oct 4 2011

Foutaises: Tonterías

Me gusta mucho, por ejemplo, imaginar quienes serían esas personas, intrusas y anónimas, que aparecen al fondo de todas mis fotografías, desde pequeña. La mujer pelirroja que paseaba misteriosamente detrás de mí de la mano de un hombre mucho más joven justo cuando mi padre disparaba la cámara diciendo: Sonríe. Los que sostenían millones de palomas sobre sus hombros llenos de alpiste; los niños de mi edad con neumáticos por flotadores. Fijarme en las prendas de ropa que colgaban de las cuerdas vecinas. Me gusta imaginar que, a lo mejor una vez, años más tarde, esas personas y yo coincidimos en alguna otra foto, de boda, funeral, manifestación…
Me gustan esas etapas de limpieza general, cuando una por fin se decide a echar a la basura toda una amalgama de recuerdos y, días más tarde, paseando a un perro con memoria de elefante, una se encuentra en mitad de la calzada las intimidades más personales y bochornosas sin contenedor para reciclar.
Me gusta mirarme. En foto, video, espejos… Sin embargo, no me gusta escucharme. Me gusta escuchar a los demás y luego largarme a casa para despotricar libremente sobre ellos. Mucho.
Me gusta cruzar la ciudad a pie. Me gusta el ritmo acelerado, sin pausa. Me gusta escuchar a máximo volumen Us and them de Pink Floyd mientras traspaso colegios y terrazas a hora punta.
No me gusta trabajar, ni siquiera en lo que me gusta.
Me gusta la hoja en blanco, los preámbulos y los primeros actos. Me gusta escribir, casarme, divorciarme, los sábados de arte y ensayo y, hasta, los domingos de caballos, y representar todos los papeles sin tener ni idea. Me gusta ser un fraude, pero no me gusta saber que siempre me descubren.
Me gusta desayunar a medianoche y beber cerveza o gazpacho en el desayuno. Me gustan los almuerzos muy largos y pausados y fumar a media comida. Me gusta decidir a las 2 de la madrugada que a la mañana siguiente no iré a trabajar. Despertar al coordinador, inventar una gastroenteritis aguda e irme a bailar a un antro inmundo llamado Jackson.
No me gustan las meriendas, pero sí mi aperitivo de las 8.
Me gusta ser una antigua. Encerrarme con doble llave, colocarme los cascos de piel y escuchar en secreto la banda sonora de Anillos de oro o Segunda enseñanza. Me gusta Ana Diosdado y Jeanette y Antón García Abril. Me gusta Marsillach y Cecilia y Rosa León y los camisones campestres. Me gusta acordarme de la tarde de invierno que encontré en una librería de historia aquél best-seller dedicado misteriosamente a mí. Leerlo compulsivamente hasta el fin, descifrar el jeroglífico y guardarlo en casa junto a su ticket de El corte inglés para no descambiarlo nunca. Me gustan los inviernos y las desapariciones brillantes; el mutismo y el enigma; el amor y el odio, incluso; las medallas ganadas a pulso, pero a pulso; las intrigas de unos, las urgencias de otros. Me gusta saber que vivo enamorada de dos hombres muertos y casados: Truffaut y Duchamp.
Me gusta mi manía de usar tantas comas.
Me gustan y disgustan muchas cosas, pero sobre todas ellas, me gusta el cine.
Aquí dejo a Jean Pierre Jeunet, que también me gusta.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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ago 31 2011

I’m A Cyborg, But That’s Ok: Pilas, baterías y radio

Según las leyes de la robótica:
1. Un robot no debe dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
2. Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por los seres humanos, excepto cuando dichas órdenes estén reñidas con la Primera Ley.
3. Un robot debe proteger su propia existencia, mientras dicha protección no esté reñida ni con la Primera ni con la Segunda Ley.
Según las leyes no escritas del género humano:

  1. Un humano es capaz de dañar al prójimo
  2. Un humano, obedecerá las leyes según su apetencia y la retribución que le causen.
  3. Un humano protegerá su propia existencia aunque dicha protección  siga la primera y segunda ley.

Si a todo esto, le añades la rutina de trabajo dentro de  una maquina coreana y las consecuencias que conlleva una labor automática sobre la vida y su tejido cerebral, obtendrás I’m A Cyborg, But That’s Ok.
Park Chan-Wook se propuso acortar la distancia entre Corea del sur, Francia y Buenos Aires volcando sobre el metraje, efectos y tintes a lo Jean-Pierre Jeunet y su dulce Amelie junto con la poesía visual de Eliseo Subiela y su Hombre mirando al Sudeste.

