dic 9 2013

Gravity: Lo espectacular por encima de lo importante

El espectáculo visual que nos deja esta película es extraordinario. Eso es algo que nadie puede discutir. Los efectos visuales y especiales resultan asonmbrosos. La fotografía de Emmanuel Lubezki es impecable. Y todo ello resulta tan enorme que acaba con el resto, con lo poco que hay.
En una primera media hora, muy bien narrada, impetuosa e impactante, a más no poder, Alfonso Cuarón logra meter al espectador hasta la cocina de su trabajo. Buen ritmo narrativo, primeros trazos de los personajes que nos colocan ante ellos con cierto interés. Todo muy bien. Pero el guión carece de profundidad, de la carga dramática mínima que se pide en estas ocasiones y, por ello, los personajes comienzan a desdibujarse (lo que se intenta colocar como conflicto interno en el caso del personaje que encarna Sandra Bullock resulta insignificante y forzado), el ritmo se estanca y va perdiendo músculo. Todo comienza a ser previsible; el espacio se hace monótono a pesar de las explosiones y de los vuelos sin control de astronautas, naves y trozos de satélites; y la trama pasa a ser inverosímil, casi ridícula. Mientras, los alardes técnicos siguen su curso. Fabulosos. Llegamos al final sabiendo (desde demasiado pronto) que tiene que ser ese y no otro. La técnica por encima de la trama, de los personajes; algo que puede funcionar durante un rato, sólo un ratito. Gravity se queda a mitad de camino. Es justo decir que el camino es muy largo y quedar a medias no es ningún desastre. La película se deja ver y embelesa a ratos.
El guión contiene frases más propias de un corto realizado por un estudiante que de una superproducción. Todo gira alrededor de la idea de superación, de la necesidad de aguantar carros y carretas pase lo que pase. Una idea sobada y facilona. El guión contiene, también, algunas cosas que resultan incómodas por simplonas. El momento en el que el personaje de George Clooney decide ser un gran héroe, es un pastelón cercano a escenas conocidísimas de otras películas (¿recuerdan Titanic?). La película, pasada esa primera media hora a la que me refería, va de tópico en tópico y de imposible en imposible.
George Clooney hace de astronauta en medio del espacio. Eso quiere decir que le vemos el rostro y ya (salvo una escena en la que se sienta y puede hacer algún gesto, algún ademán). La que sí tiene más trabajo es Sandra Bullock. Aunque no hace nada del otro mundo puesto que el papel no es nada exigente. Está correcta aunque, tal y como está el patio, igual le dan el Óscar.
Ahora bien, Gravity es un gran espectáculo. Eso es verdad. Uno se queda boquiabierto con lo que ve. Otra cosa es que te dé por pensar sobre eso que se ve. La película soporta peor el análisis que la mirada atónita por parte de los espectadores.
De un tiempo a esta parte, parece que la importancia de la técnica se está imponiendo al resto de elementos que configuran una película. Y el cine requiere, como cualquier otra forma de manifestación artística, un fuerte equilibrio entre sus partes. No parece que este se el mejor de los caminos. Por mucha cultura de la imagen que estemos asumiendo, por mucho 3D impresionante, si no hay una buena historia que contar, la cosa no funcionará del todo.
© Del Texto: Nirek Sabal


