jun 10 2012

Alrededor de la medianoche: Alrededor de la buena música


¿Le gusta el jazz? ¿Le gusta el cine? Si ha contestado sí a todo, eche un vistazo a la película Alrededor de la medianoche. Si duda al contestar, mejor ni lo intente.
El director Bertrand Tavernier intenta (sin exceptuar una sola escena de la película) que la música de Herbie Hancock evoque la secuencia que acompaña. Lo simbólico de la imagen, su significado más íntimo. Y que cada imagen dibuje el sonido trazando contornos de lo que se ve, o no, desde la música. En esta película, la música se funde con la imagen sin enseñar fisuras.
Otra cosa es que guste más o menos. Es lenta y los actores (en su mayoría) son músicos. Por ejemplo, el gran Dexter Gordon interpreta el papel de un músico en horas bajas (Dale Turner, protagonistas de la trama) y, desde el principio, el espectador sabe que se interpreta a sí mismo. La música como única posibilidad de entender el mundo; Turner como única posibilidad de entenderse a sí mismo. Esto hace de la película una cosa rarita. Extraña. Pero, al mismo tiempo, deliciosa, entrañable y muy acogedora.

Por la pantalla desfilan contrabajistas (el gran Ron Carter), guitarristas (el no menos grande John McLauughlin) o el mismísimo Martin Scorsese en un papel menor. Y una niña (Gabrielle Haker) que luce una sonrisa de la que entre fusas puedes quedarte prendado por siempre jamás.
Dale llega a París y entabla una extraña amistad con un dibujante (François Cluzet). Este cree estar en deuda con el saxofonista porque ha sobrevivido a un desastre personal gracias a su música. Cuida de él para compartir un nuevo rumbo en su vida. Turner, bebedor y perdedor incansable, terminará ocupando el lugar que él cree tener reservado para poder seguir siendo.
Aunque sólo fuera por cerrar los ojos y escuchar, volvería a sentarme delante de una pantalla de cine en la que pudiera verse Alrededor de la medianoche.
© Del Texto: Nirek Sabal


oct 3 2011

La mujer infiel: lo obligatorio de tener un amante

Claude Chabrol, el mayor especialista en dramas psicológicos dentro de la burguesía francesa, deja otra vez al descubierto la corrupción y la mentira que rigen en dicha clase social, la suya, contándonos la historia de una infidelidad dentro de un matrimonio aparentemente ejemplar que se ocupa de cargarse la protagonista, interpretada magistralmente, por la mayor especialista en burguesas inmorales y fraudulentas de Francia: Stéphane Audran, mi preferida entre las libertinas acomodadas.
El simulacro de matrimonio que forman los protagonistas es representado desde un principio por el juguete de su hijo: un rompecabezas de cartón al que le falta una pieza y que sólo aparece al final de la película, cuando ya es demasiado tarde para correcciones.
El retrato que aquí se hace de un matrimonio burgués no es más que el de una mujer acomodada y ociosa, aburrida de un marido gris y encaprichada de cualquier amante novedoso, posiblemente igual de gris que el marido, con el solo atractivo que produce el anonimato y la aventura de lo desconocido. Y es que los tres personajes, esposa, marido y amante, resultan iguales de soporíferos y glaciales, dando la impresión de que los amantes fuesen un elemento indispensable en la vida conyugal, más por ser un hábito obligado dentro de su estrato social que por placeres sexuales o sentimentales. En definitiva, una atmósfera de retraimiento e incomunicación, sigilo y secretismo que provocan un clima de tensión e intriga psicológica perfecto.
Es evidente que la infidelidad no es el tema principal de la película, sino la herramienta de que se sirve Chabrol para retratarnos de nuevo su premisa preferida: la artificiosidad, la vanidad y los convencionalismos característicos de una burguesía caduca y mentirosa, de igual modo que se sirvió de la codicia y el abuso de poder en Las ciervas, que sirve de guiño en esta película dónde, de forma azarosa, aparece anunciada en la puerta de un cine mientras se pasea en coche el protagonista con un cadáver en el maletero.
Stéphane Audran vuelve a ser perfecta. Sus tocados y recogidos, joyas y complementos, poses y exhalaciones de humo.
Claro que, si tanta es la necesidad de aventura y frenesí, si tan insufrible y doloroso el aburrimiento y la contención, sería más perfecto todavía dejarse de intrigas y embrollos, inhalar y exhalar profundamente, viajar a un país lejano, beberse unos cuantos de litros de Bloody Mary y luego divorciarse, que tampoco es tan caro, y vivir como a uno le de la gana, que tampoco está tan mal visto, antes de que a sus rompecabezas de cartón no haya manera de encajarles la última pieza. Suele pasar.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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jul 22 2011

