ene 14 2013

Hable con ella: La soledad del genio, la del espectador

Pedro Almodóvar es tan querido como odiado; resulta extraño a unos y cercano a otros; unos le toman por una especie de idiota que dedica todos sus esfuerzos a forzar la máquina de la transgresión y otros como una mirada fresca y necesaria ante tanto puritanismo. Esto es lo que siempre ha pasado y seguirá ocurriendo con los genios. El que escribe, sin dudarlo un momento, se apunta a la cercanía, a la mirada extraordinaria y a una enorme admiración por la obra del director manchego. La peor de sus películas supera en mucho a gran parte del cine que nos ofrecen las distribuidoras.
Almodóvar sabe dirigir a sus actores magistralmente; siempre consigue guiones deslumbrantes, llenos de inteligencia y de zonas oscuras que sólo él es capaz de enfrentar con acierto y con un humor descarado y certero. Es verdad que alguno de esos guiones son como una montaña rusa y pierden algo en las bajadas, pero en general, el nivel es magnífico. La cámara, en sus películas, parece no existir porque la elegancia de las tomas nos hace olvidar que lo vemos es una película de cine. La puesta en escena es siempre elegante. No hay una sola secuencia que no forme parte de una planificación exacta del trabajo. Sabe rodearse de buenos fotógrafos, de buenos directores artísticos, peluqueros y modistos. Es un genio por todo esto que le lleva a manejar un concepto de cine que siempre va un poco más allá de lo que otros son capaces.
Hable con ella es una magnífica película estrenada el año 2002. Con un reparto de primera; un guión profundo, astuto y bien armado; la fotografía de Javier Aguirresabore que rebosa perfeccionismo; la dirección artística de Rafael Palmero; la música de Alberto Iglesias (algo monocorde, eso es verdad); con todo esto, Almodóvar nos sumerge en el territorio de la soledad sin empujones ni aspavientos dramáticos de tres al cuarto. La soledad y un relatarse la vida desde el monólogo como única forma de comunicación. Y el arte como compañero de viaje. Danza y cine y literatura como equipaje único y salvavidas imprescindible.
Lo que cuenta Almodóvar puede resultar extravagante, pero, escena a escena, nos logra convertir en cómplices de lo que sucede. Tal vez por eso el cine de este hombre es tan molesto para algunos; para los que no se quieren echar un vistazo cuando las cosas se plantan enfrente. Sabemos que en la habitación de Alicia (en coma tras sufrir un accidente) algo no va bien (al menos algo pasa que no está aceptado como normal para muchos) aunque vemos a Benigno (el enfermero que cuida de ella) manejar las piernas de la enferma y masajearlas, lavar el cuerpo desnudo, cuidar de ella deliciosamente. El espectador termina embelesado. Unos terminan comprendiendo, otros escandalizados. Todo esto puede parecer extravagante y rebuscado; es verdad. Lo que cuenta de forma explícita suele serlo. Pero lo esencial es lo que narra de forma implícita. Sugiere, enseña alternativas en la comprensión. En Hable con ella inserta una falsa película sobre un amante que va menguando. Eso explica lo que sucede, lo que vemos con claridad en la pantalla, pero que no toma sentido sin entender lo oculto. Explica lo que sucede o es lo que Benigno usa para tapar lo que hace ante sí mismo. Si el espectador toma esto como un desvarío del autor con afan de escandalizar, es imposible entender ninguna de sus intenciones. Ante el cine de Almodóvar estamos solos y nos corresponde una tarea difícil: entendernos y preguntarnos.
Javier Cámara está maravilloso. Soporta el peso de la película en gran medida. Creíble hasta más no poder. Defiende el personaje principal (el enfermero Benigno, un pasado triste, un presente absurdo y un futuro incierto). Dario Grandinetti hace un papel sobrio y muy regular. Paz Vega aparece guapísima; Leonor Watling cumple con un papel muy poco exigente; Geraldine Chaplin defiende un papel menor aunque llena la pantalla cada vez que asoma la cabeza. Rosario Flores es la que más flojita está. Hace de sí misma y eso no puede ser.
Colabora en Hable con ella la artista Pina Bausch junto a Malou Airando. Con ellas, el arranque de la película es excepcional. Las dos mujeres definen con su danza lo que va a ser la película, lo que se va a ventilar a partir de ese momento. Soledad, falta de diálogo, palabras vacías. Y el arte en sus diferentes formas. Otro colaborador de lujo es Caetano Veloso que canta emocionando.
Esta vez, el director, que tiene fama de contar las cosas desde el punto de vista femenino, carga todo el peso en Benigno y Marco (Cámara y Grandinetti). Y logra un resultado excelente desmontando esa idea tan asentada entre el público y la crítica.
Hasta el cartel es una lección de diseño. Lo firma Juan Gatti.
Fantástica e inolvidable.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 3 2012

