ago 15 2011

Gilda: Hayworth

La trama de Gilda es un disparate. Parece que se escribiera a trancas y barrancas. Y parece que se escribiera a ocho, diez o quince manos. Los giros insólitos que se producen son dignos de estudio. Pero, sin embargo, la película funcionó siempre, funciona y seguirá haciéndolo mientras el cine siga siendo lo que es. Charles Vidor consiguió una película maravillosa (la única de toda su carrera) a pesar de manejar un guión inverosímil y a un grupo de actores que no eran nada del otro mundo. Excepto Rita Hayworth, claro.
Gilda es la película que incluye las conocidísimas escenas en las que Rita Hayworth canta y baila Amado mío y Put the Blame on Mame. Sensual, brutal. La escena en la que Glenn Ford abofetea a Rita Hayworth. Brutal, también. Gilda es ella, la película es ella, el personaje es ella.
Será difícil que nadie pueda hacer un trabajo fotográfico tan asombroso con una actriz similar al que logró Rudolph Maté. Una belleza tan excepcional resulta conmovedora y es, al mismo tiempo, arrasadora.
Glenn Ford sólo había interpretado algunos papeles sin importancia en películas bélicas y en algún que otro western. Aprovechó bien la ocasión. Los momentos en los que él aparece con importancia los resuelve bien. Hoy resultaría algo histriónico, pero para la época en fue rodada la película su interpretación fue más que buena. George MacReady defendió su papel con dignidad y no tuvo la misma suerte que Ford.
Gilda es una película mítica más por el personaje y la actriz (al final terminaron siendo lo mismo y supuso una condena para la actriz difícil de soportar). Porque la trama no tiene ni pies ni cabeza. Johnny Farrel (Glenn Ford) llega a Buenos Aires. Allí conoce a Ballin Mundson (George MacReady). De forma insólita como todo lo que ocurre durante la película. Mundson dirige un casino ilegal en el que se realizan todo tipo de transacciones ilegales que no tienen nada que ver con el juego. El objetivo de Mundson es dominar el mundo. Este conoce a Gilda en uno de sus viajes. Es bailarina profesional. Se enamora locamente de ella. Y se casan. Da la casualidad de que Gilda es la antigua novia de Farrel. Esto lo arregla el guionista haciendo decir a Gilda el mundo es un pañuelo. El caso es que ella monta un numerito tras otro para tratar de llamar la atención del hombre que ama que no es otro que Farrel. Y, giro tras giro absurdo llegamos a un final muy esperado y sabido. Pero antes de esto podemos contemplar a Gilda, si lo prefieren a Rita Hayworth, bailando y cantando.
¿Por qué funciona la película? Además del personaje hay algunas cosas más. La interpretación de todos y la habilidad para captar el lenguaje corporal y gestual por parte del director son notables. Es más importante lo que vemos que lo que podemos escuchar, siempre dicen más los rostros que las palabras. Por fortuna, porque los diálogos no son brillantes en absoluto. También ayuda el montaje. Los cambios de ritmo que provocan el cambio de número de escenas por tramo hacen que el espectador pueda seguir con cierta comodidad una trama defectuosa.
En cualquier caso, merece la pena ver esta película. Una y otra vez. Porque vemos a Gilda. Porque comprobamos que la perfección casi nunca está del lado de lo extraordinario. Una película mítica. Porque vemos a Rita Hayworth.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 11 2011

El tren de las 3:10: Un western como los de toda la vida

Un villano. Malo, malísimo.
Un héroe que es un antihéroe. Bueno, buenísimo.
La banda de atracadores más terrible que uno puede imaginar a las órdenes del villano.
Atracos, romances efímeros, disparos, caminos imposibles, violencia, admiración, indios y, como siempre, valores que huelen a otros tiempos. El western de toda la vida.
James Mangold se lo sabe de memoria. Y con un guión muy entretenido que nace de un relato corto de Elmore Leonard (aunque algo disparatado teniendo en cuenta que los protagonistas son apuntados por docenas de pistolas y no hay forma de alcanzarlos) monta una película muy entretenida, un remake de la que rodó Delmer Daves y protagonizó Glenn Ford. . No aporta nada nuevo, pero cumple con solvencia lo que se propone. Divertir e intentar transmitir la idea de decencia sin hacer ascos cuando llega de la zona oscura. Al fin y al cabo, decencia es decencia. Pone por delante el director a Russell Crowe y a Christian Bale que se esfuerzan al defender sus papeles y la propuesta en su conjunto. Bale me sigue pareciendo un marmolillo, un actor más bien sosito aunque controla bien su trabajo logrando credibilidad. Crowe se adapta perfectamente al villano que encarna y parece divertirse desde el principio hasta el final de la película.
La fotografía de Phedon Papamichael es notable. La música pasa desapercibida. El vestuario no aporta nada del otro mundo. El maquillaje no está nada mal. Y el montaje es inteligente y muy eficaz.
Lo que nos cuenta El tren de las 3:10 es la historia de un ganador y la historia de un perdedor; la historia de un hombre podrido y la historia de un hombre que arrastra sus valores hasta las últimas consecuencias. La historia de dos hombres que se encuentran para perfilar sus vidas definitivamente, para ocultar sus miserias consiguiendo intercambiar sus roles durante unos instantes. Ben Wade es el malo de la película. Dan Evans es el bueno. Y ambos consiguen que la balanza se equilibre de forma mentirosa y a la vez eficaz. Uno se esfuerza por demostrar que es capaz de hacer algo grande. Otro se esfuerza por conseguir que así sea. Sólo tienen que mostrar sus lados ocultos. El bueno y el malo.
El tren de las 3:10 es una película que se puede ver en familia. Divertirá a grandes y chicos.
El tren de las 3:10 no es una película que haga pensar al espectador y tiene un punto emocionante que ataca la zona más blandita de forma efectiva.
El tren de las 3:10 cumple con un objetivo del cine olvidado por muchos. Entretener. Los que se ponen más estupendos con esto de las películas pondrán el grito en el cielo por el tiempo perdido. Pero eso da igual. Casi siempre les pasa. Los que, todavía, saben discernir entre unas cosas y otras se lo pasarán en grande escuchando disparos, viendo como los caballos galopan, observando cómo los extras caen al suelo desde lugares improbables. Pensando en el parecido propio con el héroe y el villano.
© Del Texto: Nirek Sabal


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