jun 22 2010

Hair: Mujeres embarazadas volando

Mi hermano mayor me saca nueve años. Eso explica que, por ejemplo, creciera (yo) escuchando la música de los Beatles sin corresponderme por la edad o entendiera el rollo hippie siendo un crío (ya se encargaba mi hermano de que así fuera).
Cuando estrenaron Hair en el año mil novecientos setenta y nueve, tenía (yo) quince años. A mis amigos no les interesaba gran cosa la película. Todos eran más de Grease (y yo). Pero mi hermano mayor me invitó y (encantado) fui a ver la película. Me lo pasé en grande porque, en realidad, siempre había sido más del rollo hippie (yo) que del otro.
Aún no había probado ningún tipo de droga. Ni siquiera fumaba. Sólo hacía deporte. Pero allí volaban mujeres embarazadas, todo era absolutamente delirante. El ejército significaba el horror, el dinero significaba el horror, todo lo era excepto sentirse libre con drogas o sin ellas. Podría decirse que fue mi primer contacto verdadero con las alucinaciones. En todos los sentidos.
La película tiene un final que es el horror. Milos Forman avisaba. Todo esto está muy bien, la amistad mola, las drogas molan, el dinero es una mierda, los que tienen dinero son más mierdas que el propio dinero, pero la vida es como es. No se puede apostar contra ella porque pierdes seguro.
Hair es un musical. De los buenos. Y, claro, la música es fantástica. Al menos eso cree uno que creció escuchando cosas parecidas y entendía (o creía entender) lo que le contaban. Las coreografías son magníficas. La trama no deja de tener su aquel. Los actores (excepto Treat Willians que esta soberbio) están correctos y poco más. Pero el conjunto es genial.
Venga, pónganse una cinta en el pelo, un par de margaritas, los pantalones de campana y preparen algo para beber. Ya verán como el rollo hippie les divierte de lo lindo. Y si no entienden el inglés, vean la película con los subtítulos activos. Es importante lo que dice cada canción. Ah, y si no vieron nunca embarazadas volando, todavía están a tiempo. No pasa nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


may 24 2010

Grease: Lo más de lo más


¿Saben quién es John Travolta? ¿Sabe quién es Olivia Newton-John? Posiblemente, al primero, algunos los conozcan por las películas de Tarantino, ya saben aquella Pulp Fiction que marcó época y posteriores films muy sesudos. A la segunda, posiblemente otros, la conozcan como cantante pop de los años 70 y 80. Sin embargo, antes que todo eso, existió “Grease”, y fue allí donde Travolta alcanzó la popularidad y pasó a ser una estrella del cine y donde la australiana Newton-John se consagró definitivamente como cantante pop, si bien con distinta suerte en el cine.
Con “Grease”, ambos se convirtieron en la pareja ideal, la envidia de todos los jóvenes del mundo, guapos, enamorados, con unos chorros de voz que les permitía unos gorgoritos que no se escuchaban desde “West Side Story”. Los cines tuvieron colas monumentales durante meses y las chicas empezaron a peinar unos rizos, unas ondas, en sus melenas, como las de Olivia en la película. Los pantalones de cuero se pusieron de moda y, por supuesto, las camisetas sin mangas. Revolucionaron la estética.
“Grease”, es un musical que se filmó a finales de los años 70, inspirado en la vida de los estudiantes norteamericanos de los años 50. No soy nada objetiva con esta película porque para mí, en su momento, fue lo mejor de lo mejor y, si bien es cierto que vista a posteriori, con muchísimos años más encima, la cosa no es lo mismo, para mí continúa siendo una bomba de endorfinas para mi cuerpo.
Quienes, en su momento, vimos “Grease” conservamos un buen recuerdo, o eso creo, porque de hecho no conozco a nadie de mi generación a quien le nombres la película y no exclame un –Ah, siiiiii!!!- y no sonría.
Una película dirigida a los jóvenes de finales de los 70, y pese a que nos ponían por delante unas imágenes, una estética, que no se correspondían con la de nuestra época, a todos nos parecía rompedora. Empezando por los títulos de créditos que en forma de cómic, acompañado por la música creada por Barry Gibb (uno de los componentes de los Bee-Gees), ya nos dejaba con la boca abierta.

