dic 29 2012

JFK: Espiral de Ficciones

Contar una historia cualquiera requiere un esfuerzo creativo por parte del que narra y una actitud en el que escucha o ve lo narrado. Eso es algo ya sabido por todos. Lo que ya no es tan popular es cómo se consigue algo así.
Oliver Stone, en su película JFK, intenta el juego creativo y busca el estímulo necesario (en la misma zona narrativa) que vincule al espectador con el trabajo. Monta su película asumiendo riesgos importantes. Y lo hace para que una historia sabida por todos parezca una novedad. Por otro lado, juega con los encuadres, con las escalas y con los puntos de vista para llamar la atención del espectador. Incluso va del blanco y negro al color por el mismo motivo. Se suma a este esfuerzo que el relato (con su estructura y coherencia propia) contiene otro (con su estructura y coherencia propia); y se establecen como dos realidades paralelas. Al buscar la implicación del espectador como clave en el relato, comienza la película y son tres las realidades puesto que se añade a la receta la propia de los espectadores. Y todo esto para contar un hecho histórico.
JFK es una de las películas con mejor reparto que se recuerdan. Y todos, aun en papeles menores, están soberbios. Incluso Kevin Costner se libra, esta vez, de una mala crítica. Esto dicho así está muy bien. Pero utilizar tanto talento pare defender papelitos deja un sabor agridulce, una sensación de desperdicio más que importante. Jack Lemmon, Donald Sutherland, Gary Olman, Joe Pesci, Kevin Bacon o Tommy Lee Jones (que interpreta el papel de Clay Shaw; personaje homosexual y tratado en esta película sin ninguna delicadeza y de forma tendenciosa) son algunos de los que participan en la película.
JFK se recordará por su montaje. Para algunos un desastre en el que la repetición de imágenes es empalagosa e injustificada al igual que lo son las rupturas temporales. Para otros una exhibición de creatividad que soporta la estructura argumental con firmeza. Un juego colosal al que se somenten autor y público. En realidad es un montaje arriesgado en el que se logran cosas importantes y se cometen errores del mismo calibre. Además, hace que algunas cosas fundamentales de la película queden entre dos aguas. Muchos aspectos de la trama quedan oscurecidos por la falta de información. Se podría decir que no deja de ser una propuesta irregular con luces y sombras. La buena noticia es que o importante de esta película no es el montaje como muchos creen. Son los diálogos y las interpretaciones los que convierten en bueno el producto. Los problemas que puede tener el montaje se ven rebajados cuando los personajes crecen, cuando la trama aparece con claridad en cada frase.
La conspiración contra John Fitzgerald Kennedy es una enorme y espectacular excusa para afrontar e tema de la película: la mentira; una mentira de dimensiones extraordinarias; una mentira que afecta al mundo entero y en la que vivimos inmersos; eso que convierte la vida en ficción. La gracia del trabajo de Oliver Stone es que revisando un hecho histórico, nos planteamos hasta qué punto vivimos en una realidad creída o una ficción consentida. Lo mismo que les pasa a los personajes de la película. Y por eso el montaje abusa de la repetición de imágenes. La mentira repetida se convierte en gran verdad. Sea cual sea.  Lo mismo visto desde diferente lugar puede parecer distinto. Lo distinto se puede camuflar cambiando el punto de vista. Un juego al que es sometido el espectador y le puede parecer aburrido de solemnidad o un reto gratificante. Por eso el cambio de encuadres y escalas, por eso la modificación de los puntos de vista, por eso el juego de Stone.
La peícula se acerca al formato documental en muchos momentos. Y no sólo por utilizar imágenes reales. Se aproxima porque el sistema narrativo hace uso de la información pura y dura para poder mantener en píe la trama de la ficción (escasa muchas veces, la información).
Todo esto que digo nos lleva hasta un trabajo muy extenso. Son muchos minutos trabajando ante una pantalla. Ese es otro de los riesgos de la propuesta. No es habitual obligar a un trabajo intelectual tan extenso. Otra justificación más del dichoso montaje; que entusiasma o hace odiar JFK.
Una última cosa. Es algo incomprensible el uso de la banda sonora. Aparece y desaparece sin razón alguna. Ahora aquí sí. Ahora no. Este es un pero incontestable.
Si no lo hicieron en su momento, echen un vistazo a JFK. A ver qué pasa.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 6 2011

