ene 19 2014

El juego de Ender: Chapuza sideral

Los buenos libros no suelen adaptarse bien para llevarlos a la gran pantalla. Como todo lo bueno, incluyen matices, detalles y mecanismos propios de la literatura, que no se pueden o no se saben trasladar con el mimo suficiente a los guiones. El juego de Ender, la novela, sin ser literatura profunda, es un magnífico libro que, al publicarse en 1985, fue todo un éxito por su originalidad. El juego de Ender, la película, es un tostón, un trabajo soso que confunde casi todo lo que se dice en el libro. Por ejemplo, los valores que el protagonista (Ender) maneja en la novela lucen ridículos en la película al envolverlos (el director, Gavin Hood) en lloriqueos del protagonistas. Alguien debería decir a este hombre que las cosas son emotivas, o no independientemente, de la cara de pena que ponga el actor.
La dirección actoral es pésima. Tanto los jovencitos que componen el elenco (el protagonista es Asa Butterfield y no se libra del ridículo) como el mismísimo Harrison Ford están de pena. Rígidos, inexpresivos. aburridos. Un desastre. Técnicamente, la película no está mal auqnue todo termina pareciendo un vídeojuego. Uno que aparece en durante la trama, que toma cierta importancia, y al que juega el propio Ender, no se diferencia nada del resto de la película. La sensación es que todo es lo mismo. La música es algo invasiva; se incide con ella sobre el espectador de forma descarada; parece obligatorio emocionarse o estar en tensión al ritmo de la partitura.
El guión busca más lo superficial de la trama o lo espectacular de la ciencia ficción. Los diálogos son penosos sin que se libre una sola frase. Todo resulta farragoso, irrelevante, aburrido. Todo se encuentra vacío, todo busca un entretenimiento facilón soportado en rayos láser y naves espaciales. Los que leímos la novela hace años no encontramos nada nuevo en esta adaptación cinematográfica. Lo único que se consigue con este tipo de chapuzas es que volvamos al texto original buscando el reeancuentro con eso que tanto nos gustó y que en la pantalla no se ve por ninguna parte.
Lo peor de todo es que habrá secuela con seguridad. Alguien abrirá la segunda novela de la serie y la destrozará para hacer una película de cine. Una mala película ya que, considerando que la segunda novela no es -ni mucho menos. tan buena como la primera, todo hace suponer que el trabajo será un horror.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 24 2011

