dic 7 2010

Interiores: Sin asumir la realidad no hay realidad

Hay personas que deberían (deberíamos) sentirnos afortunadas por vivir lo que les toca disfrutar. Sin embargo, dedican (dedicamos) buena parte de sus (nuestros) esfuerzos a sufrir, a torturarse (torturarnos). El ser humano tiene por costumbre inventar problemas, cacarearlos, hacerlos universales y cuidarlos con mucho cariño para que duren mucho. Si hablamos de las clases acomodadas, podríamos decir que eso es lo que más le gusta hacer. Parece mentira que con la que está cayendo, desde que el mundo es mundo, dediquemos un solo segundo a semejante cosa. Pero es así. Algo natural, algo que todo el mundo da como bueno.
Woody Allen es el director de cine que mejor retrata a esos individuos de clase acomodada que teniendo todo añoran todo, que convierten su vida en un valle de lágrimas sin saber por qué; a esos sujetos que viven de su propia compasión, que hacen del lamento, por sí mismos, una forma de vida. Woody Allen es el director de cine que mejor ha sabido detectar los problemas de una clase social estúpida hasta límites insólitos. Comodidad y estupidez parecen caminar siempre juntos formando una correlación perfecta.
Me gusta Woody Allen porque es cine. Me gusta Woody Allen porque lo que cuenta es la vida de todos. Me gusta Woody Allen porque enseña las miserias, los desastres personales y las desdichas de una sociedad que nada en la abundancia (de todo) y no es capaz de inventar la felicidad. Ni siquiera de fingirla. Me gusta Woody Allen porque nos deja con su cine las pruebas necesarias para que, de una vez por todas, seamos conscientes de que nuestro intento de alcanzar límites personales es directamente proporcional a lo poco que nos gustamos.
Disfruté con las comedias desenfadadas y sin pretensiones del viejo Allen. Me maravillaron sus comedias más maduras. Pero, también, me encantaron sus dramas. Especialmente, Interiores. Aún no entiendo el porqué esta película no fue recibida, en su momento, como lo que es, como una formidable obra.
El paralelismo que muestra Allen entre los interiores personales y los de los hogares en los que se vive es indicativo de lo que intenta el director con esta cinta. Todos tenemos decorado nuestro propio yo y, tarde o temprano, eso tan íntimo se deja ver en algún lugar, en algún momento; se ve modificado para siempre o se vacía sin remedio.
La película es deudora del cine de Bergman (esto se ha dicho por activa y por pasiva, así que no seguiré con ello), pero, no obstante, el sello de Allen es indiscutible y está presente de principio a fin.

