may 1 2012

Dos en la carretera: Todo era posible

Hay cosas que marcan un antes y un después. El nacimiento de un hijo, la muerte de un padre, el trabajo que permite realizarte como profesional, un despido, el matrimonio o una separación. Esas son las enormes líneas de llegada o las salidas. Depende. Aunque hay cosas mucho más pequeñas que, del mismo modo, funcionan como especie de bisagra entre un lado y otro. Un beso, la lectura de un poema, acudir a un campo de fútbol o ver una película.
Dos en la carretera (Two for the road) de Stanley Donen es una de esas bisagras que, el que escribe, tiene grabada en la memoria. El cine se convirtió, después de ver la película por primera vez, en una especie de microscopio a través del que se podrían ver los detalles de un mundo que, sin existir salvo en la ficción, completaban el imaginario de alguien que buscaba el camino de la literatura. Un microscopio exacto, chivato, colosal. Eso por un lado. Audrey Hepburn se convirtió, casi en el acto, en la mujer perfecta, en una novia que nunca me dejó. Hubiera hecho cualquier cosa por conocer a esa mujer. Y, claro, no pudo ser. Eso por otro lado. Pero lo más grande,, lo que descubrí con y en esta película fue una forma de narrar. Toda la estructura que yo manejaba por aquel entonces se derrumbó a los dos minutos de proyección. De pronto, todo era posible, desaparecían las barreras, todo podía comenzar a dar vueltas en la cabeza sin que tuviera que salir de allí con un principio, un nudo central y un desenlace. El conflicto se podía presentar desde el final hacia el principio, los personajes evolucionaban a través del diálogo y no al compás de la trama, los clásicos se colocaban en su lugar para iluminar y no para imponer una literatura que estaba en reposo. Contar algo no estaba supeditado a norma alguna. Les garantizo que para alguien que quiere ser escritor y que es tan joven como yo lo era, el mazazo es descomunal.
Dos en la carretera es una película deliciosa. Tanto en su propuesta como en su desarrollo y en su estética. La moda de los años sesenta aparece en todo su esplendor con una modelo de lujo para mostrarla. Esa era la señora Hepburn. Si, además, añadimos una banda sonora exquisita firmada por Henry Mancini, nos enfrentamos a todo un clásico del cine. No el más conocido aunque sí imprescindible.
La propuesta de Donen es el repaso de la vida matrimonial. Lo que significa, lo que puede evolucionar y cómo. Es verdad que roza algunos tópicos aunque, en conjunto, Donen tiende más a lo original. Por el camino del humor ácido y de la inteligencia. El guión de Frederic Raphael es casi perfecto y sabe mezclar lo romántico con lo duro de la vida de una pareja; porque repasa el amor, la inocencia, la alegría, la infidelidad, el desengaño, el aburrimiento o la tristeza más absoluta; con todo lujo de detalles. En ese guión son pocas las frases que podríamos eliminar; todas se acumulan con un propósito claro que no es otro que la evolución de los personajes.
El desarrollo fue, en su momento, más que original. La acción va y viene del presente al pasado sin que esos movimientos en el tiempo sean correlativos. Un objeto (generalmente, un automóvil) es el único nexo entre un momento y otro. Lo único que se presenta como continuo es la carretera que sirve como metáfora de la vida matrimonial. Así, los personajes se construyen desde el pasado para que entendamos el lugar en el que se encuentran. Para ello, Donen utiliza un equipo de peluquería y vestuario formidable. Nos lleva de un sitio a otro, de una edad y madurez de los personajes a otra, de forma creíble. Por otra parte, la fotografía de Christopher Challis es espléndida en general y extraordinaria cuando se centra en la actriz principal. Pocas veces se ha fotografiado a nadie de ese modo tan fino. Como ya he dicho, el remate de la partitura de Mancini es magnífico (nunca he vuelto a escuchar una música tan triste frente a una pantalla) y redondea un producto final inolvidable.
Dos en la carretera es una película honesta. Desde el principio sabemos lo que nos van a contar y las reglas del juego que propone el director. No se trata de narrar lo que pasó. La idea es dar una explicación a lo que ya sabemos desde el primer momento. El matrimonio de Joanna (Audrey Hepburn) y Mark (Albert Finney) está en peligro; tal vez ya no existe aunque los protagonistas no lo sepan. ¿Cómo han llegado a este punto? Sabremos cómo se conocieron, cómo disfrutaron, cómo se distanciaron, cómo se engañaron por sentirse desengañados. Sin un orden temporal sino con el que necesita la narración para que podamos entender. Donen no quiere hacer un ensayo en el que se desarrollen teorías sobre la vida matrimonial. Lo que quiere son almas que tengan que buscar aquí y allí hasta reconstruir el puzzle de su propia vida.
En la película encontramos momentos muy divertidos (el viaje del joven matrimonio junto a una antigua novia de Mark es hilarante); momentos entrañables (ver salir a Joanna desde detrás de una señal de carretera en la que está oculta para confesar a Mark que está totalmente enamorada de él es una escena impagable); momentos duros (la llegada de una hija y el pequeño desastre que supone); todo tipo de situaciones que van de lo divertido a lo grotesco.
Dos en la carretera es una película necesaria. Y es una opción más que buena para ver en familia. Si no lo han hecho ya, corran en busca de una copia. Si la vieron no se nieguen la posibilidad de disfrutar, otra vez, de esos 111 minutos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 30 2012