El argumento es sencillo. Vacaciones de verano, niña bien, Sandy Olson (Olivia Newton-John) conoce, en la playa, a chico, Danny Zucco (John Travolta), guapo, amable, enamorado, delicado. El verano llega a su fin y cada uno tiene que volver a su vida y a su ciudad, ella a su Australia natal. Pero, oh! Cambios de última hora, la familia de Sandy decide quedarse en los EEUU e inscriben a Sandy en el Instituto Rydell. Y oh!, casualidad, en el instituto se encuentra con su amor, que ya no es tan dulce, delicado, ni amable. Ahora es el líder de una pandilla de chicos, los T-Birds (Thunder Birds), que para hacerse el machito frente a sus amigos, contará, de forma totalmente adulterada, la historia vivida con Sandy. A lo largo de la película, los encuentros y desencuentros entre ellos, los novietes y sus amigos, nos mantendrán atentos a la pantalla. La decepción de Sandy, la contradicción continua de Danny, las aventuras de los estudiantes estadounidenses (carreras de coches, heladerías maravillosas, Ángeles de la guarda, noches del pijama, bailes de fin de curso, coches descapotables, etc.), los posicionamientos de los amigos comunes, en fin todas esas cosas que pasan en las pandillas, será lo que nos mantendrá frente a la pantalla durante casi dos horas.
Uno que quiere y cree que no puede; otra que quiere y cree que tampoco puede. En fin, lo de siempre, pero magníficamente retratado. Al final, no por esperado, menos ilusionante, ni él era tan malo malote, ni ella tan tontita como parecía. Y como no podía ser de otra manera, un final de campanillas, chica pretende reconquistar a su chico, adoptando las sugerencias de sus nuevas amigas, las “Pink Ladies”, de ser más malota y, el chico malote, intenta abandonar sus feas costumbres para reconquistar el amor de la muchachita. Y como tenía que acabar bien, porque no podía ser de otra manera, se reencuentran en un parque de atracciones, malote con pinta de santito, santita con pinta de malota, para confesarse su amor y salir volando en un estupendo descapotable mientras sus amigos lo flipan desde el parque.
Que sí, que lo sé, que el argumento es “simplicísimus”, pero a toda una generación nos dejo epatados y boquiabiertos, con su estética, con su música, con todo absolutamente todo.
No les voy a decir nada más. Compren siete kilos de helado, siete kilos más de palomitas, 20 litros de coca-cola, llamen a sus amigos de siempre y véanla, olviden que algunos de ustedes empiezan a peinar canas y disfrútenla como entonces. Yo pienso hacerlo, bueno volveré a hacerlo, cosa de mis filias y mis fobias.
© Del Texto: Anita Noire


mar 14 2010

Mí no entender

El mundo cambia. Y lo hace, cada vez, más velozmente. Nunca antes la humanidad había avanzado tanto en tan poco tiempo; nunca la humanidad había destruido su hábitat con tanta saña y con tanta prisa. Cada descubrimiento supone un avance equivalente a siglos anteriores.
Conocí un mundo muy distinto al de mis padres aunque pude entender buena parte de lo que allí pasó. Mis hijos conocen un mundo que nada tiene que ver con el mío. Y no entienden nada de nada. Ya no se trata de entender. Ahora el objetivo es avanzar, cueste lo que cueste.
Antes, las salas de cine eran enormes. Una puerta, un cine. Nada de multisalas. Al entrar (detrás de una cortina de terciopelo granate y enorme) te recibía una persona vestida con un uniforme completamente anacrónico que sostenía una linterna en la mano. Te colocaba en tu asiento. Lo iluminaba para que pudieras sentarte sin equivocación posible. Porque al cine se podía llegar tarde a cambio de una propinilla. Si se trataba de una sesión doble con más razón. Entrabas y si la película había empezado no pasaba nada. Veías lo que restaba, veías la siguiente, seguías sentado y asistías a la proyección de la parte no vista de la primera de las películas. Entre película y película se visitaba el bar del cine. Aguantar la cola formaba parte del rito. Y, de regreso a la butaca, te encontrabas sobre las piernas el abrigo, la bebida y las palomitas. No había hueco para cada cosa porque donde acababa tu localidad empezaba la siguiente. Bien pegadita.
Durante la proyección podía pasar cualquier cosa. Problemas de sonido, el proyector descacharrado, la película que se quemaba. Y a eso se contestaba con gritos y silbidos. Con grandes escándalos.
En las últimas filas se refugiaban tres tipos de espectadores muy significados. Los novios para aprovechar lo negro de la sala, los fumadores y los gamberros. Aunque el lugar preferido para fumadores y gamberros era el gallinero. Allí las persecuciones de los acomodadores eran duras. Con sus linternas buscaban culpables sin parar. Y los expulsados salían del cine pensando que, al menos, la localidad del gallinero era más barata que la de butaca de patio.
Qué emoción pasar por la puerta del cine de barrio teniendo menos de dieciocho años cuando la película estaba calificada para mayores (en la España puritana y mojigata aquello era una heroicidad para un chico que no era mayor de edad). Qué olor a ozono pino. Aún podría describir el aroma y el asco que me producía si lo acababan de soltar con una de esas máquinas que también se utilizaban para regar las plantas con insecticida.
Pero la gran estrella era la Gran Vía madrileña. Aquello era otra cosa. Un cine de barrio era insignificante si lo comparabas con cualquiera del centro de Madrid. Las colas para asistir a los estrenos eran gigantescas. Incluso hubo reventa de entradas en muchos de ellos. Terremoto, El coloso en llamas, Grease, Fiebre del sábado noche, Rocky, Las guerra de las galaxias; Alien, el octavo pasajero. Aplausos al acabar la película. Emociones nuevas que nos traían mundos imposibles de imaginar hasta ese momento.
Ir al cine era un rito, era importante. No existían el vídeo ni el Dvd. Los ordenadores estaban en la NASA. El cine era único, era el universo prometido. Era igual si King kong tenía pinta de peluche porque el espectador no iba a comprobar cómo evolucionaba la técnica sino a descubrir. Todo era mágico. No estoy seguro de que ahora lo sea tanto. O será que no entiendo la magia moderna. No lo sé.
© Del Texto: Nirek Sabal