sep 16 2013

Ingmar Bergman: Maestro de maestros

Ingmar Bergman (1918 – 2007) es el maestro de los maestros del séptimo arte, el gran cineasta de todos los tiempos. Lo descubrí con veinte años a través de su película Gritos y Susurros y comprendí que ya nunca podría separarme de él. Nunca antes había podido imaginar una belleza tan extraordinariamente poderosa como la que él reúne en sus obras, una sublimidad que me hace sentir acompañada de una forma profunda y placentera, con palabras como: Siento esto cada vez con más fuerza. El deseo de penetrar los secretos que hay detrás de los muros de la realidad […] He rozado esos secretos sin palabras que solo la cinematografía es capaz de sacar a la luz.
Cómo no adorar su diligencia, su terror por la espontaneidad (Preparo mis números con extrema minuciosidad, casi con pedantería), su afán por superar a todos los que se dedican a su profesión, el enamorarse delirantemente de sus actores, su elegancia, la disciplina que se vislumbra en cada detalle o el hablar de su última esposa como el gran amor de su vida. Bergman, herido y astuto, vive en un ininterrumpido sueño, con pensamientos obsesivos, desde el que a veces visita la realidad: Durante 20 años -afirma el cineasta- he transmitido, incansablemente y con una especie de furia, sueños, vivencias, fantasías, ataques de locura, neurosis, conflictos de fe y puras mentiras. Para Bergman todo es irreal, fantástico, aterrorizador y ridículo, todo es mentira embarazosa y hazaña secreta. Atraído siempre por lo lúgubre y lo espeluznante, pero incapaz de entender las grandes catástrofes; por lo cegadoramente puro y suprarreal, por los colores nunca realistas, por la abismal serie de personajes misteriosos, por el atractivo de las personas cuando llevan su máscara.
Ingmar Bergman sobreexcitado, en planta a las 4:30 de la mañana, inquieto, de insoportable e ilimitada curiosidad, a punto de llorar. Crea en el mismo centro del cerebro, del alma, del corazón, de los nervios, de los genitales, del estómago. Así, afirma: En mí la creación artística siempre se ha manifestado como hambre. Al parecer, un entusiasmo y un deseo desconocido por crear nacía de la desesperación, la extenuación, laxantes y pánico: Mira qué brazo tan largo tengo y por todos los sitios no hay más que vacío.
Y todo ello alimentado por la relación del director sueco con su infancia, en la que vivió constantemente a lo largo de su vida, tambaleándose por aquellos cuartos lúgubres donde fue educado bajo los conceptos de pecado, castigo y perdón; y a los que respondía ya adulto con un yo soy mi propio dios. Se sorprende de que la gente le tome en serio, de que escuchen respetuosamente sus opiniones y se haga lo que él dice, pues somos niños. Así, cuando se refiere a sus relaciones humanas, alude a la amarga lucha con sus padres, al hecho de que no podía hablar con su padre, de los muchos hijos que tenía y a los que apenas conocía, a que se aislaba de relaciones con los demás, de que amó a una mujer con la que no podía vivir.
Se sentía no bastante fracasado, sino fracasado de verdad, aunque al mismo tiempo exitoso, capaz, ordenado y disciplinado; con un cumplimiento maniático de las normas como forma de salvación. Esforzándose por ser un extraordinario profesional, será con Persona y Gritos y Susurros donde llegará al límite de sus posibilidades, como él mismo reconoce. Pero esa autodisciplina positiva a veces pasa a autocoacción daniña y llega el Bergman enfermizo, asustado, depresivo, nostálgico, sentimental, con temporadas en el hospital, pero obligando a sus fantasmas y demonios a ser útiles, por lo que fue allí, ingresado, donde escribió algunos de sus guiones, como es el caso de Fresas Salvajes. Y lo vemos decir: Paciencia, paciencia, paciencia, paciencia, paciencia, nada de pánico, no tengas miedo, no te canses, no pienses inmediatamente que todo es triste. Y también: Si no me sintiese tan mal, sería divertido.
Por lo que respecta a su relación con nosotros, con su público, siempre se ha avergonzado de su necesidad de agradar, necesidad manifiesta desde niño al tratar incansablemente de exhibir sus habilidades: Nunca me parecía que mis prójimos me prestaban suficiente interés, declara Bergman en su obra Imágenes. Aunque, al mismo tiempo, no ha cesado el ímpetu por hacer lo que realmente le hace ser él mismo, prescindiendo de toda adulación: Capturo una mota de polvo en el aire, tal vez sea una película ¿Qué importancia tiene eso? Ninguna, pero yo lo encuentro interesante, por tanto afirmo que esto es una película. […] Esto y solo esto es mi verdad. No pido que sea verdad para otra persona.
En fin, qué puedo decir de Bergman, de la cara de Bergman, de sus ojos.
© Del Texto: Claudia Ruiz Cívico
Citas: Ingmar Bergman, Imágenes, Tusquets Editores, Barcelona, 2007.


abr 6 2011

Fresas Salvajes: La frialdad característica

Supe de la muerte de Ingmar Bergman en un taxi de vuelta a casa tras un catastrófico viaje en el que extravié mi maleta con todo mi guardarropa de verano y un cuaderno lleno de notas filosóficas.
Los viajes siempre tienen una fuerte carga de añoranza, debido, yo creo, a la sensación de habitar un lugar que, sabemos, no volveremos a pisar nunca.
El viaje del profesor Isak Borg a la ceremonia dónde dónde recibirá el premio Doctor Honoris Causa hace una nostálgica recopilación de vivencias y recuerdos del propio Bergman camuflado en la figura del padre, pero que resultó ser enteramente él.
Muchas señales nos advierten durante toda la pelicula de que este es el último viaje de Isak Borg, la última oportunidad de ser absuelto antes de morir. El transcurso del tiempo contado mediante relojes sin manillas; el sueño de la muerte en un carro tirado por caballos y múltiples elementos oníricos, la decrepitud de alguno de los personajes y la infancia anacrónica y obsoleta que recuerda Isak Borg de sus veranos pasados, presagian la muerte del profesor que, hasta el último momento, se muestra frio e insensible sin ningún indicio de sentimentalismo.
El complejo de niño no querido, desarrollado en una matriz fría y nacido de una crisis destaca en esta película que Bergman realizó a los 37 años cuando sostenía una larga lucha con sus padres, aislado de relaciones humanas, recién separado de su tercera mujer y a punto de romper su larga amistad con Bibi Andersson.
La frialdad característica que transmite en toda su obra sobresale en Fresas salvajes hasta la última escena dónde Isak Borg contempla en un claro de bosque iluminado por el sol a sus padres sentados en la otra orilla que le saludan con la mano.
Las carencias, el vacío y la imposibilidad de perdón fluyen de entre las fresas salvajes como una súplica del propio Bergman: Miradme, entendedme, y, si es posible, perdonadme.
Después de llegar a casa, recuperar mi maleta y mi cuaderno con todas mis notas filosóficas, me hice con una bonita colección de todos los libros de Ingmar Bergman. En uno de ellos leía que el cuaderno de trabajo de Fresas salvajes había sido extraviado, y, también, que el significado de Isak Borg era algo así como castillo de hielo.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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