ene 21 2014

Lo duelistas: La magnífica semiolvidada

Los duelistas es una de las mejores películas de Ridley Scott y, al mismo tiempo, un de las menos recordadas, Es curioso que esto sea así cuando, junto con Alien y Blade Runner, este trabajo es el mejor del director.
Los duelistas es una adaptación de la novela de Joseph Conrad. El guión fue firmado por Gerald Vaughan-Hughes y es muy fiel al texto original. Los añadidos son menores. Lo que nos cuentan es la relación entre dos militares, Feraud y D’Hubert, que se baten en duelo a lo largo de su vida en varias ocasiones. Por distintas razones van sobreviviendo a cada encuentro; duelos que se desarrollan de forma distinta. A caballo, a espada, breves, sangrientos. Durante el desarrollo de la trama comprobamos que, en realidad, lo que nos van contando es cómo conviven y salen adelante dos formas de vida. Lo duro, belicoso, descortés y primitivo de Feraud se enfrenta a la clase aristocrática, a la calma, a la cultura exquisita de D’Hubert. Aunque, a decir verdad, dado que el punto de vista utilizado es el de D’Hubert, el carácter y la psicología de Feraud queda algo desdibujado.
Ridley Scott, influenciado (sin duda) por la película de Stanley Kubrick, Barry Lyndon, busca encuadres con distintas iluminaciones que nos enseñen algo parecido a lo que son los lienzos de la época romántica. Esa iluminación, lógicamente, naturalista, toma especial relevancia con el uso de velas y sombras en interiores. Los exteriores repiten una idea que desde el principio, Scott, quiere hacer llegar: cómo es la relación entre los protagonistas. El fotógrafo Frank Tidy hace un trabajo espléndido.
Los personajes protagonistas son encarnados por Harvey Keitel (llegaba de un intento fallido por interpretar el papel principal en Apocalypse Now) y Keith Carradine. Ambos están muy bien dirigidos y consiguen una actuación sobresaliente.
Los duelistas es una excelente muestra del cine que se filmaba en esa época (1977) y está a la altura de las mejores películas de Scott. No dejen de prestar especial atención a cómo el director va utilizando a los personajes femeninos para que las personalidades de los duelistas vaya dibujándose con coherencia. Eso y un montaje que va en busca de lo mismo, son aspectos especialmente interesantes.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 23 2012

