mar 24 2013

Un hombre serio: Preguntas sin respuestas

La vida está llena de incógnitas. Y nadie las puede desvelar. De eso es de lo que habla Un hombre serio de los hermanos Coen. Pero, además, invita a no intentar encontrar soluciones, a no formular preguntas que nos dejen dentro de una espiral incómoda o inútil. Aquí, se trata de vivir, de vivir lo mejor que se pueda y, luego, ya veremos qué pasa. Porque, entre otras cosas, intentar salirse del camino, intentar tomar atajos, puede llevar a la ruina más absoluta.
Con esta propuesta, los hermanos Coen, presentan un trabajo que, a muchos, puede parecer extraño, que a otros les someterá a realizar un ejercicio de fe buscando el sentido o imaginando que está oculto en algún punto del metraje, que a muchos les provocará tener dudas sobre lo que les han contado.
La película es extraña porque no es más que una broma. Puede gustar o no. Pero eso es lo que es. Todo se mira desde el prisma de la sobreactuación, desde el de la exageración, desde la ironía. En definitiva, desde extremos diferentes que obligan a interpretar, a colocar cada pieza en el lugar correspondiente.
La película tiene un sentido muy claro. Casi nada tiene sentido; todas las cosas pueden ser modificadas en un instante y su sentido también. En la vida las preguntas deben ser las justas, las que no provoquen otras que se conviertan en una trampa.
El arranque de la película contiene un corto delicioso en el que, como en todos los buenos relatos, se fijan las reglas del juego. Todo, sea lo que sea, contiene una simbología. Y el símbolo es eso que sin ser visto hace que veamos lo que vemos. La cáscara de la realidad es lo de menos. Lo que está detrás es, o debe ser, el motivo de nuevas preguntas, pero sabiendo que las contestaciones no llegarán fácilmente.
Las dudas sobre Un hombre serio llegan desde el principio. Aunque es al final cuando, con un par de secuencias inquietantes, todo se cubre de una duda total sobre la percepción de la realidad, sobre la ficción, sobre la libertad del ser humano, sobre el poder de la religión y el silencio de Dios.
Un hombre serio es una película estupenda. La puesta en escena, el vestuario, el maquillaje y la peluquería, son una muestra del perfeccionismo más gratificante con el que se puede hacer cine. Las interpretaciones de Michael Stuhlbarg, Fred Melamed y Sari Lennick, sobre todo, son de alto nivel. Los hermanos Coen sacan el máximo partido a su reparto. La música está perfectamente elegida. Y la estructura narrativa; en la que conviven sueño, consciencia y cientos de posibilidades en el desarrollo; está construida con inteligencia y astucia. Los personajes se construyen con solvencia (los secundarios, los que participan en las subtramas, son caricaturas cercanas al surrealismo) y crecen sin que los guionistas parezcan tener una sola duda del camino que hay que seguir en cada caso. Crecen mucho y bien. Son personajes que creen poder vivir soportados por la palabra aunque descubren, antes o después, que las palabras están vacías. Es significativo que se eligen discursos de contenido religioso para hacer esta idea más verosímil.
Todo el universo dibujado por los hermanos Coen es mezcla de sueño y consciencia; todo se mezcla, se convierte en un problema irresoluble que perciben los personajes como nebulosas sin sentido, lejanas e innecesarias. Los únicos que pueden ser felices son los jóvenes y los niños. Quieren ver su canal de televisión preferido o ir a una fiesta. Eso y sólo eso. Nada de preguntas.
Casi al final de la película, un rabino dice a un muchacho lo siguiente: Cuando la verdad resulta ser mentira y la esperanza muere en tu interior, entonces ¿qué? Sé buen chico. Este podría ser el resumen de toda la propuesta. Y no parece que sea poca cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


oct 24 2012

El gran Lebowski: Mierda

Si es verdad que la vida es una mierda y si es verdad que estamos de paso en este mundo y nada más, el ministro de cultura debería considerar (seriamente) la posibilidad de hacer obligatoria una nueva asignatura. Los planes de estudio se deberían reducir a eso. Una asignatura única.

