abr 8 2013

Caché: Haneke y el relato breve

Escribir sobre las películas de Michael Haneke me perturba casi tanto como verlas. Y eso me gusta. Cuando algo o alguien te hace reflexionar, aunque sea para decir barbaridades, me gusta. No lo puedo ocultar ni remediar.

Haneke sería, en literatura, escritor de relato breve. En sus películas lo que sucede modifica al personaje. Algo pasa y algo cambia, en un instante concreto. El mundo sigue su curso, pero el personaje modifica la senda que transita. Se centra en eso. Sólo se apoya en el pasado (mínimamente)  para dar verosimilitud o justificar la acción. Algo ocurre y el personaje estalla por los cuatro costados. El espectador, quizás, también. Por otra parte no intenta ni propone tramas completas sino que tiende a dejar abierto casi todo (esto irrita a muchos). Se podría tomar esto como tomadura de pelo cuando, en realidad, es algo que dota de cierta simbología al conjunto. Nunca entenderé porque la misma cosa convierte a unos en genios (por ejemplo a Carver o Salinger en literatura, y yo me uno al aplauso) y a otros en crucificados (Haneke). El director austriaco sabe (muy bien) que es eso y no otra cosa lo que organiza el universo personal de un personaje y le obliga a estar en constante movimiento. Como ven, el cine de este hombre tan polémico, se desliza hacía lo que conocemos en literatura como relato breve o cuento. Y su estructura, la del cine de Haneke y la del relato breve (abierto) es muy difícil de interpretar. Cuando el crítico, por ejemplo, mira y no entiende, suele decir que todo es un desastre y se limita a decir que siempre es la misma historia. Por ejemplo, abundan las críticas que dicen de Caché que trata de la maldad, de su ausencia y que es más de lo mismo y que es una mierda y que no hay derecho a jugar así con el espectador. Pues no. Igual que dije en su momento que Funny Games es absurda (esta es de las que cierran la acción, qué casualidad), tramposa y no recuerdo qué más cosas feas; de Caché no puedo decir lo mismo.

Caché es inquietante y no habla de la maldad. No. Lo siento mucho, pero no. Eso es sólo un vehículo narrativo que nos lleva hasta lo importante de la historia. La fragilidad. La del ser humano y sus relaciones, la de la familia tal y como se entiende en occidente, la de la amistad, la de las parejas que se quieren o no dependiendo de lo externo. De la fragilidad del sistema que nos planteamos como forma de vida. ¿Desde dónde lo hace? Desde el lugar en que se rompen siempre los cacharros, desde esa cocina que conocemos como normalidad (la que desaparece en cuanto ocurre lo imprevisto, claro).

Georges y Anne (Daniel Auteuil y Juliette Binoche) viven tranquilamente con su hijo. Comienzan a recibir cintas de vídeo en los que aparecen sus movimientos más normales y dibujos representando a un niño vomitando sangre y un gallo degollado. Todo muy evocador para Georges que oculta a su esposa las ideas que le rondan. Su niñez aparece, de pronto. La ruptura, gracias a esa falta de comunicación es rápida. Con su hijo adolescente la relación se deteriora mucho, también. El desencuentro con los amigos es, cada minuto que pasa, más profundo. En fin un desastre. No descubriré nada más de la trama. Sería una pena. Es inquietante, perturbadora y tremenda.

Auteuil interpreta su papel magníficamente. Muy creíble. Binoche está bien a secas. Como Caché es una película de Haneke me temo que me repito si digo que abundan planos fijos muy largos (esto les parece a muchos sofocante por aburrido. Sin embargo, el que escribe piensa que forma parte de una voz narrativa que puede acercarse más o menos a la acción dependiendo de su intención. Esa es la clave, la intención del narrador que es distinta a la del propio Haneke. Lo que sí es un desastre es elegir una voz y, luego, mover la cámara de aquí para allá sin respetar esa voz. Eso sí que es insultante y patético). Además de esos planos fijos, la música no suena. La tensión narrativa llega directamente desde la imagen y su ritmo. La carencia de música no deja de ser un contratiempo cuando lo narrado presenta zonas de mayor o menor tensión. O lo arreglas con expresión corporal de los actores, o con los diálogos, o una focalización exacta o estás perdido. En fin, cine de Haneke, un director que arrastra del odio a la admiración (hablo de mí mismo) aunque siempre desde la reflexión provocada por su obra. Ojalá hubiera media docena de estos por aquí sueltos.

Voy a poner una pega que sí me parece importante. Igual que el lenguaje que se utiliza en literatura para narrar un sueño ha de ser el adecuado y muy distinto al utilizado para, por ejemplo, describir un paisaje, el que se usa en cine debe modificarse para contar una cosa u otra. Haneke es un esfuerzo que no hace nunca. Es lineal en su discurso (me refiero a los registros narrativos que utiliza). Existe un registro más próximo a lo onírico. Le guste o no. Y no se puede contar todo de la misma manera.