Días de vino y rosas: Querer ver el mundo bonito

El ser humano está diseñado para sobrevivir. Ante un temor cualquiera tiende a escapar. Pero, cuando intenta escapar del mundo entero, ese instinto de supervivencia se convierte, de pronto, en un arma mortal. El vehículo que más se utiliza es lo que conocemos como drogas y alcohol. Una forma de convertir el mundo en algo que no es.
De esto habla la película de Blake Edwards. Días de vino y rosas. El director, con suma habilidad, encuentra una historia de amor en la que sujetar la trama; unos diálogos de los que se aprovecha hasta el límite; un movimiento de la cámara elegante y discreto; aunque, sobre todo, se da de bruces con dos interpretaciones de calidad extrema. Jack Lemmon se muestra soberbio, contundente. Lee Remick creíble en su evolución como pocas veces se puede ver. Por si no era bastante, utiliza la partitura de un extraordinario Henry Mancini que acompaña y matiza cada escena en la que podemos escuchar la música de este genio.
La película está salpicada de escenas duras que no esconden un sólo artificio narrativo. En ese sentido, Días de vino y rosas es una película valiente que no hace una sola concesión al espectador, que no esconde nada para que aparezca en momentos determinados buscando una redondez en el argumento tan innecesario como cosmético en la mayor parte de las películas. Y salpicada de escenas inolvidables, de diálogos profundos que no se llenan de palabrería. Un ejemplo perfecto es el final de la película. Joe y Kirsten (Lemmon y Remick) se encuentran para explicarse el futuro uno a otro. Ambos quieren llegar al mismo lugar, pero los caminos son diferentes. Al fin y al cabo, ambos quieren lo que todos nosotros deseamos: un mundo agradable, una vida llevadera. Ella se aleja al terminar su discurso camino de la destrucción; camina por una ciudad vacía, oscura, sin vida. Él se queda mirando a través de la ventana en la que se refleja el cartel luminoso de un bar cercano. Sabe que está destruido, condenado a una infelicidad absoluta. Destrucción maquillada con un mundo algo más bonito.
Vestuario y maquillaje ayudan a dibujar un todo creíble. Y la dirección artística es extraordinaria. La evolución de los personajes necesita que todo sea perfecto y los decorados lo son.
Podría parecer que el guión es algo infantil en algunos tramos aunque no es así. Lo grande de esta película llega, precisamente, de ese terreno. No hacen falta grandes excesos para contar lo excesivo, no hace falta mostrar lo más oscuro para saber que allí está. Es a lo que nos tienen acostumbrados hoy en día, pero no es necesario casi nunca.
Días de vino y rosas es una película grande. Enseña una mirada grande. Unos actores enormes. Y un fondo tan incómodo en su inmensidad como cierto en todas sus aristas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 28 2011

