ene 22 2011

Delitos y Faltas / Match Point: Los genios entremezclados

Mientras un delito no puede confesarse, las faltas deben hacerse públicas (aunque sea a una sola persona), porque todo delito procede de faltas que se mantuvieron en secreto, por miedo o estupidez. Son el génesis de algo mayor.
Esto es de lo que trata la película Delitos y Faltas firmada por Woody Allen. Esto es de lo que trata (más o menos) la película Match Point firmada por Woody Allen. Todos los artistas terminan repitiendo lo que ya contaron aunque el maquillaje se modifique ligeramente. Y no está nada mal que eso pase. Los nuevos matices, la evolución de la mirada del creador, hace que los parecidos sean una anécdota si el producto final es bueno.
Delitos y Faltas o la insignificante frontera entre el hombre y el asesino.
Desde el comienzo todo se llena de contrastes. Amor frente a desamor; lo superficial ante lo trascendente; la percepción de la realidad del hombre frente a la de la mujer; la mirada clara de un niño frente a la ceguera del adulto; el arrepentimiento frente a la ausencia de sensación de culpa; el amor a Dios frente al miedo que genera la justicia divina; lo inevitable frente al libre albedrío; la comedia frente a la tragedia.
Tengo la sensación de que no es la más recordada de las películas de Allen. Y tengo la terrible certeza de que, con un cine ramplón y vacío, algunos están haciendo dinero fácil mientras este tipo de películas van quedando en el recuerdo de algunos y en el olvido de casi todos. Y se trata de una excelente película.
Como casi siempre nos encontramos con personajes a los que les ocurren cosas corrientes, las mismas que le podrían suceder a usted o a mí. Y se desesperan con y por la misma falta de fuerzas que cualquiera de nosotros. Pero los personajes de Allen tienen alma; piensan y sienten; viven y mueren; toman decisiones equivocadas y evolucionan. Como usted o como yo. Por eso las películas de Allen se convierten en ríos llenos de meandros que hay que transitar cuando se buscan respuestas o preguntas cada vez más difíciles de contestar. El sentido se encuentra en la desembocadura. No hay atajos posibles. Cualquier cosa que pudiera parecerlo (un atajo) lleva hasta la falta y, más tarde, al delito inconfesable que hará del equipaje de la persona una carga insoportable.
Las obsesiones de Woody Allen se encuentran recogidas en la película. Todas. En este blog ya se ha hablado mucho sobre ello (Annie Hall, Interiores, Manhattan, Hannah y sus Hermanas o Misterioso Asesinato en Manhattan, por ejemplo) y repetir lo mismo parece estéril.
Los actores y actrices del reparto defienden más que bien sus papeles y Allen realiza un trabajo de dirección con ellos notable. Él mismo forma parte del elenco interpretando al personaje que aporta ingenio y algo de buen humor en una trama oscura y profunda. Ese es uno de los aciertos de Allen. Sabe manejar diferentes registros dentro de una misma trama sin que se pierda intensidad narrativa y sin crear confusión en el espectador. Personalmente me quedo con el trabajo de Anjelica Huston. A pesar de que Martin Landau es el principal y el que soporta toda la carga dramática, Huston sobresale por su naturalidad y credibilidad. Esto no quiere decir que Landau no esté muy bien. Lo está.
Bueno, detrás de todo este lío encontramos al genio ruso de la literatura Fiodor Dostoyevski. Su obra se detecta en cada rincón de la película. Y no sólo Crimen y Castigo. Algo más: lo universal de toda su obra, la construcción de las consciencias, la fluidez en los discursos, todo Dostoyevski.
Match Point o la insignificante frontera entre el azar y el determinismo.
Lo mismo ocurre en Match Point. Aquí tenemos al ruso de principio a fin. Aquí tenemos Delitos y Faltas de principio a fin.
La gran diferencia que presenta Woody Allen en Match Point es que toda la realidad se enfrenta (o llega) a la tragedia. Además, indaga más que otras veces en ese territorio del deseo que el ser humano transita para convertir los caminos en difíciles o casi imposibles. Si el amor va por un lado, el deseo y la pasión van por otro distinto. Si la vida va por un lado, el deseo va por el suyo. Incluye buenas dosis de frivolidad, de dinero, aburrimiento burgués y vidas ajenas a la realidad por su duplicidad como ya hizo en Delitos y Faltas.
El guión, aunque forzado en algunas zonas, es una muestra clara de cómo se debe utilizar un recurso narrativo en cine. Por ejemplo, las elipsis (son abundantes) están traducidas con una maestría espectacular al lenguaje cinematográfico. No deja que el personaje evolucione para que sólo lo haga pasado ese tiempo enmarcado en el recurso y con la aparición de otro personaje que aporta sentido al relato (fundamental la relación del personaje para crecer y que tato se olvida). Del mismo modo, la focalización de la acción es la exacta. Un foco más restringido o más grueso desvirtuarían la intención de la voz. Por supuesto, la lección de elegancia en la puesta en escena y al elegir la música es descomunal (la ópera, piezas trágicas que expresan la sensibilidad del ser humano ante situaciones difíciles como no se puede hacer de otra forma, son protagonistas del trabajo. Donizetti, Bizet, Verdi. Impresionante). Este hombre se rodea de profesionales magníficos y eso se deja notar.
Allen nos dice que, una vez eliminado el problema, el mundo puede seguir adelante. Con todas sus miserias a cuestas. Eso nos dice. Y nos lo dice bien. Con oficio y rigor cinematográfico. Pero (ahora llegan un par de malas noticias) todo se empaña ligeramente por unas interpretaciones algo justas (Jonathan Rhys Meyers forzado, Scarlett Johansson forzada como siempre), un casting que no se entiende muy bien y un error de partida en la idea principal. El azar. Se enfoca mal, se resuelve peor y se confunden cosas que nada tienen que ver. Allen cree que entre el azar y el libre albedrío no hay distancia; y que entre esas y el determinismo no hay distancia. Aquí es donde hace aguas la película.
En cualquier caso, hablamos del cine de un genio. Y el aburrimiento es casi imposible.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube
Imagen de previsualización de YouTube