Aunando dosis de humor, pasión, inocencia, surrealismo, ritmo ágil y mecánica, podemos introducirnos en el día a día de una joven asiática. La cual, tras vivir una secreta cyborg infancia, acaba internada en un centro psiquiátrico como antaño lo hiciese su abuela-ratón.
En los ojos de los internos  se vislumbra un alto grado de felicidad, tristeza y fantasía, aunque se los tapen con cualquier tipo de máscara o pretexto. Me estoy refiriendo al alma gemela de Young-Goon, ese chico roba almas.
Tanto  Chan–Wook como sus diferentes personajes  nos hacen partícipes del mundo y psique de  la  esquizofrénica muchacha, íntegramente  convencida de su naturaleza  cyborg, por ello realizará un ayuno extremo, ya que cualquier alimento que entre en contacto con su  cuerpo, puede estropear la maquinaria que la hace funcionar.
Esto la conducirá hacia una dieta de subsistencia fundamentada en polos positivos, negativos y ondas hertzianas o lo que es lo mismo; pilas ,baterías y programas radiofónicos.
La mezcla de texturas, fotografías, sensaciones, planos entre otras muchas cosas, es lo que nos hace esperar la delicadeza siguiente por muchos tiros que esta ofrezca, ya que este director es delicado hasta para acabar con la vida de los hombres de blanco. ¿Cuál es el propósito de mi existencia? Y si no lo sé yo, ¿por qué lo ha de decidir ellos?
¿Qué es un megatrón de arroz?
¿Para qué sirve esa puerta?
¿A qué extremo puede llegar el cerebro humano?
¿La imaginación al poder?
Encontrarás las respuestas junto a la máquina de café.
© Del texto: Ruby Fernández


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dic 28 2010

Ondine: En el nombre del espíritu santo

Ondine trata de la vida de un tipo llamado Syracuse que reside en el suroeste de Irlanda ganándose la vida como puede en el mar, ex-alcohólico, padre divorciado y con una hija con deficiencia renal que va en silla de ruedas pero más lista que todos los adultos que la rodean; un pescador que protege lo que más quiere sin herir a nadie, su hija y su barco; un hombre que vive una vida tranquila y aburrida, una vida gris sin ningún objetivo. Todo eso cambia cuando sale a la mar y pesca en sus redes a una joven y bella mujer a punto de morirse, y como si fuera una especie de milagro, la chica se involucrará en sus vidas hasta tal punto que la monotonía se convertirá en historia.
Para ello, el director Neil Jordan (Entrevista con el vampiro, Michael Collins o El fin del romance) introduce elementos literarios, históricos, mitológicos, o incluso médicos que dan pie al nombre de la película y a la descripción de sus personajes: las ondinas, que en la mitología germánica son ninfas inmortales del agua que si mantienen una relación con un hombre de la superficie perderán su vida eterna y que sirve para expandir la obvia referencia a la obra La sirenita de Hans Christien Andersen en la que se basa el film; Maldición de la Ondina conocida en medicina como una enfermedad de la respiración durante el sueño y que sirve como base para describir a nuestra protagonista femenina en su parte final; o cómo a su vez, de una manera bastante subliminal, hace referencia a la invasión de los atenienses en el siglo V-IV a.c a la ciudad de Siracusa (de ahí el nombre del pescador), cuya guerra no se pudo ganar si no fuera gracias a los soldados de Esparta que acudieron en ayuda de los siracusanos, todo ello enmarcado en la película en los personajes secundarios (como la hija o el cura con el que se confiesa el protagonista) que dan una base al guión para hacer llevar a nuestros protagonistas a conseguir sus objetivos; o cómo enmascara toda la moraleja del asunto y de la aceptación del yo en la más clara de todas las referencias, el cuento de Alicia de Lewis Carroll. Es una película que no ofrece florituras, va directa al grano, al desarrollo de los personajes, alejada de la estética videoclipera típica de un argumento así, técnicamente modesta y humilde, con una fotografía espléndida de unos tonos fríos y una utilización muy acertada de grises y verdes, y unos paisajes de Irlanda muy diferentes a lo visto, muy bien realizada y con unas actuaciones realmente buenas, un soplo de aire fresco entre tanto cine lleno de testosterona, pastiches azucarados e idioteces varias.
El director nos propone con su película un argumento que juega con la fantasía a través de una realidad sucia y decadente, al contrario de lo que nos cuentan cintas como Amélie de Jean Pierre Jeunet que enmascaran la verdad con la fantasía como si se tratase de un tupido velo, llena de artificios y tonterías. Sí, lo admito, no soporto el cine ese que se ha puesto de moda, el llamado realismo mágico, por eso adoro esta cinta de Neil Jordan, porque da una patada en el estómago a todas esas personas que huyen de sí mismas, a esas personas que se agarran a un clavo ardiendo sin entender de qué esta compuesto dicho objeto metálico, esas personas que tienen miedo de la realidad tal y como es, una patada a todo aquello que ensalza el realismo mágico. Y a través de unos personajes como Syracuse y su hija, gente que ha perdido la fe en todas sus expresiones, que tan sólo viven y que ven en la mujer acogida algo más, algo que no se deja ver, ese clavo ardiendo del que no se sabe de dónde viene ni cuál es su pasado pero que atrae por ser la novedad, una simple evasión a sus patéticas vidas. Todos los personajes no admiten lo que son, lo que fueron, ni saben lo que quieren y que como consecuencia de ello vivirán en una fantasía, como si se tratara de un yonki o alcohólico o gente con un síndrome de Peter Pan exacerbado. Se refugian en la creencia de que la chica es una sirena, pero en realidad convivirán con una extraña que simplemente les agradece que la traten como una más de la familia, es decir, vivirán en su realidad, no la realidad. De eso y de más va esta película, de la aceptación de sí mismos. Porque si no nos aceptamos a nosotros mismos, ¿para qué coño vivimos? ¿Para huir? ¿Hacer el idiota? ¿Engañar a los demás? ¿Para qué?
Ustedes mueven ficha. Debo dejar de ser moralista. O no.
© Del Texto Gwynplaine Thor


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