nov 28 2013

Lobezno inmortal: Demasiado previsible

Lobezno inmortal es una película divertida. La dirige James Mangold que no intenta, ni una sola vez, descargar peso dramático alguno en el desarrollo de la trama.
Poco más se puede decir de esta película. Algunos efectos especiales son notables (como en todas las grandes producciones actuales), las escenas de acción están bien construidas y permiten al espectador saber qué es lo que ocurre. Poco más. Entre otras cosas, porque se dan por sabidas cosas que no todos tenemos que saber necesariamente. Si alguien se acerca, por primera vez, a este tipo de películas que tienen a los superhéroes de Marvel como protagonistas, es posible que no se entere de nada. Y no comprender, por ejemplo, la motivación o los orígenes de un personaje, es un desastre.
Esta es la razón por la que la carga dramática aparece con cuentagotas y se incide más en explotar lo divertido.
Aun siendo la trama entretenida, no se libra del suspenso por ser terriblemente previsible. No hay nada importante que no se intuya y sólo los detalles aportan alguna novedad visual o a la acción. Lógicamente, esto resta mucho interés a este Lobezno Inmortal.
Todo el ímpetu del director se centra en las persecuciones y en reflejar con exactitud las coreografías de los combates. Lo más destacado es el encuentro de Lobezno con los criminales cuando viaja a bordo de un tren bala.
Hugh Jackman hace de Lobezno poniendo cara de Lobezno. Ya he dicho que el perfil del personaje es inexistente. Por tanto, con poner un gesto es suficiente. El resto del reparto cumple. Incluidos los actores japoneses que hacen de malos. Ni gritan a lo tonto, ni el gesto es cómico cuando se pegan.
Bien, muy bien, la fotografía de Ross Emery. Logra planos extraordinarios por sus encuadres, su nitidez y el acierto con la luz.
Lobezno Inmortal es peor película que otras de superhéroes. Divierte, eso sí, aunque no termina de cautivar al espectador. Demasiado previsible.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 14 2011

La fuente de la vida: Una idea sencilla

En cine, como en cualquier otro territorio, los gustos personales son, eso, gustos subjetivos y con una relevancia más que relativa. Una película puede gustar o no. Y esto no la hace mejor ni peor. Conozco muchas personas que encuentran inaguantable el cine de Federico Fellini aunque el director italiano es un genio. No dejará de serlo, pase lo que pase, guste mucho o poco.
El problema no es que los gustos se arrimen o no a la obra. Insisto en que eso lo podríamos considerar inmaterial. El asunto tiene que ver, casi siempre, con la capacidad del espectador para entender un tipo de cine concreto. Y esto no convierte al espectador en un ser más listo o más tonto. Sencillamente, las películas, igual que las novelas, tienen un momento determinado. Si llegan a destiempo es difícil que se entiendan, se digieran o gusten. Advierto que en eso que llamo espectador incluyo a los críticos. A los de este blog también.
La fuente de la vida es una película difícil de entender. La propuesta es atrevida, lírica hasta más no poder y no se parece a casi nada de lo que anda suelto por el circuito cinematográfico. Por otra parte, no ayuda mucho un montaje (lo más flojo de la película) que abusa de las repeticiones buscando la suma de minutos de proyección sin una aportación clara de ese material que aparece sin un sentido claro. Hasta donde sabe el que escribe, parece que el presupuesto se quedó corto y el director, Darren Aronofsky, tuvo que hacer magia potagia para salir del paso. Y estas cosas no se pueden disimular. Sin embargo (llegan las buenas noticias), Hugh Jackman interpreta el personaje principal logrando, seguramente, el mejor de sus trabajos. Rachel Weisz (fotografiada espléndidamente) llena la pantalla de principio a fin. Esto, aunque no explica nada, ayuda a tener paciencia y poder descubrir de qué va la cosa. El despliegue en la iluminación es espectacular (esto se convierte en un arma de doble filo puesto que pudiera parecer que prima la forma sobre el fondo en algún tramo de la película). El guión del propio Aronofsky y de Ari Handel es mucho más sencillo de lo que parece. Es verdad que la acción transcurre en tres escenarios diferentes y las rupturas espacio-temporales son muy constantes, pero un espectador atento no debe tener problemas para hilar lo que le van contando. También es cierto que una lectura profunda que busque el sentido es más fatigosa y requiere un esfuerzo extra, pero esto pasa en cualquier película de calidad.
En definitiva, esta es una película que hay que saber ver y entender.
El director se apoya en una historia de amor, más que dramática, para abordar el asunto que queda por debajo de lo puramente narrativo. Algunos se han empeñado en afirmar que La fuente de la vida es un canto al amor o algo así cuando,en realidad, es una película que ataca la imposibilidad del ser humano para comprender nada de este mundo si no asume su lado espiritual. Lo material frente a lo espiritual, lo efímero frente a lo eterno, la muerte frente a una existencia eterna. ¿Es un vehículo el amor? Sí, pero sólo un vehículo. Igual que lo es para contar esta historia. Y se apoya en tres escenarios y tiempos diversos. La época en la que la inquisición imponía su ley en el mundo civilizado, el presente y un futuro lejano. La explicación de todo se encuentra es ese pasado, en lo que fuimos. El presente es incontrolable, es donde nos topamos con la finitud de nuestra existencia. El futuro es el que representa la perfección porque lo podemos imaginar, modelar a nuestro antojo. Pero, sin embargo, estos tiempos son lo mismo. Todo sucede en el mismo instante, tomo adquiere sentido en esa unión entre cuerpo y alma. El resto pasa a ser una anécdota. Aronofsky maneja como materiales narrativos la ciencia y la leyenda. Los enfrenta para que vayamos construyendo un puzzle en el que cada pieza es nuestra forma de entender esa espiritualidad. Y, técnicamente, utiliza planos detalle que invitan a confundir unas cosas y otras. Al fin y al cabo, son distintos objetos que simbolizan lo mismo. El director sabe que el mundo es simbólico y maneja la idea con acierto. Por eso mismo, una alianza de casado se pierde o una nebulosa llamada xib’alb’a encierra una estrella moribunda que cuando explote dará vida a otras estrellas. Ver esto y no buscar el significado es quedarse a medio camino. Y en la vida (otra idea que defiende el director) no hay atajos. Los caminos hay que recorrerlos sin intentar una trampa para acortar.
En definitiva, estamos ante una propuesta que defiende que el tiempo no importa. Porque el tiempo no existe si el hombre comprende que liberado de lo material todo puede llegar a ser posible, si convierte la muerte en una acto de creación de vida.
Este es una película que puede gustar mucho o muy poco. Algunas críticas intentaron ser demoledoras. Otras intentaron lo contrario. Esta es una película que en la superficie no dice nada aunque esconde una forma de entender las cosas muy interesante. El que escribe se queda con una sola cosa puesto que el resto se podría discutir durante muchas horas con la filosofía por delante. Y esa idea es muy sencilla: el ser humano no es Dios. Es humano. Pero puede elegir la forma de serlo y llegar a ser más persona en cada movimiento. Sencillo. Y muy olvidado en los tiempos que corren.
Una última cosa. La partitura de Clint Mansell es sencilla es su composición aunque aporta una capacidad expresiva fascinante. No dejen de buscar el matiz de la imagen atentos a cada nota.
© Del Texto: Nirek Sabal

