nov 6 2010

Los Pájaros: El miedo ante lo inexplicable

Cualquier manifestación artística puede soportar diferentes lecturas, diferentes interpretaciones, pero eso no quiere decir que podamos pensar cualquier cosa, que podamos dejar la imaginación libre para interpretar lo que nos venga en gana. El autor de una obra quiso, al crearla, decir algo muy concreto. Es muy difícil que sea posible llegar a eso tan exacto puesto que los ojos que miran pueden hacerlo bien, mal o regular, aunque el sentido autentico está donde debe estar.
Cuando nos enfrentamos a una película difícil, cargada de sentido, llena de objetos convertidos en símbolos; lo más prudente (al menos durante un primer contacto) es ceñirse a lo que se narra intentando entender. Sin inventar, sin especular. Si esa película, además de compleja, la firma Alfred Joseph Hitchcock, lo mejor es sentarse tranquilamente, dejarse sorprender, buscar la carga irónica en cada secuencia y disfrutar de ella. No quiero decir con esto que sea imposible sacar conclusiones correctas, pero, creo yo, que un buen aficionado al cine no debe hacer un papel que no le corresponde (el de analista profundo del más mínimo detalle), entre otras cosas, porque puede hacerse un lío monumental.
Francamente, después de haberse escrito cientos de ensayos sobre Los Pájaros, después de poner (psicólogos, críticos y cinéfilos de todas las categorías) la película del derecho y del revés, sin que nadie haya sido capaz de aislar soluciones definitivas, supongo que lo mejor es hablar de la película con humildad y sólo de lo que parece más claro. Es lo más saludable.
¿Que es eso de hablar con humildad de una película? Pues comprender, asumir, que las preguntas que se nos plantean (las buenas de verdad) no sirven para encontrar respuestas, sino para que nos hagamos otras. Esto sirve en cine, en literatura o en escultura. Es algo universal.
¿Por qué hacen los pájaros eso? Ni idea. Pero sí nos sirve esa cuestión para plantearnos otra. ¿Para qué sirve todo este follón? Ya nos podemos ir aproximando a lo que podemos agarrar y observar. ¿Qué significado tiene un ataque de los pájaros? Ni idea. Pero ¿qué significa eso para los personajes, cómo les hace evolucionar? ¿Es tan importante el comportamiento de los pájaros? ¿No es mucho más interesante (al menos posible) observar cómo evolucionan los personajes y el escenario de la película? De este modo, preguntando, vamos aislando lo que podemos entender. En definitiva, lo que nos importa para poder acercarnos a lo profundo de la película (lo inexplicable nos mete en problemas, nos deja frente a nuestra debilidad como humanos, nos coloca frente a esa precariedad de la existencia tan incómoda). Y, qué casualidad, ya estamos justo en el lugar que estábamos buscando. Lo inexplicable (el director ya se encargó de no dar una sola pista sobre el verdadero sentido de la película) y de sus consecuencias. Pájaros que hacen añicos el orden y personajes que evolucionan hacia un lugar que, poco a poco, iremos descubriendo a lo largo de la película.
Los Pájaros cuenta cómo Melanie Daniels (Tippi Hendren) conoce en una pajarería de San Francisco a Mitch Brenner (Rod Taylor). Melanie viajará a Bahía Bodega, localidad costera en la que vive Mitch junto a su hermana (repelente) y a su madre (posesiva, inquietante, seca), para entregarle una pareja de periquitos. Por allí encuentra, también, a la maestra de la escuela (fue novia de Mitch). Se entablan relaciones entre todos ellos mientras los pájaros de la zona comienzan a tener un comportamiento extraño que termina en ataques contra la población de Bahía Bodega, con la invasión y destrucción de toda la zona. El resumen es muy breve, ya lo sé. Pero creo que la película ha de verse. Contar aquí más que esto es estéril.
Es mucho más interesante hablar sobre el punto de vista que se utiliza para narrar. Lo subjetivo se impone. La secuencia en la que Melanie va desde un lado a otro de la bahía es un ejemplo perfecto. Vemos los planos que corresponden al personaje intercalados con los que nos enseñan su propia mirada. De este modo, el punto de vista de ella toma una importancia definitiva en la película. El espectador ve lo que Melanie y está obligado a interpretar desde ese territorio. Pero, también, hay planos en los que nos convertimos en pájaros. El momento en que el plano muestra la población desde una altura considerable mientras que el desastre es ya absoluto y van apareciendo pájaros por detrás de la cámara, nos hace ver lo que los pájaros ven. Todo está a su merced. Aparecen y se lanzan al ataque. La fragilidad del ser humano la contemplamos desde los ojos de las aves. Los puntos de vista que se van configurando a lo largo de la proyección van creando un clima que va desde una comedia ligera al más absoluto terror.
