sep 9 2013

Cinema Paradiso: Amor por el cine

Si algo es capaz de unir a las personas una vez, podrá serlo mil veces.  Estará desbaratado, olvidado, liquidado; pero estará, en algún lugar estará aguardando su oportunidad. Tan sólo hay que buscar con cariño, olvidando cualquier cosa que distorsione el recuerdo.
Giuseppe Tornatore ama el cine. Cinema Paradiso es, entre otras cosas, la muestra de ello. Porque el amor no se puede fingir y esta película rebosa pasión, un cariño inmenso, por los cuatro costados.
Tornatore escribió un guión estupendo y entregó una película deliciosa que habla del cine como elemento común para los habitantes de un pueblo entero; como canalizador de amistades, romances y toda clase de experiencias. Pero también enseña los códigos internos propios del cine que se instalan en la vida del espectador, de cualquier espectador, sea cual sea su condición. Tornatore habla del cine como forma de entender el mundo, como posibilidad ante una vida llena de dificultades. Y es que la magia nos permite elegir caminos que ni siquiera existían antes de pisarlos por primera vez.
La fotografía de Blasco Giurato es preciosa. Busca, siempre, el brillo en todas las escenas; un brillo que termina apareciendo pase lo que pase. Y la partitura de Ennio Morricone es una obra maestra. Emocionante, profunda, impecable. Por supuesto, la dirección de Tornatore es excelente, delicada hasta el extremo. El trabajo que hace con Salvatore Cascio es espléndido. Los niños actores son difíciles y, en esta película, todo parece sencillo, natural, casi obligado. Philippe Noiret, Jacques Perrin y Marco Leonardi defienden sus papeles con una soltura inmejorable. Tornatore deja su sello personal en cada escena, en cada encuadre, en un movimiento de la cámara que apenas se nota. Impecable.
Cinema Paradiso narra la historia de una amistad y de una pasión, del amor y de la fidelidad con uno mismo. Alfredo (Noiret) es el encargado del proyector en el cine de un pequeño pueblo italiano. Salvatore (Cascio, Leonardi, Perrin; niño, joven, adulto) es un niño emocionado con el cine. Su vida se llena con todo lo que sucede en la sala de proyección aunque intuye que es en la sala del proyector donde está su sitio. Alfredo, tras muchas negativas, accede a que el niño le acompañe mientras trabaja. Se forja, así, una vocación, una profesión y una amistad. Mientras, el pueblo va evolucionando con el cine como punto de reunión, como lugar en el que todo pasa y todo es posible. Lo real y lo ficticio que se agarra y se integra a lo cotidiano.
La tensión narrativa mejora con el paso de los minutos. Y el tramo final es emocionante a más no poder. Si el espectador termina con lágrimas en los ojos no es extraño. Aunque no serán producto de la sensiblería o del ataque a la zona más lacrimógena. No, serán sinceras porque llegan de la emoción que es capaz de despertar el director italiano. Cuando algo es auténtico nada se puede criticar.
Otra de las zonas de interés narrativo la llena la historia de amor que Salvatore (ya es un jovencito) vivirá con la que él cree que es la mujer de su vida. No terminan formando una pareja. El romance se hace eterno arropado por el silencio del protagonista. Del mismo modo, vivirá la amistad de su vida; la que forjó con Alfredo que este instala en la distancia intentando que el futuro del joven sea el mejor. Sin embargo, el protagonista no renuncia a nada de ello. De nuevo aparece lo auténtico en escena. Nada de lo auténtico es intercambiable. Tornatore no duda en enviar mensajes sólidos y claros.
No faltan en la película escenas con una carga implícita importante. Hay detalles que hacen evolucionar la trama vertiginosamente, detalles que justifican las elipsis con una elegancia pasmosa. Presten atención a las escenas en las que Tornatore centra su atención en el personaje principal y en las anclas oxidadas que descansan en el muelle. Primero una, luego decenas. El mundo cambia, el tiempo corre, las personas emigran a las grandes ciudades; pero en el cine eso puede ser reducido a un instante. Es magia. En Cinema Paradiso todo es emotivo, reflexivo, evocador.
La película es deliciosa; un homenaje al cine, a su magia y a nuestra capacidad para dejarnos arrastrar por ese poder de convicción que sólo la ficción es capaz de aportar a nuestras vidas. Si no la han visto ya, no tarden en hacerlo. Si ya la vieron, vuelvan a hacerlo. En cualquier caso, es una experiencia exquisita.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 8 2013

