dic 12 2011

Venganza: Papá es un crack

Hacer una película de acción; llenarla de eso, de acción; y nada más, convierte la propuesta en un rato de entretenimiento (para los que quieren acción porque hay gente de lo más tranquila en este mundo de Dios). Y el cine es algo más que espectáculo o una ayuda para poder pasar los tiempos muertos. Eso (el entretenimiento) es lo que intenta solucionar el mal cine. Si, además, esa propuesta es un refrito de cosas ya conocidas y contadas un millón de veces, la cosa se hace insoportable.
Venganza es una película firmada por Pierre Morel. Su nombre original es Taken. Tiene tres cosas buenas. Es corta, el personaje principal lo interpreta Liam Neeson y no trata de vender lo que no es.
Que la duración de la película no exceda los noventa minutos es muy de agradecer. Llega un momento en que tanto muerto, tanta explosión, tanta valentía y tanta maldad (y todo pasando muy rápido por delante) se hace fatigoso.
Liam Neeson es un excelente actor. Y no lo deja de ser nunca. Ni siquiera al rodar una película como esta. Es sin duda lo mejor que vemos en pantalla. Su personaje se perfila mínimamente y, luego, no se desarrolla en absoluto. Pero, es verdad, comienza siendo una cosa muy distinta a lo que se ve diez minutos después. Del amor de padre pasamos a una especie de Rambo suelto en París. Y eso, para que sea creíble, requiere cierto esfuerzo interpretativo.
Venganza es una película honesta. No tiene otro objetivo que no sea pegar al espectador a la butaca a base de explosiones, carreras y villanos que se vienen abajo frente al héroe. Y ese objetivo (el de mantener la atención de espectador) es muy meritorio después de cien muertos a manos de un solo hombre. Es muy meritorio cuando el guión es predecible a más no poder, cuando los diálogos son completamente prescindibles. Si no dijeran ni una palabra los personajes el resultado sería el mismo.
El resto se puede resumir en que Famke Janssen hace muecas y pone cara de estar muy enfadada y Maggie Grace está, como de costumbre, bastante gris. No me pareció creíble ni cuando parecía querer decirnos que su padre es un crack (es un viejo agente secreto que viaja a París para encontrar a su hija secuestrada por un ejército de personas malísimas. Se convierte en una especie de apisonadora que no deja títere con cabeza). Y en que los efectos especiales están bien.
Después de ver la película, uno no puede dejar de preguntarse sobre la policía francesa. Cuando escuchan un tiroteo de diez minutos ¿no van a ver qué pasa? ¿Cómo sale de un país el tipo que se ha cargado a todos los albaneses malos de una ciudad? ¿Alguien ha sobrevivido a una lluvia de balas, varios accidentes de tráfico y cosas así? En fin, un pequeño desastre entretenido.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


jul 18 2010

Robin Hood: Más de lo mismo

Bien saben los que me conocen que si algo me parece terrible para un autor (da igual si es literario, del mundo del cine o musical) es que no pueda resistir el impulso de imitarse a sí mismo. Una cosa es tener un estilo propio bien marcado. Otra bien distinta es contar lo mismo, de la misma manera y con los mismos materiales narrativos. Esas cosas se intentan camuflar, generalmente, eligiendo temas muy grandes o mitos enormes que deberían tapar el autoplagio, pero, casi siempre, es peor el remedio que la enfermedad porque el autor se carga el tema, el mito, su película, su reputación, y a sí mismo.
Ridley Scott es Ridley Scott y nos ha hecho descubrir algo terrible. Ahora ya sabemos que Robin Hood es el mismo personaje que aparecía en Gladiator, el general que interpretaba Russell Crowe. Por cierto, Crowe es Crowe y ha colaborado para que nuestro descubrimiento se produjera echando muy pocas ganas al asunto.
Les garantizo que las películas son muy parecidas. Mucho. Las similitudes son tantas como perjudiciales. Brian Helgeland, el guionista, se ha lucido. Y Scott se ha lucido. Pero el problema de ser una película ya vista la convierte en previsible, aburrida y prescindible. Desde el principio sabemos qué va a pasar, quién morirá, quién se enamorará. No se le escapa un detalle al espectador.
El reparto defiende como puede la bazofia que les entregó un Scott pletórico al decir que esta versión de Robin Hood sería memorable. Eso sí, bazofia envuelta en dólares y más dólares. No es que estén especialmente mal los actores, no, pero eso de repetir las cosas parece aburrido. Crowe imita a Crowe. Oscar Isaac imita a Joaquin Phoenix. Y, así, sucesivamente.

La gran novedad que presenta la película es que focaliza la acción en el periodo anterior al que nos tienen acostumbrados. Robin Longstride es un arquero al servicio del rey Ricardo Corazón de León. Aún no es el ladrón que robaría a los ricos para repartirlo entre los pobres poco después. Está llamado a ser un gran héroe pero, el rey Juan (sucesor de Ricardo) le convierte en traidor y perseguido después de un ataque de celos reales. No diré más sobre la trama por respeto a los que tengan intención de ver la película aunque me dan ganas por si puedo evitarlo. En cualquier caso, si han visto Gladiator ya saben qué pasará.

Un último aviso. Las escenas bélicas son lamentables. Por aburridas, porque no dejan ver lo que pasa y porque nunca sabemos quién está dando matarile. Lo intuimos, pero sólo eso.
Y no voy a gastar un minuto más de mi tiempo en esta castaña pilonga. Queda dicho.


Imagen de previsualización de YouTube