ene 16 2011

Mar Adentro: lágrimas a mogollón

Pretenciosa, tendenciosa y tramposa. No se me ocurre un calificativo diferente para definir una película que costó un montón de dinero y que sólo sirvió para que una historia compleja se redujera a una visión corta de la realidad por parte de Alejandro Amenábar. Bueno, para eso y para celebrar mucho su aparición en un mundillo del cine que anda buscando, sin parar, cosas que festejar aunque sean un paquete. Así las subvenciones parecen más justificadas.
Esta claro que cada cosa se puede contar de distinta forma. Esta claro que algunos asuntos tienen que enfrentarse con valentía por parte de la sociedad para dar solución a los problemas que hacen sufrir a las personas. Pero ¿es el cine la herramienta adecuada para canalizar las corrientes de opinión sobre aspectos determinados de la realidad? ¿Contar una historia con el fin de entender a su protagonista (que puede estar equivocado) tiene algo que ver con el cine? ¿Añadir aspectos lacrimógenos o elegir sólo una parte de la realidad es hacer buen cine? ¿No es más apropiado elegir una alternativa dentro del cine como, por ejemplo, el documental, para ventilar estas cosas?
Jugar a lo fácil -cuando hablamos de cualquier manifestación artística- suele dar como resultado un desastre. Mar Adentro lo es en muchos sentidos.
El guión de la película busca con insistencia un lugar común en el que empatizar con el espectador, en el que el personaje principal sea reflejo de las consciencias a base de filosofía barata y de una explicación del problema de la eutanasia activa bastante sesgada y, casi, vergonzosa. No se busca narrar sino convencer, enseñar la verdad de un problema (¿?). Los directores de cine deben limitarse a mostrar. Sólo eso. Lo demás es cosa de políticos y sacerdotes.
Los aspectos técnicos se quedan (todos) en normaluchos. Igual que las interpretaciones. El siempre sobrevalorado Javier Bardem no pasa de correcto. El resto del elenco, salvo alguna excepción, igual.
Una clara muestra (este Mar Adentro) de lo que es el cine de Amenábar. Salvando Los Otros y Tesis, el resto de películas se quedan en grandes promesas que no se cumplen.
Todo lo que pueda conmover de Mar Adentro se hace empalagoso al instante. Y de segunda clase. Las lágrimas de los personajes y su histrionismo intentan arrancar las de los espectadores añadiendo dosis inmensas de almíbar. Con ese guión no había otro camino, claro. Porque es mediocre y hace que los personajes terminen en la línea de salida. Ni un milímetro de evolución. Al señor Amenábar deberían explicarle que sin personaje no hay nada. No hay mundo que explicar, que no importa ese momento esencial en que el personaje debería sufrir un cambio brutal y el cosmos debería saltar hecho añicos. Si no hay personaje o hay nada.
Tal vez se libra del desastre Belén Rueda. Esta mujer da la talla, siempre. Y su personaje, a pesar del director, se beneficia de ello. El resto es para olvidar.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 21 2010

Eat Pray Love: La pila vacía

EAT PRAY LOVE (COME RAZA AMA) – RYAN MURPHY – EEUU – SECCIÓN OFICIAL, FUERA DE COMPETICIÓN

Julia Roberts es un estereotipo de sí misma. No lo digo yo, lo escribe Lucía Etxebarría en Zinemaldia, y también dice que los estereotipos son necesarios porque lo dice Adorno. En el caso de Eat Pray Love, ambos tienen razón; la escritora porque la Roberts aquí, no se rebaja ni siquiera a actuar, a representar nada más que a sí misma; y el filósofo puesto que este debe de ser el producto ideal para los tiempos de crisis. Lo que quiere la generalidad.
(Que la protagonista no actúe, no es aquí una crítica sino una constatación. Ni su director, ni sus guionistas ni los productores que han gestionado equipos y financiación a la medida de una estrella, se lo han pedido.)
La película hace el efecto de un manual de autoayuda. Julia –porque es Julia- se siente vacía con su vida y con sus relaciones de pareja y desea encontrarse consigo misma. Se pone a ello. La primera parada: Roma de Italia, y allí le pasa lo que nos pasaría a todos, o sea, que conocemos a gente superguanchi, aprendemos a hablar italiano en siete días, nos paseamos en un dos caballos por la campiña, comemos, bebemos y disfrutamos de los atardeceres en la ciudad inmortal, descubriendo el dolce far niente. No follamos porque no queremos. Hasta aquí un chiché y un documental. Divertido y bien hecho, eso sí. Después empieza lo patético.
Julia se va a un ashram en India. (¿No saben lo que es un ashram?, no se preocupen, para eso está el cine). No porque en Italia no haya encontrado su razón de ser, sino porque ya lo había planeado desde el principio del filme. Aquí no hay trampa ni cartón. En la India busca la espiritualidad, claro, con todos sus estilismos.
Termina el viaje donde arranca la película que es donde le han predicho que va a acabar, en Bali. Porque, ¿se imaginan lo que necesitaba Julia Roberts desde el principio? Pues han acertado.

Eat Pray Love, es un producto de consumo y si el principio se soporta el final produce arcadas. Se da por supuesto, como no podía ser de otra manera, que el precio de la entrada incluye una fotografía panorámica y espectacular, dos o tres chorradas graciosas y a quien le guste la actriz, overdose. Sí, también sale Javier Bardem. Al final.
El mensaje viene a ser que no hay nada como tener tiempo y dinero, o cómo dice la madre de una amiga mía: “Lo que le pasa a Julia Roberts es que no tiene la pila llena de cacharros como la tengo yo”.
Arrasará en las taquillas poligoneras y creará tendencias.
Aquí, en Donosti, a donde la Roberts llegó ayer en medio de la expectación que se presupone a una estrella, los silbidos a la película quedaron apagados por el ruido del público que abandonaba la sala en tumulto.
Yo, que no esperaba otra cosa, me divertí al principio y después me dieron ganas de vomitar. (Y eso que Julia Roberts ni me gusta ni me deja de gustar).
© Del Texto: Ivor Quelch

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