mar 30 2012

El jardín colgalte: De cómo regresar para visitar a tus fantasmas

¿Cómo vive un adolescente gay el descubrimiento de su propia sexualidad? ¿Cómo vive una familia ese descubrimiento? ¿Puede mantenerse el mundo en el mismo lugar cuando algo así ocurre? Estas preguntas se plantean en la película del director Thom Fitzgerald, con respuestas que llegan desde un realismo muy sucio y un surrealismo delirante a veces, desconcertante otras.
La propuesta de Fitzgerald es atrevida. Apuesta todo lo que tiene a mano para explorar un asunto que genera grandes angustias a casi todo el mundo aunque la cosa se disfrace de normalidad. Y, tras la apuesta, las ganancias son suculentas. El trabajo tiene mucho de bueno y poco de figuras estereotipadas, de puntos de vistas conocidos o de técnicas narrativas ya usadas.
La película va de lo cómico a lo trágico sin ningún tipo de compromiso moral con los personajes o el espectador. Nada de moralina, nada de clases sobre lo que es el mundo. La película va del presente al pasado sin concesiones a la galería, sin explicaciones. El que quiera o pueda entender lo que ocurre, que lo haga. La película va de lo bello a lo que puede repugnar sin plantear nexos entre ambas cosas porque no los hay. El mundo está formado por micromundos, los sujetos lo viven con lo que pueden, como pueden, como les permiten las circunstancias.

Fitzgerald salpica de situaciones e imágenes surrealistas su película; nos lleva de un momento a otro en el tiempo, nos muestra orígenes y puntos de llegada.
Aún sin ser un gran alarde técnico, el trabajo pasa con nota alta la valoración del montaje, iluminación, dirección actoral, peluquería o vestuario. El guión es notable (a veces se le va la mano al que escribió -no es otro que el propio Fitzgerald- con situaciones extrañas que sacan al espectador de la película de forma violenta y eso es algo que hace perder algo de ritmo narrativo) y profundiza bien en los aspectos más importantes del asunto que trata: el descubrimiento de la sexualidad por parte de un sujeto que es gay.
Los actores que interpretan los papeles protagonistas están muy bien. Destacan Chris Leavins y Troy Veinotte (ambos en el papel de Dulce William, adulto y adolescente respectivemente). Kerry Fox está divertida y muy creíble en el papel de Rosemary; un papel peligroso puesto que tiende a la exageración.
Una realidad distorsionada en la que deambulan fantasmas sin que nadie parezca sorprenderse (todos los miembros de la familia ven las mismas cosas que son invisibles para los demás), una familia desestructurada que sobrevive a todo mientras niega la realidad y que se viene abajo cuando esa misma realidad se pone terca para hacerse presente, un mundo extravagante que termina siendo opresivo e inaguantable.
La película está muy bien. Se adentra bien en los problemas que plantea. Se deja ver y es una opción estupenda para pasar la tarde frente a la pantalla.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 24 2011