Toro Salvaje: La fábrica de derrotas

Los boxeadores se pueden dividir entre los que se son pegadores y los que son, por el contrario, encajadores. Los primeros son los que intentan acabar por la vía rápida las peleas. Conocen bien hasta dónde pueden hacer daño con un solo golpe e intentan buscar el mentón del contrario a la primera de cambio. Por contra, los encajadores tratan de asfixiar a sus contrincantes recibiendo puñetazos. Recibirlos es duro, pero darlos es agotador. Son capaces de soportar sin apenas inmutarse y esperan a que el adversario -desesperado y fatigado- baje la guardia para cazarle. Estos suelen terminar sonados, con el cerebro lleno de agujeros.
Martin Scorsese es un pegador nato. Desde el primer plano de sus películas lanza ganchos y directos al rostro de los espectadores. Rápidos y precisos. Demoledores. No hay preparación alguna, no deja unos minutos para estudiar el juego de piernas del que mira. La estrategia es clara: ser demoledor. Suena la campana (en cine se llama créditos) y el combate se convierte en una lucha sin cuartel. Los personajes aparecen con fuerza, los diálogos no buscan las cuerdas sino que profundizan en las psicologías y hacen avanzar la trama. No hay tregua para el espectador despistado. Después de cada asalto no hay rincón en el que tomar aire. Además, Scorsese, tiene en su esquina al mejor grupo de ayudantes que puede encontrar para disputar cada título. Podrá perder algún combate por ko técnico (por ejemplo, en Hollywood, en la ceremonia de entrega de los Oscar), pero derribarle sin que pueda levantarse es casi imposible. Cuando presenta sus películas viene bien entrenado y rodeado de la flor y nata, con el peso justo. Alguien puede decir que el combate (película Vs. espectador) no le ha gustado, que los golpes no han impactado con fuerza, pero nadie podrán acusar a Scorsese de tongo. Nadie.
Toro Salvaje es una película que apesta a boxeo. Pero no es una película sobre boxeo. Cuenta la historia de Jake La Motta, de como triunfa y de como fracasa, de como el fracaso se puede maquillar con lo efímero del triunfo, de cómo el triunfo puede ser -la mismo tiempo- el mayor de los fracasos, de cómo el triunfo es -finalmente- una tortura insoportable. El tema que trata Scorsese (de forma magistral) no es el boxeo (ese es el vehículo necesario para llegar hasta donde quiere) es el fracaso. Porque todo en este mundo lo es. Pero la película apesta -eso es verdad- a boxeo, a sangre, a golpes, a dolor. Es evidente que las escenas que se muestran sobre el ring son boxeo, pero el resto (las que relatan el matrimonio de La Motta o la relación con el hermano) son tan brutales como lo es un ko después de que un púlgil reciba una paliza inmensa.
Robert De Niro interpreta el papel de La Motta. Está estupendo. Además, (cosas de este actor) aparece gordo como un globo o en plena forma física sin caracterización alguna. Engordó para parecerse al verdadero La Motta y se pasó por el gimnasio para subir al ring siendo creíble al cien por cien.
Joe Pesci y Cathy Moriarty, aunque más discretos, también sobresalen en sus interpretaciones. El guión de Paul Schrader y Mardik Martin es espléndido y, rematado con el montaje extraordinario que se realizó, se convierte en algo difícil de repetir. Dicho esto, comprenderán que los espectadores pierden el primer aslto a los puntos según ponen un pie en la sala. La fotografía de Michael Chapman tampoco desentona y es fantástica. Será difícil que alguien retrate con tanto acierto a un boxeador sobre el ring. Cercano al expresionismo más brutal, Chapman arranca hasta el último detalle en cada toma. El montaje (ya he dicho que es extraordinario) termina haciendo de la película un combate de boxeo en sí mismo. Rupturas, elípsis, cierta brusquedad en el ritmo narrativo. Tal y como es una pelea entre doce cuerdas. Todo parece ser una sucesión de asaltos que provoca en el espectador la sensación de recibir golpes para los que, por inesperados, no tiene defensa alguna. La banda sonora es notable. Incluye el Intermezzo de la Cavalleria Rusticana de Mascagni. Y eso es garantía de buen gusto. Es curioso cómo funciona la imagen brutal que arrastra el boxeo acompañada de una música exquisita. Y este es el primer crochet de izquierda que recibe el espectador nada más comenzar la proyección. En pleno rostro. La belleza de la violencia. Su poética sus paños calientes. El resto de la banda sonora es exquisita y matiza cada toma con elegancia.
La Motta triunfó en el boxeo. Llegó a ser campeón de su peso. Soltaba hachazos que no resistía casi nadie. El mismísimo Ray Sugar (el que acabó con la carrera de La Motta) besó la lona un par de veces. Pero triunfó arrastrando sus obsesiones, sus paranoias y, sobre todo, su perfil de fracasado. Los celos, la falta de inteligencia y de astucia fuera de ring, la ambición sin límites que debilita a cualquiera, fueron sus contrincantes definitivos. La Motta nació para fracasar.
Scorsese, en la otra esquina, nació para triunfar. Contando, por ejemplo, este fracaso, este viaje a las alturas y la caída en la lona infernal de una vida dibujada con trazos gruesos e inexactos. Caída en el olvido después de pasados los diez segundos que cuenta en voz alta un árbitro inmutable.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 30 2010