oct 16 2012

Los idus de marzo

Es una pena enfrentarse a películas que, pudiendo ser extraordinarias, se quedan en buenos trabajos. Es una pena que los riesgos que asumen algunos sean justitos. Es una pena que Los idus de marzo se quede a mitad de camino porque podría haber sido un peliculón y no llega a tanto. No podría decirse que es un propuesta fallida aunque está a punto de serlo.
Por supuesto, todo el problema llega del guión que hace aguas y esconde mucho menos de lo que, incluso el que lo escribió (el propio George Clooney), pudiera llegar a pensarse. Hay un momento de la película en el que se podría creer que Clooney va a por todas, pero no. Una lástima.
Eso sí, la factura es impecable. Una puesta en escena sobria, elegante y sin altibajos. El director deja todo en manos de los interpretes, de un buen montaje, de un operador de cámara cuidadoso y de su intuición como actor que es. En este sentido no se puede pedir más de lo que se recibe.
Todo el elenco está a la altura de las circunstancias. Entre otras cosas, porque el casting debió ser cuidadoso y, desde luego, acertado. Soy de los que piensa que teniendo un físico adecuado todo es más fácil. Y no me refiero a bellezas sino a la encarnación exacta del personaje.
Ryan Gosling defiende su personaje con credibilidad, con facilidad. Y parece disfrutar con lo que hace de principio a fin. Lo mismo sucede con Philip Seymour Hoffman, con la guapísima Evan Rachel Wood, Paul Giamatti (en su papel bastante secundario) o el mismo George Clooney.
Partiendo de aquí, de lo buena película que es desde el punto de vista técnico, la pregunta obligada es ¿qué quieren decirnos, logran decirnos lo que quieren? Aquí radica el problema porque lo que dicen ya estaba contado antes y muchas veces y desde un punto de vista parecido. Y porque el mensaje no deja de ser difuso al igual que el cierre de la trama propuesto por Clooney. Un final que pudiera parecer abierto aunque no lo es tanto puesto que los personajes se dibujan durante toda la película para que podamos intuir un solo desenlace. Además de ser algo previsible, el guión se desbarata con una subtrama que desordena toda la propuesta y la descompone para quedarse en tierra de nadie. Es estéril absolutamente. Me refiero al asunto de la becaria.
Si esta película se hubiese rodado hace algunos años el impacto hubiera sido demoledor. Hoy, no.
Habrá que quedarse con la sobriedad e inteligencia de Clooney. Habra que esperar a la próxima. A ver si arriesga algo más.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 31 2012

Los descendientes: Sí, pero no

Saltar del sarcasmo al chiste fácil y de ahí a la normalidad. Otra vez. Y otra. Más y más. Ese es el juego que propone Alexander Payne en su última película. Los Descendientes. Naturalmente, lo que sobra es el chiste facilón. Aunque no abusa del recurso. Por eso y porque el trabajo de George Clooney es estupendo, la cinta termina salvándose.
No hace falta decir que ante una tragedia (esta película trata de serlo) caben pocas situaciones para que el humor funcione. Uno de esos espacios es el patetismo, el ridículo. En Los descendientes aparece secuencia sí, secuencia no. Otra de esas zonas es el surrealismo. La cinta se nutre de él sin miramientos. Y todo esto provoca que suenen en las salas de proyección algunas carcajadas y que los más sonrían de principio a fin. Ir al cine para ver esta película es algo así como ir al tanatorio sabiendo que te va a dar la risa. Y eso está muy bien. Pero la cinta tiene muchos problemas aunque algunos se empeñen en decir de ella que es la película del año. No hay que exagerar y, sobre todo, no hay que dejarse llevar por situaciones delirantes, por frases redondas que se vacían con rapidez, una interpretación notable o una partitura agradable (más local que otra cosa y demasiado dispersa al querer llevar un son que le marca lo que no es fundamental de la historia).
No es que sea una mala película. No, al contrario. Pero de obra de arte nada. No es que sea un mal guión, pero las trampas y los guiños a la lágrima fácil y al humor barato ahí están. Clooney está muy bien, de verdad. Pero tampoco es para tanto, no es como para decir que estamos ante la mejor defensa de un papel de los últimos años (tal vez personalmente sí). La fotografía es llamativa y muy eficaz aunque eso lo vemos cada día (no hacer las cosas bien con esos presupuestos es casi imposible). En fin, que es una buena película. Sin más.
Los problemas llegan desde esas repeticiones de las situaciones absurdas que terminan haciendo retroceder a los personajes en su evolución. Desde un narrador que podría ser cualquier otro y no hubiera pasado nada (si un narrador puede ser cualquiera es que la cosa no funciona del todo bien). Desde unos diálogos que terminan siendo difíciles de digerir porque lo que arrastran al principio se lo dejan atrás al llevarnos a zonas similares, una y otra vez. Todo esto rebaja la película desde la excelencia. No pasará mucho tiempo hasta que quede en el olvido. Se puede ver, se puede disfrutar (quiero ser justo a la vez que sensato calificando el trabajo). Pero no se puede elevar algo que tiene limitaciones importantes.
Si George Clooney no estuviera, desde luego, la cosa sería mucho peor. Es la locomotora de la trama, del resto de personajes. Porque el resto del reparto está bien. A secas. El trabajo de expresión corporal de Clooney se lleva por delante el resto. Afortunadamente.
Me pregunto qué es lo que quieren contar los guionistas (el director es uno de ellos). Qué es exactamente. Me temo que todo se reduce a una escena final en la que padre e hijas ven la televisión mientras comen un helado. Demasiado fácil, demasiado poco. Pero se puede ver. Ya que el panorama está como está, se agradece que alguien lo intente con ganas aunque se quede a medio camino. Debe ser por eso por lo que muchos se han lanzado a calificar esta película como lo que no es.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 10 2011

