ago 6 2012

Pollo con ciruelas: Pequeña afrenta al cine francés

En la historia del cine existen cientos de películas que cuentan amores imposibles y altamente trágicos. Pollo con ciruelas (Poulet aux prunes) es una de esas historias posibles, una más, que pasará sin pena ni gloria por las pantallas de cine. Sin embargo, lo que la diferencia entre el grandísimo abanico que tenemos en cuanto a películas que hablan de desamor, es el modo poco convencional de ofrecérsela al espectador: un cuento para adultos. A priori, la historia reunía elementos preciosos. Teherán, años 50 (antes de la revolución islamista), un violinista, una historia de amor imposible y la voluntad de dejarse morir ante el sin sentido de la vida.
Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, guionistas y directores, basándose en el cómic de idéntico nombre (como ya hicieron con Persépolis), nos presentan esta historia, nos la muestran (y lo de mostrar no es un modo cualquiera de hablar en este caso) de una manera absolutamente distinta, con una fotografía extraordinariamente bella y una estética que la hace increíblemente atrayente.
Pero hay un sin embargo. Y es que, pese a lo anterior, no estamos ante nada distinto a lo ya contado en cuanto al desamor y sus terribles consecuencia, aunque las imágenes utilizadas para ello estén cuidadas hasta el último detalle. En lo visual estamos ante una película preciosa, encantadora, pero, en su desarrollo falta garra y puede que el pero de la película esté en la poca acertada elección de su protagonista Nasser-Ali Khan (Matieu Almaric) que en los veinte años que nos muestra la película, en flashbacks continuos, su aspecto de ser anodino, que ni siente ni padece (pese a intentar mostrarnos que siente y padece mucho), y trasmite bastante poco, arruina esta película que arranca con una salida estupenda y va perdiendo gas hasta llegar al final.

Sin embargo, criticada la elección del protagonista no puedo por menos decir que los personajes femeninos de la película, empezando por Isabella Rosellini (como absoluta fan que soy ), en su secundario papel de Parvine, madre del violinista; seguido por Maria de Medeiros como Faringuisse, esposa denostada por el desolado Nasser-Alí, y continuando por Golshifeh Farahini, en el papel de Irâne, el amor imposible, están superiores y la elección no ha podido ser más acertada cuando, como es el caso, hablamos de una película que se badea con ese aspecto un tanto irreal que tienen las fábulas.
Conviene explicar que la elección del título de la película Poulet aux prunes es un acierto absoluto, pues ese plato, elaborado desde el amor del que es despreciado por el ser amado, que a su vez ama sin poder amar, no es un detalle cualquiera, es la esencia misma de esa rueda de tristeza infinita en el desamor; es la esencia de la película en sí misma.
Y, llegados a este punto, cabe preguntarse si puede un amor desgarrado condicionar una vida entera, la propia y la de los que la rodean. La respuesta es sí. Y, aquí, en esta película que mezcla los golpes de humor con cierto melodrama, el violín es sólo el instrumento que permite sobrevivir. La historia del violinista vitalmente derrotado, abocado a una vida que carece de sentido, recluida en las melodías que exhala un violín tocado por el suspiro de una vida de amor interrumpido.
Debo decir que la película, que repito, es profundamente bella en cuanto a la imagen, no llega a emocionar en su historia y eso para mí, que adoro el cine francés, es inaceptable.
© Del texto: Anita Noire


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abr 27 2012

La Paura (Ya no creo en el amor): El engañador engañado

Algunos tándems tienen una fuerza brutal y esa misma intensidad en la que viven, en el caso del cine, se transmite sin fisura alguna a la gran pantalla. Esta circunstancia, la de la intensidad, es el común denominador de la práctica totalidad de películas en las que interviene Ingrid Bergman, actuando bajo las ordenes de quien fue su esposo, Roberto Rosellini.
Una muestra de lo que ahora digo la pueden ver en la película La paura .
Irene Wagner (Ingrid Bergman) está casada con Albert Wagner (Mathias Wieman). Este matrimonio, poco consciente o apreciado por Irene, se sostiene sobre la base del engaño de la esposa que mantiene un romance con Eric Baummann (Kurt Kreuger). Infidelidad que pretende mantener oculta, para salvaguardar las apariencias no sólo frente a la sociedad bien pensante en la que viven, sino incluso frente a su esposo, sosteniendo ese matrimonio ideal, sobre los mimbres de la infidelidad más contumaz y reiterada. Pero el desasosiego de Irene comenzará en el momento en que Johann Schultze (Renate Manhardt), una antigua novia de su amante aparece para chantajearla con hacer público el adulterio, hacérselo saber a su esposo. Para ello la extorsionará hasta desesperarla y transformarla en un ser atormentado vencido por el miedo y la rabia. Pero la maldad del ser humano no tiene límites y la capacidad de soportar algunas cuestiones pueden ser determinantes a la hora de pensar en poner fin a una vida que se ha convertido en un auténtico infierno. Descubrir que tras esa espantosa realidad que empezó con un frívolo capricho, se esconde otra aún más oscura, será definitivo para Irene. Es la historia del engañador engañado.
Con esta película, Rosellini, narrada por una Irene ya fallecida, nos coloca frente a una manera distinta de hacer cine completamente distina a la que se venía realizando a mediados de los años 50. Un drama existencialista absolutamente rotundo al que pocas objeciones se pueden hacer desde un punto de vista narrativo, si bien puede que el final de la película nos parezca un tanto abrupto, tal vez precipitado, en conjunto podemos afirmar que nos encontramos ante una película perfectamente tramada y conducida y, lo que es más evidente, espectacularmente interpretada por la sueca Ingrid Bergman.
Esta película fue la última en la que trabajaron conjuntamente Bergman y Rosellini quien, pese a lo que se diga, a lo mal que pudieran o no terminar sus relaciones, fue con diferencia el director que mejor supo sacar, a la actriz, el animal interpretativo que era.
De vez en cuando conviene rescatar el cine clásico porque, pese al paso del tiempo, sigue siendo terriblemente emocionante.
© Del Texto: Anita Noire