ene 12 2014

Tristan Und Isolde: La grandeza de la ópera

Con Gerard Mortier, a los mandos de la dirección artística del Teatro Real de Madrid, cualquier cosa ha sido posible. Nos hemos encontrado con verdaderos desastres operísticos y con joyas impagables. Esta vez, con Tristan und Isolde, Mortier (lo que queda de su trabajo, los últimos coletazos de una pedagogía discutible para muchos; valiosa, como experiencia, para el que escribe) encuentra la redención absoluta.
La caja del escenario luce negra en su totalidad. Sólo la pantalla, en la que se proyectan vídeos de Bill Viola, aporta color al espectáculo. Incluso el vestuario de los personajes va del gris marengo al negro. Y la música de Wagner. Eso es todo. Pero claro, ese todo es grandioso por la partitura, extraordinariamente sensual (esta ópera es la obra de Wagner con mayor contenido erótico), de una potencia visual sobresaliente (los vídeos de Viola son bellos y, aunque alguna parte resulta demasiado explícita, cumplen más que de sobra). Enfrentarse a una ópera de este compositor significa hacerlo con uno mismo, con el drama, con el ser humano sin máscaras, con la música que busca las profundidades de nuestras bodegas.
Bill Viola, influenciado por la literatura religiosa más mística, presenta unos vídeos que forman un buen conjunto con la ópera de Wagner. Y, a esto, hay que añadir algo muy importante. En la ópera que busca este compositor se aúnan todos los elementos que aparecían en la tragedia griega. Pero esto no significa que cada uno de esos elementos sea igual de importante que el resto. Es la música lo que impone el orden, lo que hace grande la obra. La música es el medio que nos hace topar con la tragedia; esa tragedia es el fin. Pues bien, los vídeos de Viola no son lo más importante de esta producción. Ni mucho menos. Del mismo modo que una banda sonora en el cine busca matizar una escena, estos vídeos buscan integrarse en la obra para matizar la partitura. Si hay un pero en esta producción del Teatro Real de Madrid es que un espectador no acostumbrado a la ópera; si me apuran, un aficionado no acostumbrado a la música de Wagner o a estar sentado cinco horas sin palomitas; podría prestar más atención a las imágenes de la pantalla que a lo verdaderamente importante (entre los personajes en el escenario, el audiovisual y leer los textos traducidos para seguir la trama, el trabajo es agotador para cualquiera). No son lo más importante aunque, con su belleza plástica aplastante y evocadora, ilustran de maravilla la idea que maneja el director de escena (un Peter Sellar que no busca, esta vez, banalizar lo que dice Wagner introduciendo elementos que distorsionen el mensaje original; nada de patochadas ni de modernidad de tres al cuarto). Es verdad que algunas de las imágenes pueden ser explícitas en exceso y, por ello, algo prescindibles. Eso es verdad, pero el conjunto es magnífico. En el tercer acto, cada imagen se suma a la anterior para componer una maravillosa elevación del alma de Tristán.
La puesta en escena es elegante y sobria. Sellar busca la originalidad más patente en el final del primer acto (precioso; el rey Marke en mitad del patio de butacas rompiendo el ritmo general de la escenografía como aviso del desastre que se avecina para los personajes) y colocando algunas voces en distintos lugares del teatro (el coro y uno de los personajes menores en el paraiso, a Kurwenal en el proscenio). Todo funciona perfectamente. Todo es elegante y respetuoso con la obra de Wagner. La iluminación es, aunque sencilla, excelente y cuando hay que deslumbrar se consigue sin problema alguno.
Franz-Josef Selig está espléndido haciendo de rey Marke. La sensibilidad de este cantante le lleva a interpretar  encontrando lo profundo de la personalidad de su personaje e iluminando a los principales de forma primorosa. Violeta Urmana muy bien; buscando las tonalidades que marcan el estado de ánimo de Isolda. Robert Dean Smith es Tristán. Su papel es muy, muy difícil. Ya no por lo exigente de la partitura, sino por la extensión extenuadora, por tener que desarrollar una potencia de voz que vaya más allá de los tutti para que se le pueda escuchar, por la necesidad de encajar con la música como si de un instrumento más se tratase. Aún así, cumple bien el cantante; sin desmerecer.
La dirección musical de Marc Piollet es impecable. Encuentra los tempos sin dificultad y una cadencia casi exacta. Como siempre, la sensibilidad de este hombre le ayuda a conseguir un resultado estupendo.
Con Wagner, podemos ver a los personajes por dentro. Sin camuflajes. No son los agentes que asumen una tragedia y llegan hasta donde pueden. Con Wagner, nos enfrentamos a un libreto bien desarrollado, coherente; una trama que busca más la reacción de los personajes que la acción en sí misma. Los personajes sienten al reaccionar frente a algo. Y, no se debe olvidar, el espectador también.
Magnífica, emotiva. La grandeza de la ópera al descubierto. Como debe ser.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 9 2012

