feb 27 2014

Her: La soledad humana

Después de Where the Wild Things Are, Spike Jonze nos trae Her, tan conmovedora como la anterior e igual de triste y melancólica a la vez. Es curioso, porque las historias no tienen nada que ver a primera vista, pero yo encuentro una palabra para unirlas: soledad, a pesar de que los dos protagonistas encuentran compañías por fuera de lo humano. Supongo que uno no puede prever los inconvenientes de la soledad, dice Sartre en La náusea, y aunque me parece una frase perfecta y cierta, aquí tampoco se podrán prever los inconvenientes de las compañías.
Theodore (Joaquin Phoenix) está solo porque se separó de su esposa y eso no deja de dolerle aunque con la cara apoyada en la almohada y lágrimas en las mejillas aguarde a que llegue ese momento en que acabe, termine de doler. Está solo porque su vida ha quedado vacía. Tiene un trabajo casi envidiable pero tan triste, en un punto, como su soledad: escribe cartas a clientes que contratan los servicios de esta empresa para que escriban por ellos y así lograr cometidos o asegurarse llegar al corazón (cartas de amor, a los abuelos, y más, no hay límites en estos encargos). Entonces, Theodore puede y es capaz de decir preciosas palabras de amor aunque los sentimientos sean en realidad ajenos, aunque las palabras sean a cambio de dinero y por encargo. Está solo porque eso que gestiona tan bien para otros no parece hacerse realidad en la propia vida; más bien al contrario: su ex mujer le asegura que no puede gestionar emociones. Está solo porque está impregnado de una nostalgia de la compañía: Hay algo que se siente muy bien sobre compartir tu vida con alguien, dice.

Hasta que se enamora del sistema operativo de su ordenador (voz interpretada por Scarlett Johansson), comienza un romance con ella y entonces le cambia el modo de estar en el mundo, y le cambia la expresión de la cara: el Theodore solo tiene el ceño fruncido en casi todas las escenas, pero cuando está enamorado y de novio, sonríe, permanentemente sonríe. Es raro que un hombre solo tenga ganas de reír, otra vez Sartre.
Y aquí empieza la película: en esta peculir relación entre una persona y ella, que es virtual, que es una voz, pero que lo ama como nunca amó a nadie, pero tiene sexo, pero siente celos, pero se pregunta cómo es tener un cuerpo. O sea: pero existe.
Los inconvenientes de estas compañías tendrán que ver con los universos distintos de los que provienen o peor aun, habitan. Mientras uno corresponde al mundo de los mortales en el que el amado necesita sentirse único, el otro habita un universo virtual donde las velocidades y las cantidades son impensables en este mundo físico, y entonces se es capaz de dialogar con más de 4000 personas a la vez o tener una relación con más de 600… Si eres el preferido, ¿para qué quieres ser el único?, pregunta un personaje del escritor mexicano Juan Villoro. Bueno, supongo que para no caer en otro tipo de soledad y perder la sonrisa adquirida, como le sucede a Theodore ante la revelación de esos números; no, al menos, hasta que no tenga razones peores, aun peores, como volver a ser abandonado y estar otra vez solo, solo y serio, en la vieja y conocida soledad.
© Del Texto: Flor Bea


