nov 4 2012

Prometheus: Los científicos más tontos del mundo en busca de la verdad

Imaginen ustedes que les encargan escribir un guión para una película de cine. Les dicen a ustedes que la cosa va de contar el viaje espacial más importante para la humanidad desde que lo es, puesto que la nave y su tripulación van en busca de los creadores del hombre. Un reto ¿verdad? Si, además, el director de esa película es Ridley Scott y todo pasa por ser una precuela de su obra maestra Alien: el octavo pasajero, al asunto puede producir un ataque de ansiedad por su importancia.
Pues eso le debió pasar a Damon Lindelof (sí, el mismo que escribió el gran timo televisivo que resultó ser la serie Perdidos). Pero debió darle el ataque sin que lograse reponerse hasta después de entregar el trabajo. De otro modo no se explica que alguien escriba semejante estupidez como es este guión. El director, el señor Scott, debió pensar que todo daba igual, que él lo arregalría con efectos visuales grandiosos, escenarios alucinantes, una puesta en escena elegante y un montaje que eliminara cosas para idiotas profundos.
Lógicamente, se equivocó porque un guión nefasto es mal compañero de viaje a pesar de cargar con millones de dólares. Ni efectos visuales y especiales, ni una cuidada producción, ni esa puesta en escena tan elegante y profesional, ni nada de nada, puede con la carga de un pésimo guión. Si el objetivo era hacer pasar un buen rato al espectador, vale. Porque la película es espectacular si nos centramos en muchas de sus escenas. Aunque eso convierte Prometheus en candidata a ser olvidada con rapidez. Si sumamos a todo esto que, comparada con Alien, Prometheus parece la prima del pueblo, el olvido es inmediato y obligado para cualquier amante del cine.
El guión de Lindelof debería incluirse en los temarios de las escuelas de cine del mundo entero. Bajo el título: Lo que nunca nadie debe hacer si quiere escribir un buen guión.
Algunos detalles que les pueden ayudar a hacerse una idea del desastre que representa este trabajo (a partir de aquí se desvelan datos de la trama):
El viaje interespacial es de suma importancia. Pero, qué cosas, cuando después de dormir plácidamente durante más de dos años, el robot despierta al personal y resulta que no se conocen entre ellos. Supongo que se prepararon el viaje por internet. Chateando y eso.
Bien. Ya despiertos, nos dicen que allí están los mejores. Era de esperar ante la importancia de la misión. Pero siendo los mejores parecen tontos de capirote. Llegan al planeta de destino y, sin la más mínima preparación o estrategia científica se suben a los vehículos y se lanzan a explorar un lugar inmenso, desconocido y, posiblemente, peligroso. No voy a mentir; hay una justificación. Uno de los superlistos dice que es navidad y que él va a abrir sus regalos; es decir, quiere encontrar marcianitos. Por supuesto, alguien hace una lectura del aire que resulta ser respirable. Cascos fuera. Venga que aquí no pasa nada. Un científico no haría algo así. Ni usted ni yo. Pero para esta tripulación la cosa va de llegar y hacer lo que a uno le da la gana. Todos regresan, excepto dos. Se quedan dentro de lo que llaman la cúpula. Uno de ellos ha sido capaz de levantar un plano tridimensional del lugar, es geólogo experto, pero se pierden y, por ello, no vuelven a la nave con los demás. Como todo el mundo sabe, los científicos que viajan al espacio no