Tres reyes: De la esperanza a la majadería

Yo no sé qué es lo que pasa con algunos guionistas. Son un ejército los que trazan una buena trama, construyen diálogos más que aceptables y, llegado el momento, deciden que todo sea previsible, patriótico hasta la idiotez, que algunos de los personajes se descompongan en su bondad y los villanos, además de malos, queden convertidos en seres medio gilipollas.
Son poco los guionistas que se libran de esto ya que quieren trabajar. Y las reglas del cine actual son las que son. Pero no me explico la razón por la que el aspecto comercial se hace incompatible con las bondades de lo que el cine es y representa. Me parece una estupidez extraordinaria. De verdad. Todo debería caber, todo debería tener su propio espacio sin robar un milímetro del de lo demás. ¿No puede una película funcionar bien en taquilla sin llenarse de majaderías o convertirse en algo absurdo? Pues claro que sí.
Tres reyes es una película dirigida por David O. Russell y escrita por John Ridley. Se rodó en 1999 y podría haber sido una maravillosa muestra de buen cine. Pero, por supuesto, al igual que en la película ganan los buenos, en el proceso de creación ganan los dólares.
El guión va de más a menos, de mucho a casi nada, de lo inteligente a lo más ramplón y tosco. La evolución de los personajes es pequeña, corta e inverosímil. Casi tonta. En realidad, desde la mitad de la película en adelante, no pasa nada. Bueno, vuelan vehículos por los aires, caen aparatos desde el aire y llegan soldados volando por el aire en aparatos que no se caen. Mucho arroz para tan poco pollo. Una pena, porque las expectativas que se abren al comienzo son muchas y buenas.
La cosa va de cuatro soldados que se quieren apoderar de una millonada de dólares en forma de lingotes de oro. Son los que el ejército iraní sacó de Kuwait durante la invasión que derivó en una guerra corta y televisada. Para conseguir el botín se deben adentrar en territorio enemigo (la guerra ha concluido, pero el territorio iraní siempre es el del enemigo). Por supuesto, todo se convierte en lo que no debería ser. Pero (tranquilo todo el mundo) como los buenos son muy buenos y los malos lo peor de lo peor, la cosa se resuelve.
George Clooney, Mark Wahlberg, Ice Cube y Spike Jonze son los protagonistas. Entre tanta explosión, quedan medio escondidos. Cualquier actor de segunda fila hubiera defendido el papel sin problemas. La fotografía no está mal. La música tiene su gracia. El montaje está muy bien. Se introducen elementos (novedosos en el momento en que se rodó la película) que procuran cierta fragmentación en la narración buscando poder narrar pasados con una sola imagen o buscando explicaciones a lo que sucede sin recurrir a diálogos largos y aburridos.
Es verdad que la película es muy divertida. Algo exagerada en su medida (media hora le sobra como mínimo). Pero deja de serlo (divertida) si el espectador piensa sobre lo que le están endilgando.
Algunas de las escenas son muy violentas. Así que los niños lejos.
Por cierto, qué bonitos deben ser los lingotes de oro.
© Del texto: Nirek Sabal