El guateque: Risas, pero nada más

¿Puede ser una película más divertida que esta? Creo que no. Las hay parecidas, al mismo nivel, pero más divertida es imposible. Porque está concebida para eso, para hacer reír. Ni más ni menos. Nada de guiones sesudos, ni frases de una inteligencia fuera de lo normal. El Guateque es una sucesión de situaciones completamente disparatadas que arrancan con facilidad una carcajada a cualquiera. El camarero borracho destrozando la fiesta y la paciencia de la anfitriona, es inolvidable. Y el personaje que interpreta Peter Sellers lo mismo.
Hrundi V. Bakshi (Peter Sellers) es un actor indio con muy mala suerte. Todo lo que toca lo destroza. Después de hacer explotar un decorado gracias a su torpeza, es invitado por error a una fiesta en la casa de Fred Cutterbuck (Fay McEnzie) que es el director de los estudios cinematográficos. Llega a la casa y con él el desbarajuste. Cada movimiento se convierte en una situación cómica que se resuelve con algo que provoca un caos mucho mayor. Conoce Bakshi a la chica más guapa de la fiesta (Claudine Longet) y terminan gustándose mientras la dueña de la casa (Kathe Green) se vuelve tarumba, Cutterbuck intenta matar al culpable y todo el personal termina borracho o involucrado en un desastre absoluto. Les aseguro que no hay más. Es así de sencillo. Y, de verdad, muy divertido.
El director fue Blake Edwards. Tal vez sea uno de los realizadores que con menos esfuerzo ha conseguido más apoyo de la crítica y del público. Rodó películas más que sobrevaloradas en una época en la que el espectador quería olvidarse de guerras frías y de los peligros monstruosos que le tocaban vivir. Edwards entregaba entretenimiento y todos lo agradecían. Para ser justo, diré que esta película tiene un poco de eso. Para hacer esta película tomó prestada alguna idea del cine de Jacques Tati con astucia y buscando el apoyo de Peter Sellers. Y los guiños al cine mudo son constantes. Desde un comienzo que es una parodia de una escena muy conocida, al uso de la confusión y el error o la cercanía al cine de Chaplin.
Peter Sellers no defiende su papel con la maestría que lo hace en otras películas. Funciona bien porque el conjunto es lo que es. No exige nada del otro mundo. Incluso, llegado el final, el personaje tiende a difuminarse entre el desastre general en lo que se convierte la trama. Pero no está mal. El resto del reparto si está algo más exagerado en sus papeles. Por la misma razón: el conjunto es lo que es y conviene marcar bien el objetivo aunque sea a base de exagerar algunos aspectos. Insisto en que la película no busca otra como que no sea la diversión del espectador.
La música de Henry Mancini, como de costumbre, bien.
Hay algunos detalles que dicen mucho de este tipo de cine. Por ejemplo, aparece un elefante por allí y nuestro protagonista dice que es el símbolo de la India. No lo es. Es el pavo real. Nadie debió pensar en ello o les daba igual. Otro ejemplo. Parece que una pareja es algo inevitable es estas películas. Pues nada, se mete con calzador acompañando la cosa de un final algo estúpido y estereotipado. En fin, que nadie piense que va a ver un peliculón. Eso sí, se partirá de risa.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 15 2010

Días de vino y rosas. Inolvidables (5)

Blacke Edwards y Henry Mancini, una combinación explosiva en el mundo del cine. Han sido muchas las ocasiones en las que el tándem Edwards-Mancini se ha puesto en marcha (La pantera rosa, entre otras) y, sin embargo, procurando no menospreciar ninguna de las obras que ambos genios han realizado, me quedo con Días de vino y rosas. Un clásico entre los clásicos del cine dramático. Premiada hasta la saciedad: Oscar a la mejor Canción, Golden Laurel en la categoría de Drama, mejor actriz y actor dramático, premio Concha de Plata del Festival Internacional de Cine de San Sebastian, entre otros.
Que la vida es pendular, que los seres humanos vamos de un extremo a otro en determinados momentos de nuestra vida, no es ninguna novedad; que perderse en la ínfima línea que separa la felicidad desmedida de los infiernos más profundos arrastrados por la poderosa fuerza del amor enfermizo, es una realidad tan cierta como que la tierra es redonda.
Días de vino y rosas muestra en la pantalla todo eso. Y nos lo muestra desde la apasionada interpretación que Jack Lemmon (Joe Clay) y  Lee Remick (Kristen Arnese) hacen de sus respectivos personajes. Si alguien ha vivido de cerca el horror de las relaciones dependientes, del infierno de la vida mediatizada por el color de la última botella que tomó, del desconocer donde amanecerá al siguiente día de terror a base de resacas insoportables, comprenderá  que esta y no otra es una de las mejores películas que nos muestran estos infiernos personales.
Joe Clay, un representante de vida chisposa y sumida en el alcohol, conoce a la joven y anodina Kristen Anersen. Se enamoran perdidamente. El matrimonio y la convivencia presidida por los apasionados momentos que el amor les proporciona combinados con el horror más espantoso al que el alcohol les arrastra, convertirán su vida en un infierno de infelicidad. Anersen, inicialmente reacia a sucumbir a los paraísos artificiales se verá arrastrada por Clay, perdiéndose definitivamente en un mundo inexistente con olor a ginebra. Nada podrá recuperarla.
He visto pocas interpretaciones tan veraces como las de estos dos actores. ¿Es posible pasar de la alegría desmedida y artificial, a las ganas de morirse y terminar con todo, vivir en el terror más absoluto del qué pasará mañana? Pues lo es, en cine todo es posible, pero estos tránsitos vitales sólo pueden reflejarse en una cinta de cine cuando para contarlos se cuenta con un actor como Jack Lemmon. La interpretación de este genial actor, que es capaz de hacernos desternillar de la risa (Con faldas y a lo loco) a sumirnos en un estado de shock (Días de vino y rosas), creo que difícilmente va a ser superada. Recuerdo una escena brutal de la película en la que Jack Lemmon grita bajo la lluvia completamente enloquecido. Creo que esa escena se me grabó en la cabeza la primera vez que la vi y nunca más la he olvidado. Un amor desgarrado, enfermo, remojado en litros de ginebra.
Días de vino y rosas nos sitúa al borde del abismo, para que nos asomemos con cuidado, nos horroricemos con el infierno de otros y volvamos a nuestra realidad mirando de reojo a nuestro lado.
No se la pierdan, estamos ante una de las películas que podemos calificar de grandiosas.
© Del Texto: Anita Noire