La conversación: Cuando la película es un personaje

La Conversación es un peliculón. No me extraña que recibiese la Palma de Oro el año 1974 en el Festival de Cannes. Acumula todo lo que una buena película debe sumar. Unas interpretaciones extraordinarias (la de Gene Hackman defendiendo el papel del espía Harry Caul es impresionante); una banda sonora envidiable (David Shire); un guión profundo, tenso, alejado de la ramplonería; una fotografía más que correcta; una planificación exacta. Y un personaje, sencillamente, descomunal. Porque La conversación es una película que se presenta como una propuesta de su director (un Francis Ford Coppola tocado por las musas. Esta película está rodada en la misma época que El Padrino o Apocalipse Now) que se apoya en el personaje. La película es un personaje.
Harry Caul es uno de los personajes mejor diseñados y más interesante de la historia del cine. El conflicto interno y su relación con el mundo aparecen desde el primer momento, van convirtiendo la película en una especie de jaula en la que se mueve un hombre que hace de motor para que todo se conmocione. Como una rata de laboratorio que corre sin cesar dentro de una rueda. Se perfila desde el diálogo, pero, sobre todo desde sus silencios; desde la relación con el resto del mundo; desde una religión casi enfermiza en la que Dios se ve como algo miedoso y al que hay que rendir cuentas cada dos por tres. Harry Caul es discreto, distante, solitario, frío, desconfiado, obsesivo, escurridizo. Todo lo observa desde una distancia suficiente que impide llegar a tener relaciones intentas con las personas o las cosas. Nada de intimidades. Es músico de jazz en sus ratos libres. Pero interpreta la música en solitario. Siente que está escapando siempre. Nadie le comprende porque no cuenta con nadie (excepto con Dios) para ser entendido. Pero Harry Caul tiene un pasado, no está solo en el mundo, siente la culpa agarrada a las sienes. Todo esto, encarnado en Gene Hackman se convierte en un personaje de una potencia arrasadora porque asistimos a la construcción de un alma que evoluciona, que soporta una trama sin problemas, que no dice una frase de más, que escucha y guarda silencios que el espectador puede interpretar conociendo al personaje. Magnífico.
La Conversación es una película que trata el tema de la culpa. Para ello se apoya en una trama que se va aclarando a medida que escuchamos una conversación entre dos jóvenes, en el pasado de Caul, en los peligros del éxito, en la confusión que puede generar el lenguaje si nos dejamos llevar por él y no por todo el entorno. La culpa y la soledad que se genera con ella.
Aparecen en pantalla un jovencísimo Harrison Ford, un correcto Cazale, Cindy Wiliams o Frederic Forrest. Todos muy bien dirigidos en sus papeles, pero con intervenciones cortas y que sólo sirven para iluminar al personaje principal. El despliegue de Hackman eclipsa todo lo demás.
Francis Ford Coppola dirige la película con maestría. Fue guionista y productor, también. El movimiento de la cámara es magnífico. Y algunos planos inolvidables. Comienza la película con un plano picado (es el que pueden ver en el vídeo que encontrarán al final del texto) que nos lleva directos al corazón del relato. Como en las buenas novelas en las que encontramos una primera página que agarra al lector para no soltarle ya; ese primer plano sumerge al espectador en un embrollo difícil de entender, pero que nos invita a continuar hasta el final. Así está planificada la película. Cada plano es el necesario, el justo. Por otra parte, logra sacar el máximo rendimiento de Gene Hackman. Ni un gesto nos hace dudar de la verosimilitud del personaje. Ni uno solo.
Por si era poco, la banda sonora es fabulosa. Y los efectos de sonido estupendos.
O sea, que lo tiene todo. Si no la han visto ya no dejen de hacerlo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 6 2011

Cowboys & Aliens: Un disparate que no lo es tanto

Me gustan las películas de indios y vaqueros. En esta aparecen muchos indios y muchos vaqueros. Me gustan las películas de marcianos (las sci-fi, que queda más fino). En esta hay unos cuantos. Esta película nace de un cómic escrito por Fred Van Lente y Andrew Foley (con ilustraciones de Dennis Calero). Me gusta el cómic. Así que esta que va de todo a la vez me debería de encantar. Pues no. Me ha gustado el principio y me han dado ganas de levantarme del asiento de mitad de la película en adelante. Qué falta de imaginación para resolver los problemas que los propios guionistas se crean. Montan un castillo que tiran de una patada. Hay que ver lo torpes que son. John Favreau hace lo que puede con lo que tiene a mano, pero como resulta que este no es Buñuel ni Ford, hace muy poco con lo que tiene a mano.
El caso es que la película es divertida en su primera mitad. Hay hasta chistes que no están mal. Daniel Craig y Harrison Ford se empeñan es sacar adelante la cosa. Más creíble Craig que Ford. Si añadimos unos efectos visuales y sonoros de maravilla pues lo pasamos bien. Pero, a partir de ese momento, la cosa se convierte en un topicazo mil veces contado y, por eso, mil veces más aburrido.
Un bandido muy serio (Daniel Craig) y muy malo despierta en el desierto. Nuevo México. Finales del siglo XIX. Lleva en la mano izquierda un brazalete metálico que no se puede quitar y que no sabe ni para qué sirve ni nada de nada. Como es un forajido y ha perdido la memoria (una mezcla poco aconsejable para los que son malos) va hasta un pueblo en el que le esperan con los brazos abiertos. Al calabozo. Cuando le van a trasladar aparece por el pueblo un coronel del ejército retirado (Harrison Ford) que busca a su hijo. El hijo está detenido junto al malo. Pero, este, por tonto. En plena discusión para que suelten al hijo del coronel y para que alguien le pegue dos tiros al malo por ser como es, aparecen unas naves espaciales que destrozan lo que pillan en el camino y se llevan a los habitantes del lindo pueblecito. Y, a partir de aquí, hay de todo.
De verdad que es una pena que nadie haya huido de lo tópico y de lo simplón para resolver la trama. En algunas escenas vemos por allí viejas películas a las que se homenajean (atención a la forma de la nave y a lo que recuerda. Para los más olvidadizos daré una pista: Encuentros en la … fase) sin gran acierto, casi todo se resuelve entre un lío tremendo de imágenes que se solapan entre ruidos de explosiones y carreras frenéticas de humanos y bichos. De hecho, yo pensaba que los hombres deberían haber muerto (todos) poco después de comenzar el gran lío, pero no, el caos no me dejó contar bien.
Son dos horas de cine de entretenimiento. Desde luego no es un paquete, ni un disparate sin pies ni cabeza. Yo diría que sin pies. O sin cabeza. Sin algo, pero con lo otro intacto. Una experiencia eso de ver mezclados los géneros (nada nuevo si repasan algunos títulos no muy antiguos), mezclados a 007 disfrazado de cowboy y a Harrison Ford pilotando un caballo en lugar de una nave espacial. Todo muy raro. Francamente, rarito. Pero al lado de lo que se puede ver hoy día, se salva.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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jul 24 2011