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oct 12 2010

La delgada línea roja: Miles de guerras en cada batalla

La única forma posible de conocer las motivaciones, el estado de ánimo o cómo interpreta lo visto un ser humano, es tener acceso a su conciencia. Cualquier filtro (incluido el lenguaje) que aparezca, entre él y quien quiere saber, hace que la información pierda su pureza y obligue (no ya a creer) a una interpretación más o menos inexacta.
En cine o en literatura, el registro que nos lleva a ese pensamiento ordenado es el monólogo interior. Si escuchamos o leemos lo que un personaje se cuenta a sí mismo, podemos saber de él lo que ve, cómo lo ve, qué significado tiene, la razón por lo que hace una cosa u otra. Y lo más importante de todo, sabremos interpretar eso que dice en un diálogo poco después, un gesto que sin esa información sería uno más y, sin embargo, ahora es relevante.
El monólogo interior es lo que dibuja de forma definitiva al personaje, es lo que nos permite conocer el mundo de otro sin tener que trazar líneas que no nos corresponden.
Terrence Malick, después de una largas vacaciones que duraron veinte años, dirigió una película bélica a finales de los años noventa que sorprendió a todos por su calidad narrativa, por los registros utilizados, por el nivel técnico a todos los niveles y por la forma de presentar algo tan terrible como es una batalla. Cuando pensamos en la guerra pensamos, inevitablemente, en los ejércitos, en las armas, en las estrategias estudiadas y perfectas, en las tácticas militares de combate. Pensamos en algo ajeno y lejano a lo que el hombre es en sí (al menos debería). Sin embargo, nos olvidamos de las personas, las motivaciones que les llevaron a un campo de batalla o a no abandonarlo, sus sentimientos (sólo hablamos de valentía o coraje o miedo atroz. Sólo nos compadecemos de los soldados). Y olvidamos, también, un entorno que siempre está para dar o quitar con brutalidad. Con guerra o sin ella.

Malick intentó proponer una nueva poética (si es que existe) de la guerra; una nueva estética de la guerra (esa sí que existe). Eso es algo al alcance de muy pocos. Sólo lo consiguen los que saben que cualquier manifestación artística debe añadir al mundo una nueva forma de mirarlo. El resto repite, una y mil veces, un mundo ya conocido, sin aportar gran cosa o nada.
Hombres que se mueven gracias a su ambición personal, sin dudar un instante al enviar a cientos de personas hacia una sepultura llena de metralla que soporta la ambición personal. Hombres capaces de ver más allá del terror descubriendo que el mundo (desde que suena el primer disparo) mantiene una zona original que se separa del que vivimos guerreando y a la que pertenecemos aunque la abandonemos una y otra vez. Hombres convertidos en bestias salvajes. Hombres aturdidos, miedosos, enloquecidos. Hombres que viven agarrados a un mundo idealizado (el que dejaron al marchar) tan destructivo como el campo de batalla, tan cruel como el estallido de un obús. Hombres moviéndose por un escenario poderoso, hostil, invencible.
Un gran todo formado por cosas pequeñas, casi insignificantes.
¿Cómo consigue Malick que la percepción del espectador no sea la misma de siempre, cómo consigue que sobresalgan las cosas pequeñas? El hecho de poder escuchar unos versos de Walt Whitman no es suficiente. No deja de ser un detalle. Son los monólogos interiores, las voces construidas desde el pensamiento de cada personaje, y los constantes cambios en el punto de vista a medida que se desarrolla la trama. Eso es lo fundamental. Durante todo el metraje iremos viendo la guerra desde uno u otro personaje; aparecerán matices que convertirán la misma cosa en un cataclismo personal y colectivo o en el milagro de la vida de las plantas; la guerra podrá reducirse a un error personal que lleve a la muerte o al sufrimiento que produce ver morir un pájaro.

Malick acompaña todo esto con un guión (firmado por él mismo) magnífico. Cada frase hace que el personaje crezca. Lo acompaña con la partitura de Hans Zimmer acompasada con la acción desde la distancia precisa para no perder comba o sobresalir en exceso, sin alterar la imagen, sin perderse en tierra de nadie. Acompaña la fotografía de John Toll. Inmensa, majestuosa, elegante, profunda (de lo mejor de la película). Y, por su puesto, acompaña la dirección de actores (un grupo extraordinario) con la que logra resultados más que buenos. Adrien Brody es el que consigue una interpretación más discreta; Sean Penn está solvente y creíble; Ben Chaplin muy correcto; Nick nolte da una lección de contención a pesar de la histeria de su personaje; Elias Koteas interpreta el personaje más difícil de todos por estar alejado del cliché militar y lo hace muy bien; y Jim Caviezel se apoya bien en una interpretación tranquila, apoyada en los diálogos y la voz en off del monólogo. Además de estos, aparece John Travolta con un papel de poca importancia (está más para que crezca el de Nolte que para otra cosa). Y aparece George Clooney. En una sola escena, lo que le llevó a pedir que anulasen todo el material en el que aparecía y quitasen su nombre de los créditos. Había rodado mucho más material que en el montaje pago el pato de lo que fuera (ese pato es desconocido para mí). Por supuesto, no hicieron caso al bueno de George.
Creo que es de especial importancia el vestuario de la película. Generalmente, cuando pensamos en un film bélico pensamos en la sencillez del vestuario. Todos visten igual. Y puede ser verdad, no lo discuto. Pero en esta la cosa cambia. Es justo al revés. Todos parecen distintos. No porque los uniformes sean distintos sino porque la personalidad al vestirlo lo hace diferente.
Los personajes desembarcan en Guadalcanal, quieren ganar la batalla. Pero sobre todo quieren entender qué es lo que pasa a su alrededor. Malick les hace recorrer un camino terrible arrastrando el bien y el mal; el miedo, la locura, la idea de Dios. Les hace transitar un camino oscuro que les lleva hasta ellos mismos. Terminan sabiendo más de ellos. Terminamos sabiendo más del hombre y de nosotros mismos.
Una obra maestra.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 29 2010