distinguen la derecha de la izquierda, ni arriba o abajo. Por supuesto, cuando aparece un bicho con muy mala pinta; pero mala de verdad; en lugar de salir pitando, el otro, el que sabe de estas cosas, cree haber encontrado un cachorro de pastor alemán y le trata de enseñar a dar la patita. El espectador ya sabe que es una mutación de lombriz (a saber de dónde han salido las lombrices; mejor no pensar en ello para no irritarse más). La lombriz ha tenido contacto con un líquido negruzco y desconocido y se ha convertido en un ser terrible. Pero Einstein lo confunde con Toby.
Más detallitos. Una del grupo queda embarazada. De su novio que es el que se quita el casco en primer lugar. Este ha sido infectado por el líquido negro y desconocido. El androide de a bordo ha sido el causante. Él ve cómo un gusano le sale del ojo. Pero no pasa nada. Va como si nada a la siguiente misión de exploración. Soy científico y soy más tonto que pichote.
Bien, pues el lumbreras es el padre la criatura que ha sido concebida tras tomar (papá) el dichoso líquido. La madre, tras enterarse del asunto y saber que la quieren dormir para trasladarla a la tierra en estado de buena esperanza; esto es, con un calamar muy cabreado dentro; decide hacerse una cesárea. Para ello decide utilizar la máquina que está situada en una cabina de salvamento. Esa cabina es de la jefa de todo este lío y le permitirá vivir durante dos años si la utiliza. La máquina opera sola, pero sólo a hombres. Qué cosas. ¿Para qué querría una mujer esa máquina? El caso es que el calamar es extraido y la mujer debidamente grapada. ¿Qué hace ella? Lo normal. Correr una maratón, pelear con unos y otros y resistir la caída sobre su cuerpecillo de una nave de, digamos, 50000 toneladas. Como lo oyen. ¿Cómo se libra de una muerte segura? Muy sencillo. Al huir cae junto a un adoquín que impide el aplastamiento. No hace falta decir que en su carrera, al huir de la mole que le cae encima, no modifica la trayectoria ni un centímetro. La dirección coincide, exactamente, con la de la nave cayendo.
Estos son algunos detalles lamentables aunque no están todos. Pero es que, además, los personajes son superficiales y el espectador no puede entender nada de lo que pasa al no empatizar con nadie. Como es lógico, la carga dramática se desvanece por completo.
Ridley Scott se traiciona a sí mismo al meter por medio de este desbarajuste a su Alien. Sin un buen guión no hay nada que hacer y cualquier cosa que esté próxima puede salir dañada. Creer que lo demás puede ser la solución es una metedura de pata enorme. Tampoco está muy afortunado sumando planos muy cortos durante mucho tiempo. La película es muy deudora de Alien (salvando las enormes distancias, claro). Contiene casi todo lo que funcionó en esa obra maestra convirtiendo todos los aciertos en una mala copia sin pies ni cabeza, sin nada en lo que sostenerse mínimamente.
Las interpretaciones son bastante normalitas. Se libran de la mediocridad Fassbender y Charlize Theron, aunque sin grandes lujos. Y lo de elegir a Guy Pearce para interpretar a un anciano en lugar de contratar a un anciano de los de verdad es incomprensible.
Pues todo esto se acompaña de una música omnipresente y excesiva que no dice gran cosa a pesar de todo.
En fin, una película mediocre. Entretenida y visualmente potente por la técnica utilizada. Nada más.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 29 2012