Propongo que se llame “Esto es una mierda, yo soy una mierda, y tú lo eres también” o “Vivo en un mundo de mierda, pero no pasa nada porque es lo que hay y no merece la pena quejarse” o “No disfraces este mundo de mierda con ropa de marca de mierda porque no te libras ni de coña”. Nada de libro de texto. Que va. La segunda propuesta es que el alumno se siente tranquilamente, vestido como le dé la gana y, si es su deseo, sin ducharse. Que parezca una auténtica mierda (él). Tercera y última propuesta: ver la película El gran Lebowski tantas veces como sea necesario hasta que entienda lo que le están contando.

Con todo esto garantizaríamos que el alumno aprendiera a tomarse las cosas con tranquilidad, con humor y con la perspectiva de lo efímero (lo estoy diciendo completamente en serio).

Jeff Bridges y John Goodman son los protagonistas de esta película. El primero está muy bien en su papel. Goodman, sencillamente, inolvidable. La trama es una delicia. Los hermanos Coen deberían ser canonizados. Ah, y la señora Julianne Moore una cosa fuera de lo normal. Nunca pensé que podría gustarme una pelirroja.

Quiero ser un tirado como Lebowski, quiero ver las cosas como las ve él, quiero que me importe todo una enorme y maravillosa mierda. Y quiero que mis hijos estudien una asignatura, una sola, que podría llamarse (también) “Bah, si la voy a palmar antes o después, paso de preocuparme, joder”. Y ya está. Si les parece poco lo que digo pidan a la señora Noire que escriba su propio artículo. Yo, ahora mismo, fumando droga y bebiendo, no doy para más. Y, la verdad, me importa un huevo lo que piensen de mí. Qué genial esto del gran Lebowski.

© Del Texto: Nirek Sabal

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feb 28 2011

Valor de Ley: Generaciones venideras

‘’Huye el impío sin que nadie lo persiga’’
Proverbios, 28:1

Si hay un tema que me llama poderosamente la atención en el cine más moderno es el recurrente al tema de la herencia; con esto quiero decir lo que le dejamos a las generaciones venideras, no el sentido estricto y frívolo de la palabra que no es más que repartir tus posesiones; me refiero a qué valores y principios les concedemos, qué mundo les traspasamos, cómo nuestras acciones repercutirán más tarde en los jóvenes, causas y consecuencias entre personas de distinta edad, sexo y raza. Desde 12 hombres sin piedad a ésta Valor de ley, hay un sinfín de títulos como El padrino, La caída de los dioses, Taxi driver, El imperio contraataca, Jóvenes ocultos, Un dia de furia, Magnolia, Los Tenenbaums, Pozos de ambición, The road, No es país para viejos o Un tipo serio, e incluso propuestas tan singulares como Tron Legacy tratan de lo que hablo. Estamos en unos tiempos agitados de muchos cambios, con crisis incluida y los hermanos Coen, como hacen últimamente con su cine, no iban a faltar  cada año para aportar su granito de arena y su particular visión del mundo que nos rodea, y de lo que nos espera, no a nosotros sino a los que vienen después. Y esta vez, de la fuente de la que bebían en sus anteriores producciones pero cuyo género no han abordado hasta hoy: el Western.