El americano: La película en la que no pasa nada de nada

Los motivos que nos pueden llevar a una sala de cine pueden ser muy variados. La elección de la película dependerá también de muchas otras cosas, por ejemplo del tipo de cine que le gusta a uno, de si va sólo o acompañado, de si lo que espera es encontrar una buena historia o simplemente una buena estética. Muchas cosas.
No sé cual es el motivo que me arrimó hasta El americano, porque no había leído apenas nada sobre ella y tampoco fue la intervención del actor protagonista George Clooney (no negaré a mí me pone por la cara de machote que tiene). Supongo que entré a verla porque pasaba por allí, por una de las pocas salas de cine de mi ciudad donde aún es posible ver buen cine y era la que estaba a punto de empezar.
El americano, es una película dirigida por Anton Corbijn, basada en la novela Un caballero muy reservado de Martin Booth. A Corbijn sólo se le conocen dos películas, esta y la anterior, Control, sobre la vida Ian Curtis, vocalista de Joy Division. Corbijn es fotógrafo (ahora también director de cine). Durante gran parte de su trayectoria profesional se ha dedicado a la producción y dirección de vídeos musicales. Eso, se le nota.
Y digo que se le nota porque no tiene ni idea de dirigir algo que tenga una duración que vaya más allá de los tres minutos y medio, que es lo que acostumbra a durar un video musical. Dirigir una película, entiendo, tiene algo que ver con controlar el guión de lo que uno va a rodar. Tener una historia controlada desde que empieza hasta que termina. Donde todo tenga un porqué. Explicar una historia en tres minutos nos obliga a condensar; explicarla en dos horas, nos obliga a ser prudentes, a tener un buen manejo a la hora de narrar la historia. Y ahí es donde al director de se le escapa esta película. Tiene algunas cosas buenas, la fotografía por ejemplo, pero nada más.
Particularmente, creo que la fotografía de Anton Corbijn es buena, incluso en ocasiones, muy buena, y en esta película, la verdad, es una de las mejores cosas que tiene. Los planos repetidos de una sinuosa carretera en la Italia más rural y profunda, los planos cortos de los protagonistas, tiene mucha miga pero…, siempre hay un pero cuando uno se introduce en campos que no son los suyos o que no se los ha trabajado lo suficiente.
En este caso, la película es floja, muy floja y tiene unas lagunas tan bestiales que es difícil de encontrarle un mínimo sentido y coherencia. Los actores están regulares, más bien flojitos. Ni Clooney se salva.
Voy a intentar explicar de qué va: Jack (George Clooney) es un asesino a sueldo. La película comienza con una escena en la que se ve a Jack en una cabaña en medio de la nada, rodeado de nieve, sentado en el suelo frente a una chimenea y con la espalda apoyada en la cama donde, como no podía ser de otro modo, reposa tumbada en pelota picada, un mujer haciéndole arrumacos. Tras un polvo que imaginamos de impresión (por lo encantador de la escena y lo contentos que se les ve), Jack y la chica salen de la cabaña a pasear por un paraje con nieve hasta las rodillas. En mitad del paseo, alguien, no sabemos quien, dispara contra la pareja. Jack termina matando de