Memento: Recordando que somos mortales (Memento Mori)

La psicología del ser humano es fascinante y muy compleja. La películas que la abordan son fascinantes y muy complejas (las buenas) o un tostón inaguantable y estúpido (las malas). No suele haber término medio. Memento de Chistopher Nolan es de las buenas. De las muy buenas, muy fascinante y muy compleja.

Leonard Shelby (Guy Pearce) sufre una enfermedad que consiste en no poder generar recuerdos inmediatos (para los más curiosos apunto que se llama amnesia anterógrada, aunque me parece un detalle sin importancia puesto que si la enfermedad se denominase Putisteius Almodabile no cambiaría nada de nuestra percepción). Cada mañana despierta sin saber dónde está, pasados unos minutos no recuerda lo que ha ocurrido poco antes.

Teddy (Joe Pantoliano), Natalie (Carrie-Anne Moss), Sammy Jankis (Sthephen Tobolowsky), la señora Jankis (Harriet Sansom Harris), Catherine Shelby (Jorja Fox) y algún otro, son personajes que van construyendo a nuestro protagonista. Además de un perfil psicológico muy atractivo que yo no sé explicar (si tenemos por aquí algún especialista que deje un comentario por si nos enteramos de algo) la película es un ejemplo maravilloso de la ruptura lineal en la narración y una lección magistral de cómo el espectador se ve envuelto en la propia trama y en su diseño final.

La película narra tres cosas al mismo tiempo. Por un lado la historia de Sammy Jankis y su esposa. Leonard, el protagonista, va contando lo que le ocurrió a ese hombre (padeció la misma enfermedad que él ahora) y a su mujer. Las secuencias se presentan en blanco y negro, la narración es lineal, pero fragmentada ya que nos la presentan en distintos momentos de la película. Vale. Más secuencias en blanco y negro. Leonard intenta explicarse qué le pasa, qué ocurrió desde ese día que aparecen muertos en su vida y pierde la posibilidad de tener memoria inmediata. Leonard es Leonard. Narración lineal. Secuencias en color. Leonard cree seguir siendo él mismo aunque ya no lo es. El director nos lleva a ese momento en que él cambia fundiendo las dos historias. Porque, mientras las secuencias en blanco y negro van hacia delante en la trama, las que se presentan en color retroceden en el tiempo. Y se repiten para explicar lo anterior. Así hasta llegar a ese momento en que el Leonard en blanco y negro se convierte en el Leonard de colorines. Eso de contar al revés la historia y de repetir escenas hace que el espectador tenga que esforzarse por cuadrar las distintas partes de la acción. O se hace ese esfuerzo o no entiende nada de nada.

Leonard apunta todo para tener pistas sobre sí mismo, sobre lo que le pasa. En papeles. O tatuándose la piel. Son anotaciones difusas. El comportamiento de los personajes (de todos) también lo es. No sabemos qué pasa, qué creer, hasta bien avanzada la película.

Finalmente, lo que nos dicen es que el futuro de las personas se dibuja desde el pasado y que si ese pasado se distorsiona, el futuro cambia radicalmente. De hecho, la película intenta mostrar esto narrando desde las causas la historia de Leonard siendo Leonard (permitan esta licencia) y desde las consecuencias lo que nos presentan en color (Leonard ya no es el mismo).

La vida de cada uno de nosotros depende de nosotros mismos si queremos que así sea. Ese es el verdadero mensaje de la película. Es verdad que tenemos la venganza como vehículo para contar la historia, el tiempo es importante en la trama, la identidad personal o la memoria y su papel en la vida. Pero todo eso es un apoyo (sólo un apoyo) para desarrollar una tesis sobre la posibilidad de ser de un modo u otro.

Puede parecer (ya sé que sin ver la película no hay quien entienda una palabra de lo que he dicho) que la película es una especie de tortura para el que la ve. Nada más lejos de la realidad. Es interesantísima, divertida y mantiene un ritmo narrativo espectacular.

Echen un vistazo a Memento si no lo han hecho ya. Vuelvan a disfrutar de este peliculón si tienen ocasión. Y no olviden que ustedes no tienen ninguna obligación que no sea atender a lo que les cuentan, que no es su trabajo sacar conclusiones. Lleguen al final con tranquilidad, sin entrar en un juego que les proponen por si quieren ustedes meterse a detectives, un juego sin solución desde dentro. Sólo desde la butaca de casa la tiene. No se dejen embaucar.