Territorio prohibido: Una castaña rodeada de falso ingenio

Crossing Over (Territorio prohibido) es una película que intenta contar muchas cosas. Como excusa para hacerlo utiliza un tema central de fondo: la inmigración en los Estados Unidos. Y, por supuesto, el resultado es un desastre. Porque da la casualidad de que es al contrario, justo al revés. El tema nunca puede ser una excusa o un vehículo.
Crossing Over es una película coral en la que el guionista y director, Wayne Kramer, intenta trenzar un importante número de tramas y sólo logra quedarse al nivel de lo anecdótico de todas ellas. Une las cosas de forma forzada y artificial, deja enunciados los problemas y, cuando presenta alguna solución a modo de desenlace, lo hace deprisa y corriendo. El resultado, insisto, es un desastre.
Crossing Over está muy cerca del estilo narrativo de Crash, algo más alejada de Babel, y salpicada de las mismas trampas, de las mismas carencias y de las mismas ventajas. Si Crash, a pesar de lo mucho y bueno que se dijo de esa película, era ventajista, esta lo es mucho más y lo es de forma más tosca. Si el espectador rasca un poco, procurando entender, se encuentra con poco o nada. Pensar sobre lo que nos cuentan significa que la estructura narrativa se viene abajo con una facilidad pasmosa. Es algo parecido a encontrarse con una bonita casa sin cimientos ni muros de carga. Un tabique aquí, un jarrón allá y un soplido que lo derrumba todo. Los tabiques serían el fanatismo ideológico, las costumbres incomprensibles e inadmisibles para pueblos extraños, el intento del ser humano que le hace progresar, los abusos de los que tienen un sello en la mano y pueden firmar un expediente, el precio de las personas, las carencias ideológicas que sufren los jóvenes entre la incomprensión social, los movimientos solidarios entre gentes de la misma raza. Mucho jarrón y poco cimiento. Porque esos cimientos deberían ser los conflictos de los personajes, su evolución, la profundidad de las ideas a través de los diálogos. Y esos no están. Ni rastro de ellos. Y, por ello, la película se convierte en una especie de telediario en el que aparecen famosos. En realidad, lo que nos presentan es ese largo listado de cuestiones a modo de inventario.
Cada personaje se mueve en un escenario distinto en el que se desarrolla una trama que parece, en principio, independiente. ¿Cómo termina siendo una sola cosa tanta historieta suelta? Pues porque dos de esos personajes que andaban a lo suyo se encuentran en un mismo lugar. Por ejemplo, en una tienda en la que se va a cometer un robo. Voilà. Ni más ni menos. Para el que no quiere pensar sobre lo que ve, esto puede parecer una cosa muy curiosa o una muestra de ingenio asombroso. Pero no, esto es una chapuza. Incluso un recurso como el azar debe estar perfectamente justificado dentro de una estructura narrativa.
Los personajes se quedan sin profundidad, apenas conocemos nada de ellos, sólo lo que les sucede en un momento concreto. Por eso no entendemos las razones por las que hacen esto o aquello. No sabemos y, lo peor, no nos importa en absoluto.
Territorio Prohibido es una película realizada pensando en el espectador. Tan sólo en el espectador. Y eso tampoco puede ser. Hay que saber que está, pero no se puede hacer cine de cara a la galería. De ese afán por gustar a todos llegan guiones insultantes, actuaciones forzadas y aburridas, o un montaje tramposo que sorprenderá por su magia (¿?) al unir piezas de un puzzle en el que no hay una sola que encaje salvo a martillazos.
Harrison Ford (hace de policía lleno de humanidad) se aburre y aburre a los demás. Ray Liotta parece que pasaba por allí y se quedó porque no tenía cosas mejores que hacer. El resto rozan la mediocridad y la falta de credibilidad, quizás más por la falta de personaje que por su propio trabajo.
Ya hay que decirlo con claridad: esta película es una castaña pilonga que juega a ser profunda y emotiva, a ser el gran cofre filosófico del siglo XXI, a ser una muestra de fotografía perfecta y a ser la inteligencia hecha realidad. Pero es superficial, las ideas que plantea son propias de enseñanza primaria, técnicamente es muy normalita y su desarrollo es previsible, previsible hasta la extenuación (la del espectador, claro).
Ahora, si quieren, pueden verla. Yo les he avisado.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 4 2010