un disparo al desconocido ante el estupor de la chica que le acompaña. Como es un asesino, envía a la chica a la cabaña para que llame a la policía y, pese a los polvos maravillosos que se adivinaban habían mantenido, en cuando le da la espalda le descerraja un tiro en la cabeza. ¿Por qué? Pues vayan ustedes a saber. Sigo: Sin son de continuidad, Jack aparece en Roma, en la estación Termini y desde allí contacta con quien parece ser su jefe con el que se encuentra en un bar, le pregunta, poco, Jack habla muy poco, que es lo que ha pasado con los suecos (aquí nos enteramos de que aquello era Suecia). Tras esta mini conversación en la que nos enteramos que a la chica a la que le pega un tiro, no tenía nada que ver con la movida, que sólo era una amiga, recibe instrucciones de esconderse, hasta nuevo aviso en un pueblo de los Abruzo italianos. ¿Por qué? Pues tampoco lo sabemos. Sigo: Como Jack es asesino pero no tonto, se va a un sitio distinto al indicado. Allí recibe el encargo de Mathilde (Thekla Reuten) de proporcionarle unas armas. Jack que además es listo y con más recursos que McGuiber, la fabrica el solito en una casa que se cae de destartalada. Pero Jack, que es un asesino muy guapo, viste con clase, pero necesita muy poco, apenas una barra para las abdominales, vivé así, con un camastro y poco más. En el pueblo conoce a una prostituta, Clara (Violante Placido), que está buenísima, pero que no sabemos si es de los buenos, de los malos, si le va a traicionar o no, si intenta establecer una relación con él. Pero Jack, intuimos, está trastocado después de pegarle un tiro a su anterior pareja y mantiene las distancias. Mientras tanto se suceden unas cuantas carreras por el pueblo, con vespa por supuesto, durante las cuales intentarán matar a Jack ¿Por qué? Pues no lo sabemos, pero ahí están. Sigo: Van pasando los días y ….
Miren, que no pasa nada, que Jack quiere fugarse y abandonar la vida de asesino con Clara y son los suyos propios los que quieren acabar con él. Y como la película pretende ser una cosa seria y así como con mucho tema pues ya se pueden ir imaginando cual es el final de Jack.
Como pueden ver, todo muy pesado para llegar a nada. El argumento, que podría tener cierto sentido y ser ambicioso, se queda relegado a la nada. Los tópicos utilizados están tan manidos que aburren. Asesino y prostituta buscando vida distinta, ambos dos guapos a reventar y ambos con el cerebro plano, un cura que aparece por el pueblo e intenta hacerse amigo del asesino. No nos dicen nada, los personajes son tan livianos que parecen sólo apuntados.
Las omisiones y la falta de continuidad de la historia es una constante por lo que no se entiende el porqué ocurren las cosas, ni de donde vienen ni hacia donde van.
Dicen que Corbijn con esta película pretendía hacer un thriller (¿¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿¿), una especie de western contemporáneo, en el que hablar sobre la redención. Pues bien, mal intento Sr. Corbijn, deberá probar de nuevo porque esta vez no le ha salido nada bien. La película es un tueste que no lo salva ni el medio autista, cachas, buenorro de Jack ni la estupendísima Clara.
Un fiasco.
© Del Texto: Anita Noire

