dic 2 2013

L’Elisir D’amore: La horterada está servida

Descubrir, a estas alturas, una obra como L’elisir D’amore a un aficionado resulta imposible. Tan sólo los matices musicales o la puesta en escena pueden representar alguna novedad. Esta ópera bufa es una de las más famosas del repertorio y una de las más representadas de la historia.
Gaetano Donizetti triunfó con L’elisir D’amore. La mezcla acertadísima de lo bufo y un tono sentimental muy marcado imprimen a la obra un atractivo especial. Gustó, gusta y gustará durante mucho tiempo.
La producción que presenta el Teatro Real (en coproducción con el Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia) deja un sabor agridulce. Por un lado, la dirección musical de Marc Piollet es magnífica. Disfruta de la partitura y logra una conjunción con las voces más que meritoria. La sensibilidad de este hombre al dirigir es grande y se deja notar desde el primer compás. Las voces bien. No es L’elisir D’amore una ópera especialmente exigente con los cantantes, eso es verdad,  y las carencias tienden a desaparecer (si es que las hay). En cualquier caso, todos están a buena altura. Ismael Jordi (Nemorino) es el que destaca algo más al aportar tonalidades preciosas en alguna de sus intervenciones. Paolo Bordogna interpreta muy bien el papel de Dulcamara y cumple bien con la voz. El resto correctos. Como de costumbre, el coro funciona a las mil maravillas.
Hasta aquí las buenas noticias. Porque la puesta en escena resulta hortera a más no poder. Es verdad que el esfuerzo por casar el libreto con lo que sucede en el escenario es grande y que el resultado es pasable. Pero la propuesta que hacen al público de Madrid, rebosando colorido (en su gama más chillona, más acharolada y más deslumbrante), derrochando buen rollo y diversión (no falta un deporte de playa, un solo mueble playero), rebosando movimiento (sobre el escenario no para nada ni nadie), resulta molesta al oído y a la vista. A veces es difícil escuchar lo importante (lo de Donizetti, digo) porque una docena de figurantes no deja de saltar sobre un hinchable o juegan al voleiplaya o mueven colchonetas de aquí para allá. A veces es difícil centrar la vista en el lugar que toca intentando seguir el desarrollo argumental porque, cuando no es un jeep es un grupo de personas que van de extremo a extremo, lo que arrastra la atención del espectador. Una atención obligada e incómoda, por cierto. Y, a veces, es imposible intuir el grado hortera que puede llegar a tener el espectáculo. Cuando uno cree que el límite está superado aparece algo en escena que hace superarse a sí mismo a Damiano Michieletto (director de escena). Todo parece estar en el extremo, pero no. Por ejemplo, se llena parte del escenario de espuma. Eso sí, sin ton ni son. Afortunadamente, cuando la carga dramática se eleva, se vacía de figurantes el escenario o allí no se mueve nadie o las luces se centran en los personajes principales (sólo) para que Nemorino y Adina nos cuenten sus penas. Por cierto, la iluminación exquisita.
Este montaje es una clara muestra de lo prescindible que puede llegar a ser lo accesorio. Para hacer algo como esto, es mejor dejar las cosas como estaban originalmente. Comienza a ser sorprendente la cantidad de nuevos clichés que están adosándose a las óperas hoy en día. Por ejemplo ¿por qué Dulcamara es gay en esta producción? ¿Por qué ya es costumbre convertir a alguno de los personajes en lo que nunca fueron? Es incomprensible. Ni es más gracioso, ni aporta mínimamente al personaje, ni nada de nada. ¿Por qué hay que enseñar músculos o pantorrillas en cada ópera sea la que sea?  Alguna vez puede quedar bien la cosa. Otras no. Pero, desde luego, que sea algo obligado comienza a ser absurdo. Me temo que adaptar una obra operística no consiste en eso. Me temo que la falta de talento se intenta disimular con detalles irrelevantes que captan la atención del espectador más por su estupidez que por otra cosa. Eso no imprime ese punto de modernidad tan bien recibido cuando merece la pena el esfuerzo. La modernidad, creo yo, no es ser gay. A ver si ahora resulta que serlo es cosa de hace poco. La modernidad no es enseñar las piernas y sólo eso. La modernidad es otra cosa.
Pero la obra de Donizetti aguanta bien todo tipo de tonterias. De hecho, es posible que, a pesar de todo, guste mucho al público de Madrid. Musicalmente es impecable y uno puede cerrar los ojos cuando ya no aguanta más el amarillo asesino o el naranja violento.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 12 2013

