abr 1 2013

Café de Flore: Diferentes lecturas

La música, siendo la misma, es recibida de forma diversa por quien la escucha. Hay canciones que, sin ser gran cosa, mueven la vida de unos y otros. Pero, ahora, imaginen que alguien escucha una misma canción habiendo sido antes otra persona. Es decir, alguien se reencarna y escucha un tema. ¿Qué significará para él? Ya que eso de la reencarnación lo creen unos y otros no, hagan la misma reflexión pensando que alguien cree ser la reencarnación de otro (sea verdadero o falso). ¿Dónde llevaría algo así a cualquiera de nosotros?
Desde esa premisa, Jean-Marc Vallée presenta su trabajo Café de Flore. Una película de la que se han dicho muchas cosas y casi ninguna buena o regular. Se le ha criticado por su flojo guión (también obra de Vallée); se le ha criticado su tono tendencioso; su querer ser original cuando no aporta nada nuevo; su intento de enlazar cosas que no tienen nada que ver a pesar de lo que propone el director. Sin embargo, Café de Flore es una película en la que hay que integrarse, prestar la sensibilidad sin condiciones y dejar abierta la mente para realizar distintas lecturas que conviertan la película en una cosa un otra.
El montaje en paralelo de dos tramas es verdad que enreda algo la comprensión sobre todo a mitad de la cinta. El espectador puede perderse algo. Las diversas fracturas espacio-temporales son incómodas aunque la película perdería su esencia si no apareciesen tal y como se exponen. Eso sí, el uso que hace de ello el director es algo dudoso. Si hubiera dejado que esos recursos funcionasen por sí mismos el resultado hubiera sido mucho más efectivo. Pero aprovecha para explicar las cosas. Y ese sí es un problema de la película. Algo como lo que cuenta no puede ser explicado. Ha de ser asumido por el espectador dejando que tenga su propio espacio. ¿Hay que estar pendiente, por tanto, de lo que sucede; hay que colocar las piezas en su lugar; esta es una película diferentes a las de Stallone? Efectivamente, pero merece la pena el esfuerzo.
La película cuenta dos historias distintas que, aparentemente, no tienen nada que ver entre sí. Poco a poco, ambas se acercan hasta fundirse en un solo cuerpo. La fórmula que utiliza Vallée es espiritual y puede que increíble. Esa es una de las lecturas. Si algún espectador cree que eso puede ser verosímil como narración puede servir. Pero, si el espectador lo desea, las historias quedan aisladas una de la otra. Esto es lo que muchos no han entendido. El nexo de unión tan criticado podría ser un enorme rodeo de uno de los personajes buscando explicaciones a lo que le ha pasado porque no es capaz de entender nada y su mundo está en ruinas. Existe un cuento magnífico de J. J. Jacobs titulado La pata de mono que relata una situación que puede ser entendida como terrorífica y llegada del mundo de las almas o como una historia en la que el azar ordena el mundo de forma caprichosa. El lector debe elegir aunque la lectura correcta es una sola. No debe dejar que las sensaciones le jueguen una mala pasada. Con Café de Flore ocurre algo muy parecido.
De las dos historias, la que protagoniza Vanesa Paradis es honda, dramática, dolorosa y perturbadora. Es la historia de una madre, de su hijo (síndrome de Down), de los problemas que se encuentra y de cómo los enfrenta. La otra está protagonizada por Kevin Parent, Hélène Florent y Evelyne Brochu. Esta es la historia de una infidelidad que no podía suceder aunque sucede.
El reparto está a una altura notable aunque destacan Vanesa Paradis y Hélène Florent. Vallée hace muy buen trabajo con los actores, especialmente con Kevin Parent que se estrenaba.
El acercamiento a la psicología de los personajes se logra a través de sus sueños, de sus relaciones e, incluso, de sus testimonios ante un terapeuta. Se dibujan bien y su progresión es considerable. Todos muestran constantes en sus vidas que les marcan, que hacen que veamos lo que son.
Pero en esta película encontramos otro protagonista de máxima importancia. La música. Es más exacto decir la música y el silencio que provoca su desaparición. Ante una gran desdicha, ante la felicidad absoluta (momentos efímeros ambos), el silencio reina en el universo de los personajes. La banda sonora es excelente. Temas de The Cure, de Pink Floyd o Sophie Hunger, por ejemplo, van salpicando todo el metraje. Excelente y muy bien colocada.
Café de Flore es un trabajo que se llena de preguntas con o sin respuesta, de sueños que deben interpretarse y de compromisos que den sentido a la vida de cada cual. Será la canción de Matthew Herbert (Café de Flore) la que sirva de hilo conductor en ambas tramas.
El director utiliza planos desenfocados para generar dudas, para destrozar la simpleza de la trama, planos picados y contrapicados que matizan situaciones muy expresivas y gran número de planos distintos y seguidos en alguna fase de la película (algo confuso).
Y, como fondo, el amor. Pero un amor que va desde el de madre (eterno y ciego) al convencional entre dos personas adultas (eterno y ciego). La película propone que el amor tiene infinitas formas y se desarrolla de infinitas maneras.
Café de Flore es una película para ver despacio, para conceder una oportunidad, para intentar comprender. Es mucho pedir, lo sé. Pero merece la pena porque viéndola sin prejuicios se puede disfrutar de ella y mucho. La clave está en hacer una lectura u otra. En elegir. En saber que existen ambas. Incluso alguna otra que nos deje colocados en un lugar que queremos conocer.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 19 2011

