jul 16 2010

Cosas que diría con solo mirarla: Al llegar a casa dejando el mundo fuera

Si en alguna ocasión he tenido la sensación de ser una voyeur (en el sentido de observar las intimidades de otros que nada tienen que ver con lo erótico festivo) fue viendo Cosas que diría con solo mirarla.
Debo reconocer que llevo varios días pensando en qué escribir sobre esta película y que me muevo por la ciudad, arriba y abajo, con una copia en mi bolso. A día de hoy, no sé por dónde empezar.
Tal vez me he transformado, sin apenas darme cuenta, en un personaje que podría aparecer en esa misma película. Una mujer que llega reventada a su casa y desconecta, de todo y de todos, viendo películas que nadie más quiere ver, que las madura mientras pone la lavadora o el lavaplatos y las escribe en una servilleta de papel de una cafetería cualquiera mientras piensa si debería someterse a un chequeo médico o deja que la naturaleza haga su faena, si visita a un abogado o a un psiquiatra, si lleva a sus hijos de colonias o los deja encerrados en su casa durante semanas, si asesinar a su jefe o  aumentar las filas del paro.  Cosas tan sencillas, como esas, que construyen la vida de la gente corriente.
Transformar lo cotidiano, lo normal o las cosas pequeñas en algo enorme, alejado de los grandes “conceptos”, es lo que ha conseguido Rodrigo García con su opera prima.
Cinco historias de mujeres, unidas por sentimientos de soledad y tristeza y por el barrio en el que discurre la acción. Cinco historias (que tienen un principio y un final) con momentos concretos de la vida de unas mujeres que las transformará, no sé si a mejor o a peor, pero que en todo caso las colocará en un universo que a partir de ese momento va a ser distinto.
No nos mostraran grandes acontecimientos, todo parece muy cotidiano pero es que, en realidad, nada lo es.

En un barrio de Los Ángeles, el Valle de San Fernando, un grupo de mujeres está reordenando sus vidas. Una doctora (Glenn Close) una frialdad aparente como coraza ante una inseguridad afectiva vital. Una solitaria detective de policía busca pistas sobre una tragedia junto a su ególatra hermana ciega (Cameron Díaz). Una madre soltera se siente profundamente atraída por un nuevo vecino del barrio, un hombre nada común. Una directora de banco (Holly Hunter) descubre que está embarazada después de una historia con un hombre casado y tratará su aborto como si de una cuestión de negocios más, hasta que llega el derrumbe. Una pitonisa (Calista Flockahart) que cuida de su pareja que sufre una enfermedad irreversible y reviven a base de relatar su amor.
Creo que una buena película, además de los artificios técnicos, precisa tener algo que contar y que quien nos lo cuente sepa hacerlo. El elenco de actrices que protagonizan esta película no puede ser más variopinto: Glenn Close, Cameron Díaz, Calista Flockahart, Valeria Golino, Elpidia Carrillo, Amy Brenneman, Holly Hunter, pero,a pesar de ser muchas y distintas, desde luego lo bordan. Una fotografía calida, cercana. Una banda sonora (Ed Sheamur)  que acompaña a lo íntimo, estupenda.
Una serie de historias cruzadas, donde los personajes se encadenan unos a los otros a través de sus vivencias, consiguiendo con ello un todo global que da sentido, a su vez, a las historias de cada una de sus protagonistas. Donde las víctimas de unas vidas se convierten en verdugos de las que tienen a su lado.
Una película que consigue contarnos muchas cosas, todas a través de gestos menudos, pequeños sucesos.
No a todo el mundo le gustará, pero ahí radica precisamente su secreto, en las cosas corriente, las que nos pasan todos y en conseguir, a través de todo ello, tocarnos de lleno.
© Del Texto: Anita Noire


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mar 16 2010

Entre algodones. El piano.

A mediados del siglo XIX, Ada (Holly Hunter), una mujer diminuta enfundada en una rígida indumentaria victoriana llega en barco desde Escocia con su pequeña hija Flora (Anna Paquin), sus pertenencias, y un piano a una playa de Nueva Zelanda. Ada decidió dejar de hablar a los seis años. Se comunica a través de un cuaderno de notas que lleva colgado del cuello y de Flora, que interpreta sus signos. Ada espera toda la noche en la playa la llegada de Alisdair, (Sam Neil) un hombre al que no conoce y con el que se ha casado por poderes en un matrimonio arreglado. Alisdair la escruta con cierto reparo antes de conducirla a la casa en que convivirán como marido y mujer y de ordenar el abandono del piano en la playa porque considera inviable su transporte. Ada es una mujer que no se doblega. Acude a la casa de George, un blanco semisalvaje integrado en la cultura maorí, (Harvey Keitel) y le pide que le acompañe hasta la playa donde desembarcaron. De mala gana, George accede a su petición y cuando llegan, Ada toca introduciendo sus manos en el teclado a través de los listones de madera de la caja que lo contiene mientras Flora baila en la orilla. George da vueltas alrededor. Al anochecer, madre e hija emprenden el camino de regreso. George las sigue a distancia y lo hace pisando sobre sus huellas.


George es ignorante y analfabeto, pero no ha salido indemne de la escena de la playa. Ha sabido percibir el microuniverso de Ada, su emoción, la expresión de sus sentimientos a través de la música que toca y le cede 80 acres de tierra a Alisdair a cambio del piano. Seguramente intuye de forma irracional que poseyendo el piano, poseerá el alma de Ada. Sin embargo, George no puede hacer nada con él. No sabe tocarlo. El trueque con Alisdair incluye las clases de Ada. En la primera clase George le dice que no quiere aprender. Sólo quiere escuchar. La escucha. La observa. Pronto le propone un trato: le devolverá su piano tecla a tecla, una por cada visita en la que mientras ella toque el piano, él pueda tocarla.
El Piano es un regalo del cine para guardar entre algodones y acariciarlo de vez en cuando: dramatismo, lirismo, erotismo, guión, interpretación, personajes, fotografía, música. Poco más podemos pedir. Nos regala además una historia de amor, celos y deseo que si bien desencadena una tragedia, es de una belleza y una plasticidad extraordinaria mientras se desarrolla. Los desnudos de Harvey Keitel y Holly Hunter son probablemente lo más artístico que he visto en cine. El Piano nos muestra cómo viven la enfermedad del deseo tres personajes distintos desde tres posiciones distintas: Alisdair, Ada y George. Me quedo con el de George.
El deseo es el anhelo afectivo de saciar una apetencia y con frecuencia se nos muestra como un estado de exaltación, de pérdida de control, de desenfreno, de aceleramiento. Es cierto que todo lo anterior son manifestaciones habituales de la enfermedad del deseo. Pero en El Piano, el deseo de George se nos muestra como un estado de postración. George no intenta ni siquiera aliviar su sufrimiento. Cae en el mutismo, la inhibición. No puede dormir, no puede comer. Su melancolía es el resultado de una enfermedad sobrevenida por causa de una pasión que sabe que va a destruir su salud y su alma. Y lo acepta sin aspavientos.
Personalmente, El Piano me regala una escena para guardar para siempre en la memoria: la escena final, la escena más luminosa de toda la película que deja ver apenas una parte del porche de una casa de madera blanca que se intuye junto al mar, en la que Ada, cubierto el rostro por un velo, y con un dedo de metal aprende a hablar mientras Georges la observa y juega con ella. Se tocan. Ada sonríe.
¿Será que debemos pasar por una mutilación para encontrar la felicidad?
© Del Texto: pyyk

Diane Schuur & B. B. King – You Don´t Know Me