La conversación: Cuando la película es un personaje

La Conversación es un peliculón. No me extraña que recibiese la Palma de Oro el año 1974 en el Festival de Cannes. Acumula todo lo que una buena película debe sumar. Unas interpretaciones extraordinarias (la de Gene Hackman defendiendo el papel del espía Harry Caul es impresionante); una banda sonora envidiable (David Shire); un guión profundo, tenso, alejado de la ramplonería; una fotografía más que correcta; una planificación exacta. Y un personaje, sencillamente, descomunal. Porque La conversación es una película que se presenta como una propuesta de su director (un Francis Ford Coppola tocado por las musas. Esta película está rodada en la misma época que El Padrino o Apocalipse Now) que se apoya en el personaje. La película es un personaje.
Harry Caul es uno de los personajes mejor diseñados y más interesante de la historia del cine. El conflicto interno y su relación con el mundo aparecen desde el primer momento, van convirtiendo la película en una especie de jaula en la que se mueve un hombre que hace de motor para que todo se conmocione. Como una rata de laboratorio que corre sin cesar dentro de una rueda. Se perfila desde el diálogo, pero, sobre todo desde sus silencios; desde la relación con el resto del mundo; desde una religión casi enfermiza en la que Dios se ve como algo miedoso y al que hay que rendir cuentas cada dos por tres. Harry Caul es discreto, distante, solitario, frío, desconfiado, obsesivo, escurridizo. Todo lo observa desde una distancia suficiente que impide llegar a tener relaciones intentas con las personas o las cosas. Nada de intimidades. Es músico de jazz en sus ratos libres. Pero interpreta la música en solitario. Siente que está escapando siempre. Nadie le comprende porque no cuenta con nadie (excepto con Dios) para ser entendido. Pero Harry Caul tiene un pasado, no está solo en el mundo, siente la culpa agarrada a las sienes. Todo esto, encarnado en Gene Hackman se convierte en un personaje de una potencia arrasadora porque asistimos a la construcción de un alma que evoluciona, que soporta una trama sin problemas, que no dice una frase de más, que escucha y guarda silencios que el espectador puede interpretar conociendo al personaje. Magnífico.
La Conversación es una película que trata el tema de la culpa. Para ello se apoya en una trama que se va aclarando a medida que escuchamos una conversación entre dos jóvenes, en el pasado de Caul, en los peligros del éxito, en la confusión que puede generar el lenguaje si nos dejamos llevar por él y no por todo el entorno. La culpa y la soledad que se genera con ella.
Aparecen en pantalla un jovencísimo Harrison Ford, un correcto Cazale, Cindy Wiliams o Frederic Forrest. Todos muy bien dirigidos en sus papeles, pero con intervenciones cortas y que sólo sirven para iluminar al personaje principal. El despliegue de Hackman eclipsa todo lo demás.
Francis Ford Coppola dirige la película con maestría. Fue guionista y productor, también. El movimiento de la cámara es magnífico. Y algunos planos inolvidables. Comienza la película con un plano picado (es el que pueden ver en el vídeo que encontrarán al final del texto) que nos lleva directos al corazón del relato. Como en las buenas novelas en las que encontramos una primera página que agarra al lector para no soltarle ya; ese primer plano sumerge al espectador en un embrollo difícil de entender, pero que nos invita a continuar hasta el final. Así está planificada la película. Cada plano es el necesario, el justo. Por otra parte, logra sacar el máximo rendimiento de Gene Hackman. Ni un gesto nos hace dudar de la verosimilitud del personaje. Ni uno solo.
Por si era poco, la banda sonora es fabulosa. Y los efectos de sonido estupendos.
O sea, que lo tiene todo. Si no la han visto ya no dejen de hacerlo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 21 2010

Bear City: Buena vida, buen humor

Confesar que te gustan los osos es como salir otra vez del armario. La frase, pronunciada por uno de los personajes de esta película estadounidense, resume el fondo del asunto sobre el que gira el argumento, que se cuenta de una manera eficaz, con grandes dosis de humor, irónica autocrítica, y buscando la empatía con cualquier público.
Como mucha gente sabe, los osos (bears) son una tribu urbana homosexual que tiene como diferencia una estética que es canon físico y filosofía de vida. Gueto, dentro del gueto por antonomasia que es el ambiente.
Recorremos sus guaridas en vísperas de la celebración de una fiesta, el Bear City, siguiendo a su protagonista, un muchacho que aspira a osezno y que recorre en la cinta su camino de iniciación y nosotros con él.
Bear City es un reconocimiento para los osos y parece que su salida cinematográfica del armario en los Estados Unidos. En España, como en otras cosas, les vamos por delante y así lo reconoció el director Doug Langway en la presentación del filme en el Les Gai Cine Mad, mencionando al director español Miguel Albadalejo y su película Cachorro. Hay varios guiños en Bear City a nuestro país, que en el extranjero, sobre todo en las Américas, se ve como una patria común de libertad y de tolerancia; hasta que empiecen también aquí a repartir las pastas para el té y la niña nos meta los dedos en los ojos (si no se ha hecho lesbiana).
Los actores interpretan entregados y acertados, y es muy interesante la desconcertada interpretación del post-adolescente en búsqueda de identidad que lleva a cabo Joe Conty (Tyler). Unos técnicos y un director solventes además de unos diálogos vivaces que por momentos recuerdan a la serie Queer as Folk, para una comedia romántica con final feliz, donde en resumen se tratan cosas tan cercanas y tan comunes a todos como de la amistad, los prejuicios sobre los demás y la belleza interior.
La película se ha financiado en gran medida con pequeñas participaciones de particulares, de diez, de veinte, de cinco dólares y ha obtenido premios en el Outfest 2010 y en varios festivales de cine en Oslo, Nueva York, San Francisco y Filadelfia.
Desde luego que lo importante es tomarse la vida con buen humor. Gracias ositos.
Me entretuve y me divertí, que hoy en día es mucho.
© Del texto: Ivor Quelch


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