Pues eso. Que le echen un vistazo. Merece la pena. Además, descubrirán a qué lado están. Odiadores o amantes. Anímense.


jul 14 2010

Funny games: Insultante

En el mundo del arte las cosas nuevas, las que rompen las normalidad, provocan posiciones encontradas y, muchas veces, extremas, entre los que apoyan ese cambio y los que son incapaces del más mínimo gesto de apoyo a eso mismo. Siempre pasó. Y siempre unos acusaron a otros de snobismo, de ir de guays o de incultos y cerrados ante cualquier cambio dependiendo de quien lo dijera. Entre medias, los genios y los que quieren parecerlo; los que rompen con lo establecido para que todo se deslice hacia lugares nunca explorados y los que inventan paridas que no hay quien entienda y que se quedan estancadas en el fango perpetuo de la falsa genialidad; los que crean modelos auténticos y los que copian apuntes para repetirlos en público. Siempre pasó.

Funny Games fue dirigida por Michael Haneke que para filmar lo que presentó olvidó la genialidad en algún lugar desconocido.

Un matrimonio y su hijo de seis años son asaltados en su casa de descanso por dos jóvenes. El resto del argumento no lo pienso mencionar. Por respeto a los que aún no han podido ver la película y porque no hay mucho más que contar. Entre planos fijos interminables y aburridos, entre unos diálogos que juegan al sarcasmo con la violencia, entre un discurso completamente imbécil sobre lo que es realidad y ficción, entre personajes poco creíbles, entre reacciones de estos completamente absurdas, entre errores narrativos imperdonables (¿los personajes de Haneke nunca duermen? ¿los padres que ven morir a su hijo procuran llamar por teléfono en lugar de desesperarse ante el cadáver?), entre estas cositas, se desarrolla una trama disparatada y mal construida. Haneke, que es muy astuto (eso sí que hay que reconocérselo) juega a dejar cosas por el camino que justifique el desastre que filmó. Como el discurso sobre realidad y ficción es patético, hace que unos de los personajes pueda agarrar el mando a distancia de la televisión para volver atrás en la trama evitando que los buenos puedan con ellos (uno de los criminales es el que hace esta patochada). Con ello justifica que un par de personajes muy tarados, pero, a la vez, muy fáciles de reducir hagan lo que Haneke quiere que hagan sin problema alguno. Todo es así de lamentable o muy parecido. La justificación para Haneke no existe. Le han dicho que es un genio y él ha decidido hacer lo que hacen los genios. Lo que no sabe Haneke es que los genios no hacen lo que les da la gana, que eso lo hacen los que quieren parecerlo y no lo son. Pero astuto sí es este hombre. Tiene un par de personajes que son asesinos psicópatas. Muy educados. Y desde una ironía barata habla del pasado de uno de ellos (aparte de asesino y loco debe ser tonto de baba) para crear el personaje. Como lo que dice es una idiotez juega a que parezca que lo dice medio en broma medio en serio. Siembra la duda porque le han dicho que los genios lo hacen. Qué cosas. Haneke intenta crear un clima opresivo, del que nada puede escapar. Sería injusto si no dijera que los veinte primeros minutos son, francamente, brillantes. Pero la propuesta del director se queda en nada a partir de ese momento. Hace algo que, ni tiene nada de original, ni tiene el más mínimo sentido narrativo. El asesino que pinta como el jefe del asunto se dirige hasta en dos ocasiones al espectador. Le pregunta, le intenta involucrar. ¿Desde cuándo el espectador tiene que tomar partido, desde cuándo el espectador tiene que hacer el trabajo del director (dar respuestas o mostrar posibles rutas para llegar a ellas)? Haneke no termina de comprender que insultar al espectador (a su inteligencia) no es transgresor. Es una torpeza que a muchos (a los que creen que es un genio) les puede parecer una genialidad. Una lástima que esto ya esté hecho hace años tanto en cine como en literatura. No es nuevo. Y es una pena que nadie le diga a este hombre que la mala educación no tiene nada que ver con la genialidad.

No hace mucho comenté en este mismo blog La cinta Blanca (película firmada por este mismo director). Eso sí es más genial que otra cosa. Pero esto no, esto es un insulto a la inteligencia. Mucha violencia, mucho plano fijo, mucho diálogo con pinta de importante y poco de genialidad.

Una última cosa antes de acabar. En el salón uno de los malos mira el televisor. Escenas de violencia. Los canales sólo se diferencian en el tipo de violencia. Poco después, el mismo tipo, mete un tiro a un crío de seis años delante de sus padres. El compañero se prepara un bocadillo en la cocina como si nada. Intenta Haneke jugar con esa violencia televisiva y la respuesta que se puede encontrar en la sociedad. Quizás Haneke cree que todos somos como sus personajes, que somos igual de tarados. Quería decir esto antes de acabar porque me indigna que un tipo que podría ser grande de verdad haga estas cosas y que le aplaudan. Si se tirase un pedo lo harían igual. Y ahora sí que lo dejo porque empiezo a sentir unas ganas incontrolables de decir lo que pienso sin pensar en que alguien lo leerá.

Si no han visto la película no lo hagan. Si ya la vieron, mala suerte. Eso sí, cabe la posibilidad de encontrar un genio. Nunca se sabe.

© Del Texto: Nirek Sabal


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