nov 12 2011

Conociendo a Julia

Las emociones humanas, las inquietudes y los anhelos, casi  siempre son los mismos en todo el mundo. ¿Puede una vida, aparentemente ideal, emponzoñarse con un incomprensible sentimiento de hastío cuando un cree haber tocado techo? ¿Qué es lo que necesitamos las personas para romper la rutina, el tedio de la vida diaria; la aparente docilidad de la realidad, incluida la de pareja, que hace mucho que se transformó? Pues sentirnos especiales, sentirnos admirados.
Pero ese sentirse importante para otro, otro que no sea el que está esperando en casa (da igual que lo haga; en bata o zapatillas; ataviado con la mejor de la galas), no tiene nada que ver con la locura del amor (que sí con la del enamoramiento), nada que ver con querer lanzar algo por la ventana; sino que tiene que ver con la propia vanidad, con la autosatisfacción, con la necesidad de uno mismo de sentirse vivo. Nada más. Por eso, incluso ese objeto-sujeto de vanidad, casi nunca es importante, no es más que un medio de satisfacción íntima y personal, casi siempre muy prescindible aunque no lo parezca.
Y todo eso, todo lo anterior, es lo que precisamente le ocurre a  Julia Lambert (Annette Bening), actriz de éxito, brillante, inteligente, guapísima, divertida, chispeante, que a sus cuarenta y cinco años se encuentra de frente con el feroz aburrimiento de una vida plácida junto a un marido excepcional  Michael Gosselyn (Jeremy Irons). Un compañero perfecto al que ama aunque pueda parecer que no es así. Una mujer que se busca a sí misma y en esa búsqueda tropieza con el joven Tom (Shau Evans), un prodigio del arribismo que tras un romance fraguado en busca de un éxito futuro, devolverá a Julia a su verdadera realidad.
La película, dirigida por Istvan Szabo,  basada en la novela Theatre (1937), del británico W. Somerset Maugham,  es una auténtica delicia de película  que uno no sabría si clasificar como un drama o como una comedía, pero es la historia de una mujer que llegando a la madurez se debate entre enormes vaivenes interiores. Un conflicto que se sostiene y equilibra a través de la inexistente presencia del fallecido Jimmy (Michael Gambón), el director teatral que descubrió a Julia en sus comienzos y que se convierte en la voz de su conciencia a través de ese camino de reencuentro interior.
La película, que como ya he dicho es deliciosa, transcurre en el Londres de los años 40 y está perfectamente ambientada. Pero no sólo desde un punto de vista visual (donde se ha cuidado hasta el más mínimo detalle) sino que nos muestra, con un absoluto rigor, cómo transcurren las jornada de ensayos en el teatro de altura. El vestuario, las localizaciones son perfectas y delicadas, un lujo. La música exquisitamente escogida entre los grandes éxitos del momento, hacen de la película una auténtica gozada para los que adoran la estética de aquellos años inmediatos al inicio de la segunda guerra mundial.
Les recomiendo vivamente esta película, no sólo porque la interpretación que Annette Bening hizo de Julia es soberbia, espectacular y se come la pantalla a dentelladas, sino porque  muchos, llegados a esa edad en la que uno cree haber alcanzado el zénit, se verán reflejados. Porque Julia no es más que la exposición de la insatisfacción personal aún cuando se tiene todo. Es la búsqueda de la chispa perdida y la conclusión de que la chispa está en nosotros mismos. Pero los años son un equipaje valioso. Por eso la recuperación de la chispa, la recuperación del yo, escatimará el uso de la venganza.
Una película divertida, deliciosa y tremendamente fiel a la crisis de los cuarenta.
© Del Texto: Anita Noire


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jun 15 2011

La Misión: Mucha cáscara para tan poco huevo

Es muy común (mucho más de lo que parece) que los profesionales del cine y la literatura cuenten poca cosa, pero que adornen el asunto de modo que el producto final quede más bonito que un San Luis. Es decir, un continente espléndido y un contenido cutre. En cualquier caso, el milagro se produce. Con una idea o dos como mucho se monta un espectáculo llamativo que logra premios y un gran éxito en la taquilla o en las librerías.
Es el caso de la sobrevalorada película de Roland Joffé, La Misión, que llena de diálogos pomposos, personajes desdibujados y propuestas que se quedan en la superficie termina dejándose ver gracias a la puesta en escena (eso no está nada mal), un vestuario muy cuidado, la fotografía de Chris Menges (excelente y apabullante) y la impresionante banda sonora de Ennio Morricone. La defensa que hacen de sus papeles Robert de Niro y Jeremy Irons es más que notable, pero aquí nos topamos con un problema grueso. Por más que ponen de su parte no logran sacar adelante a los personajes puesto que están más vacíos que otra cosa. Todo lo que hacen o lo que piensan (poco) se encuentra en esa frontera tan peligrosa que marca la falta de justificación y la imposibilidad de comprensión por parte de los espectadores que se ven obligados a imaginar lo que nadie dice ni sugiere. A esto hay que sumar un pequeño desastre narrativo que se encuentra desde las primeras escenas y se agrava a medida que avanza la acción. Joffé elige un punto de vista que no le sirve para narrar lo que quiere. El director, ni corto ni perezoso modifica esa voz narrativa cuando le parece y de una forma casi grosera. Es casi un insulto al espectador tratar de ocultar este tipo de cosas detrás de una fotografía espectacular o cualquier elemento técnico que puede ser fascinante y engañoso al mismo tiempo.
La propuesta de La Misión consiste en presentar al ser humano como destructor del medio ambiente, de culturas, de sí mismo, allá donde esté. Consiste en contrastar la fe y la espada, la bondad y la maldad que llegan de la misma mano disfrazada con hábitos o armaduras. Pero la propuesta se queda en eso, en lo que acabo de decir, sin profundizar lo más mínimo. Y, por supuesto, eso es una cosa enana y ligera. Ahora bien, la selva se ve en todo su esplendor. Ahora bien, mueren niños y mujeres para que la cosa se ponga tensa. Ahora bien, la película se deja ver aunque no pensar. No hay nada que pensar. El hombre es muy, pero que muy malo. Nada nuevo ni sorprendente. Ni siquiera aprovecha este director la oportunidad para profundizar un poco en lo que fueron esas culturas exterminadas.
Un jesuita bueno intenta salvar a los indígenas de la esclavitud. Un hombre malo que dedica todos sus esfuerzos a conseguir esclavos para los señores españoles y portugueses se convierte en jesuita y, por tanto, en un ser muy bueno. Cuando las misiones de estos frailes se ven amenazadas, el malo que ahora es bueno, agarra la espada y decide defender la obra como sea (es que mató a su hermano y es capaz de todo con ese expediente). El jesuita que siempre lo fue sigue a lo suyo. Bondad y eucaristía. Y, claro, cuando llegan los soldaditos, allí no queda ni el apuntador. Ya sé que este resumen podría haberlo hecho Holden Caulfield, con la misma mala leche. Pero no he podido evitarlo. Más que nada porque no hay más.
Es esta una película que, sin tanto alarde técnico y una interpretaciones sobresalientes, estaría condenada a no ser nada. Pero, sin embargo, nadie puede olvidar la música de Morricone, nadie puede olvidar esas escenas de una selva imponente, nadie puede olvidar a De Niro arrastrando su penitencia que terminará siendo la causa de su propia muerte.
Una enorme cáscara de huevo de avestruz. La clara y la yema de un pollo minúsculo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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