La zona gris: El precio de las personas

El ser humano no conoce sus límites. Los puede imaginar aunque siempre desde el peligro que supone la equivocación absoluta.
La zona gris es una película que explora esa zona tan desconocida para el ser humano. Puede parecer un disparate, pero si algo está fuera de control son los límites que podemos llegar a cruzar.
El realizador Tim Blake Nelson consigue entregar un producto bien estructurado que no quiere dejar cabos sueltos. La zona más oscura del ser humano existe y puede aparecer en cualquier momento o lugar; hay que mirar a la cara del mal para saber con qué nos enfrentamos; nadie está al margen de la maldad porque todos tenemos un precio. La novela del Dr. Miklos Nyiszli sirve de arranque para que Tim Blake Nelson escriba el guión de una de las películas más difíciles de ver que se recuerdan. Porque eso que cuenta ocurrió, porque eso que cuenta no se evitó por muchas personas que conocían la verdad de lo que sucedía en los campos de concentración alemanes, porque las respuestas a las preguntas que se formulan asustan.
Los sonderkommanders eran los judíos encargados (en el campo de exterminio alemán de Auschwitz-Birkenau) de hacer entrar a miles de personas en la cámara de gas, arrancarles los dientes de oro, despojarles de todo lo valioso, cortarles el pelo después de muertos, introducirles en un horno y tirar sus cenizas a un río. A cambio, esos judíos recibían comida, cierto trato de privilegio y una muerte un poco más allá de la fecha prevista. El penúltimo de esos sonderkommanders es en el que se centra la trama. Porque cuando sus integrantes saben que su propia muerte está próxima deciden rebelarse.
El color azul y gris predomina en todo el metraje. Tan sólo aparece un color vivo cuando la esperanza es cierta. Es decir, cuando llega la muerte. Un enfoque duro y catastrofista que permite tener al espectador un pequeño margen de maniobra ante lo que ve. Muy pequeño. La música multiplica este efecto de forma colosal. La escena en la que los judíos llegados en tren deben entrar en la cámara de gas mientras una orquesta formada por otros judíos (lo que queda de ellos) ameniza la acción es espeluznante. Y si falta la música se escucha el sonido de los hornos funcionando sin descanso, el del gas aniquilando personas. Es un sonido que se lleva puesto cualquiera que ve la película y que difícilmente olvidará. Vestuario, maquillaje y peluquería acompañan con corrección toda la trama.
La dirección actoral es notable. David Arquette, Steve Buscemi, Harvey Keitel, Natasha Lyonne, Mira Sorvino, Daniel Benzali, David Chandler y Allan Corduner se mueven por la pantalla dando vida a personajes sin alma, sin esperanza alguna. Ninguno de ellos las tienen. Sobresale David Arquette. Buscemi y Keitel tienen papeles más secundarios aunque defienden bien el trabajo.
El ritmo es el adecuado y tira del espectador desde el primer momento. Y el director cierra la narración con las pocas opciones que tiene. En ese sentido no se pueden poner pegas. Sin embargo, justo cuando acaba la película, se produce un cambio en el punto de vista que no termina de encajar bien. Con él aparece la poesía (?), una luz de esperanza. Innecesario, traído por los pelos. Estas cosas no suelen funcionar bien.
La zona gris es una buena película. Difícil de encajar, pero que todo el mundo debería ver. Las preguntas que asaltan son terribles y las respuestas que se pueden dar insuficientes. Porque nadie sabe poner precio a su propia vida ni a la de los demás; nadie sabe lo que sería capaz de hacer si.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 5 2011

Taxi Driver: Película de culto

El sentido de cualquier narración llega desde la explicación de una realidad. Por mucha ficción que contenga, transitando uno u otro género, siempre llega del mismo lugar, de la ordenación de un cosmos sea cual sea. Contar una historia por contarla, sin la debida búsqueda de un sentido, se queda en la anécdota, en una superficialidad que puede llegar a entretener aunque poco más. Por cierto, a mí, siendo niño, me reñían si me entretenía. No parecía más que una pérdida de tiempo. No sé por qué razón, hoy en día, es algo bien visto.
Taxi Driver, pelicula firmada por Matin Scorsese, está llena de sentido. Estados Unidos, en el momento de rodar la película, era un país desquiciado, histérico. La guerra de Vietnam, el caso Watergate; un movimiento hippie que se había venido abajo y en claro declive; y una traducción de las libertades que iban del puritanismo recalcitrante al desmadre más demencial, dibujaban el panorama de una sociedad que andaba renqueando, dividida y sin saber lamerse las heridas propias. Y es de eso de lo que habla la película. El retrato de Nueva York que presenta Scorsese se parece mucho a eso. Los rasgos que perfilan al protagonista son la acumulación de todo ello. Las calles llenas de chulos, putas, drogas y policías corruptos. De políticos mentirosos, de salas de cine X y de fracasados. Aunque el director se centra en la figura de Travis Bickle (el taxista que protagoniza la trama), excombatiente de Vietnam, insomne perpetuo, consumidor compulsivo de pornografía, bastante inculto e incapaz de aprender. Pero, sobre todo, un individuo incapaz de entender el entorno, de integrarse en él. Travis mira el mundo desde el balcón de la culpa, quiere redimirse, intenta la forma de quedar en paz en plena fase de autodestrucción. El papel de Travis lo interpreta un enorme y fantástico Robert De Niro.
En fin, un mundo terrible para un personaje redondo que puede vivirlo y explicarlo. Este cosmos se presenta desde el guión de Paul Schrader que, todo hay que decirlo, escribió después de divorciarse y quedarse con lo puesto. No es de extrañar que Travis tenga mucho del guionista. Es el arquetipo de antihéroe americano. Es el arquetipo del hombre de su época. Es el arquetipo de un hombre desolado y sin salida. El hombre que se alimenta de mierda y escupe lo mismo al mundo. Además, sin solución posible. Porque, cuando Travis se acerca a esa realidad, todo se convierte en un dramático vacío. En una de las escenas (mi preferida por su significado y expresividad), Travis habla por teléfono con Betsy (colaboradora en la campaña presidencial de un senador y encarnada por Cybill Shepherd). El cree estar enamorado de ella. Ella le está rechazando en esa conversación. Porque unos días antes, Travis, la invitó al cine y acabó con ella en una sala X. Pues bien. Scorsese mueve la cámara desde el personaje a la derecha. Allí se ve un corredor vacío que sabemos que llega a un lugar oscuro que es la calle. No hay nada. Como dentro del personaje. Un vacío absoluto. La nada existencial.
La película está llena de personajes desoladores. Una prostituta de doce años que escapó de su familia y se siente satisfecha al creer que se ha independizado. Jodie Foster en la actriz que interpreta el papel de Iris. Un chulo que confunde su machismo protector con el amor liando, a su vez, a la niña convertida en puta. Harvey Keitel es el que encarna al chulo Sport. Un sinfín de perdedores abocados al fracaso eterno o a la condena de su propia ruindad (el senador, sus ayudantes, los taxistas compañeros de Travis). Por eso, cuando nuestro protagonista se toma la justicia por su mano, se convierte en una especie de héroe. La violencia se combate con violencia. Eso es lo que parece pedir una sociedad desbordada y paranoica. Aunque eso mismo impide que el hombre consiga el perdón que busca con desesperación.
Taxi Driver es una película de culto. Y no es de extrañar. Cercana al cine negro, la encadenación escénica pegada a un expresionismo demoledor y ligada por un magistral guión, nos traslada a la zona más oscura del ser humano. A un lugar del que no se regresa entero. Nunca.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 26 2011