La mejor oferta: Peligroso aroma a conocido

La mejor oferta, nueva entrega de Giuseppe Tornatore, recuerda a otras cosas. Y esto la convierte en previsible desde el principio, esto hace que el guión apeste a lo ya contado anteriormente. Incluso la música de Ennio Morricone recuerda peligrosamente a la que se escuchó en la magnífica Once Upon A Time In America.
Que la excelente factura de la película convierta los 124 minutos de proyección en un espectacular despliegue técnico, no libra al trabajo del señor Tornatore de un aprobado y poco más.
La mejor oferta es una lectura moderna y ajustada del Don Pasquale de Donizetti y su libretista Ruffini (no son los primeros aunque, seguramente, los más famosos que enfrentaron este asunto). La vejez como debilidad ante la belleza de todo tipo; la juventud insolente y lejana a la compasión; la burla del joven ante el viejo. Ya estaba contado y es asombroso lo poco que el relato de Tornatore se aparta de lo que ya es sabido. Desde el primer momento, se intuye cada paso que se va a dar. Además, en el desarrollo dramático aparecen demasiadas cosas que vacían de credibilidad el argumento. Por ejemplo, la cena a la que el protagonista invita a su amigo para que permanezca oculto (a pesar de la resolución se hace increíble). Hay algún intento de crear imágenes metafóricas que se quedan a medio camino. Por no ser potentes o por explicitar inútilmente algún asunto que ya está desarrollado. Sirve de ejmplo, también, un autómata que va creciendo al mismo tiempo que el personaje femenino y la relación con el principal masculino (las piezas que se van encontrando, se van ensamblando) y, de paso, sirve para decir al espectador que el aspecto más egoísta y falto de escrúpulos del personaje siempre estuvo (carga de moralina endeble). Metáforas fallidas, innecesarias y estériles.
Todo está muy bien fotografiado por Fabio Zamarion; eso es verdad. Los encuadres son estupendos o necesarios. También es cierto. Las interpretaciones están a muy buen nivel. Sobresale la de Geoffrey Rush que se encarga de soportar el peso del relato. Donald Sutherland defiende bien un papel muy menor. Jim Sturgess y Sylvia Hoeks algo desaprovechados. Pero, aunque todo está en su sitio, el guión hace aguas por conocido, por ser algo pretencioso en fases concretas, por sensiblón, por mirar el mundo del arte desde una superficialidad casi insultante, por excesivo en su medida al intentar contar todo buscando atar todos los cabos. Y todo esto en cine no funciona y es muy peligroso.
En cualquier caso, no hay que dejar de ver La mejor oferta. Las tramas (una romántica y otra buscando un suspense inexistente aunque resultona) pueden entretener durante un par de horas. Tal y como están las cosas, puede llegar a ser suficiente. Ahora bien, están ustedes avisados. Luego no digan que no fueron advertidos.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 22 2011

Baarìa: Desastre a la italiana

La ventaja del formato televisivo para el que hace películas es que una serie puede dilatarse en el tiempo formando las famosas temporadas. Es una ventaja porque los personajes pueden evolucionar con solvencia ya que la medida del metraje es mucho más amplia que la de una película de cine convencional. En formatos distintos al cine las reglas del juego son otras y otras son las técnicas narrativas y cinematográficas. Con esto quiero decir que si un director desea contar en dos horas una historia monumental, o es un genio de la economía narrativa, o el fracaso ronda el trabajo desde el principio. Y la introducción de elementos fantásticos o mágicos en una trama que no es de género no soluciona el asunto. No vale decir que las cosas son como no son.
Baarìa es una película de altísimo presupuesto y de muy bajo rendimiento. Mucho ruido y pocas nueces. Y lamento decir esto porque Giuseppe Tornatore me parece un buen director. Se salva la banda sonora de Ennio Morricone porque es estupenda. El resto es un intento de contar lo imposible; un gran error que trata de salvar las carencias del guión con unas elipsis delirantes e incomprensibles; una muestra más de que los muebles se salvan sólo si es posible y que la emoción facilona para maquillar no es capaz, por sí sola, de rescatar nada. Un desastre monumental muy a la italiana, es decir, entre el caos más absoluto. Decepcionante de principio a fin.
Tornatore quiere repasar la historia reciente de Italia (de 1930 a 1980) manejando tres generaciones de una familia de Palermo. Ese no es el problema. Muchos ya lo han hecho con buenos resultados. Es que además inserta subtramas que inundan la acción y que, encima, no termina de rematar. Ni deja resuelta la principal ni las secundarias. Anunciaron la película como inteligente y divertida. En realidad, es simplona y un tostón.
Actores y actrices se esfuerzan en estar a la altura que corresponde. Sólo Ángela Molina lo logra. El resto queda, efectivamente, a la misma altura de la película. En tierra de nadie, en el limbo de la mediocridad. Sobreactúan, gesticulan inútilmente y vivien dentro del tópico italiano. El cine italiano está muy lejos del tópico italiano.
Sí está logrado el vestuario y los escenarios son muy vistosos. Por supuesto, no es suficiente. El continente soporta al contenido, eso es verdad, pero si no hay nada que soportar, el problema se hace irresoluble.
Lo de los diálogos en esta película es para escribir un manual sobre lo que no debe hacerse nunca. Tal vez sea cosa del doblaje aunque me extraña. Se construyen buscando una sonrisa que no llega porque lo repetido y sabido de sobra suele funcionar mal. Es casi histérico el discurso de los personajes y no acompaña bien la evolución que se muestra en pantalla. Digo evolución por ser generoso. Frases ramplonas, muchas veces fuera de tono, simples y vacías.
Desde luego, la película no pasará a la historia del cine como algo maravilloso. Entre otras cosas porque jugar a la magia para excusar la falta de verisimilitud destroza cualquier propuesta. Ni siquiera la música de Morricone alivia este desastre a la italiana. Ni siquiera la campaña de marketing (inmensa, por cierto) puede hacer rentable lo que no es bueno. Y, por supuesto, la firma de un buen director, sin nada detrás, ya no engaña a nadie.
© Del Texto: Nirek Sabal


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