© Del texto: Nirek Sabal


feb 27 2011

El discurso del rey: Inseguridades

¿Quién no ha temido hablarle a una muchedumbre alguna vez? ¿Quién no se ha quedado en blanco por culpa de eso que llamamos pánico escénico? ¿Quién no la ha cagado a la hora de lanzar un discurso?  Creo que nadie. Todos hemos pasado por esos momentos desde que íbamos a la escuela, era puro miedo el tener que exponer unas ideas, un tema específico o el mero hecho de que estuvieran pendientes de ti cerca de 40 compañeros en un mismo aula, y un profesor también. Terror a caer en el ridículo, o en todo caso, aburrir a los demás. Lo cierto es que muchas veces esos miedos no se van ni siquiera en la madurez, como nos demuestra la historia de esta película basada en una pequeña (y casi desconocida) parte de la vida del monarca Jorge VI de Inglaterra, un hombre que padecía de un tartamudeo feroz y un miedo ininteligible a expresarse en público, o incluso hablar abiertamente de sus sentimientos. Un rey que fue coronado tras la muerte de su padre, Jorge V, y la abdicación de su hermano, Eduardo VIII. Todo ello a marchas forzadas y sin quererlo. Una persona que arrastró gran parte de su vida un absoluto complejo de inferioridad y que logró superar gracias a otras personas, su amada Isabel II (que sería la futura reina madre), y sobretodo, un hombre en la sombra: Lionel Logue, logopeda de profesión. Gracias a estas dos últimas figuras, el monarca inició un viaje en búsqueda de una seguridad y autoridad que necesitaba para hacer frente al poder nazi que se extendía en la década de los treinta y ya con la guerra en los 40; un viaje hacia sus frustraciones más profundas, aquello por lo que se quedaba paralizado y que Lionel libera de manera asombrosa en esta minúscula aunque importante parte de su vida; un viaje de aceptación de lo que realmente es, un hombre más en el mundo.
Es destacable la crítica que, en parte, se hace durante gran parte del film a la aristocracia inglesa, a todo aquello que viene de lo que llamamos sangre azul, ya que todos los personajes de esta clase social se retratan de una manera prácticamente burlesca, con grandes complejos y manías, con demasiados miedos a todo aquello que le rodea y que no responde a su autoridad, de cómo unos hombres con muchísimo poder son, en el fondo, seres inferiores. Para quien la haya visto, le recomendaría que volviera a ver la escena donde Jorge VI y Lionel se ven por primera vez (en la consulta del mismo logopeda), que viene a dar muestra de lo que resumo en líneas anteriores. Cambiando de tercio, lo que el director Tom Hooper nos propone es una película para dejarnos llevar por la ambientación de los años treinta londinenses, de preciosa factura, con unos decorados cuidados al detalle, con una recreación histórica envidiable (trajes, peinados, caracterizaciones), adornado con una planificación compositiva casi perfecta (algunas veces parecerá que estemos viendo lienzos), una música de corte clásico donde primará el piano como instrumento central creada por Alexandre Desplat, y sobretodo, una obra sustentada en todo momento por las magníficas interpretaciones de Colin Firth como el monarca tartamudo y Geoffrey Rush como su asesor y logopeda, dos actores en estado de gracia que hacen que no decaiga una historia con un guión que en manos de otros actores podría llegar al tedio, ya que éste discurso no da para más. Michael Gambon, Helena Bonham Carter o Guy Pearce vienen a completar el reparto.
En definitiva, estamos ante una cinta que podríamos definir como cuento bonito, que no daña la vista ni el cerebro, pero que no viene a contar nada nuevo, es el biopic que toca tragarse todos los años, con un duelo interpretativo soberbio que se llevará muchos premios y que será olvidada este mismo año o en los siguientes. Una pena. Bueno no, no es una pena. Yo me he divertido de lo lindo viendo actuar a Geoffrey Rush, porque ya salga en un castañazo o en una peli de puro entretenimiento, lo borda con su carisma. Otro apunte más: queda terminantemente prohibido verla doblada al castellano, bueno, eso y todas las películas que no sean de habla hispana, las obras hay que verlas tal y como se conciben. Y ya solo me queda decir una última cosa: God save the quee….the King.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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feb 5 2011

