mar 20 2011

Mujeres al borde de un ataque de nervios: El mundo en una coctelera

La influencia de Federico Fellini en el cine de Pedro Almodóvar es algo patente. Pero vaya, que no es nada del otro mundo. El cien por cien de los directores actuales están en las mismas circunstancias. Al menos los que saben hacer buen cine.
Fellini muestra una estética muy parecida a la de Almodóvar. Cutre, pueblerina; otras veces sofisticada; casi siempre unidas. Las bandas sonoras de sus películas son demoledoras (Fellini gana la partida al español en el territorio de la música original). Los diálogos de sus películas suelen ser extraordinarios por su extravagancia, por su inteligencia y por servir de soporte a la evolución de los personajes. La sombra de ambos, de sus egos enormes, atrapa cada escena que ruedan. Y si no es la sombra de sus egos son ellos en persona o su experiencia vital. El cine de ambos se funde en sus parecidos. Podríamos hacer una extensa lista llenando páginas enteras. Pero esto no es lo verdaderamente interesante. ¿Son genios del cine porque sus películas enseñan similitudes técnicas o estéticas? ¿Podríamos decir que los directores de cine son copias de los anteriores? ¿Es eso lo que quieren los nuevos para hacerse un hueco en el mercado cinematográfico? No a todo. Y si alguno lo cree puede ir pensando en dedicarse a otra cosa. Las cosas en el mundo del arte funcionan de otra forma. En las empresas puede ocurrir que un imbécil con dinero haga más dinero. En el del arte, el que es un desastre no se come una rosca.
El cine de Fellini y de Almodóvar confluyen en algo mucho más importante, en un nivel que muy pocos son capaces de transitar con acierto. Los dos agarran una parte del mundo; lo agitan con fuerza; logran aislar lo fundamental; lo colocan tal y como ellos entienden que es el mundo por debajo de lo que se ve; ruedan escenas y lo hacen universal. Dicho así, parece sencillo aunque, en realidad, es algo magnífico que sólo pueden hacerlo unos poquitos. Que, por ejemplo, los planos picados y contrapicados se utilicen para esto o aquello forma parte de la estética y de la técnica, pero eso lo podría llegar a hacer cualquiera con el proceso formativo adecuado. Que la banda sonora acompañe con perfección la imagen es cosa de los músicos y cualquiera puede contratar al mejor o pagar los derechos de autor de los mejores para usar sus temas. Que la iluminación sea perfecta tiene el mismo problema. Todo se puede solucionar salvo la genialidad del que mueve la coctelera y ordena el resultado.
El mundo ordenado tal y como lo ve cualquiera es un mundo patético y facilón. Es el lugar donde más estereotipos hay, es el lugar en el que peores escenarios puede uno encontrarse, es el espacio en el que mayor número de idioteces pueden oírse. Podría parecer que Fellini o Almodóvar reproducen eso. Y no. Nada más lejos de la verdad. Otra cosa es que representen realidades reconocibles, espacios comunes en los que su mensaje llegue con claridad al espectador. Es decir, la realidad es un vehículo, pero no es el mundo, no es el universo que todos pisamos. Si algo caracteriza el cine de estos genios es la constante huida que les lleva lejos de eso que conocemos como verdad.
Mujeres al borde de un ataque de nervios es, posiblemente, la mejor película de Almodóvar. Es verdad que el director ha evolucionado en su cine hacia la exquisitez técnica. Eso es verdad. Pero al mismo ha retrocedido en sus películas posteriores en ese sentido último que manejaba al principio aunque mantiene niveles más que buenos.
Almodóvar llena la coctelera de normalidad, la disfraza de disparate y no la entrega, de nuevo, convertida en eso que arropa lo cotidiano aunque nadie está dispuesto a reconocer. El mundo es un conjunto de situaciones delirantes que convertimos en cotidianas para poder sobrevivir, para no sentirnos aislados ni volvernos locos. Y es que de eso va la película. Otra cosa es que no paremos de reír mientras la vemos. Tal vez nos hace tanta gracia porque no queremos que nos mate un ataque de pánico que siempre está sobre nuestras cabezas y que tiene que ver con lo que somos y no enseñamos.
Pepa e Iván trabajan juntos. Iván ha dejado a Pepa embarazada aunque no lo sabe. Ella le pide que deje la casa. La casa se llena de seres extraños que buscan explicaciones donde no las hay. Hablan de forma extraña y nos hacen reír. Escuchan música que nos hace reír. O llorar. Buscan lo que todos nosotros. Eso sólo nos puede hacer llorar.
Mujeres al borde de un ataque de nervios es una película magnífica que todos deberían ver para entender lo que intenta Pedro Almodóvar cuando se pone detrás de la cámara. Carmen Maura, Antonio Banderas (¿este hombre sigue vivo, es el mismo que se pasea por Hollywood, se le ha olvidado eso de actuar?), Julieta Serrano y María Barranco forman parte del elenco (entre otros) y su trabajo es espléndido gracias a la dirección de actores de Almodóvar. La historia es fantástica y muy divertida. No dejen de echar un vistazo. Aunque sea por cuarta vez. Sigue mereciendo la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 10 2010