Taxi driver: Los pormenores de todo el mundo

Subo a un taxi después de deambular, perdida, horas y horas y en ropa de baño, entre las avenidas de una ciudad en la costa. Es algo más tarde de medianoche. Mi casa está a unos 200 kilómetros de esa ciudad y el taxista accede a llevarme. Doy un portazo y rompo a llorar de una forma enloquecida, patológica. Alarmado, el taxista intenta calmarme y me invita a contarle lo sucedido durante los 200 kilómetros de trayecto. Avergonzada de mi catástrofe y trastornada por la sobredosis de sol y combinados de todo el día, le hago una breve síntesis del desastre con frases inconexas y expresiones incoherentes que lo alarma todavía más. Entonces insiste en parar a invitarme a un café. Pero yo no tomo café, así que me invita a una cerveza en una gasolinera a medio camino. Como necesito un cigarrillo, dejo al taxista en la barra del bar y me llevo mi cerveza al baño, dónde bebo y fumo tranquilamente sentada en el retrete. Cuando salgo, él ya está en el taxi, esperándome. El viaje prosigue mejor, más reposado a medida que voy reconociendo las señalizaciones de mi ciudad. Saco una libreta de mi bolso de playa y anoto a toda prisa y en letra incomprensible el episodio acontecido, más una larga lista de propósitos a cumplir desde el mismo momento de llegar a casa.
Cuando bajo del taxi y subo a casa a por los 170 euros que marca el taxímetro, me siento al borde de la cama y contemplo mi caja fuerte vacía, los bolsillos de toda mi colección de faldas y bolsos vacíos. Vacía la nevera, las ranuras entre los libros, el bajo del colchón y las baldosas del baño.
Bajo a la calle y, con las manos vacías, le pido al taxista que me lleve a un cajero. Lo intento con la tarjeta de crédito. Vamos a otro cajero, y a otro, y a otro. El taxímetro sube, y ya no son 170 euros. De nuevo, vamos en el taxi hasta mi casa. Le ofrezco mi dni, le prometo ir a su ciudad el próximo domingo, abonarle su factura. Entonces, la amabilidad original del desconocido, desgraciado, según creo, se dispersa y desvanece, y la privacidad más íntima surge, con todos sus detalles, en un ataque de cólera salvaje. Mientras él grita con todas sus fuerzas, yo lloro de miedo pensando que unos metros más arriba me espera la calma del bibelot de dónde nunca debí salir. Mientras lloro, pienso que, tal vez, la catástrofe la puedo usar para algo dentro de un tiempo. Quizá para una historia de personajes insociables y retraídos. Miro al taxímetro con sus casi 200 euros en rojo y me pregunto quién lo es más, si el taxista o yo. Seguramente sea yo, aunque creo que todos los taxistas tienen algo de eso. Como lo tendrá el conductor del trailer, o el médico de guardia de un ambulatorio remoto, o cualquiera que, como yo, coexistiendo con cientos y cientos de personas en una ciudad, de día y de noche, llora a solas en un taxi por un dinero miserable con una infinita agenda telefónica de familiares, amigos, compañeros, separados, misteriosamente, por un eterno combate en Vietnam.
Esta noche, este taxista, como el ex combatiente Travis, me mete en el saco de la escoria nocturna más despreciable y sueña, como Travis, en raparse la cabeza, colorearse una cresta bien alta y apuntarme con una magnum 44.
Cuando subí a casa, yo ya sabía todos los pormenores de su vida, que eran los mismos que los de todo el mundo. El taxi se alejaba y aún se escuchaban truenos y detonaciones.
Hace unos meses, haciendo limpieza de escritorio, encontré la libreta con todos mis apuntes del viaje. Imposible traducirlos. Estaban firmados con fecha julio 2.009.   Aunque de los propósitos a cumplir al llegar a casa, pude entender cerrar con doble llave, usar la catástrofe con alguna excusa y no salir hasta después de navidad. Y eso fue lo que hice.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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feb 10 2011