No voy a hablar aquí de la novela de Charles Portis, ni tampoco de la anterior versión cinematográfica romántica e idealizada protagonizada por John Wayne (cuyo film le dio un Oscar), una versión completamente desfasada en cuanto a la época, 1969, en pleno auge del spaguetti western. No voy a comparar nada de lo anterior con la visión de los hermanos Coen, porque ya ellos solos se diferencian del resto en cuanto a su mensaje.
El argumento nos sitúa en los ojos de una niña de catorce años llamada Mattie Ross que acude a ver el cadáver de su padre listo para enterramiento. Un padre asesinado por un desconocido llamado Tom Cheaney; un padre al que no vemos morir y que tan sólo vemos en el suelo, en la oscuridad de la noche, un cadáver como primer plano del relato y una voz en off narradora de los hechos como si de un recuerdo lejano se tratara. De este modo, una niña motivada por un temprano deseo de venganza, asistirá durante todo el relato a la consecución de un cadáver tras otro, como un eco irrepetible que le marcará de por vida hasta el final de sus días. Con la ayuda de un viejo alguacil y cazarrecompensas despiadado, tozudo y borracho como Rooster Cogburn, y un joven parlanchín y amanerado ranger de Texas llamado LaBeouf, la niña se embarcará en toda una aventura donde atravesará la frontera entre el mundo civilizado y el salvaje, entre la inocencia y la madurez. Un film que retrata tres generaciones distintas a través de sus tres personajes principales y cómo sus relaciones interpersonales afectan más de lo que ellos mismos creen, para madurar o no, para fracaso de unos y éxito de otros. Para ser, y no sólo existir.

Un western crepuscular tocado por obra y gracia de estos dos hermanos cineastas que últimamente nos están regalando maravillas, con su toque de humor negro, y esa sutil intervención de personajes extraños en un momento dado del film (como ocurre aquí con un hombre forrado con la piel de oso, de voz grave y tonos guturales que usa los cadáveres para hacer negocio con ellos, un hombre que representa la naturaleza, un ente que se lleva lo que dejamos atrás), así como la representación de una violencia sin concesiones de ningún tipo, vista como algo humano, atroz, pero sin caer en efectismos. Técnicamente envidiable, con una fotografía del archiconocido Roger Deakins (en su carrera artística están películas como Cadena Perpetua, Kundun, El Bosque o prácticamente todas las de los Coen, por poner ejemplos) que usa tonos fríos y grises, donde priman  los paisajes dramáticos, nevados, secos y nocturnos, sustentado por lo que se cuenta en todo momento en pantalla: el proceso de madurez de una niña inocente ante un mundo cruel. Una música compuesta, cómo no, por el indiscutible de los hermanos, Carter Burwell, cuya melodía evoca a un cuento, una fantasía donde los héroes son borrachuzos pistoleros y los malos son gente con ciertos principios, aparentemente. Y unas interpretaciones magníficas, sobretodo de la niña, la actriz Hailee Steinfeld , apoyada por tres grandes de ahora: Jeff Bridges, Matt Damon y Josh Brolin. Recomendada verla en V.O.S., más que nada por el tono de las voces roncas y alcohólicas de los personajes, que vienen a dar aún más esa impresión de que todo ha sido medido hasta el último milímetro, esto es, una representación histórica sublime, a nivel de decorados, vestuario y caracterización, así como el modo de hablar. No es de extrañar que los directores se hayan documentado a través de fotografías de la época, tal y como demuestran en la escena donde vemos a Rooster Cogburn por primera vez, en un juicio, la manera de estar, los gestos y posturas del público y el jurado evocan lo que acabo de decir.

Una película que en sí es todo un pony, término apropiado en la jerga de guionistas para introducir un flashback que evoca traumas de un pasado o de la misma infancia, y que los Coen utilizan como un recurso irónico durante todo el relato (como se deja ver en un momento dado, cuando la niña va al establo a recoger su pony recién comprado, llamado Negrito). Sin duda es una obra oscura, difícil de digerir para muchos y que para otros será incomprendida (como la mayoría de la carrera de los Coen), sutil y extraña, con una estructura narrativa fuera de lo que llamamos normal que logra desconcertar, pero que tiene su propio porqué; pero a la vez recupera en parte ese tono clásico de los western hollywoodienses, con unos diálogos maravillosos, y una perfecta construcción de personajes que logran dotar de vida a un relato que bien podría haberse condenado al fracaso. Sin más, me despido de vosotros con una palabras del predicador Harry Powell, de La noche del cazador y que resume lo que vamos dejando a las generaciones venideras:

‘’ La Biblia está llena de asesinatos’’


© Del Texto: Gwynplaine Thor

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