Otro aspecto técnico muy interesante es el uso que hace el director del back-projection. Esto es la forma de filmar que utiliza un fondo neutro para proyectar imágenes ya creadas y sobre las que actúa el personaje. Por ejemplo, esas escenas del cine clásico en las que el personaje viaja en coche y vemos como pasa por su espalda una imagen en movimiento para imitar el movimiento real cuando, en verdad, el vehículo está parado. Los exteriores los tenía muy a mano el director. Si hubiera querido podría haber rodado todo utilizando el medio natural. Pero lo hace así porque sabe que, de este modo, el personaje parece ajeno al entorno. Todas las tomas en las que se utiliza esta técnica tienen como protagonista a la guapa Melanie. Esto mismo lo hace Tarantino en Pulp Fiction. ¿Recuerdan, por ejemplo, cuando el mafioso que interpreta John Travolta, se chuta y va en coche hasta la casa de Mia? Pues ahí lo tienen. La misma técnica para sacar al personaje del entorno, para que sea ajeno a lo que pasa a su alrededor.
Los personajes femeninos principales avanzan todos en el mismo sentido. La maestra de escuela, Annie (Suzanne Pleshette), la madre de Mitch (Jessica Tandy) y Melanie sienten miedo a la soledad. Cada una de ellas lo siente por una causa distinta. Pero se adaptan como pueden en el orden que les presenta el mundo. Pero claro, los pájaros destruyen ese orden, convierten todo el un caos absoluto. Los miedos se suman. A la soledad, a no saber, a no poder ordenar la vida con cierto sentido. Es muy interesante observar cómo cada una de las mujeres deja que sus miedos se hagan mayores a medida que se van conociendo, a medida que hablan unas de otras. Aparece una nueva (Melanie) y un pequeño desorden se produce en la vida de todas incluida la propia Melanie. Un caos tan terrible como el que producen los propios pájaros. Porque nuestro pobre héroe (Mitch) es el encargado de proteger a todas ellas, de amarlas como hijo, como amante, como amigo o hermano. Y él está tan desconcertado, tan falto de ideas como ellas. Cuando se encuentran caos y cuando las aves organizan la fiesta terrorífica que Hichcock les tenía preparada, caos.
No hay música. Sólo escucharemos los aleteos y los graznidos o el piar de las aves (por cierto, no se trata de aves horribles, no. Son gaviotas, gorriones y cuervos. Nada del otro mundo). Bernard Herrmann hizo un trabajo con ayuda electrónica que pone los pelos de punta. Si tenemos en cuenta la época en la que se rodó la película, podemos intuir un afán experimentador por parte del director. Era extraño no apoyarse en una banda sonora para matizar cada escena o crear un clima determinado.
Los diálogos son fantásticos. Por sí mismos hacen que la acción progrese, que los personajes ocupen los puestos que tocan. Por ejemplo, la conversación que se mantiene en el bar del pueblo entre una experta en aves que intenta explicar lo que sucede desde los conocimientos científicos, un borracho que alude al fin del mundo y al juicio final (como ven dos extremos opuestos), el protagonista confuso y tratando de hacer lo que puede, es maravillosa. La forma de ridiculizar la razón ante lo inesperado, ante lo incomprensible, me parece que es un ejemplo de lo que se tiene que perseguir cuando se escribe un guión. Eso sí, los decorados son fundamentales para que los matices del lenguaje se vuelvan casi extravagantes. Presten atención a la decoración de la casa de Annie. Discos de música culta, reproducciones de Braque, buena literatura. Todo lo que dice se ve envuelto por esos objetos.
Lo inexplicable, sus consecuencias y nuestro lugar en el mundo. El resto, todo lo que se me ocurre, forma parte de la subjetividad y nada aportaría al lector. Será mejor que se sienten, que pulsen la tecla del mando a distancia y disfruten con Los Pájaros. Y que hagan lo que les pida el cuerpo con sus sensaciones. Todo menos buscar respuestas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 7 2010