Pulp Fiction: Carcajadas violentas

El cine es una representación de la realidad. Para muchos una recreación de esa realidad. Para algunos es la recreación (sea cual sea el asunto del que se trate) desde la ironía, desde el sarcasmo o la violencia -como parte fundamental de la condición humana- de esa realidad que llamamos día a día. En este último grupo nos encontramos con Quetin Tarantino. Poco existencialista ha salido el hombre. Gran director y guionista. Y, como todos los grandes, tan denostado como admirado y aplaudido.
A Tarantino le gusta contar historias. Yo diría que es eso y no otra cosa  la razón por la que hace cine. Además de gustarle contar historias, lo hace con acierto, llenando de matices lo que dice, usando recursos inteligentes y descarados que envuelven al espectador de principio a fin. Elipsis y rupturas espacio temporales de la línea narrativa y sordidez. Sobre todo eso.
El ejemplo más claro de lo que quiere este director una vez que se coloca tras una cámara de cine es su película Pulp Fiction. Su mejor largometraje. Violentísima, extravagantemente soez, en el límite del lado más amargo del ser humano. Apenas queda hueco, entre secuencia y secuencia, para que pueda verse una chispa de entusiasmo por la vida. Todo es sucio, todo está moribundo, todo es un enorme delito, todo se ve desde detrás de la costra de mugre que cubre la realidad. Pero, aunque pueda parecer mentira, es una película con la que (si alguien está dispuesto) las carcajadas están aseguradas. Las propuestas de Tarantino son así. Lo repugnante existe para que lo pasemos de maravilla. También de lo odioso podemos mofarnos. Claro que sí.
Tarantino divide la historia en partes que se explican entre sí aunque sólo al final se cierre el círculo que se traza desde el no saber y desear conocerlo a toda costa. Drogas, asesinatos, violaciones, perversiones, venganza, música de gran calidad, un guión inteligente y bien trenzado que ordena todo un cosmos ingobernable. Esos  son los ingredientes. Más o menos. Si le sumamos una dirección de actores extraordinaria que logra sacar lo mejor de actores y actrices, tenemos como resultado una obra maestra del género.
Pulp Fiction ha dejado, para que la historia del cine sea mejor, escenas inolvidables. John Travolta y Uma Thurman bailando (¿no les recuerda a Fellini?) en un antro delirante en el que sirven copas los imitadores más ridículos del universo de estrellas del espectáculo. Travolta, Samuel L. Jackson, Tarantino y Harvey Keitel intentando deshacerse de un vehículo lleno de sangre y sesos(¿No les recuerda al propio Tarantino que dejó a medio mundo con la boca abierta al presentar Resevoir Dogs?. Bruce Willis eligiendo arma de entre bates de beisbol, motosierras, catanas y cosas así, antes de salvar al ganster que le quiere liquidar (le están violando una banda de tarados. ¿No les recuerda a esos cómics que leían en el baño?). Todas violentas, grotescas, apabullantes, disparatadas. Exageradas y llenas de ritmo narrativo que cargan la suerte sobre los personajes que se construyen con mimo desde la primera escena. Cosas que sólo el ser humano puede proporcionar (lo de la violencia y el delirio brutal, digo).
La película lleva y trae al espectador de un lado a otro. Con violencia, también. Del lado oscuro al lado horrible, del lado insultante al lado más patético. No hay más remedio que integrarse en la propuesta. De otro modo es mejor levantarse de la butaca y salir pitando.
Como siempre cuando hablamos de Tarantino, la banda sonora es espectacular. Impresionante. No recuerdo un solo tema (ni en esta película ni en ninguna otra firmada por este hombre) que no sea grandioso.
El montaje es excelente. Ritmo preciso, ni un tiempo muerto que no aporte carga narrativa, reflexiva o artística al conjunto. Nada que distorrsione lo que significa cada escena.
Y el conjunto es excelente.
Mojigatos, mejor no. Amantes de la ortodoxia, tampoco. Catequistas que no dicen palabrotas o enamorados que necesitan la belleza para sobrevivir, menos. Por favor, no lo intenten. Al resto, desde este blog, les damos la bienvenida al infierno. Al mundo, vaya.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 8 2010