dic 7 2010

Interiores: Sin asumir la realidad no hay realidad

Hay personas que deberían (deberíamos) sentirnos afortunadas por vivir lo que les toca disfrutar. Sin embargo, dedican (dedicamos) buena parte de sus (nuestros) esfuerzos a sufrir, a torturarse (torturarnos). El ser humano tiene por costumbre inventar problemas, cacarearlos, hacerlos universales y cuidarlos con mucho cariño para que duren mucho. Si hablamos de las clases acomodadas, podríamos decir que eso es lo que más le gusta hacer. Parece mentira que con la que está cayendo, desde que el mundo es mundo, dediquemos un solo segundo a semejante cosa. Pero es así. Algo natural, algo que todo el mundo da como bueno.
Woody Allen es el director de cine que mejor retrata a esos individuos de clase acomodada que teniendo todo añoran todo, que convierten su vida en un valle de lágrimas sin saber por qué; a esos sujetos que viven de su propia compasión, que hacen del lamento, por sí mismos, una forma de vida. Woody Allen es el director de cine que mejor ha sabido detectar los problemas de una clase social estúpida hasta límites insólitos. Comodidad y estupidez parecen caminar siempre juntos formando una correlación perfecta.
Me gusta Woody Allen porque es cine. Me gusta Woody Allen porque lo que cuenta es la vida de todos. Me gusta Woody Allen porque enseña las miserias, los desastres personales y las desdichas de una sociedad que nada en la abundancia (de todo) y no es capaz de inventar la felicidad. Ni siquiera de fingirla. Me gusta Woody Allen porque nos deja con su cine las pruebas necesarias para que, de una vez por todas, seamos conscientes de que nuestro intento de alcanzar límites personales es directamente proporcional a lo poco que nos gustamos.
Disfruté con las comedias desenfadadas y sin pretensiones del viejo Allen. Me maravillaron sus comedias más maduras. Pero, también, me encantaron sus dramas. Especialmente, Interiores. Aún no entiendo el porqué esta película no fue recibida, en su momento, como lo que es, como una formidable obra.
El paralelismo que muestra Allen entre los interiores personales y los de los hogares en los que se vive es indicativo de lo que intenta el director con esta cinta. Todos tenemos decorado nuestro propio yo y, tarde o temprano, eso tan íntimo se deja ver en algún lugar, en algún momento; se ve modificado para siempre o se vacía sin remedio.
La película es deudora del cine de Bergman (esto se ha dicho por activa y por pasiva, así que no seguiré con ello), pero, no obstante, el sello de Allen es indiscutible y está presente de principio a fin.

