jul 3 2010

Rebelde sin causa: Guapitos y malotes

Ponga usted un joven guapo con pinta de chico atormentado y abandonado por el mundo en un recipiente, mas un puñadito de películas en el cine, mátenle de alguna manera inesperada y trágica. Ya han creado un mito. El de hoy: James Dean.
Debo decir que no es santo de mi devoción. Esa cara de guapo rematado no me gusta nada, la pinta de “soso-man” menos todavía y sus interpretaciones me convencen muy pocas veces. Pero lo cierto es que, el chico en cuestión, tuvo un éxito enorme en su día y aún hoy, sin que tengamos que buscar demasiado, encontramos todo tipo de objetos con fotografías del fallecido Dean. Un verdadero mito.
Una de las películas que lo elevaron a los altares fue precisamente Rebelde sin causa, su segunda película. Un film dirigido por Nicolas Ray a partir de un guión de Stewart Stern.

Como para gustos hay colores, no me voy a privar de decir que esta película me parece un culebrón en toda la regla, que está muy bien para pasar un domingo de sobremesa, pero poquita cosa más. Puede que en su día tuviera su aquel pero yo, que quieren que les diga, como que no lo pillo.
El argumento de la película: En la comisaría coinciden tres chavales: Jim Stark (James Dean), Judy (Natalie Wood) y John “Platón” (Sal Mineo). El primero porque llevaba una cogorza importante, la segunda porque se ha escapado de casa y vaga por las calles y el tercero porque se ha liado a tiros con unos cachorrillos. Todos tiene problemas de relación con sus familias, todos se sienten solos e incomprendidos por sus padres. Allí, en la comisaría, Jim, ya le echa el ojo a la guapa Judy. Sus padres, los del guapito y la guapita, los recogen en la comisaría y, todos contentos (bueno no tanto) se van a casa. Al día siguiente los guapitos se dan cuenta que viven uno al lado del otro (bonita casualidad) y coinciden en el instituto. Allí se lía parda por aquello de la posesión del trofeo (la guapa) por parte de otro macarrita, el noviete de la niña (porque son todos muy guapos, pero de un macarra que tira de espaldas). Por si no fuera poco, como todos son muy valientes, quedan para tirarse barranco abajo (los macarras, digo), pero como los chavales no son de goma, va uno de ellos, el noviete de la guapiuta, y muere (¡Oh! Qué fatalidad). Jim lo lleva fatal (no es para menos), discute con sus padres y se va de casa, seguido por la enamorada guapita que, supongo cosas de juventud y del amor, no ve que el sujeto es medio tonto. Van todos a una casa abandonada (lo de abandonada debe ser un chiste porque parece la plaza del pueblo de la cantidad de gente que llega a concentrar) se lían a tiros y a partir de aquí, ya no cuento más, que los finales de las películas no se cuentan sino que se sufren o se gozan por uno mismo.

En fin, una película exageradamente encumbrada. Y digo e exceso porque los diálogos, en algunas escenas, no tienen ningún sentido, los personajes cambian de opinión a cada segundo que avanzan y todo parece que pende de frágiles hilos que se van a quebrar en la siguiente escena. Se intentó decir de ella que era un estudio sociológico dramatizado de la juventud de la época, pero no sé yo si da para tanto. Pese a ello, lo cierto es que tanto Dean (su segunda película), Wood (con 16 años) como Mineo (primera película) con su juventud e inexperiencia por delante, supieron estar a la altura. Gracias a esta película, Dean pasó a ser la viva representación de la rebeldía y el amor secreto de miles de jovencitas. La vestimenta que en esta película lucía (vaquero, camiseta blanca, cazadora roja) se convirtió en un uniforme intemporal . Hasta no hace mucho tiempo, hemos podido ver a jóvenes “disfrazados” de James Dean.