Reservoir Dogs: La belleza del lado oscuro

El mundo es la suma de lo bello y lo horrible, de la bondad y de la maldad, de lo refinado y lo tosco, de la tranquilidad y la violencia. Nada queda excluido. Todo es sí y no. Aunque muchos se empeñen en mirar hacia otro lado para no ver lo feo e incómodo del universo, nada falta. Y, como eso es lo que hay, conviene que algunos dediquen su esfuerzo a enseñarlo. ¿Es posible realizar una obra de arte tomando como materia prima lo más nauseabundo del escenario? Pues claro que sí. Porque el problema no es lo bonito que sea lo elegido o lo terrible que resulte alguna cosa. No. El asunto es otro bien distinto. Se trata de presentar, de tratar un tema cualquiera desde una perspectiva única que sea capaz de modificar el mundo, de convertirlo en algo nuevo, en eso que puede transitar cualquiera para hacerlo suyo. Una de las características de la obra maestra es su carácter universal. Que sea agradable a la vista, al oido o al tacto, es harina de otro costal.
Pues bien, Quentin Tarantino se empeñó desde el principio en mostrar nuestro bonito mundo desde las cloacas. En 1.992 nos dejó un regalo en forma de película que recorre la zona oscura de la humanidad. Su violencia, su brutalidad, su discurso soez, su autodestrucción, su maldad. Todo lo peor estaba en Reservoir Dogs. Pero estaba envuelto en una tensión narrativa única, en una estética personalísima y abrumadora; en un guión impecable que llevaba al espectador del asco a la carcajada a la compasión o al odio, de escena en escena; envuelto en una banda sonora maravillosa arrancada de las listas de éxitos de los años 70.
Violencia extrema, lealtad, traición y maldad, mezcladas para conseguir un producto difícil de repetir.
Seis delincuentes tienen que robar una joyería. Un trabajo fácil y ordenado que se convierte en un desastre cuando la policía llega como por arte de magia. A partir de ese momento se suceden las muertes y las escenas de violencia delirante. Todo hace pensar que hay un traidor en el grupo. Es necesario encontrar al culpable de lo sucedido. Tarantino va contando todo esto despreciando la linealidad en la narración, convirtiendo la película en una sucesión de escenas que se van explicando unas a otras desde el pasado o el presente. Consigue utilizando este recurso una dinámica que iguala la tensión en cada escena, de principio a fin.
Los actores están estupendos defendiendo sus papeles. Lawrence Tierney (el jefe); Chris Penn (el hijo del jefe); Harvey Keitel (el señor blanco); Tim Roth (el señor naranja); Steve Buscemi (el señor rosa); Quentin Tarantino (el señor marrón); Eddie Bunker (el señor azul) y Michael Madsen (el señor rubio); forman el reparto de la película. Aunque algunos tienen una importancia relativa en el conjunto (el propio Tarantino o Eddie Bunker) logran una credibilidad en sus interpretaciones muy notable. Y son papeles que podían terminar en un despliegue histriónico de cada actor dadas sus características. El trabajo de Tarantino en la dirección de actores es magnífico.
El guión se mueve entre lo sarcástico, lo irónico, lo soez y (siempre) en el terreno de la inteligencia. No hay una sola frase accesoria. Todas están colocadas en el lugar exacto para que los personajes crezcan con una coherencia exquisita.
El montaje de la película se debería estudiar en las escuelas de cine como asignatura fundamental. Una película que podría quedarse anclada en la normalidad se convierte en una sorpresa constante gracias a ese montaje que acaba con la posibilidad de fuegos de artificio narrativos y con todos los pequeños defectos que no podía ocultar la linealidad.
Un clásico. Un peliculón. Una maravilla saber que algunos saben que la cara oscura del mundo existe y se puede convertir en arte.
© Del Texto: Nirek Sabal