El uso de unos diálogos excelentes que marcan a sus personajes, aportando rasgos inconfundibles a cada uno de ellos, ya es suficiente prueba de que es así. Les garantizo que si prestan atención a esos diálogos y no miran a la pantalla, podrían saber quien habla en cada momento dada la coherencia casi insólita de los discursos. La inteligencia de Allen no desaparece a pesar de los homenajes. Ni en dramas ni en comedias.
Interiores es una película que habla del fracaso. Concretamente del fracaso de lo artificial, de todo eso que intentamos ser para alejarnos de nosotros mismos (por gustamos poco o nada).
Una familia acomodada. Una mujer (la madre) que intenta dibujar un mundo ajeno a la vulgaridad que termina vacío; entre otras cosas, porque su marido es vulgar, dos de sus hijas los son del mismo modo y la tercera (la que parece más triunfadora) se mueve en territorios normaluchos puesto que le rodea esa vulgaridad sin que pueda respirar. Eso de lo que trata de escapar (la madre) es el propio mundo aunque lo haya intentado cubrir con pan de oro. En una de las escenas vemos como esa mujer (Geraldine Page) habla con su marido de un dibujo de Matisse. El hombre alcanza a decir que le parece muy interesante. Sólo. Se han separado y ella desea que él regrese a casa. Él no entiende de arte, ha encontrado a otra mujer (Maureen Stapleton) que disfruta tanto como puede del sol, del dinero y de lo bueno que encuentra en el mundo. Él es ajeno al universo que le propone su esposa. Y la mujer, sin apenas ser consciente, reclama muebles para su interior. Corrientes, sin valor artístico, esos que tanto le repugnan. No quiere asumir que la vida es vulgar aunque conserva la esperanza de poder barnizar todo aquello que le permite sobrevivir. Como toda la clase acomodada del mundo, vamos.
Joey, la hermana pequeña, (Mary Beth Hurt) está perdida, no sabe dónde quiere llegar. Tan sólo es capaz de envidiar a Renata (Diane Keaton) que, aparentemente, se abre camino en el mundo de la escritura. En realidad, está anclada a lo mustio del fracaso. Su madre fracasa, el padre se desliza hacia el mundo de la mediocridad, su marido se siente fracasado, sus hermanas también (Flyn (Kristin Griffith), otra de las hermanas, no pasa de ser una actriz secundaria que trabaja en series de segunda categoría y obras muy alejadas de la genialidad). Ninguno quiere asumir una realidad común.
La película se llena de escenas que rebosan patetismo llegado desde la lucha estúpida y cruel que mantienen todos los miembros de la familia con esa mediocridad que les apabulla. Por ejemplo, cuando el padre y su nueva pareja cenan en casa de Renata, el choque de cosmos es demoledor. El espectador percibe con claridad ese enfrentamiento entre un lugar limpio en el que no hay pretensiones que vayan más allá del disfrute de la vida y la zona oscura de un mundo condicionada por el disfraz de lo cotidiano para convertirlo en una maravilla idiota.
Las interpretaciones son espléndidas. Especialmente, las de las actrices. La fotografía de Gordon Willis es precisa con el detalle y solvente con el conjunto. La iluminación está muy cuidada durante toda la película. El guión es excelente. Es verdad, que los discursos, a veces, son muy literarios, pero no hay que olvidar que los personajes se mueven en un territorio cargante, entre la intelectualidad más pedante. Un aspecto que Allen trabaja con especial acierto es el ajuste entre tempo y tiempo narrativo. No se aprecia ni una sola fisura a lo largo del metraje. Es verdad que el ritmo es algo lento aunque es lo que pide el guión y no puede considerarse un error. Los planos fijos de larga duración van apareciendo en los momentos precisos para que ese tempo convierta el tiempo narrativo en el momento justo.
Me gusta Allen. Me gusta Interiores. Y me gusta saber que hay artistas que son capaces de apostar por lo que quieren hacer sabiendo que las taquillas no sufrirán colapsos. Otra cosa sería vulgar. Eso sí que es la vulgaridad por excelencia.
Exquisita película. Imprescindible para comprender el cine de Woody Allen en su conjunto. Yo, desde luego, no dejaría de ver algo así.
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 12 2010