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ene 13 2011

The prestige: Todo tiene truco

El más obvio de nuestros sentidos es a su vez el más caprichoso. Podemos tener algo delante y no verlo porque nuestros ojos seleccionan la realidad a su antojo. Y detrás estamos nosotros, gobernados por nuestra mente, que es simple y voluble.
The prestige o El truco final (2006), dirigida, producida y escrita por Cristopher Nolan, cuya obra maestra Memento no deja indiferente a nadie, es la historia de dos magos del siglo XIX, y antiguos compañeros, que compiten despiadadamente  entre sí por ser el mejor en su profesión y realizar el más asombroso truco final. Christian Bale y Hugh Jackman son Alfred Borden y Robert Angier, compañeros de trabajo hasta que Borden comete un error de cálculo que provoca la muerte de la mujer de Angier en pleno espectáculo de magia. A partir de entonces ambos lucharán sin plantearse límite alguno por ser el mejor mago en una época en la que la que la magia y el ilusionismo se presentan a lo grande en calles y teatros, atendiendo a la morbosidad del público. El que logre el truco final del modo más inimaginable será el mejor.
Esta magia no es más que un velo que envuelve la realidad actual en una ficción decimonónica. Obsesión, ambición, amor (sí, también tiene cabida en esta cinta de 130 minutos), orgullo y afán de victoria, son y serán siempre sentimientos universales. Pero las levitas, can-canes y sombreros de copa son la ilusión que traslada al espectador al siglo XIX. En este entorno bien conseguido, sin enfatizar, no obstante, en los rasgos característicos de esta época, nos mantendrá Nolan de principio a fin a merced de sus magos. Desapariciones y apariciones, falsos disparos, escapismos… para deleitar a su público, y a nosotros, el público de Nolan. Contemplaremos fascinados cómo desaparece un canario para después volver a aparecer, aún sabiendo que hay truco, y además querremos saber cuál es. No habremos llegado a la mitad del thriller cuándo nos demos cuenta de que éste también tiene truco, y como hace cualquier espectador en un show de magia, nos plantearemos todas las hipótesis, y esperaremos pacientemente y expectantes al final del espectáculo, ya sea más o menos predecible para el cinéfilo que llevamos dentro. Pero aún así, ¿querremos creérnoslo?
Ese es el interrogante que queda abierto en un final que, como el principio, narra Michael Caine (que repite en todas las de Nolan desde la primera de Batman) dirigiéndose directamente al espectador. El final puede satisfacer o no al que ha permanecido pacientemente ante la pantalla durante más de dos horas esperando alguna respuesta, pero no hay que olvidar que detrás de todo el artificio está Cristopher Nolan y sus ambigüedades y consiguientes debates que dan lugar a innumerables teorías . Sea cual sea la correcta, si es que la hay, para mí  The prestige (no me gusta el título en español) es un original modo de contar, una vez más, cómo el ser humano puede ser sencillamente manipulado por la realidad que lo rodea en plena consciencia y al antojo de su mente. Y es que pensemos o no más allá de lo que nuestra vista pueda alcanzar, lo que queremos es que nos engañen.
© Del Texto: Coletas


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