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sep 1 2010

Los hombres que miraban fijamente a las cabras: El bostezo del Jedi

Perder el tiempo no puede ser bueno. Cuando sucede (al menos en mi caso) la sensación de desazón es tremenda. Si pierdes un rato, por ejemplo viendo una mala película, ese estado de ánimo no deja de ser pasajero. Poco depués la cosa no tiene importancia. Pero si, por ejemplo, filmas un tostón, la cosa ha de ser mucho peor. Los artistan saben lo que hacen. Si el producto final es bueno lo saben. Si es una castaña pilonga lo saben. Les garantizo que Grant Heslov, director de Los hombres que miraban fijamente a las cabras, sabía lo que estaba haciendo al rodar la película y que es capaz de valorar el trabajo de un modo objetivo. Una castaña pilonga, pensará este hombre. Otra cosa es lo que diga en público, claro. El que crea conoce lo que hace. Y digo esto creyendo que sé de lo que hablo.
Heslov intenta una sátira sobre el ejército que se queda en una serie de gags faltos de gracia y que convierten la propuesta en un desastre monumental por aburrido. La falta de continuidad es alarmante. Las pocas ganas que le echan los actores al interpretar sus papeles es abrumadora. Y el grado de idiotez que deja ver el guionista es penosa.
Vamos a ver. En el ejército norteamericano se crea una unidad que aprovechará las capacidades psíquicas de los soldados para vencer al enemigo. Bob Milton es periodista (Ewan McGregor) y descubre, casualmente, la existencia de este grupo de militares con poderes paranormales. Tambien de casualidad, conoce a Lyn Cassady (George Clooney) con el que comienza un viaje a ninguna parte a través del desierto. Cassady es miembro de la unidad especial y disparatada. Se terminarán encontrando a hippie Bill Django (Jeff Bridges) que fue el creador de todo este lío y a un militar que logró desplazar a los dos anteriores siendo malo malísimo (este lo interpreta Kevin Spacey). Drogas, espíritu hippie, técnicas ridículas e ineficaces y muy poca inteligencia en los personajes. Tampoco le sobra al director ya le podría haber sacado mucho más partido a una idea muy divertida.
La película deja de interesar cuando acaban los créditos. Los del principio. Más o menos. Ni siquiera ese afán de los militares por convertirse en jedis puede camuflar la incapacidad narrativa del director.
Bueno, hay un gran mensaje oculto en cada secuencia. Es necesario creer en algo para conseguirlo. Bueno, son dos. La relación con el entorno es vital para el ser humano. Lo que pasa es que ya me lo sabía y no le he dado mucha importancia.
He vuelto a perder el tiempo. Qué desazón.

© Del Texto: Nirek Sabal.

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mar 24 2010

Lo necesario de poder regresar. Up in the air.

¿En qué mundo vivimos? Existe una tendencia extraña a pensar que todo lo que es emocional, es ñoño, poco profesional. Desde el mundo empresarial, y porque no, incluso en el personal, hemos emprendido un ataque feroz a la comunicación directa entre personas. Hoy en día nos comunicamos por teléfono, por mails, nos vemos por videoconferencia, y nos creemos que con ello nuestras relaciones personales y profesionales se vuelven más eficaces, más rápidas, más ágiles. Posiblemente sea cierto, pero, también lo es, que las estamos deshumanizando.
Hoy lo que” triunfa” es viajar ligero de equipaje, la falta de compromiso, la voluntad de no involucrarse demasiado con el que tenemos a nuestro lado. Sin embargo, a la hora de la verdad, cuando las cosas vienen mal dadas, lo que buscamos siempre es el calor que nos da precisamente los que tenemos a nuestro lado, nuestros amigos, nuestra familia, nuestras parejas. No podemos vivir eternamente con una mochila vacía.


“Up in the air”, muestra precisamente todo esto. Ryan Bingham (George Clooney), es un profesional cuyo trabajo consiste despedir a gente. Vive viajando por todo el país, sin más obligaciones que las que su propio trabajo le impone. Vive a caballo de cientos de aeropuertos, hoteles de primera y coches de alquiler. Toda su vida en una maleta. Su único objetivo, conseguir alcanzar el máximo de millas viajadas para entrar en una estúpida élite de viajeros. Por el camino, tropezará con Susan (Vera Farmiga), otra viajera profesional que como él, pasa media vida recorriendo el país. El inicio de una relación con Susan, el encuentro laboral con una novata (Anna Kendrick) que pretende revolucionar el sistema de despidos de la empresa y que terminará afectada por la consecuencias de su trabajo, provocan el primer tambaleo en la vida de Ryan quien, sin remedio, acabará contemplando como su vida en solitario como opción no es más que un fraude.
“Up in the air”, no es una comedia, es más bien el drama de la sociedad que estamos creando. No se puede vivir sin mochilas, sin un domicilio fijo, porque todos, absolutamente todos necesitamos poder contar con alguien en quien apoyarnos cuando desfallecemos a medio camino, compartir nuestros buenos momentos, todos necesitamos un sitio al que volver y sentir que estamos en casa. Lo podremos hacer mejor, lo podremos hacer peor, pero creo que todos necesitamos tener bien anclados nuestros puntos de referencia, con nuestros amigos, nuestras familias, nuestros mundos reales que son, en definitiva, los que nos mantienen con los pies en el suelo.
Y es que como dice el propio Ryan Bingham, “La vida es mejor en compañía. Nos hace falta un copiloto”.
© Del Texto: Anita Noire


Donald Byrd – Smoothie (Take 4)