no terminan de comprender. Chris viajará sin un dólar en el bolsillo, se tendrá que ir buscando la vida paso a paso. Por el camino, encontrará a personas que, como él, no encajan en el mundo que les ha tocado vivir. Cris abandona un mundo confortable desde un punto de vista económico y familiar y se adentra a vivir en y de la naturaleza.

Un película sujetatada por la brillante actuación de un desconocido Emile Hirsch y un conjunto de actores secuendarios, encabezados por Vince Vaughn, Hal Holbrook y Catherine Keener que están sencillamente estupendos.

Alguien podría pensar que Sean Penn nos hace trampa y que como golpe efectista nos presenta a Alexander Supertram como un hijo de papa que se va a vivir al monte para que el contraste, entre lo que deja y a donde va, sea tan espectacular que el espectador no pueda quedar indiferente y sitúe al protagonista en el limbo de los buenos hombres. Sin embargo, pese a que la trampa existe (ahí está) lo cierto es que Penn nos la cuela bien y eso, muchos lo intentan, pero pocos lo consiguen.

Debo reconocer que cuando vi esta película pasaba por una crisis personal y que mi máxima aspiración, en aquel momento, era pegarle una patada a todo, salir corriendo y desaparecer del mapa durante mil años. Pero claro, yo no soy Chris, ni tengo vocación de Alexander Supertramp, así que me limité a removerme en la butaca en la que estaba sentada, a perderme por los bosques de Alaska, y volver a casa pensando que el mundo me había atrapado. La película también. Hoy, tiempo más tarde, sigo pensando que perderse no está tan mal, que el mundo no va a mejor sino todo lo contrario y que nunca viviré en Alaska. En estos momentos, cuando doblo en años los de Chris, ya tengo escogido el lugar al que marchar caso que me de un arranque como a Alexander Supertramp, la diferencia es que yo en lugar de entregar mis bienes a la caridad sólo podría dejarles deudas.

No se la pierdan, puede que no les guste en absoluto, que crean que es una estafa sobre un niño de papa, desagradecido y colgado, pero yo, quizá por aquello de las filias, me la miro desde el cariño de los que pertenecemos a la fraternidad de los que constantemente buscamos nuestro “yo” y esa parcelita de felicidad que creo nos toca.

Que ustedes la disfruten.

© Del texto: Anita Noire