feb 27 2011

El discurso del rey: Inseguridades

¿Quién no ha temido hablarle a una muchedumbre alguna vez? ¿Quién no se ha quedado en blanco por culpa de eso que llamamos pánico escénico? ¿Quién no la ha cagado a la hora de lanzar un discurso?  Creo que nadie. Todos hemos pasado por esos momentos desde que íbamos a la escuela, era puro miedo el tener que exponer unas ideas, un tema específico o el mero hecho de que estuvieran pendientes de ti cerca de 40 compañeros en un mismo aula, y un profesor también. Terror a caer en el ridículo, o en todo caso, aburrir a los demás. Lo cierto es que muchas veces esos miedos no se van ni siquiera en la madurez, como nos demuestra la historia de esta película basada en una pequeña (y casi desconocida) parte de la vida del monarca Jorge VI de Inglaterra, un hombre que padecía de un tartamudeo feroz y un miedo ininteligible a expresarse en público, o incluso hablar abiertamente de sus sentimientos. Un rey que fue coronado tras la muerte de su padre, Jorge V, y la abdicación de su hermano, Eduardo VIII. Todo ello a marchas forzadas y sin quererlo. Una persona que arrastró gran parte de su vida un absoluto complejo de inferioridad y que logró superar gracias a otras personas, su amada Isabel II (que sería la futura reina madre), y sobretodo, un hombre en la sombra: Lionel Logue, logopeda de profesión. Gracias a estas dos últimas figuras, el monarca inició un viaje en búsqueda de una seguridad y autoridad que necesitaba para hacer frente al poder nazi que se extendía en la década de los treinta y ya con la guerra en los 40; un viaje hacia sus frustraciones más profundas, aquello por lo que se quedaba paralizado y que Lionel libera de manera asombrosa en esta minúscula aunque importante parte de su vida; un viaje de aceptación de lo que realmente es, un hombre más en el mundo.
Es destacable la crítica que, en parte, se hace durante gran parte del film a la aristocracia inglesa, a todo aquello que viene de lo que llamamos sangre azul, ya que todos los personajes de esta clase social se retratan de una manera prácticamente burlesca, con grandes complejos y manías, con demasiados miedos a todo aquello que le rodea y que no responde a su autoridad, de cómo unos hombres con muchísimo poder son, en el fondo, seres inferiores. Para quien la haya visto, le recomendaría que volviera a ver la escena donde Jorge VI y Lionel se ven por primera vez (en la consulta del mismo logopeda), que viene a dar muestra de lo que resumo en líneas anteriores. Cambiando de tercio, lo que el director Tom Hooper nos propone es una película para dejarnos llevar por la ambientación de los años treinta londinenses, de preciosa factura, con unos decorados cuidados al detalle, con una recreación histórica envidiable (trajes, peinados, caracterizaciones), adornado con una planificación compositiva casi perfecta (algunas veces parecerá que estemos viendo lienzos), una música de corte clásico donde primará el piano como instrumento central creada por Alexandre Desplat, y sobretodo, una obra sustentada en todo momento por las magníficas interpretaciones de Colin Firth como el monarca tartamudo y Geoffrey Rush como su asesor y logopeda, dos actores en estado de gracia que hacen que no decaiga una historia con un guión que en manos de otros actores podría llegar al tedio, ya que éste discurso no da para más. Michael Gambon, Helena Bonham Carter o Guy Pearce vienen a completar el reparto.
En definitiva, estamos ante una cinta que podríamos definir como cuento bonito, que no daña la vista ni el cerebro, pero que no viene a contar nada nuevo, es el biopic que toca tragarse todos los años, con un duelo interpretativo soberbio que se llevará muchos premios y que será olvidada este mismo año o en los siguientes. Una pena. Bueno no, no es una pena. Yo me he divertido de lo lindo viendo actuar a Geoffrey Rush, porque ya salga en un castañazo o en una peli de puro entretenimiento, lo borda con su carisma. Otro apunte más: queda terminantemente prohibido verla doblada al castellano, bueno, eso y todas las películas que no sean de habla hispana, las obras hay que verlas tal y como se conciben. Y ya solo me queda decir una última cosa: God save the quee….the King.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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feb 5 2011

