sep 15 2011

¿Teléfono rojo?, Volamos hacia Moscú: A caballo del fin del mundo

Es fascinante enfrentarse a la estupidez humana; es un acto al que deberíamos acostumbrarnos inmediatamente. Pero sin tanto alarido de terror ni tanto susto como al que nos someten los medios de comunicación.
¿Somos estúpidos? Claro que sí. ¿Estamos acabando con el planeta? No les quepa duda. ¿Dependemos en exceso de las máquinas? Mejor no pensar en ello. ¿Una pequeña cosa es suficiente para que se produzca un cataclismo? Desde luego. Y como esto es así nos queda poco margen de maniobra. Un par de opciones. O nos reímos de semejante panorama o nos lamemos las heridas en una esquina con la esperanza de que lo malo se acabe lo antes posible.
Stanley Kubrick optó por filmar una película sobre todas estas preguntas manejando la opción primera. Y digo bien, preguntas. Porque en ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú se plantean muchas aunque no se dan soluciones. Se limita a terminar la película de forma poco alentadora, es decir, nos muestra una sociedad devorada por sí misma y pagada de sí misma y todo de sí misma.
La película es impecable en muchos aspectos. En casi todos. El guión, adaptación de una novela, es divertidísimo, ingenioso, sarcástico, inteligente y convierte la trama en una narración de ritmo perfecto. Por otra parte, el montaje es especialmente acertado y ayuda a que el espectador no se pierda entre los tres escenarios principales ni en esfuerzos estériles. La fotografía es inmejorable. El movimiento de la cámara parece medido al milímetro, es exacto, haciendo de cada plano algo mágico e insustituible. Incluso los efectos visuales y sonoros pasan con muy buena nota a pesar de que la película tiene ya unos años.
Pero el gran valor de la película es la dirección de actores que llevó a cabo Stanley Kubrick. Tampoco lo debió tener difícil con el reparto que manejó aunque, incluso a los mejores, hay que indicar el camino justo, la intención exacta.
Por un lado, encontramos a Sterling Hayden interpretando el papel del General Jack Ripper, un tarado que está convencido de tener que iniciar una guerra atómica contra la Unión Soviética. Cree que están siendo envenenados a través del agua, de cualquier tipo de fluido. Hayden defiende el papel con elegancia, con un control absoluto en cada movimiento. Y el papel era difícil de verdad.
Slim Pickens es el comandante de un bombardero cargado de armas atómicas. Es un paleto y está rodeado de ignorantes que obedecen se preguntarse si lo que hacen es bueno o malo (como él mismo). En sus manos está el futuro del mundo. Nadie puede comunicarse con el avión y dependerá de la tripulación que el final sea más o menos feliz. Pickens es ese actor que todo el mundo recuerda subido a una bomba nuclear como si el artefacto fuera un caballo salvaje. Una de las escenas más famosas de la historia del cine. El trabajo del actor es impecable.
George C. Scott es el general Turgidson. De todos los personajes de la película es el más histriónico, el más cómico. No el actor. No. Me refiero al personaje. George C. Scott consigue una interpretación muy divertida.
Pero lo deslumbrante llega con Peter Sellers. Interpreta tres personajes. Un militar, un científico y al presidente de los Estados Unidos de América. Esto es, al Capitán Mandrake, al Dr. Strangelove y a Merkin Muffey. Perfecto en todos ellos. Logra que los buenos modales del militar terminen siendo una ridiculez, el pasado del doctor (nazi alemán) otra ridiculez, y la diplomacia del presidente otra. La película es una sátira y si algo había en los personajes que se pudiera confundir con otra cosa, Sellers lo pone en su sitio.
Apunta Kubrick algún tema que desarrollaría después en sus películas. Por ejemplo, la relación del hombre con las máquinas. Y lo hace presentando situaciones completamente absurdas de las que depende el futuro de la raza humana. La escena en la que el Capitán Mandrake pide a la operadora que le ponga con el presidente del país desde una cabina es inolvidable. El mundo a punto de quedar arrasado y un hombre tiene que reventar una máquina de bebidas porque no tiene cambio. O el doctor Strangelove que se mueve sin control (parece un androide) pegado a su silla de ruedas y a sus aparatos hace pensar en todo lo que hacemos de forma automática como si fuéramos, eso, máquinas.
Kubrick ridiculiza a la clase política, a los militares, las relaciones personales que convierten cualquier cosa en nada. ¿Teléfono rojo?, Volamos hacia Moscú es una sátira convertida en una trituradora voraz que no deja títere con cabeza, una película que habla de nuestra estupidez y del fin del mundo. Algo tremendo que todos tememos y, desde esta perspectiva, nos causa risa tonta.
Los jóvenes pueden echar un vistazo a esta cinta para entender mejor lo que fue la guerra fría, lo ridículo que suena eso de destrozar el mundo por nada (ahora que ya parece haberse enfriado de verdad la cosa es más llevadero). Si pueden, si tienen una hora y media libre, no lo duden; vean la película. Disfrutarán haciéndolo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 5 2011