Cuento de invierno: Las ganas de encontrar

En el 99 me casé y adopté a un perro. Era un lunes de noviembre alrededor de la una de la tarde, sin anillos, invitados ni fotógrafos. Inmediatamente después, todavía vestidos de boda, hacíamos la compra en el supermercado más cochambroso de la zona. Cinco años más tarde, tras un traumático interrogatorio con la guardia civil, yo celebraba mi divorcio en los juzgados de viapol emborrachándome con mi, ya, ex marido y nuestro abogado en un cervecería cercana. Yo quería otra cosa.
En esa época yo leía a Herman Hesse y coleccionaba todas sus frases. Había una entre todas ellas, en la que creí firmemente toda mi vida, que decía que las cosas sólo ocurren si se desean con todas las fuerzas.
Muchas veces intento recordar en qué justo momento me percaté de que me había equivocado de dirección. En que momento decidí qué cosa quería y a desearla con todas mis fuerzas. Cuando intento regresar a ese tiempo y a ese lugar, me encuentro siempre con el mismo banco de niebla dónde pierdo la vista, y, hasta la memoria, intentando atisbar aquella circunvalación secreta que me dejó, años más tarde, en mi preciado destino. Imposible distinguirla.
Pero aquella circunvalación tenía una serie de encrucijadas, todas ellas muy parecidas entre sí, y yo, que sólo sabía que quería otra cosa, mi cosa, y que no contaba con brújula ni veleta, volaba a capricho del viento de un extremo a otro, sin arneses ni paracaídas.
Pasaron siglos hasta que conseguí pisar tierra firme. Pero ni el tiempo ni las brújulas me dieron jamás pista alguna del qué, cómo y dónde de mi otra cosa. Porque de esas cosas ni siquiera podemos contar con su existencia.
Todo sucedió una noche de enero, bajo una terrible tempestad, cuando me quedé encerrada dentro de una cabina telefónica rodeada de naranjos, y, cuando al borde de la desesperación, sufrí un cruce de líneas al intentar felicitar a mi madre en su 76 cumpleaños.
Se presentó con forma de espía en helicóptero, gabardina beige y vino francés en el bolsillo. Sobrevolé , dentro de la cabina, varios edificios en demolición hasta aterrizar en mi azotea. Pasé toda la madrugada y las 5.000 siguientes hablando en ese cruce de líneas delicioso que llevaba toda la vida esperando y dejé a mi madre al teléfono con un especialista en animales exóticos que ella tanto había buscado para su colección de periquitos.
Estuve a punto, ahora, de escribir al final valió la pena, sin embargo no es así. No es cuestión de que valga la pena, o no, ser persistente. No es eso. Es inevitable, creo yo, intrínseca en la naturaleza humana, esa automática tenacidad mía como la de todos. Cómo tampoco se podría denominar suerte a este tipo de sucesos, porque no lo es.
Creo que Eric Rohmer quiso decir lo mismo que Herman Hesse en su Cuento de invierno y lo mismo que yo he pensado toda mi vida. Creo que el constante estado de espera de Felici por encontrar una cosa llamada Charles corresponde, más que a la suerte, a las ganas de encontrarlo. Las ganas hacen la necesidad y la necesidad la certeza del encuentro. Charles aparece en el autobús como podría haber aparecido en mi cabina de teléfono, en un milagroso cruce de línea.
Y, aunque al final de la película nos preguntemos por el después, ni Rohmer ni Hesse le dieron más importancia, porque ni los cuentos tienen después, ni a los que nos hemos pasado la vida esperando ese fin, nos cabe después alguno. Estos cuentos de finales felices tienen eso, unos créditos rotundos y absolutos dónde, por un momento uno se hace muchas preguntas que acaban olvidadas segundos más tarde. Sólo unos segundos más tarde.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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