Casino: Cuando los muertos hablan

El que quiere contar algo tiene la obligación, al menos, de hacerlo bien. Una mala historia bien contada podría llegar a colar. Una magnífica historia mal narrada se convierte en una lacra que te acompaña para siempre.
Martin Scorsese hace un cine de alto nivel en muchos aspectos. La puesta en escena de sus películas es notable, suele trabajar con una iluminación perfecta, la dirección de actores es siempre sobresaliente y se rodea de profesionales que hacen su trabajo con solvencia. Pero debe ser que cuando le entregan el guión para leer no se entera de algunas cosas, o se deja aconsejar mal, o no le importa gran cosa el asunto. Y le ha pasado, en más de una ocasión que su película se ha quedado a medio camino por esta razón.
Imagine que le encargan (sí a usted, a usted) narrar la historia de un loco y que ese loco está loco de remate. Ha de tomar la decisión de elegir la voz narrativa, el punto de vista (es la misma cosa). Decide que un compañero de hospital (otro loco de remate) será el encargado de soportar la exposición narrativa desde su punto de vista. Su novela o película se acaba de convertir en un disparate. Locos hablando de locos no parece la fórmula narrativa más creíble salvo que quieras juntar cosas graciosas o algo así. La credibilidad de la narración se evaporaría si esta fuese la decisión final. Pero, tranquilo, usted es persona de recursos. Se da cuenta del error. Da marcha atrás. Ahora elige a un psiquiatra para hacer de narrador. Voilà. Ahora sí. El espectador o el lector dará una credibilidad muy elevada. Y usted comprobará que con este narrador se pueden hacer muchas más cosas. Incluso ser gracioso y divertido.
Sin voz no hay nada. Con una voz equivocada tenemos un producto final que se aleja de lo buscado. Eso siempre es así. Un desastre absoluto, vaya.
En Casino de Martin Scorsese asistimos a un milagro inquietante. ¡Un muerto es capaz de hablar! Pero, además, lo hace como si no pasara nada, como si tal cosa. Uno de los narradores está enterrado en el desierto (sin móvil ni nada, no crean), pero él va contando lo que hace falta para que el relato parezca más coherente. Milagroso. Esto que les digo se descubre al final de la película. Y el que se fija en estas cosas (deberíamos ser todos) se siente estafado. Como, además, el guión está lleno de frases vacías que no llevan a ninguna parte y todo se intenta arreglar a base de tacos, de fuegos de artificio llegados desde lo espectacular de algunas imágenes, de escenas violentísimas y poco más; el cabreo del espectador es absolutamente monumental. Pero lo peor de todo es que el asunto es gratuito. Desde la subjetividad hubiera sido posible contar lo mismo y el resultado de la película mucho mejor (sin modificar la esencia de lo que se quería decir). Seguro. Martin Scorsese utiliza hasta cuatro puntos de vista diferentes de forma explícita. Mezclados como le da la gana e imponiendo la subjetividad de la cámara cuando la cosa comienza a tambalearse peligrosamente. No falla: guión flojito + batiburrillo de voces = desastre narrativo que se lleva por delante lo bueno que tenga el conjunto. Pero (aunque a usted le parezca mentira aún quedan peores noticias) con todo esto lo personajes no avanzan ni un milímetro. Lo hacen por otras razones. Igual que la acción se mueve de forma histérica entre tiros y cabezas rotas. En definitiva, lo que podría haber sido una buena película aparece convertida en casi tres horas de cierto sopor, salpicado de cosas horribles que te hacen remover en el sillón y poco más.
Con esto debería ser suficiente. Pero creo que es justo señalar los aspectos positivos de la cinta que la convierten en una cosa pasable. Robert De Niro está bien. Sharon Stone está bien. Joe Pesci está más que bien (sin llegar al nivel que alcanzó en Uno de los nuestros). El vestuario es impecable. El montaje es, francamente, bueno. El casting espléndido (parece que todos los que podrían haber sido mafiosos se hicieron actores). La banda sonora es una maravilla (si algo destaca en la película es eso, cómo se colocan los temas elegidos para acompañar la acción).
En fin, una película sobre la mafia italiana en Estados Unidos, sobre los problemas del mestizaje dentro de esa organización; sobre el poder, el dinero, la traición y la lealtad; vehículos que nos llevan al asunto central que Scorsese nos quiere mostrar: la ambición. Una película violenta hasta el exceso y que no deja opciones a que la imaginación del espectador trabaje y se involucre. Es lo malo de lo explícito. Una película que se queda por el camino por la ambición de la propuesta en su conjunto sin considerar lo fundamental como eje motor (qué paradoja hablar de la ambición y que sea tu propia lacra).
¿Le gusta el cine de Scorsese? Pues le echa un vistazo y asunto arreglado. ¿Le interesa saber cosas sobre los bajos fondos? Pues se mete tres horas de mafia y listo. ¿Tiene poco tiempo para ver cine? Pues ya tendrá tiempo de ver Casino. Aproveche esos momentos libres para ver cosas importantes como, por ejemplo, Buda explotó por vergüenza. Esa película sí que es una maravilla. Ahora bien, no aparece ni un mafioso italiano. Usted sabrá lo que hace.
© Del Texto: Nirek Sabal


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