Don Pasquale: La llegada de lo importante

Lo importante llega, siempre, precedido por un sonido característico; un rumor nervioso alrededor de la impaciencia contenida. Todo parece colocarse en el lugar exacto; todo acompaña; hasta el más mínimo detalle tiene un significado especial.
Ayer, eran las siete de la tarde y el Teatro Real estaba envuelto por ese run-run que precede a la grandeza inevitable de la ópera. Ensayo general. Don Pasquale. Dramma buffo en tres actos firmado por Gaetano Donizetti. Una obra representada miles de veces, conocida por cualquier aficionado a la ópera. Pero todo estaba envuelto por el sonido que, como una espiral, iba convirtiendo el Teatro Real en el centro de todo y la obra de Donizetti en algo nuevo y único. Se presentaba la producción del Festival de Ravenna. Una puesta en escena fácil, divertida y eficaz; perfecta para que el espectador traduzca la propuesta del director de escena Andrea de Rosa. Es difícil conseguir mejor resultado con tan poca cosa. Poniendo en movimiento cuatro cositas, de Rosa consigue una versatilidad en el escenario que consiente una escena precisa y clara. Se suma que la iluminación es extraordinaria. El juego de luces permite que los actores se muevan sin limitación alguna, sin causar confusión a pesar del trasiego que se produce durante la representación. Y sin la sensación de claudicar ante un foco tramposo. Colocar una mesa en una esquina, crear las sombras que parecen haber estado siempre allí y dejar que el estado de ánimo de los personajes explote en el momento justo. Ese es el gran logro. Todo se desliza con suavidad para que la mirada del espectador se centre en el conjunto sin dejar de percibir cualquier detalle.
Riccardo Muti, extraordinario. Impetuoso y sensible; encontrando el punto de unión entre los instrumentos y las voces de forma exacta. Los componentes de la Orquesta Giovanile Luigi Cherubini parecen intuir lo que el maestro les dirá diez minutos después. Musicalmente este Don Pasquale es una maravilla.
Cuando Donizetti y Ruffini, su libretista, compusieron esta ópera (entre lo bufo y lo realista con cierta marca de solemnidad) ya sabían, con toda seguridad, que el problema residía en el dibujo de los personajes. Su complejidad es alta a pesar de las limitaciones de lo bufo y se diferencian notablemente entre ellos. El carácter de Norina que lleva hasta el extremo su picardía o los profundos sentimientos del enamorado Ernesto (que estallan cuando escuchamos Cercherò Lontana Terra iniciado con un solo de trompeta profundo y emocionante), son un ejemplo. Y esto puede ser un problema si el reparto no está a la altura. Sin embargo, el escenario se va llenando de excelentes voces e interpretaciones dramáticas de altura. No sólo las voces corresponden a las exigencias de la partitura. Además, los personajes se construyen con un trabajo espléndido en la dirección dramática.
Nicola Alaimo está perfecto con la voz y al encarnar a su personaje. Este es el papel que más invita al histrionismo y Alaimo controla en todo momento la situación consiguiendo un Don Pasquale creíble y divertido. Alessandro Luongo muy bien como Malatesta y Dmitry Korchak estupendo de voz aunque su Ernesto queda algo soso. Le falla, ligeramente, la expresión corporal. Eleonora Buratto, notable, logra sacar lo mejor de su personaje para que cuadre con el libreto. Las tonalidades de su voz son variadas y bellas. El coro, que aunque no tiene excesivo tiempo sobre las tablas si es de gran importancia en al conjunto, muy bien. Algo a lo que ya nos tiene acostumbrados. La escena del día de la boda (preludio de lo que va a suceder y mal presagio para Don Pasquale) se resuelve con un movimiento arrasador y sin un solo fallo.
Todo hace que el espectador disfrute de una obra que habla sobre la soledad en la vejez, sobre la supremacía de la juventud, sobre la compasión.
Lo importante llega, siempre, precedido por un sonido característico. Y se queda agarrado al recuerdo, a la posibilidad de decir en un futuro que yo estuve allí.
©Del Texto: Nirek Sabal
(Imagen de la puesta es escena de Don Pasquale en Ravenna)