C.R.A.Z.Y.: La realidad emocionante

El cine sin emoción no es casi nada. Sea cual sea el tema tratado, sea el tipo de película que sea, en 3D o panavisión; sin emoción, el cine  deja de serlo. Y esta no tiene porqué ser un llanto descontrolado (que también); puede ser alegría, tristeza, rabia, miedo. De hecho, los que amamos el cine o cualquier manifestación artística, lo hacemos porque un día nos emocionamos por primera vez y queremos repetir tantas veces como sea posible. Queremos sentir lo que nosotros mismos no llegaríamos a sentir jamás sin la ayuda de otros.
C.R.A.Z.Y. es una excelente película firmada por Jean-Marc Vallée. Cuenta la infancia, la adolescencia y parte de la juventud de un personaje, Zachary Beaulieu, que se pasa toda su vida escapando de sí mismo para sentirse integrado en la familia. Hasta que deja de hacerlo, claro. Desde muy pequeño es un fenomenal candidato a ser gay entre hermanos deportistas, duros y alocados. La trama es muy divertida, muy emocionante, muy ágil en su ritmo. Es una película que da gusto ver. Pero no por ser entretenida. No, que va. Da gusto verla porque cada secuencia te lleva hasta territorios poco transitados que te remueven la conciencia. Las preguntas aparecen como por arte de magia y las contestaciones te van pegando a los personajes. Porque todos los personajes tienen una razón para ser como son aunque el resto de la humanidad no lo entienda. Me quedo con un diálogo, espléndido, que mantienen padre e hijo, que viene a ser algo así como que el padre le dice a su hijo que no puede aceptar su condición sexual porque se perdería lo mejor de la vida: tener hijos. Es decir, no te acepto aunque eres lo mejor que me ha pasado. ¿Es esto posible? se pregunta el espectador. ¿Que haría yo en estas circunstancias? se pregunta el espectador. Todo son preguntas, todo son justificaciones desde la butaca. Todo es emocionante y muy desconcertante. La realidad lo es. Y esta película indaga en zonas muy complejas de ella, con mucho humor, pero indaga.
La banda sonora de la película -esa es otra de sus grandezas- es formidable. Con la base del tema Crazy de Patsy Cline, escuchamos a Los Rolling Stones, Charles Aznavour o a David Bowie. Vemos cómo los personajes evolucionan al ritmo de la partitura y sus vidas se van encuadrando en un momento concreto en el que la música no puede ser otra distinta. La imitación de Bowie que hace Zachary (Marc-André Grondin) en su habitación es magnífica.
Pero es que la fotografía de Pierre Mignot o el vestuario de Ginette Magny son perfectos. Todo en esta película termina siendo lo que necesita la historia, los personajes.
El trabajo de Jean-Marc Vallée con los actores se deja notar desde el primer minuto. Todos defienden sus papeles con entusiasmo. Todos, por poco que participen, saben que están haciendo un trabajo concreto, no para lucirse, sino para que el personaje que arrastra la carga expresiva aparezca iluminado por los demás. Michel Côté (es el padre de la familia) y Danielle Proux (la madre) hacen un trabajo soberbio en este sentido dando una lección de generosidad con respecto al proyecto. Además, Vallée, mueve la cámara con acierto, centrando el foco en el lugar preciso. Casi siempre muy pegada al personaje principal que narra y aporta su punto de vista de principio a fin. E introduce efectos visuales que imprimen un ritmo a la película tan vivo como cada uno de sus personajes. También algún efecto especial que recuerda mucho a Hair de Milos Forman.
C.R.A.Z.Y. es una película emocionante, es buen cine, es una clase magistral de narrativa cinematográfica, es divertida y honda. Nadie puede aburrirse con algo así. Nadie sale ileso de algo así. Preguntarse por cómo ves el mundo es un trabajo difícil y doloroso. Aunque te rías por el camino, aunque finjas que la cosa no va contigo.
C.R.A.Z.Y. es una película que puede, que debe, verse en familia. Allí estamos todos, allí podemos hacernos una idea de lo que somos o a lo que nos parecemos. Los tabús, las tristezas o las alegrías de cualquier familia. Allí está la realidad emocionante que representa una película de cine.
© Del Texto: Nirek Sabal.



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