Por último y por aquello de no echar toda la tierra del mundo encima de este film, porque tampoco sería justo, podemos decir que, en alguna forma sí que retrata a esas familias que, sin saber porqué motivo, se descomponen a cada paso que dan (padres por un lado, hijos por otro y nada que les una, al menos en ese momento). Nos muestra el desencanto, la cabeza y vida vacía de unos chavales que no tienen preocupación alguna porque disfrutan de toda una vida solucionada y lo único que les queda es intentar ir contracorriente, ser rebeldes.
Una película, como ya les he dicho francamente exagerada, en mi opinión. Que, además, ha envejecido fatal pero que, pese a ello, no debe dejar de verse.
© Del Texto: Anita Noire


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abr 3 2010

Gigante: En pijama y con manta


Bill Evans – I Loves You, Porgy

Gigante es una de esas pocas películas que de pequeña me dejaron ver en casa porque los besos eran castos, no había cadáveres, y aunque lo largo de tres horas de peli y de un montón de idas y venidas, los hijos de Jordan y Leslie Benedict sacaban los pies del plato con los típicos conflictos generacionales y cambios sociales de la época, lo cierto es que Jordan acababa aceptando que su primogénito no quisiera ser ranchero y se casara con una medio mulata, su segunda hija hiciera lo propio con el hijo de un vecino que tampoco apuntaba muy alto, y la pequeña que era la más díscola pasara de casarse y se fuera a no sé dónde a estudiar moda, una profesión para señoritas. Al final se trataba solo de una familia unida que permanecía unida. Los hijos se pasaban pero no mucho, la codicia acababa teniendo su precio, los buenos ganaban siempre y allí no había trampa ni cartón.
Mamá tenía predilección por esa peli. El día que ponían Gigante nos preparaba unos sandwiches vegetales de tres pisos de lechuga, tomate, huevo duro, espárragos y mayonesa y un batido de fresa de medio litro por cabeza que podíamos tomar en el salón en pijama y con manta. “Ya veréis qué bonita. Os va a encantar, y lo guapísimo que está Rock Hudson cuando va a comprar un caballo a casa de Elizabeth Taylor y acaba perdiendo el tren de vuelta porque se enamora de ella”. Mamá si ya lo sabemos, nos lo dices todas las veces. Pero ella nada, le daba igual. Igual que cuando ponían Testigo de cargo, nos reventaba siempre el final. “No lo ha matado, lo ha ejecutado” decía dos segundos antes que Charles Laughton para demostrarnos que se lo sabía de memoria.

En Gigante menos mal, no se sabía los diálogos pero nos contaba veinte veces lo de que James Dean era tan inadaptado como en la peli, y que por correr como un loco se había matado en un accidente de coche durante el rodaje y que tuvieron que sustituirle por un doble que hacía como que era James Dean pero no era, y ya en casi todas las escenas le sacaban de lejos y con gafas de sol, para disimular. Yo estaba enamorada de Rock Hudson desde los primeros cinco minutos, y mis hermanas mayores me decían que Rock Hudson era un tortolito y yo un pichón, y que el guapo de verdad era James Dean haciendo de Jett Rink. Mis hermanas eran idiotas. Rock Hudson era tan alto que daba los besos de arriba abajo, porque además lo que se estilaba era que las mujeres fueran pequeñitas, como menudas, para que se notara mucho la diferencia entre ambos y quedara claro quién era el hombre, como en “Lo que el viento se llevó”, que para la escena con Vivien Leigh cuando Clark Gable la conduce hasta el camino hacia Tara con el fondo del cielo rojo, tuvieron que abrir zanjas para que Escarlata caminara por ellas y hubiera más diferencia de altura entre los dos. Eso con Rock Hudson no hubo que hacerlo. Era alto como una torre y tenía una sonrisa con hoyito que me gustaba bastante más que la de el Capitán Butler, que se lo tenía creidísimo.
A papá también le gustaba Gigante porque le encantaban las películas de vaqueros y los ojos violetas de Elizabeth Taylor.
En Gigante aprendimos que en el Sur de Estados Unidos los blancos echaban a los negros de los bares a patadas, aunque papá nos dijo que cuando él había estado en San Antonio de Tejas había aterrizado una noche en un garito donde por poco sale trasquilado, así que la cosa parecía que funcionaba en las dos direcciones según el antro, pero la peor parte se la llevaban los negros, eso estaba claro.
Al final nos íbamos a la cama a las tantas, después de recoger los restos del naufragio y de preparar los uniformes con la sensación de que habíamos visto una peli de mayores.
Qué felices éramos.
© Del Texto: pyyk