Animal Kingdom: El mejor de los seres vivos

A lo largo de nuestra vida somos testigos de todos los sentimientos que afloran en nosotros hacia las cosas y personas que nos rodean. Una infinidad de sentimientos que llegan a evolucionar hacía extremos insospechados por nuestra razón, que muchas veces tiene ideas preconcebidas sobre el límite de las emociones.
Probablemente Joshua Cody, o J, como se hace llamar el protagonista, no se imaginaba lo que podría llegar a sentir por su propia sangre en el momento en que no le queda más remedio que trasladarse con sus tíos al fallecer su madre por una sobredosis. Animal Kingdom, ópera prima del australiano David Michôd,  se presenta como el thriller de la nueva familia de J; una familia de peligrosos criminales cuya estabilidad se ve alterada en el momento en que Joshua se incorpora como uno más.
Michôd sabe cómo atrapar al espectador desde el primer minuto, y sorprenderle con un brutal, pero sobrio comienzo. No sólo por la impasibilidad aparente que demostrará el protagonista durante las casi dos horas en las que transcurre el film, sino por la forma en que aborda la temática de la película: drogas, atracos, coches robados y criminales. Y apenas veremos unas gotas de sangre, tiroteos o violencia gratuita de la que suele abundar en este género. Y es que es la idea inicial que uno se puede hacer sobre esta obra al leer una simple sinopsis en internet. No obstante, este largometraje va mucho más allá del tópico del crimen organizado a manos de una familia. Atraviesa el crimen, sí, pero llega a la familia; como un elemento que todos tenemos de una u otra manera, y queremos de otra o una manera; que puede compatibilizar la maldad que reside en las acciones de un padre atracador o drogadicto con la inocencia de un hijo, el egoísmo de una abuela de dura fachada con las dudas de un adolescente recién llegado a la familia, mientras haya un sentimiento que los une.
En el caso de Josh, David Michôd nos cuenta la historia de su familia desde la mayor tranquilidad. Aunque con un inicio intenso, el desarrollo transcurre algo lento por la carencia de acción continuada, por el enfoque en el detalle de cada personaje interactuando en el núcleo familiar, que poco a poco se va descomponiendo a medida que cada uno de los tíos de J va quedando entre la espada y la pared, especialmente en el momento en que el inspector Leckie (Guy Pearce), el policía con escrúpulos, intenta utilizar a Josh para llegar hasta sus tíos, y de paso, hacerle un favor. Guy Pearce, en el papel del inspector, y Jacki Weaver en el de la abuela y cabeza de familia, terminan de pulir el brillo que hace resplandecer a esta película llena de caras poco conocidas, pero convincentes, como la del joven protagonista, James Frecheville, que debuta en la pantalla grande y cuyo trabajo se perfecciona gracias a la cámara, y no porque tenga un rostro agraciado. Los diferentes planos, analíticos, asépticos, escudriñando al confuso J, cuestionan constantemente la posición que irá tomando J ante cada suceso que tiene lugar y si cederá a la palabrería de Leckie. En muchas escenas el silencio prima sobre el discurso de los personajes: Un beso de la abuela a sus hijos, la palmadita del tío en el trasero a su mujer, la mirada de J a su novia. La carga sentimental que Michôd incorpora en este thriller prima por encima de todo, de la mano de una cuidadosa selección de diálogos corporales, respondiendo al título Animal Kingdom. El reino animal. Y es que ¿no es ese acaso el mundo en el que vivimos? ¿Un mundo en el que lo que nos guía, en definitiva, no es si no nuestro instinto animal, nuestra tendencia a dejarnos llevar por nuestros sentimientos por encima de todo? Cualquier cosa para sobrevivir, no solo a la vida, sino a lo que arrastramos en ella: El amor, el dolor, la compasión, el orgullo. Todo lo que hace de nosotros el más superior de los animales.
Sin duda, el primer largometraje del australiano tiene más que merecido el premio del jurado al mejor filme internacional de drama en el Festival Sundance 2010, el que puede considerarse el padre de los festivales de cine independiente. Lo que es una lástima es que tenga que existir el concepto de cine independiente para reunir, en su gran mayoría, a aquellas películas que demuestran contener un poco de la esencia de la humanidad.
© Del Texto: Coletas


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