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oct 11 2010

Thelma y Louise: Nada de panfletos

Existen muchas road movie. Una de las más conocidas, si dejamos de lado la famosa Bonnie and Clyde, es Thelma y Louise. Esta película es una de las más recordadas del género y de las llamadas películas para mujeres. Una solemne estupidez porque el cine es universal, aunque aún nos movemos separando las cosas de chicas y chicos.
Thelma y Louise, es una auténtica road movie, no sólo porque la práctica totalidad de la misma transcurre en la carretera sino porque sus protagonistas, a lo largo de esa ruta que emprenden, van a experimentar una evolución personal que se va palpando a medidas que avanzan kilómetros en ese viaje hacia ninguna parte.
La película de Ridley Scott se ha llegado a considerar una obra de culto. Cierto es que en Europa tuvo una mayor aceptación que en los Estados Unidos, pero con el tiempo cada cosa va ocupando su propio lugar y ni es una obra singularmente extraordinaria, ni es abominable y ramplona como algunos han llegado a afirmar. Thelma y Louis es una historia sobre la amistad, sobre la superación de las dificultades, sobre las decisiones definitivas, sobre los cambios inesperados. Para ello, el director, se valió de dos actrices excelentísimas que llenan la pantalla con su actuación convirtiendo al resto de personaje, los masculinos, en meros elementos que les permiten, a ellas dos, transitar desde el abatimiento, el aburrimiento, la soledad y la incomprensión, a un estado personal de plenitud, fortaleza y valentía que les ayuda a mirar hacia delante. La película nos presenta a dos amigas; a una camarera (Geena Davis ) y una ama de casa (Susan Sarandon), cansadas las dos de la vida que llevan. Deciden tomarse un respiro durante un fin de semana. Para ello emprenden un largo viaje de fin de semana que sin pensarlo se convertirá en un redescubrir de sus propias vidas, personalidades y entusiasmos.
En su momento, se criticó la película diciendo que era un panfleto feministoide que degradaba la imagen de los hombres y que en realidad no era más que el retrato de dos mujeres jugando a las escapatorias adolescentes. No puedo estar de acuerdo. Precisamente, creo que el director jugó a caricaturizar a los personajes masculinos, destacando aquellos rasgos que convertían a los hombres con los que se relacionan las protagonistas en los siete males, para destapar la evolución de las dos mujeres que protagonizan la película. No tiene nada de particular pese a que ellos son grandes actores y con tirón (Harvey Keitel, Michael Madsen, Brad Pitt). No creo en los panfletos, creo en el cine y como película no es nada despreciable. Buena fotografía, buen argumento, buenas actrices, buena banda sonora. ¿Acaso se puede pedir algo más?
Véanla; es imprescindible; sobre todo si creen que Ridley Scott sólo es capaz de entender de androides y otras cosas extrañas.