Macbeth: Burlar una ópera más

Macbeth, la extraordinaria obra de William Shakespeare, no es nada parecida a la realidad. Tal vez la realidad no se parezca a sí misma y, tan sólo, sea un escenario en el que se representan una y otra vez las grandes tragedias que el ser humano está condenado a interpretar. Un escenario en el que todo cabe y creemos sin hacernos demasiadas preguntas. Allí se entra para interpretar y se sale para morir. Allí todo puede suceder si es que el azar o la necesidad, que son la misma cosa, lo necesitan. El bien se confunde con el mal; el amor con el odio; el poder corrompe a cualquiera; la falta de libertad es la falta de vida. Tal vez sea el escenario el que llenándose y vaciándose tantas veces ha dejado de parecerse a sí mismo y lo que vivamos sea la realidad haciendo de actores.
La nueva producción del Teatro Real de Madrid, Macbeth, deja al espectador con un gusto agridulce. Aunque la dirección musical de Teodor Currentzis es excelente, aunque las voces de Dimitris Tiliakos y Violeta Urmana (excelentes del mismo modo) se acompañan de una interpretación teatral sobresaliente (sobre todo en el caso de Tiliakos); la sensación que deja la dirección escénica de Dmitri Tcherniakov es la que queda cuando algo se desaprovecha. Tcherniakov repite tras la producción, no hace mucho, de Eugenio Oneguin. Convierte la obra de William Shakespeare en una relectura que se contamina en exceso de la película de Lars von Trier, Dogville. Esa película que resultaba excesivamente teatral para ser cine se acomoda en el escenario que prepara Tcherniakov para que todo se parezca más a un film que a otra cosa. Ocultar al coro en diferentes fases hace que la sensación sea la de estar en una sala de proyección y termina chirriando cada vez que se repite. Ver cantar al protagonista su aria principal en calzoncillos, ver como dispara sin ton ni son (la peor de las soluciones posibles a esa escena) o ver cómo el escenario es destrozado del mismo modo que The Who acababa con sus instrumentos en un último festival de luz y de color; no es lo que un amante de la ópera espera en una ópera de Verdi. Las brujas no son brujas, las apariciones se diluyen. Nada es lo que debería ser.
Intentar que la lectura e interpretación de la obra esté por encima de la propia obra es algo que comienza por ser un error y termina siendo un desastre (más o menos enorme).
Verdi tuvo cuidado al componer su trabajo. La esencia de la tragedia firmada por Shakespeare quedó casi intacta. Macbeth es una de las grandes óperas de la historia. La versión que se escucha en esta producción es la que preparó como definitiva en 1874. Y Teodor Currentzis, impetuoso cuando es necesario, tranquilo siempre, especialmente cuidadoso con el resultado al fundir la música con las voces (algún problema de tempos con el coro, todo hay que decirlo); logra entender la partitura con solvencia, sin una sola duda. La Orquesta Sinfónica de Madrid suena magnífica. Cada día el listón queda más alto.
Todas las voces quedan a la altura que es necesaria. Sobresalen los protagonistas y la de Ulyanov.
Agridulce. Creo que es esa la palabra. La misma que muchos utilizan, también, para mostrar su opinión sobre la línea de trabajo que ha marcado el señor Gerard Mortier en el Teatro Real; o para definir el tipo de público que asiste a las representaciones de un tiempo a esta parte. Son muchas las preguntas y pocas las respuestas. El espectador actual del Real, ¿consume ópera o la ama? ¿Es obligado convertir cada producción en un alarde de falso talento del director de escena? La falta de talento ¿se traduce en esa transgresión que resulta ridícula casi siempre? ¿Es necesario todo esto para que el público asista a la ópera o es la música de Verdi lo que hace de reclamo seguro? Mientras encontramos respuestas a esto, debemos agarrarnos a la grandeza de las obras, esos espectáculos en los que se llega para interpretar y se sale para morir. Como la vida misma. Si Macbeth dispara a lo loco o canta en calzoncillos no es más que una anécdota. Lo otro -el teatro o la realidad, como prefieran- es lo importante.
© Del Texto: Nirek Sabal


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