Al final de la escalera: Miedo verdadero

El miedo a lo desconocido siempre convivió con el ser humano. Es lo que le inquieta desde el principio de los tiempos. Desde ese estado llega la religión, la superstición, la idolatría, todo lo que tenga que ver con eso que no podemos saber y, menos, controlar.
Hacer cine alrededor de todo esto es complicado. Muchos guiones terminan abusando de los tópicos; casi todos intentar copiarse entre ellos (o, lo que es peor, copiarse a sí mismos película tras película). Eso, o confunden el horror con el terror; la inquietud interna con el efecto de un susto, casi siempre, predecible.
A final de la escalera es de esas películas que logran llenar de horror la mente del espectador. Sin grandes efectos especiales, sin sustos gratuitos y facilones. Cuenta la historia de una casa. Y lo hace con la tranquilidad propia del que no entiende nada y trata de explicar con toda la calma que puede eso que no alcanza a discernir. Y digo que cuenta la historia de una casa porque es uno de los personajes principales de la narración (la casa). El resto de escenarios es pura anécdota. Desde el principio, el director, Peter Medak, deja claras sus intenciones. Las secuencias en las que aparece por primera vez ese edificio indican que ese espacio es vital, que habrá que recorrerlo para entender lo que sucede. Algo ocurrió allí y nos invita a que descubramos qué fue. Se aleja de los tópicos del género (sólo la escena en la que una medium toma partido en la búsqueda de respuestas se puede encuadrar en ese territorio común y tan mal explotado del cine de terror) y lo hace intentando dotar de una falsa normalidad a la realidad terrorífica que se presenta. Ayuda mucho que fuera George C. Scott el actor principal. Aun sin ser la mejor de sus interpretaciones, logra gran credibilidad en una situación extrema del personaje y no deja que eso que ocurre le devore. Y ayuda, también, el guión de William Gray y Diana Maddox que, sin grandes recursos, ordena de forma eficaz el relato.
Con un look muy del momento en que se rodó la película, el espectáculo terrorífico es de los que dejan huella.
Un compositor musical pierde a su mujer y a su hija en un accidente de tráfico. Se traslada a vivir a otra ciudad. La casa que le alquilan es grande, parece perfecta para hacer música. Pero pronto comienzan los ruidos, el descubrimiento de lugares ocultos. Un asesinato, la usurpación de identidades, una paz imposible para los muertos. Todo ello envuelto en la incertidumbre que comparten personajes y espectadores. Con el tiempo narrativo ajustado (con gran acierto) al tempo que van marcando las escenas que se explican unas a otras.
La película ha envejecido bastante bien y sigue resultando más que inquietante. A pesar del, por ejemplo, uso excesivo de filtros tan propio de esos años setenta, la resolución técnica funciona sin problemas. La carencia de efectos especiales hace posible que las diferencias con el cine actual parezca menor. Sigue siendo de las películas que producen miedo en el que mira, de las que dejan pegado en el asiento y convierten los ruidos cotidianos de cualquier casa en motivo de sospecha la noche después de ver la película. Además, se cierra sin dar cabida a posibles secuelas, sin buscar salidas futuras que terminan -casi siempre- en un desastre.
Una buena película que logra, sin grandes recursos, hablar de lo que debería hablar siempre una película de terror: de eso que el ser humano es incapaz de entender, incluso de creer. De eso que se nos escapa sin remedio.
© Del Texto: Nirek Sabal

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