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feb 21 2010

Ver y oír. Desayuno en Tiffany´s

Vi la película hace muchos años, quizás yo tenía 9 ó 10. Desconocía que era la adaptación de una obra de Truman Capote. Sólo sabía que aparecía Audrey Hepburn, una auténtica Diosa de la elegancia, por la que los varones de mi casa sentían especial debilidad. Ignoraba quien era Capote y la historia real que detrás de esta encantadora película se escondía. Tener hermanos mayores, mucho más mayores que uno, te permite tener acceso a libros, películas y música más pronto que a otros. Puedo decir que en aquel momento sólo me llamaba poderosamente la atención lo bonito que era todo y lo gracioso que resultaba, las aparentemente despistadas vidas de sus protagonistas.
Sin embargo, con la perspectiva del tiempo, creo que “Desayuno con diamantes”, podría compararse a degustar una enorme nube de algodón de azúcar a la que vamos arrancando pequeños trozos de esponjosa masa, para colocarlos delicadamente en la boca, esperando que se fundan y nos deje un delicioso sabor. Pero eso sería como quedarnos en la superficie de la película. En el “ver”, pero no en el “oír”.
Escuchar los diálogos que se mantienen en “Desayuno con diamantes” no puede más que dejarnos el regusto de la sacarina, ese edulcorante artificial que disfraza la existencia de una realidad totalmente amarga. Una amargura permanente en la vida de los dos protagonistas, Holly y Paul, disfrazada de bonito.
Pero los tintes de color, la belleza de los elementos, la estética del lujo (el antifaz turquesa que la protagonista luce en las primeras escenas, unos tapones para los oídos con diminutas borlas como las que recogen las cortinas, una camisa que debería acompañar un smoking utilizada como camisón), unos vestidos espectaculares diseñados por Givenchy, la permanente y serena belleza de Holly y unos decorados que no nos trasportan a ningún lugar en concreto más allá de la Quinta Avenida o de un apartamento desvencijado; hacen que la descarnada vida de sus personajes pase totalmente desapercibida, mostrándonos una cara totalmente alejada de la historia de dos perdedores y mucho más amable de la que podía ser su realidad.
La contraposición entre lo bello exterior y lo sórdido interior.
Y es que de esta película me quedo con aquel momento en el Holly dice: “Los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe por qué…, pero, cuando me pasa, lo único que me va bien es coger un taxi e irme a Tiffany´s. Me calma enseguida la tranquilidad y el aspecto lujoso que tiene, nada malo podría ocurrirme allí. Si pudiera hallar algún sitio en que me encontrara el sosiego que se respira en Tiffany´s entonces compraría algunos muebles y bautizaría al gato”.
Esto y no otra cosa es lo que define la esencia de la película. Estéticamente bella, intrínsecamente dura.

“Desayuno con diamantes”, traducida inicialmente al castellano como “Desayuno en Tiffany´s” es una película dirigida, en 1961,por Blake Edwards y protagonizada por Audrey Hepburn y George Peppard. Interviene un buen elenco de actores secundarios, entre ellos, Mickey Rooney, Patricia Neal, Martin Balsam, y José Luis de Vilallonga. La película es una adaptación libre de la novela del mismo título escrita por Truman Capote. La banda sonora fue compuesta por Henry Mancini, destacando la famosa canción Moon River. La película fue ganadora de dos premios Oscar en 1961. Uno a la Mejor banda sonora. El otro a la mejor canción.


El argumento de la película es conocido por todo el mundo. La historia de Holly Golightly (Audrey Hepburn), una mujer joven, bella, encantadora y aparentemente sofisticada, que vive en la ciudad de Nueva York. Su objetivo, encontrar a un hombre rico que la mantenga. Para ello pasará las noches de fiesta en fiesta. Holly sobrevive aprovechando su estilo encantador para obtener, de sus ocasionales amigos, algunas cantidades de dinero. En su camino se cruza Paul Varjak, un escritor que, mientras espera alcanzar un éxito que nunca llega, vive de la relación con una mujer madura que le mantiene. En ambos casos, se esconde un pasado triste y una realidad expectante tras unas vidas aparentemente frívolas. El mayor interés de Holly es “Tiffany’s”, la tienda de joyas de la Quinta Avenida, a la que no puede acceder por falta de medios. Paul es un escritor que sólo ha publicado un libro y que ni siquiera tiene dinero para poner una cinta de tinta a su máquina de escribir.
© Del Texto: Anita Noire