Tomates verdes fritos: Poder compartir

El tema del racismo no es nada novedoso. El tema de la amistad más allá de lo convencional tampoco lo es. Hay cientos de películas que tratan sobre ello. Tomates verdes fritos, por tanto, pertenecería a esa serie de films nada novedosos en cuanto a su trama. Sin embargo, lo cierto es que algo tiene que la hace distinta. Quizás, la forma en que las protagonistas de esta película se alían, cada una a su manera, para no cejar contra las injustitas y prejuicios que el tema racial imponía en el sur de los EEUU, y cómo unas junto a las otras se convierten en refugios para sus propias vidas.

La película nos sitúa en un pequeño pueblo de Alabama, donde vive Evelyn Couch (Kathy Bates) una mujer tímida, acomplejada por su gordura, que, ante la insatisfacción vital que siente se refugia en la comida. Evelyn, conocerá a Ninny Threadgoode (Jessica Tandy), una anciana que vive en un asilo. Gracias a la relación que se establece entre las dos mujeres, Evelyn evolucionará hasta convertirse en una mujer completamente distinta. Paralelamente a la historia de estas mujeres, correrá, como un flashbacks, la vida de otras dos mujeres, Idgie y Ruth, que mantienen una relación de amistad desde que eran dos niñas y a lo largo de toda su vida. Para aderezar esta historia de amistad y compromiso, una trama de intriga que, entiendo, es lo de menos.

Y es que lo que importa en esta película es el tema de la amistad, de esas relaciones que establecemos con otras personas con las que somos capaces de compartir las amarguras y las alegrías que la vida nos depara a la vuelta de cada esquina. Porque no hay nada como compartir los disgustos y las penas para sobrellevarlos mejor y, tampoco no hay nada mejor que compartir esos momentos que tanto nos alegran. La complicidad  no tiene precio. Y ese es, precisamente, el nudo gordiano de la película.

“¿El secreto de la vida? El secreto está en la salsa”. Eso es lo que son los amigos,  los buenos amigos (los de verdad), son la salsa de nuestras vidas. De eso estoy completamente segura.

Tomates verdes fritos, es una historia entrañable, cálida, dirigida por Jon Avnet (productor de auténticos bodrios cinematográficos), que aprovechó una muy buena historia escrita por la novelista Fannie Flagg (Fried Green Tomatoes at the Whistle Stop Café); una fantástica ambientación sureña y un reparto de actrices de verdadera impresión, empezando por la grandísima Jessica Tandy, la inigualable Kathy Bates, y las encantadoras Mary Stuart Materson y Mary Louise Parker.

Este film tuvo dos nominaciones a los Oscar, a la mejor actriz de reparto para Jessica Tandy y a mejor guión adaptado. No obtuvo ninguno de los dos, pero merecía ambos, sin lugar a dudas. Obtuvo también diversas nominaciones a los premiso Bafta y a los Globos de Oro, sin obtener ninguno de ellos.

Como ven, les traigo otra película de relaciones humanas, de amistad, de amor y esperanza en el cambio, pero es que es lo que me apetece. No puedo decirles más que lo que aquí les dejo. Ahora tengo que reunirme con las que forman mi salsa, las que me alegran la vida, vamos a darnos unas risas y unos cuantos llantos si hace falta.

Disfrútenla.

© Del Texto: Anita Noire

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