¿Y si vivimos todos juntos?: Un drama simpático

¿Qué es una comedia? Empiezo a tener grandes dudas sobre lo que la crítica de cine cataloga como comedia. Puede que apareciendo un diálogo gracioso o una situación relativamente divertida ya podamos encuadrar en el género cómico cualquier cosa que nos pongan por delante. Esa es la única explicación que encuentro para que la crítica haya considerado que ¿Y si vivimos todos juntos? pueda considerarse una comedia.
Esta producción franco-alemana, dirigida por Stéphne Robelin y protagonizada por un buen número de actores septuagenarios más que conocidos (Jane Fonda, Claude Rich, Geraldine Chaplin, Guy Bedos y Pierre Richard), pone sobre el tapete la realidad de la situación de necesidad y dependencia que se genera a medida que uno va alcanzando la edad madura, y la poca disposición (por imposibilidad, por propia voluntad) de las propias familias de ocuparse de sus mayores, colocándolos en instituciones que; puede que con una inmensa profesionalidad, pero carentes de afectividad; acaben por extinguirse y desaparecer sin hacer demasiado ruido.
La trama de la película, que bascula de lo dramático a lo ligeramente cómico, estriba precisamente en la decisión de un grupo de ancianos, amigos desde su juventud, de convivir para así, entre unos y otros, suplir las múltiples carencias y dificultades que los años les ha entregado. La convivencia entre los cinco ancianos, supervisada por un joven estudiante que prepara su tesis sobre la vejez, Dirk (Daniel Brühl), no va a ser sencilla. Una enfermedad terminal y la negativa a seguir más tratamiento para poder vivir en conciencia hasta el final, la que sufre Jeanne (Jane Fonda); Albert (Pierre Richard), el alzhéimer galopante que aísla de la realidad y angustia; Annie (Geraldine Chaplin), el alejamiento de los hijos y los nietos que se sufre desde la distancia y la incomprensión, Jean (Guy Bedos), el activismo político y social que se desmorona y con él una manera de entender, Claude (Claude Rich) la sexualidad que se apaga pese al ingenio, a las ganas y la búsqueda de alternativas porque uno sigue vivo; todas estas situaciones, que se suceden cuando todos sus protagonistas se acercan al final de su vida, son las que se ponen sobre la mesa y la forma de seguir haciendo frente a cada una de ellas.
Debo reconocer que el título escogido no es nada atractivo, por no decir que dan ganas de salir corriendo. No le hace ningún mérito a la película que, de una manera pausada, tranquila, cotidiana, aunque sin gran sorpresa, nos traslada al desconocido mundo de los ancianos. Ese mundo que el resto, los que lo ven desde fuera, pretende limitar, como si el alcance de determinada edad fuera la antesala de la pérdida de toda identidad, de la capacidad de decidir cómo uno quiere seguir viviendo.
No estamos ante una maravilla del séptimo arte, ni siquiera ante nada original, aunque las interpretaciones de todos los actores sea estupenda, pero es lo que hay. Como llevo diciendo desde hace algún tiempo, el cine, últimamente, deja mucho que desear, por muchas estrellas de relumbrón con las que se intenten salvar las producciones.
Ahí se la dejo, una propuesta que no les modificará la vida ni un ápice.
© Del Texto: Anita Noire


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