A propósito de Henry o la bola enorme

Supongo que Jeffrey Abrams (guionista se la película A propósito de Henry) una mañana sintió la necesidad de gritar al mundo entero que la inocencia es la única forma de vivir decentemente, que hablar de los seres humanos es una cosa muy seria; que lo material nos ata al mundo aunque es lo espiritual lo que suma finalmente; que la verdadera ruina es perder a un ser querido o que el mundo es un lugar hostil para aquel que lo maneja desde la pureza del alma. Vamos, digo yo que le pasó algo así. Y supongo que una vez que sintió esa incontrolable necesidad agarro la pluma y se puso a escribir páginas y páginas de diálogos pastelosos y lacrimógenos pensando que esa es la única forma de contar algo así. Claro, el resultado fue un mal guión lleno de frases cursis que no llevan a ninguna parte salvo que te pesque con el muelle de llorar flojo.
Supongo que Mike Nichols (director de esta cosa blandengue de la que hablo) recibió el encargo de rodar una película bonita y entretenida. Y aceptó. Tal vez por falta de dinero, tal vez bajo los efectos de sustancias estupefacientes. No lo sé, pero debió ser algo muy grave. Aceptó hacer lo que un buen director de cine jamás debería plantearse. Entretener, hacer llorar a toda costa o explorar los sentimientos humanos desde el lado facilón. A propósito de Henry reúne todo. Es una maravilla de condensación. De verdad.
Supongo que Harrison Ford, hasta los huevos de que le llamasen Han Solo cuando paseaba por la calle, decidió aceptar el papel de Henry Turner que, como su propio nombre indica es el personaje principal, estaba llamado a dejar huella en los sentimientos humanos de cualquier persona con un mínimo de sensibilidad. Lo que pasa es que no le salió demasiado bien. En realidad, ni demasiado ni nada bien.
Supongo que Annette Bening quería pasar unos días de vacaciones y si eran pagadas mejor. Recibió una llamada de su representante (supongo) y ella dijo ¡Oh, miel sobre hojuelas!, hizo el petate sin pensarlo y rodó un pestiño del tamaño del Empire State Building.
Puestos a suponer, supongo que Hans Zimmer descolgó una mañana el teléfono y dijo que sí, que sí, que tenía una partitura mugrienta por allí que no se la iba a a colocar ni a Dios. Que seguro que con un par de arreglillos quedaba de puta madre.
Y, entonces, se reunieron y decidieron hacer las cosas así, como a la remanguillé. Poco después se estrenó A propósito de Henry. Una película llena de interpretaciones flojas, de sonidos que quieren parecer una banda sonora, de una fotografía muy justita y de todo lo que quieran que sea flojito.
Lo único que se libra de la quema es la sonrisa de la señora Bening. Porque si hablamos de las pistas que deja el director para que todo cuadre en el gran dramón y lloremos mucho, podemos llegar a vomitar (me refiero, por ejemplo, al asunto de las cartas y de las miradas de la abogada guapa a nuestro Henry). Querían una película redondita y les salió una enorme bola de caca. Pobrecitos.
© Del Texto: Nirek Sabal

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