Animal Kingdom: El mejor de los seres vivos

A lo largo de nuestra vida somos testigos de todos los sentimientos que afloran en nosotros hacia las cosas y personas que nos rodean. Una infinidad de sentimientos que llegan a evolucionar hacía extremos insospechados por nuestra razón, que muchas veces tiene ideas preconcebidas sobre el límite de las emociones.
Probablemente Joshua Cody, o J, como se hace llamar el protagonista, no se imaginaba lo que podría llegar a sentir por su propia sangre en el momento en que no le queda más remedio que trasladarse con sus tíos al fallecer su madre por una sobredosis. Animal Kingdom, ópera prima del australiano David Michôd,  se presenta como el thriller de la nueva familia de J; una familia de peligrosos criminales cuya estabilidad se ve alterada en el momento en que Joshua se incorpora como uno más.
Michôd sabe cómo atrapar al espectador desde el primer minuto, y sorprenderle con un brutal, pero sobrio comienzo. No sólo por la impasibilidad aparente que demostrará el protagonista durante las casi dos horas en las que transcurre el film, sino por la forma en que aborda la temática de la película: drogas, atracos, coches robados y criminales. Y apenas veremos unas gotas de sangre, tiroteos o violencia gratuita de la que suele abundar en este género. Y es que es la idea inicial que uno se puede hacer sobre esta obra al leer una simple sinopsis en internet. No obstante, este largometraje va mucho más allá del tópico del crimen organizado a manos de una familia. Atraviesa el crimen, sí, pero llega a la familia; como un elemento que todos tenemos de una u otra manera, y queremos de otra o una manera; que puede compatibilizar la maldad que reside en las acciones de un padre atracador o drogadicto con la inocencia de un hijo, el egoísmo de una abuela de dura fachada con las dudas de un adolescente recién llegado a la familia, mientras haya un sentimiento que los une.
En el caso de Josh, David Michôd nos cuenta la historia de su familia desde la mayor tranquilidad. Aunque con un inicio intenso, el desarrollo transcurre algo lento por la carencia de acción continuada, por el enfoque en el detalle de cada personaje interactuando en el núcleo familiar, que poco a poco se va descomponiendo a medida que cada uno de los tíos de J va quedando entre la espada y la pared, especialmente en el momento en que el inspector Leckie (Guy Pearce), el policía con escrúpulos, intenta utilizar a Josh para llegar hasta sus tíos, y de paso, hacerle un favor. Guy Pearce, en el papel del inspector, y Jacki Weaver en el de la abuela y cabeza de familia, terminan de pulir el brillo que hace resplandecer a esta película llena de caras poco conocidas, pero convincentes, como la del joven protagonista, James Frecheville, que debuta en la pantalla grande y cuyo trabajo se perfecciona gracias a la cámara, y no porque tenga un rostro agraciado. Los diferentes planos, analíticos, asépticos, escudriñando al confuso J, cuestionan constantemente la posición que irá tomando J ante cada suceso que tiene lugar y si cederá a la palabrería de Leckie. En muchas escenas el silencio prima sobre el discurso de los personajes: Un beso de la abuela a sus hijos, la palmadita del tío en el trasero a su mujer, la mirada de J a su novia. La carga sentimental que Michôd incorpora en este thriller prima por encima de todo, de la mano de una cuidadosa selección de diálogos corporales, respondiendo al título Animal Kingdom. El reino animal. Y es que ¿no es ese acaso el mundo en el que vivimos? ¿Un mundo en el que lo que nos guía, en definitiva, no es si no nuestro instinto animal, nuestra tendencia a dejarnos llevar por nuestros sentimientos por encima de todo? Cualquier cosa para sobrevivir, no solo a la vida, sino a lo que arrastramos en ella: El amor, el dolor, la compasión, el orgullo. Todo lo que hace de nosotros el más superior de los animales.
Sin duda, el primer largometraje del australiano tiene más que merecido el premio del jurado al mejor filme internacional de drama en el Festival Sundance 2010, el que puede considerarse el padre de los festivales de cine independiente. Lo que es una lástima es que tenga que existir el concepto de cine independiente para reunir, en su gran mayoría, a aquellas películas que demuestran contener un poco de la esencia de la humanidad.
© Del Texto: Coletas


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