Manhattan: Una hermosa caja llena de problemas

¿Hasta qué punto podemos confiar en las personas? ¿Un hombre o una mujer enamorados son fiables? ¿Son los adolescentes una banda de desequilibrados contestones o lo son los adultos que cumplen más de cuarenta años? ¿Se puede amar a alguien mientras se ama a un tercero? ¿Puede cambiarse un amor por otro sin que ocurra una hecatombe emocional?
Estas son preguntas que asaltan al espectador cuando echa un vistazo al cine de Woody Allen. Incluso en su primera época ya dejaba algunos apuntes sobre estos asuntos cuando hacía comedias desenfadadas, frescas y críticas con los sistemas. Y estas preguntas nos hacen colocarnos ante una situación incómoda. Depende de la edad del espectador, eso es verdad. Me refiero a ese tener que elegir entre la sensibilidad y la intuición por un lado o la inteligencia por otro. Parece que, según vamos cumpliendo años, estamos obligados a utilizar más esa inteligencia. Es cosa de jóvenes lo de permitir que sensibilidad e intuición arrasen con todo. Y digo que lo parece porque es la única forma de que no se organice un desastre a tu alrededor. Un jovencito cerebral que calcula todo o un hombre maduro que se deja llevar por sus primeras sensaciones en cuanto se le cruza una mujer nos parece un loco. En el caso de las mujeres ocurre lo mismo, claro.
Sensibilidad, intuición, inteligencia. Woody Allen, en 1.979, vuelve a meter los ingredientes en la centrifugadora y ¡voilà! Otro peliculón. Y, encima, mostrando un escenario completamente grandioso. La ciudad de Nueva York. Pero no cualquier Nueva York. Nos muestra esa ciudad que ama y lo hace con sumo cuidado, con una fotografía excelente (Gordon Willis), en un blanco y negro lleno de matices que convierte cada plano de la ciudad en una postal que todos quisiéramos enviar un día. Así, el propio escenario termina siendo un personaje más, un personaje que aparece sin descanso para que los otros (los de carne y hueso) puedan ir evolucionando interiormente y en sus relaciones con los demás. El actante perfecto es lo que construye Allen en Manhattan y con Manhattan. De paso, el director deja bien clarito que una cosa en la costa oeste y otra, bien distinta, la costa este. No hace falta que diga quien sale mejor parado de esta comparación.
Otro de los ingredientes que convierten la contemplación de la película en un momento inolvidable es la música de George Gershwin. Delicada, exquisita; mezcla de sinfónica y buen jazz. Temas como Rhapsody in Blue (en el inicio); He Loves, and She Loves o Oh, Lady be Good ayudan a convertir el metraje (ya en sí mismo fantástico) en una delicia. En la película, los temas están interpretados por la filarmónica de Nueva york. Pilotando Zubin Mehta. No se puede pedir más.


El guión fue cosa del propio Allen y de Marshall Brickman (viejo conocido del director). Como de costumbre nos presenta unos diálogos llenos de ingenio, originales, muy bien armados para que los personajes puedan evolucionar al ritmo que requiere la narración. Nada de lo que se dice, nada, aparece porque sí. Todo tiene sentido. El justo.
La dirección de actores es más que notable. Diane Keaton está como casi siempre, soberbia. Meryl Streep, aunque en un papel secundario, consigue una gran solvencia y credibilidad en su interpretación. Una jovencísima, Mariel Hemingway, da una lección de contención y de expresividad en cada uno de sus gestos. Y el propio Woody Allen llena la pantalla desde el principio al final de la película (entre otras cosas por el personaje que interpreta que es grandioso). Michael Murphy aparece en con papel menor, pero también está muy correcto.
Lo que cuenta Allen en esta película está rodeado, como es habitual, por los asuntos que le preocupan. La religión hebrea, las relaciones de pareja, el psicoanálisis, la crítica al mundo de la cultura, etc. Lo habitual. Un enorme montón de problemas. Y no pienso decir una sola palabra sobre la trama. Es una pena desvelar una sola cosa por pequeña que sea. Sólo un mínimo apunte sobre la escena final de película. Después de una carrera de Isaac Davis (Allen) por las calles de la ciudad (magníficas tomas), le vemos junto a Tracy (Mariel Hemingway). La conversación es un colofón estupendo y resume muy bien lo narrado. Ese aplomo de la joven (que durante toda la película parece ser la única sensata), esa otra forma de ver las cosas del hombre maduro, nos dejan claras las cosas. La referencia a la posibilidad de confiar en las personas cierra un peliculón. El resto de lo que cuentan mejor que lo vean y lo disfruten. De verdad que merece la pena. No se me ocurre mejor idea para un domingo lluvioso, por ejemplo. Ni para una tarde de sábado ventoso. O para un día cualquiera a la hora que sea y donde sea.
© Del Texto: Nirek Sabal


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