sep 8 2012

Take Shelter: El miedo a sí mismo

El mundo es eso que está más allá del miedo. Eso que no podemos entender si estamos atenazados por esa sensación de pérdida o muerte. Porque, al fin y al cabo, eso es el miedo.
De esto es lo que habla la película Take Shelter. Cine independiente con muy buenos momentos y con algunos que no lo son tanto. El director y guionista Jeff Nichols indaga, a través de su personaje principal, sobre las razones que nos hacen tener miedo y sobre sus consecuencias. El pasado que puede repetirse sin remedio aun siendo un desastre absoluto. El presente incomprensible que se revuelve contra uno mismo sin dejarle opción alguna. Un futuro incierto al que nos arrastra la intuición, la mentira, la paranoia o que, sencillamente, es inevitable y terrible. El miedo como conductor de toda una vida, de todo un cosmos que tiende a la desaparición.
Visualmente, la película tiene momentos magníficos. Secuencias muy acertadas que rompen un poco el ritmo narrativo. Esto, en esta película, es especialmente importante puesto que ese ritmo es excesivamente lento. El director, de forma incomprensible, se recrea en asuntos que ya conocemos alargando el metraje más de la cuenta. Este es el gran problema de la película. Los diálogos son escuetos e intentan escapar de lo explícito. Eso está muy bien aunque la sensación es la de ocultamiento de una información necesaria. Llegado el final sabemos que hubiera sido lo mismo saber o no, pero incomoda algo ese sentir que algo te escatiman.
Michael Shannon es el actor que soporta todo el peso de la trama (infravalorado por muchos cuando es un actor excelente). El trabajo es impecable. Ayuda mucho su aspecto para que acompañe el papel. Un hombre obsesionado por su pasado, incapaz de entender nada de lo que sucede, asustado porque cree conocer su futuro que se mezcla con pesadillas inaguantables. La metáfora de una sociedad que se desmorona. Por su parte, Jessica Chastain nos muestra una de sus mejores caras interpretativas. La naturalidad con la que se mueve por la pantalla es improbable. La metáfora de esa corriente social que trata de poner un punto de cordura en la realidad sin que sea posible. Shea Whigham, compañero de Shannon en la magnífica serie de televisión Boardwalk Empire, defiende muy bien su papel. Este representaría al hombre que mantiene una actitud pasiva ante lo que sucede. Tan pasiva como la hija del protagonista que, siendo sorda, no puede interpretar nada de forma completa. Como ven, el cuadro que se dibuja es el mundo actual.
El director resuelve la trama sin comprometerse. Deja dos finales alternativos. Disfraza la cosa para que sea el espectador el que saque conclusiones. Pero eso no termina de funcionar bien. Es como si todo quedase en el aire, como si las casi dos horas de proyección no hubieran servido de nada. Este es otro de los grandes problemas de la película.
En conjunto, a pesar de la lentitud con la que se presenta el trabajo, Take Shelter es una buena película. Una mezcla de géneros inquietante. Una película que nos coloca ante nuestro propio mundo y ante algo que ya hemos vivido con más o menos intensidad. Desde ese territorio llega la emoción y la reflexión.
El cine independiente americano tiene futuro. Si se piensa en él da miedo. Pero eso pasa con cualquier cosa hoy en día.
© Del texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