Ese oscuro objeto del deseo: Qué difícil es entender a un genio

Son muchas veces las que nos preguntamos sobre la razón por la que a un autor se le considera un genio. Miramos la pantalla, no entendemos nada, levantamos la ceja y pensamos que el mundo está lleno de listillos que llaman obra maestra a cualquier cosa o dicen que es arte una chapuza sin sentido para parecer más inteligentes, cultos y exquisitos. Esto le pasa a cualquiera. Saber apreciar lo verdaderamente bueno requiere de una fase de aprendizaje que nos queremos saltar con frecuencia. Y eso no puede ser.
Por ejemplo, esto puede pasar al tener un primer contacto con el cine de Luis Buñuel. El surrealismo de sus películas, sin ser entendido, puede convertirse en una tortura para el que mira. Sin embargo, mirando con atención, uno descubre que aquello, no sólo deja de inquietar o molestar, sino que el deseo que genera poder repetir la experiencia va creciendo. Cada vez con más fuerza. Lo que antes no entendías del todo (o en absoluto) se convierte en algo fundamental y apetitoso, casi imprescindible. Por supuesto, ocurre cuando, tras esa esa escena que distorsiona el todo, descubres el todo. Buñuel no trata de colocar una realidad en el mismo plano que otra. No intenta que lo surrealista conviva con lo que llamamos realidad. Lo que hace es tratar las cosas con naturalidad, de la misma forma, de modo que el espectador no tenga que ver dos películas de forma simultánea, dos mundos distintos. Todo existe al mismo tiempo sin obligaciones. Y, así, coexisten. Desde la naturalidad del autor al crear y del espectador al poder mirar sin obligaciones artificiales que no permiten un entendimiento de lo que se narra.
Del mismo modo, el cine de Buñuel puede gustar mucho más si se reciben correctamente las ideas que maneja. Corrección que procede de lo que sepa el espectador sobre algunos asuntos. En Ese Oscuro Objeto del Deseo, el mayordomo del personaje protagonista (¡el mayordomo!) suelta una frase de Nietzsche y se queda tan fresco (si vas con mujeres, no olvides el látigo; Así hablaba Zaratustra). Pero también hace referencia a lo dicho por Odón de Cluny, como si estuviera charlando en la barra de un bar con un colega.
La película entera rebosa ideas de Shopenhauer. ¿Recuerdan? El mundo como representación y esencia; la voluntad que trae por la calle de la amargura al hombre porque no la puede saciar nunca; el gran problema que representa la mujer y el sexo.
Pues bien, todo está en la película. No pasa nada si no se conocen estos detalles, pero, desde luego, la cosa puede cambiar enormemente y puede ser la forma de enterarse de lo fundamental. A los genios no se les entiende, a veces, por puro desconocimiento del que mira. Es verdad que se ponen raritos y se les va un poco la cabeza en alguna ocasión, pero menos de lo que puede parecer. Mejor compartir culpas.
Ese Oscuro Objeto del Deseo es la última película que rodó Luis Buñuel. Y, posiblemente, la mejor de su última etapa como director. Se trata de una adaptación de la novela La mujer y el pelele de Pierre Louys. Cuenta la historia de Mathieu (un burgués de cierta edad) y Conchita (su doncella y la mujer que le torturará diciéndole que le ama para, a continuación negarlo durante meses). El hombre se va convirtiendo en una caricatura de sí mismo a causa de la obsesión que crece por conseguir los favores de la muchacha. Se van sucediendo escenas de un patetismo descomunal al evolucionar los personajes hacia el rol de dominador y esclavo. Mentira, adulación, dinero, doble moral o violencia son algunos de los vehículos utilizados por el director para narrar una historia que deja pegado al asiento. Ayuda mucho una interpretación magnífica de Fernando Rey (Mathieu). Aparecen en la cinta todas las obsesiones de Buñuel al hacer cine aunque la violencia descontrolada y universal toma una relevancia muy significativa (eso sí, desde una burla constante y fiera. Así era este hombre).
Una de las cosas que pueden sorprender de forma especial al que se acerca por primera vez a la película es que el personaje de Conchita (principal femenino) es interpretado por dos actrices de forma simultánea. Carole Bouquet (belleza serena, finura, firmeza) y Ángela Molina (belleza salvaje, firmeza y explosión sensual; en esta película se la ve guapa de verdad) son las encargadas de defender el papel de Conchita. Sería muy difícil determinar con exactitud qué zona de la personalidad del personaje encarna cada una de ellas. Yo diría que Bouquet representa lo que tiene que ver con lo espiritual, con lo más doloroso para Mathieu. Molina lo carnal y temporal que, aunque genera más violencia en forma de celos o agresiones, termina siendo más llevadero para el hombre. Ambas están bien en su trabajo aunque no llegan a la altura de Fernando Rey. A propósito de esta dualidad en el papel de Conchita, el propio Buñuel reconoció que la idea fue fruto de un comentario que hizo al director de producción, Serge Silberman, después de intentar el rodaje con María Schneider como actriz principal y fracasando de lo lindo. “Podríamos emplear a dos actrices” dijo Buñuel. A Silberman le encantó la idea. Buñuel avisó al productor de que se trataba de un comentario a la ligera, que lo olvidara. Pero, al final, se convirtió en una realidad. De estas cosas el mundo del arte está lleno. Los críticos y fans se lanzan a alabar este tipo de hechos (sin saber que se trata de anécdotas) como si fueran algo sublime. Cualquier cosa que hace un genio se convierte en un gran avance para el mundo del arte. Cosas que pasan.
Pues eso, excelente película en la que se puede apreciar un modo de entender el mundo desde el surrealismo, desde el cine auténtico, desde la genialidad. Y desde la casualidad reconocida por el que puede hacerlo sin que pase nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


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