mar 28 2013

Hotel Rwanda: las consecuencias de amar y odiar

De 1990 a 2002, una guerra civil desoló Ruanda. Las imágenes de asesinatos, de violaciones, de destrucción sin límite, llegaban a través de la televisión ante la pasividad del mundo occidental. Allí no hay petróleo, ni intereses económicos relevantes para Europa o Estados Unidos. Fue una condena a muerte para cientos de miles de personas.
Eso es lo que cuenta Hotel Rwanda aunque la cinta se centra en lo que ocurrió durante 1994 (un asunto que puede llevar a confusiones puesto que la película dibuja buenos y malos y resultó que los buenos fueron, poco después, tan malos como los anteriores). El realizador Terry George trata de ir más allá de lo puramente histórico (sin mucho éxito). Hace un intento de proponer una película que indague en la dualidad amor-odio. El odio y sus consecuencias. Las heridas mal curadas que llevan hasta el odio. El ansia de poder y de dinero que lo mueven todo. El amor y sus consecuencias. La medicina que supone amar para cualquier herida por profunda que sea. El ansia de amor que lo mueve todo. La misma cosa tratada desde un extremo o desde otro. Amor y odio. Vida y muerte. Y una denuncia social. Occidente mirando hacia otro lado aunque el conflicto fuera de magnitud extraordinaria.
Hotel Rwanda es una buena película aunque con cierta estética de telefilm domingero de la televisión. Algo exagerada en su metraje (duración excesiva motivada, sin duda, por ser una historia real la que sirvió para escribir el guión; suele ocurrir que son muchas las cosas que contar y pocas las ganas de elegir entre ellas para eliminar algunas). Es una buena película, pero no es gran cine. Impresiona más el recuerdo de esa barbarie que la propia cinta. Terry George lo sabe y abusa algo de ese recuerdo. No está mal realizada aunque no enseña nada nuevo; nada conmociona como debería al ser cine.
Don Cheadle es el actor protagonista. Está muy bien. Este actor es una inversión segura porque, aunque austero, no suele fallar. Nada de grandes cosas, pero el trabajo suele ser correctísimo. Nick Nolte y Joaquín Phoenix defienden papeles muy secundarios. Correctos los dos. Sophie Okonendo algo histriónica. La puesta en escena está muy cuidada y es detallista al máximo aunque, al final, el esfuerzo sirve más para colocar personajes secundarios y figurantes que para otra cosa. La fotografía es digna y la música notable.
Pero falta algo. Como siempre, el guión es el problema. Que lo que se cuenta sea un hecho histórico no hace verosímil el trabajo. Esto no es un documental. Hay que buscar con lupa frases que contengan algo de sentido profundo (se trataba de denunciar y de hablar de asuntos muy serios como lo son el amor y el odio; para hacer eso es necesario una reflexión seria y convertirlo en un libreto de calidad). Todo se coloca en lugares que permiten que avance la acción aunque se olvida lo fundamental. El tema que se trata. Por eso decía que Terry George trataba de ir más allá sin mucho éxito. Trató de hacerlo aunque se quedó en la línea de salida o casi.
La película se deja ver y resulta entretenida. Los momentos más crueles, los que podrían estropear la tarde a los espectadores más sensibles, no se muestran de forma explícita salvo una docena de golpes. Lo más interesante, a la vez que doloroso, llega desde la insinuación. Cuando la cámara se centra en algo que se intuye y se vuelve hacia otro lugar es cuando la imaginación se dispara y viaja a zonas terribles. Esos momentos, a decir verdad, son escasos y es una pena.
No vean la película con niños. En pantalla encontrarán a niños como ellos pasando las de Caín y les afectará. Eso es seguro.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 18 2010

Robin Hood: Más de lo mismo

Bien saben los que me conocen que si algo me parece terrible para un autor (da igual si es literario, del mundo del cine o musical) es que no pueda resistir el impulso de imitarse a sí mismo. Una cosa es tener un estilo propio bien marcado. Otra bien distinta es contar lo mismo, de la misma manera y con los mismos materiales narrativos. Esas cosas se intentan camuflar, generalmente, eligiendo temas muy grandes o mitos enormes que deberían tapar el autoplagio, pero, casi siempre, es peor el remedio que la enfermedad porque el autor se carga el tema, el mito, su película, su reputación, y a sí mismo.
Ridley Scott es Ridley Scott y nos ha hecho descubrir algo terrible. Ahora ya sabemos que Robin Hood es el mismo personaje que aparecía en Gladiator, el general que interpretaba Russell Crowe. Por cierto, Crowe es Crowe y ha colaborado para que nuestro descubrimiento se produjera echando muy pocas ganas al asunto.
Les garantizo que las películas son muy parecidas. Mucho. Las similitudes son tantas como perjudiciales. Brian Helgeland, el guionista, se ha lucido. Y Scott se ha lucido. Pero el problema de ser una película ya vista la convierte en previsible, aburrida y prescindible. Desde el principio sabemos qué va a pasar, quién morirá, quién se enamorará. No se le escapa un detalle al espectador.
El reparto defiende como puede la bazofia que les entregó un Scott pletórico al decir que esta versión de Robin Hood sería memorable. Eso sí, bazofia envuelta en dólares y más dólares. No es que estén especialmente mal los actores, no, pero eso de repetir las cosas parece aburrido. Crowe imita a Crowe. Oscar Isaac imita a Joaquin Phoenix. Y, así, sucesivamente.

La gran novedad que presenta la película es que focaliza la acción en el periodo anterior al que nos tienen acostumbrados. Robin Longstride es un arquero al servicio del rey Ricardo Corazón de León. Aún no es el ladrón que robaría a los ricos para repartirlo entre los pobres poco después. Está llamado a ser un gran héroe pero, el rey Juan (sucesor de Ricardo) le convierte en traidor y perseguido después de un ataque de celos reales. No diré más sobre la trama por respeto a los que tengan intención de ver la película aunque me dan ganas por si puedo evitarlo. En cualquier caso, si han visto Gladiator ya saben qué pasará.

Un último aviso. Las escenas bélicas son lamentables. Por aburridas, porque no dejan ver lo que pasa y porque nunca sabemos quién está dando matarile. Lo intuimos, pero sólo eso.
Y no voy a gastar un minuto más de mi tiempo en esta castaña pilonga. Queda dicho.


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