nov 26 2011

El árbol de la vida: La poética de lo humano

Terrence Malick hace el cine que quiere. Dicho así, alguien podría pensar que no es nada del otro mundo. Sin embargo, lo es. Hoy en día son muy pocos los que pueden escribir el guión que desean y hacer una película como creen que deben hacerla. Manda el dinero y eso es una carga muy pesada.
Terrence Malick tiene una forma de ver las cosas muy especial y está decidido a explicar el mundo a los espectadores. Otra cosa bien distinta es que estos se dejen llevar a terrenos muy difíciles, muy fatigosos por lo que exigen. Y tiene el director el objetivo de hacerlo como cree que debe. En El árbol de la vida apenas narra y se centra en la poética de la imagen, en un panteísmo abrumador, en una carga teológica demoledora para creyentes o ateos, en las preguntas que no tienen respuesta salvo que el hombre busque sin descanso en la realidad (en toda la realidad, la material y la inmaterial). Apenas narra y lo hace sin miramientos con el que no esté preparado para ver algo así. Como debe ser. Los gestos de cara a la galería nunca acompañaron bien a las obras de arte. Por eso, es muy posible que un buen número de espectadores salga de la sala quejándose por el paquete que le han metido sin enterarse, jurando no volver a ver una película más de este director. Tan posible como que otros salgan extasiados y conmocionados por el peliculón que ha preparado Malick. El que escribe se encuentra en este último grupo.
Podría parecer que la película trata asuntos teológicos, las cosas de Dios, por encima de cualquier otra cosa. No es así. Es justo al contrario. El árbol de la vida aborda la búsqueda del sentido de la existencia por parte de cualquier individuo. Ese es el tema principal. La búsqueda del sentido de la vida desde la ausencia, desde el recuerdo que conforma el presente, desde la falta de un futuro cierto. Por supuesto, desde lo inmaterial o espiritual. Lo que sucede es que el director sabe que eso hay que prepararlo bien, construirlo sobre cimientos sólidos. Es por esto por lo que se toma su tiempo al crear los personajes y rodearles de fe, de creencias, de religión. Pero, también de fracasos, de presiones, de amor, de sufrimiento, de muerte; de todo lo que es propio de persona.
Jack (interpretado por Hunter McCracken de niño y Sean Penn de adulto) es un personaje que intenta explicarse cómo ha llegado hasta el lugar en el que se encuentra, qué ha sido lo que ha marcado su vida; intenta tener una visión absoluta del universo al que pertenece. Este personaje representa, claramente, a Terrence Malick. Un vistazo a su biografía da idea de ello. Busca entre los recuerdos, intenta conversaciones con los muertos, recorre el cosmos entero buscando algo que encontrará con muchas dificultades. Su mundo se ilumina con la figura de la madre (una espléndida Jessica Chastain). Pero se llena de tinieblas cuando aparece el recuerdo del padre (un contenido y profesional Brad Pitt que defiende un papel muy difícil con acierto). Tinieblas que se disipan cuando descubrimos la soledad y sufrimiento de ese hombre que no puede amar porque se detesta a sí mismo. El camino para que Jack pueda acomodarse y sobrevivir es duro, infinito. ¿Dónde está Dios? ¿Dónde se encuentran las personas? Luces divinas que no iluminan la falta de entendimiento de las personas, la verdad que aparece miedosa, el silencio de un Dios que todo lo puede, pero que envía moscas a las heridas que él debería curar. Un Dios enorme y un hombre enano. La limitación de la inteligencia. Y, para ello, hay que buscar en la creación. Hay que buscar respuestas a lo que sucede y en la distancia que el hombre ha tomado con respecto al mundo: ya no escuchamos a la naturaleza, la violamos a todas horas, nos hemos convertido en extraños dentro de nuestro hábitat. En una creación que Malick nos presenta desde el primer momento a través de imágenes colosales que van desde el nacimiento de una supernova hasta los primeros seres vivos, desde los primeros animales hasta su destrucción. Esa evolución del mundo en correlación perfecta con la evolución personal de cada individuo. Esa evolución que arrastramos cada uno de nosotros porque ni una sola gota de sudor se ha desperdiciado para llegar hasta aquí. Y, como colofón, la muerte del mundo, del ser humano; el pánico a desaparecer.

Malick apuesta por la creación de imágenes potentes, de imágenes que arrastran toda la poética de este autor, de imágenes que se van intercalando con otras más narrativas. La película está rodada con diferentes tipos de cámaras para conseguir que cada cosa sea exacta. Y la cámara al hombro moviéndose sin remilgos, casi con frenesí, alimentando los gestos que se convierten en expresión de un estado de ánimo muy concreto, en respuestas improbables, en algo más de lo que son. Muy impresionante el resultado que se presenta con un montaje fragmentado, como un ir y venir en el tiempo inevitable para que el sujeto pueda buscar dentro de sí, para que se pueda reconciliar con el pasado. Esa es la forma de encontrar un sentido, si es que lo hay, a la vida. La propuesta del director deja clara una cuestión: todos buscamos, es nuestra condena y nuestra grandeza. La escena final en la que cientos caminan por una playa es clara en ese sentido.
Malick utiliza hasta cuatro puntos de vista distintos. Enriquecedor sin duda en este tipo de proyectos. Pero algo confuso para un espectador que no esté dispuesto a trabajar más de la cuenta. Además, el montaje es algo reiterativo con algunas cosas (más expresivas que poéticas) que quedan claras muy pronto. Inexplicable. En ese sentido la película se estropea un poco (mínimamente). Tampoco ayuda mucho un final que se condensa y hace que los tempos se vean alterados en exceso. Media hora más de película permitiría al director evitar ese problema, pero hubiera sido demasiado. La película es lenta en su desarrollo y mucho más metraje iría contra cualquier posibilidad de éxito.
En cualquier caso, la película es estupenda. Por su fotografía, por la complejidad de la partitura que acompaña la acción, por las interpretaciones de todo el elenco, por el concepto cinematográfico del director, por lo arriesgado de la propuesta al intentar explicar el desastre de la humanidad desde ese lugar olvidado que es lo espiritual.
© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube