jul 10 2011

Los Bingueros: Mi dios es el tiempo

Una vez me dijeron que sólo debía dedicarme a sonreír y, cuando me acuerdo, es lo único que hago.
Se me da estupendamente, tanto quizá como hablar del tiempo y el tiempo sí que es estupendo.
En cualquiera de sus formatos. Estupendo.
A mí me encanta hablar del tiempo.
Aunque ahora mismo sería obvio hablar del tiempo que hace en esta ciudad sureña -que, escuchando encima el Body and Soul de Coltrane, se vuelve muy tentador-, prefiero hacerlo sobre esas líneas que se unen, en el tiempo, y que hacen que eso del Cronos resulte tan atractivo.
Si hace ya algún tiempo, cuando escribía en la revista cultural de la academia donde estudiaba BUP, me hubieran dicho que hiciera una reseña sobre el cine de entretenimiento español de los setenta, no hubiera podido dormir pensando en la forma en que Godzilla podría comerse a Mariano Ozores.
En cambio hoy, que duermo estupendamente, es un placer hacerlo.
Hablar del cine en España es una cuestión que se despacha rápidamente, pues no hay mucho de lo que hablar -aunque de lo poco que hay se pueda hablar mucho-. Desgraciadamente no se le puede aplicar el título que ponía aquel visionario que fue José Val del Omar a sus películas, que terminaban siempre con un Sin Fin.
Para mí tuvo un comienzo, precisamente con la arrebatadora visión picto-lumínica-audio-táctil del genial granadino y un final interestelar, galáctico e ibérico entre Venus y Plutón: Yo creía estar al borde del arrebato total, iniciando mi sendero a la gloria. Ya en el viaje en tren me invadió una euforia loca. Segovia-Madrid resultó ¡Venus-Plutón! (Arrebato, Iván Zulueta, 1979)
Total, que de principios de los años cuarenta a final de los setenta. No es mucho, no, pero ¿que se puede esperar de un cine que se dejó matar por el teatro malo, lo mismo que la estrella de la radio por el efecto de una vulgar cinta VHS?
Al contrario del cine británico, cuya meticulosa afición por lo teatral trasladada al celuloide le hizo crear una nueva y magnífica forma de afrontar el viejo dilema (algo que también se podría decir, en otros términos, del cine alemán), el cine español se fue enviciando de su propio y decimonónico aburrimiento escénico.
Pero, que le vamos a hacer. Si pensamos como mi querido Duchamp, que no existe solución porque no existe ningún problema, y dejando sentado que no existe el más mínimo problema, vamos a hablar de Los Bingueros como una de las películas fundamentales del cine español.
Lo primero que quiero recordar es que la película es de 1979, con lo que entraría en el anterior periodo de vigencia. Por poco, pero entra. Lo segundo es que, repito, Los Bingueros es una de las películas fundamentales del cine español. Una película de resonancias míticas, de esas que incluso es mejor no ver para tener un recuerdo de ellas, que basta pronunciar el título para desatar toda una serie de emociones que muy bien podrían viajar en tren de Segovia a Madrid y antes de llegar a Atocha despegar y dirigirse a una galaxia remota en el tiempo.
La memoria hay que destruirla a martillazos mientras uno sonríe. El tiempo, mi Dios, Val del Omar dixit, es estupendo entre otras muchas cosas, por eso, porque lo que hace tiempo te resultaba vomitivo hoy te ves defendiéndolo a capa y espada (inciso: ¿veis, veis lo mala que es la herencia escénica hispana?) y ya no sonríes, sino que te ríes a carcajadas.
Y veo a mi hermano, que tiene nueve años más que yo ya que nació en 1955, desternillarse de risa al recordar aquellas películas mientras me comenta que, sin el más mínimo problema, podía ir al cine a las cuatro de la tarde a ver Los Bingueros y a las diez a ver Cuerno de Cabra (Metodi Andonov, 1972), Z (Costa Gavras, 1969) o Saló (Pasolini, 1975).
Lo de las cuatro de la tarde era por dos motivos fundamentales: uno, que en esa época los cines estaban debajo de tu casa, daba igual donde vivieses, dos, que tenían aire acondicionado. Mi tío José Luis iba todas las tardes de verano a dormir la siesta al cine Regina, por ejemplo.
Los Bingueros se ha convertido en una referencia absoluta, yo podría afirmar que en el top de las películas españolas, entre Aguaespejo granadino y Pánico en el Transiberiano, esta cinta merece un lugar de honor, no tanto quizá por el material que aportó a la crítica especializada (sin ninguna visión de futuro) sino por el tremendo poso que dejó en la sociedad española, pudiendo considerarla, llegado el caso, como la última visión astracánica que tuvo el cine español antes de morir sumergido en la comedia madrileña de los ochenta.
El verano pasado, en un improvisado cine delante de la ventana, vi Los Bingueros. No sé si era la primera, la cuarta o la decimoséptima vez que la veía. Aunque tengo la sensación de que no la había visto nunca, podría de hecho haberla visto cien mil veces.
Es lo que tiene lo mítico.
Yo recomiendo no verla, no destruir esa sensación especial de hablar de algo que intuyes pero que en realidad desconoces. Si alguien cree que la ha visto, hace treinta años o recientemente, en cualquier colección dominical, aconsejo que no acceda a la tentación. Que siga alimentando su memoria y debatiendo ampliamente sobre la construcción de ella.
Este es un país que se pone tan feo a veces que no tenemos más remedio, para seguir sintiéndonos de aquí, que inventarnos nuestro propio país y salir corriendo a tomar caracoles al Pumarejo mientras hablamos de la Alta y la Baja Cultura y una gitana baila una canción de la Lole y el Manué a una niña de cuatro años, con los ojos como platos.
Sin lugar a dudas, mi Dios es el Tiempo, así que como me dijeron aquello de dedicarme en exclusiva a sonreír -por lo bien que se me da- voy y sonrío.

Rubén Barroso, 8 de julio de 2011, entre las siete y las nueve de la tarde, mas o menos.


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mar 13 2011

A Mal Gam A: Autorretrato de una masturbación

A Mal Gam A es, más que nada, un intento de hacer cine como quien pinta un retrato y decide prescindir del modelo. El pintor colocaría un espejo ante sí; la cosa se llamaría autorretrato y sería, más o menos, masturbatoria. El cineasta inventa planos fijos, se compra un cable-disparador bien largo, encuadra el vacío y se sumerge en ese espacio visiblemente acotado, disparador-en-mano, confiando en no salirse ni de foco ni de cuadro y en que el dedito no deje de apretar el “ON” mientras dura la autoacción que se ha impuesto y que nadie más va a controlar” (Iván Zulueta).

Cuando volvía en el taxi esta noche, con ese olor a ambientador de burdel característico de todos los taxis y todas las noches, y esas conversaciones radio difusas y en clave de todos los taxis, y, siempre, todas las noches; intenté imaginarme como podría contar mi vida en 33,46 minutos con una súper 8 y sin más equipo de rodaje que mi cámara y yo. Mi autorretrato me pareció inviable si no era en un bonito lienzo caravagista o en un antiguo daguerrotipo de abril o mayo en cualquier ciudad francesa de los años 30.
Pensé en coger mi cámara nada más subir a mi apartamento; en improvisar esta misma noche una película; en grabarme de forma automática. Pensé en lo automático de estas cosas; en recurrir a mi cuaderno de sueños; en el instrumental necesario para hacer esta síntesis de mi vida; en como hacerla comprensible; en qué materia destacar y qué otra suprimir. Pero sobre todo, pensé en cómo. ¿Cómo encontrar la llave capaz de abrir indefinidamente esta caja de doble fondo que yo llamo mi vida?
Mientras el taxímetro subía y el tiempo se agotaba, yo buscaba una amalgama dónde concentrar todos mis años y mi memoria. Pensé, primero, en camuflarla bajo unas cuantas capas de pintura acrílica, pero el secado era demasiado rápido y opté por el látex. Luego, el látex me pareció demasiado grasiento y empalagoso y pensé que quizá podría hacer una combinación de chicle y goma arábiga mucho más aislante e impermeable. Quizá podría usar tuberías y desagûes dónde liquidar tanto arrebato; quizá tener un lavabo cerca; quizá un saxofonista; quizá un diccionario de antónimos; quizá aguas de marzo; quizá una americana afrodisíaca; quizá un paisaje de Jan Brueghel de Velours…
Cuando pagaba los 9 euros al taxista en la esquina, pensé que quizá yo debí apretar el “ON” hace ya rato, comprar un cable-disparador bien largo, inventarme un plano fijo y rodar esta amalgama de humo, medicina y moco de blandi blue que es mi vida. Y todo sin salirme ni de foco ni de cuadro.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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