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mar 16 2010

Entre algodones. El piano.

A mediados del siglo XIX, Ada (Holly Hunter), una mujer diminuta enfundada en una rígida indumentaria victoriana llega en barco desde Escocia con su pequeña hija Flora (Anna Paquin), sus pertenencias, y un piano a una playa de Nueva Zelanda. Ada decidió dejar de hablar a los seis años. Se comunica a través de un cuaderno de notas que lleva colgado del cuello y de Flora, que interpreta sus signos. Ada espera toda la noche en la playa la llegada de Alisdair, (Sam Neil) un hombre al que no conoce y con el que se ha casado por poderes en un matrimonio arreglado. Alisdair la escruta con cierto reparo antes de conducirla a la casa en que convivirán como marido y mujer y de ordenar el abandono del piano en la playa porque considera inviable su transporte. Ada es una mujer que no se doblega. Acude a la casa de George, un blanco semisalvaje integrado en la cultura maorí, (Harvey Keitel) y le pide que le acompañe hasta la playa donde desembarcaron. De mala gana, George accede a su petición y cuando llegan, Ada toca introduciendo sus manos en el teclado a través de los listones de madera de la caja que lo contiene mientras Flora baila en la orilla. George da vueltas alrededor. Al anochecer, madre e hija emprenden el camino de regreso. George las sigue a distancia y lo hace pisando sobre sus huellas.


George es ignorante y analfabeto, pero no ha salido indemne de la escena de la playa. Ha sabido percibir el microuniverso de Ada, su emoción, la expresión de sus sentimientos a través de la música que toca y le cede 80 acres de tierra a Alisdair a cambio del piano. Seguramente intuye de forma irracional que poseyendo el piano, poseerá el alma de Ada. Sin embargo, George no puede hacer nada con él. No sabe tocarlo. El trueque con Alisdair incluye las clases de Ada. En la primera clase George le dice que no quiere aprender. Sólo quiere escuchar. La escucha. La observa. Pronto le propone un trato: le devolverá su piano tecla a tecla, una por cada visita en la que mientras ella toque el piano, él pueda tocarla.
El Piano es un regalo del cine para guardar entre algodones y acariciarlo de vez en cuando: dramatismo, lirismo, erotismo, guión, interpretación, personajes, fotografía, música. Poco más podemos pedir. Nos regala además una historia de amor, celos y deseo que si bien desencadena una tragedia, es de una belleza y una plasticidad extraordinaria mientras se desarrolla. Los desnudos de Harvey Keitel y Holly Hunter son probablemente lo más artístico que he visto en cine. El Piano nos muestra cómo viven la enfermedad del deseo tres personajes distintos desde tres posiciones distintas: Alisdair, Ada y George. Me quedo con el de George.
El deseo es el anhelo afectivo de saciar una apetencia y con frecuencia se nos muestra como un estado de exaltación, de pérdida de control, de desenfreno, de aceleramiento. Es cierto que todo lo anterior son manifestaciones habituales de la enfermedad del deseo. Pero en El Piano, el deseo de George se nos muestra como un estado de postración. George no intenta ni siquiera aliviar su sufrimiento. Cae en el mutismo, la inhibición. No puede dormir, no puede comer. Su melancolía es el resultado de una enfermedad sobrevenida por causa de una pasión que sabe que va a destruir su salud y su alma. Y lo acepta sin aspavientos.
Personalmente, El Piano me regala una escena para guardar para siempre en la memoria: la escena final, la escena más luminosa de toda la película que deja ver apenas una parte del porche de una casa de madera blanca que se intuye junto al mar, en la que Ada, cubierto el rostro por un velo, y con un dedo de metal aprende a hablar mientras Georges la observa y juega con ella. Se tocan. Ada sonríe.
¿Será que debemos pasar por una mutilación para encontrar la felicidad?
© Del Texto: pyyk

Diane Schuur & B. B. King – You Don´t Know Me