El uso de unos diálogos excelentes que marcan a sus personajes, aportando rasgos inconfundibles a cada uno de ellos, ya es suficiente prueba de que es así. Les garantizo que si prestan atención a esos diálogos y no miran a la pantalla, podrían saber quien habla en cada momento dada la coherencia casi insólita de los discursos. La inteligencia de Allen no desaparece a pesar de los homenajes. Ni en dramas ni en comedias.
Interiores es una película que habla del fracaso. Concretamente del fracaso de lo artificial, de todo eso que intentamos ser para alejarnos de nosotros mismos (por gustamos poco o nada).
Una familia acomodada. Una mujer (la madre) que intenta dibujar un mundo ajeno a la vulgaridad que termina vacío; entre otras cosas, porque su marido es vulgar, dos de sus hijas los son del mismo modo y la tercera (la que parece más triunfadora) se mueve en territorios normaluchos puesto que le rodea esa vulgaridad sin que pueda respirar. Eso de lo que trata de escapar (la madre) es el propio mundo aunque lo haya intentado cubrir con pan de oro. En una de las escenas vemos como esa mujer (Geraldine Page) habla con su marido de un dibujo de Matisse. El hombre alcanza a decir que le parece muy interesante. Sólo. Se han separado y ella desea que él regrese a casa. Él no entiende de arte, ha encontrado a otra mujer (Maureen Stapleton) que disfruta tanto como puede del sol, del dinero y de lo bueno que encuentra en el mundo. Él es ajeno al universo que le propone su esposa. Y la mujer, sin apenas ser consciente, reclama muebles para su interior. Corrientes, sin valor artístico, esos que tanto le repugnan. No quiere asumir que la vida es vulgar aunque conserva la esperanza de poder barnizar todo aquello que le permite sobrevivir. Como toda la clase acomodada del mundo, vamos.
Joey, la hermana pequeña, (Mary Beth Hurt) está perdida, no sabe dónde quiere llegar. Tan sólo es capaz de envidiar a Renata (Diane Keaton) que, aparentemente, se abre camino en el mundo de la escritura. En realidad, está anclada a lo mustio del fracaso. Su madre fracasa, el padre se desliza hacia el mundo de la mediocridad, su marido se siente fracasado, sus hermanas también (Flyn (Kristin Griffith), otra de las hermanas, no pasa de ser una actriz secundaria que trabaja en series de segunda categoría y obras muy alejadas de la genialidad). Ninguno quiere asumir una realidad común.
La película se llena de escenas que rebosan patetismo llegado desde la lucha estúpida y cruel que mantienen todos los miembros de la familia con esa mediocridad que les apabulla. Por ejemplo, cuando el padre y su nueva pareja cenan en casa de Renata, el choque de cosmos es demoledor. El espectador percibe con claridad ese enfrentamiento entre un lugar limpio en el que no hay pretensiones que vayan más allá del disfrute de la vida y la zona oscura de un mundo condicionada por el disfraz de lo cotidiano para convertirlo en una maravilla idiota.
Las interpretaciones son espléndidas. Especialmente, las de las actrices. La fotografía de Gordon Willis es precisa con el detalle y solvente con el conjunto. La iluminación está muy cuidada durante toda la película. El guión es excelente. Es verdad, que los discursos, a veces, son muy literarios, pero no hay que olvidar que los personajes se mueven en un territorio cargante, entre la intelectualidad más pedante. Un aspecto que Allen trabaja con especial acierto es el ajuste entre tempo y tiempo narrativo. No se aprecia ni una sola fisura a lo largo del metraje. Es verdad que el ritmo es algo lento aunque es lo que pide el guión y no puede considerarse un error. Los planos fijos de larga duración van apareciendo en los momentos precisos para que ese tempo convierta el tiempo narrativo en el momento justo.
Me gusta Allen. Me gusta Interiores. Y me gusta saber que hay artistas que son capaces de apostar por lo que quieren hacer sabiendo que las taquillas no sufrirán colapsos. Otra cosa sería vulgar. Eso sí que es la vulgaridad por excelencia.
Exquisita película. Imprescindible para comprender el cine de Woody Allen en su conjunto. Yo, desde luego, no dejaría de ver algo así.
© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube